Última actualización 01/04/2006@00:00:00 GMT+1
Erigido con fines defensivos en el año 1280, bajo el reinado de Felipe III el Atrevido, el castillo de Domme podría contener el testimonio sorprendente de uno de los acontecimientos históricos más polémicos del Medievo: la supuesta herejía de la Orden del Temple.
Nada más adentrarnos en esta recóndita fortaleza, descubrimos, en una sala adyacente al acceso principal, una abundante cantidad de «graffitis» que, en un lenguaje mudo y aparentemente indescifrable, nos sugieren mucho más de lo que podría parecer a simple vista. Se trata de diseños simples o geométricos, conformando en ocasiones auténticas «viñetas» o personajes esencialmente delineados que, según la tradición, fueron realizados por los últimos templarios que permanecieron presos en este lugar, a la espera de juicio y posterior condena a la hoguera. No existen estudios exhaustivos sobre estos bajorrelieves que, al parecer, sólo fueron analizados por el canónigo Tonnellier, cuya piadosa intención era la de descubrir el germen del verdadero cristianismo.
Los templarios estuvieron prisioneros en Domme desde 1307 a 1318. Esto es, permanecieron entre sus angostos muros hasta seis años después de la disolución de la Orden, ratificada por Clemente V en 1312. Es de suponer que se sentían profundamente decepcionados por la falta de apoyo del Papa, quien había evitado hasta el último momento manifestar una postura definida contra de la Orden, pero que, finalmente, cedió a las presiones de Felipe IV «El Hermoso».
La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, desde sus orígenes, había gozado del privilegio de depender directamente del Papa, y su Gran Maestre era tratado con el respeto que se tributaba a un consejero poderoso. Sin embargo, tras numerosos titubeos y olvidando aquella tradicional amistad, Clemente V se avino a procesar a la Orden.
Decoración minuciosa
Alrededor de setenta templarios fueron pasando por esta prisión en aquellos oscuros años, a la espera de su trágico destino. Una fecha, grabada junto a muchos otros signos, nos remite al fatídico año de 1312 y, teniendo en cuenta las características de este grabado, similar a los otros tanto por el estilo como por su profundidad, puede conjeturarse que el resto de los «graffitis» fueron realizados en el mismo período. Por otra parte, su semejanza con otros glifos atribuidos generalmente a los templarios, como los de la torre de Coudray en Chinon –el lugar donde permanecieron prisioneros el Gran Maestre y el Preceptor de Normandía–, permite intuir que su autoría corresponde a los caballeros que pasaron sus últimos días en aquel lugar.
También se advierte que fueron muchas las manos que contribuyeron a la espontánea aunque minuciosa decoración de aquellas paredes, pero resulta evidente que todas se ajustan a un mismo perfil iconográfico. Por estas consideraciones, podemos concluir que parece acreditada la tradición que sostiene que los bajorrelieves de Domme son obra de los templarios.
Aquellos hombres, conscientes de los gravísimos riesgos que corrían, pasaron horas y quizá días enteros grabando con empeño esta especie de testamento pétreo, integrado por imágenes inéditas que no admiten comparación con otros grabados de la época, obras de peregrinos o de prisioneros.
Que podamos estar ante garabatos carentes de sentido también es difícil de sostener, teniendo en cuenta que la iconografía se repite hasta la obsesión y que el momento no era favorable para pasatiempos intrascendentes. Al contrario, pareciera que los templarios quisieran haber dejado tras aquellos signos un mensaje homogéneo, y que lo que se lee sobre las piedras constituye un sistema simbólico de comunicación creado intencionadamente, con la idea de transmitir conceptos y doctrinas de suma importancia.
Varios glifos de indudable naturaleza iniciática probarían la anterior conclusión. Es frecuente el entrecruzamiento de líneas, sobresaliendo unas muy finas, a la manera de un alquerque, quizá rayos que aluden a una experiencia decisiva, un camino complejo compuesto de varios pasajes; numerosas cruces situadas sobre el betilo (piedra sagrada); y una amplia gama de cruces, desde las más evidentes hasta las constituidas por esquemas geométricos de haces puntiformes; algunas menos perceptibles… Cada signo grabado en las paredes de Domme merecería especial tratamiento.
Un concepto polémico
Buen ejemplo de ello lo constituye la multitud de crucifijos trazados de manera elemental sobre la piedra, pero, curiosamente, carentes de «patíbulo» (madero transversal). Sin duda, se trata de una sorprendente imagen que refleja el concepto de Cristo de los templarios. Poco importa que esté con los ojos abiertos o cerrados, con la cabeza erguida o humillada, que presente connotaciones cercanas a las iconografías bizantinas o románicas…, prácticamente siempre, ese Cristo es representado sin cruz.
Por otra parte, entre los minuciosos detalles que pueden apreciarse en las figuras no se observan los signos de la pasión, esto es, la herida en el costado, los hendiduras de los clavos, la corona de espinas… Además, en algunos se pueden percibir bien delineados los rasgos anatómicos de las costillas y del ombligo. Incluso, puede verse con nitidez que este último está claramente acentuado, con frecuencia grabado en profundidad, como si se hubiese utilizado una especie de taladro.
A todo ello debemos añadir los rayos de distinto tipo que surgen de su cabeza o de la frente, y otros muy marcados en puntos correspondientes al esternón, o dos sobre el pubis. Con frecuencia, el rostro del Cristo está rodeado por una especie de capucha o, su cuerpo, aparece envuelto por un regio manto. En suma, los signos son variados y cambiantes, pero no se parecen a los atribuidos a Cristo crucificado.
Realidad desconcertante
Para entender los inquietantes rasgos de estos diseños, que excluirían toda ortodoxia cristiana, podemos investigar entre los exégetas de las formas litúrgicas cuáles eran las características de la auténtica imagen del crucifijo.
Guillaume Durand, obispo de Mende, afirma en su Rationale divinorum officiorum (1284): «Hay tres maneras de describir la imagen del Salvador, que son las principales y más convenientes para representarlo: sentado en el trono, colgado en la cruz o acurrucado contra el pecho de la Madre y apoyado en las rodillas». Y añade que los otros modos previstos por la liturgia son simbólicos, como el cordero. ¿Qué tipo de Cristo representaron sobre aquellas paredes los últimos templarios? Aparentemente, ninguno cristiano-católico.
No obstante, precisamente sobre el modelo del crucifijo se basaron aquellos prisioneros, en una especie de encarnizamiento cultual. Si volvemos a examinar las actas de los procesos templarios, de las numerosas declaraciones surge una realidad bastante desconcertante. A la pregunta de los inquisidores sobre si los caballeros habían cometido actos blasfemos, muchos de ellos respondieron que sí, que bajo las órdenes de un superior escupieron a la cruz, y que de Cristo habían oído que no fue lo que la Iglesia decía, sino tan sólo un hombre. Algunos estudiosos de la historia de la Orden sostienen que se trataba de una prueba para comprobar, por parte de los caballeros veteranos, la firmeza de los neófitos. Quizá fijándonos en las imágenes que estamos analizando, se despejaría el camino para muchas interpretaciones distintas. Y surgiría, de hecho, la probabilidad de que el Cristo representado en Domme fuese objeto de un culto respetuoso, pero en absoluto ortodoxo.
Influencia oriental
La ausencia de la cruz parece indicar que era irrelevante en aquel culto, en tanto que el ombligo muy marcado denotaría un nacimiento humano o, más allá, aludiría al cuerpo de un iniciado, donde el centro, el omphalos, subrayaría la connotación esotérica.
El concepto de chakras hindú era, desde antiguo, un patrimonio común. Quizá un grupo elegido de templarios alcanzó este conocimiento a través del contacto con los sufíes que, a su vez, habrían obtenido esta doctrina de los persas. La presencia de esos puntos marcados a conciencia en las siluetas de los crucifijos, dada la extrema estilización de las figuras, podría relacionarse con esta doctrina oriental. En el hombre que ha llegado al nivel último de iluminación, todos los chakras están activados. Se subraya así la concepción de un Cristo-hombre que ha alcanzado el grado máximo universal, de modo que la cruz, como sagrado objeto de redención de la humanidad, carecería de valor.
El ritual de escupir sobre la cruz adquiere un sentido lógico, no blasfemo. Ya que no se trataría de probar la fuerza de ánimo del neófito, sino de mostrar el rechazo hacia un símbolo que no se correspondía con el concepto del Cristo que subyace como segunda doctrina de la Orden. Sin embargo, es probable que dicha enseñanza no estuviera al alcance de todos. Tanto es así que, si bien de forma esporádica, en Domme también hallamos representaciones de Cristo en una especie de cruz, testimoniando la presencia de templarios que desconocían las más sutiles y heréticas creencias de aquellos que omitieron intencionadamente representarlo con este símbolo de la Pasión.
Glifos «crísticos»
A fin de facilitar a los lectores una mejor comprensión de las tipologías halladas en el castillo de Domme, optamos por añadir unos dibujos que reflejan fielmente el espíritu de las imágenes obtenidas in situ. También les mostramos uno de los Cristos más interesantes con estas características, un «graffiti» sobre el arco triunfal de la iglesia templaria de San Pedro de Magione en Siena (Italia):
Glifo A
«Graffiti» de tipología bizantina que representa a Cristo desprovisto de cruz. En su cuerpo aparecen señalados cuatro puntos que nada tienen que ver con los signos de la Pasión, y que podrían corresponderse con sendos «chakras». El ombligo está muy acentuado, simbolizando quizá el omphalos, o sea, el «centro» que en el cuerpo del iniciado indica el nivel de iluminación alcanzado .
Glifo B
Similar al anterior, aunque más esquemático, en él destacan los rayos que surgen de la cabeza, tal vez denotando la «iluminación».
Glifo C
«Graffiti» que representa al crucificado sin los signos de la Pasión, pero con las costillas, el diafragma y el ombligo bien delimitados. Dos líneas en las caderas señalan el nivel de los chakras del bajo vientre y el pubis. Bastante peculiares son los rayos que parten desde un punto situado en medio de los ojos, que correspondería también al «tercer ojo» de la filosofía oriental.
Glifo D
Se caracteriza por una especie de elevación, «betilo» o piedra sagrada, que acaba en una pequeña plataforma. Lejos de ser asimilable a una cruz, parece en cambio sugerir la conquista de una cima, que representaría una posición de máxima elevación. No resultaría improbable que todo el conjunto quiera simbolizar crípticamente un nivel iniciático de rara superioridad, sin ninguna alusión a la Pasión y a la muerte del Hijo de Dios.
Glifo de San Pedro de Magione en Siena
En el arco triunfal de la iglesia templaria de San Pedro de Magione se encuentra un glifo del crucificado de cuya cabeza surgen tres haces, que indicarían un grado de iluminación o energía superior. En el centro de su cuerpo aparece una almendra con cinco rayos unida a la cabeza por una línea. Ésta podría indicar un flujo energético proveniente del ombligo, o de aquella semilla llamada «Luz» (El rey del mundo, René Guénon) que los hebreos consideraban el nudo de la inmortalidad, latente en el hombre, pero activo en el iniciado. Pareciera coincidir, en cierta medida, con el «chakra kundalini» de los hindúes. Junto a la figura, algunos escalones simbolizarían el camino del iniciado.
Aparentemente, no existen dudas acerca de la autenticidad del glifo, ya que éste se integra en un conjunto de mampostería románica. Además, está erosionado y cubierto de un moho de características similares al que recubre el entorno. Resulta evidente, por la presencia de algunos agujeros, que durante mucho tiempo permaneció cubierto por un objeto fijado sobre la figura (quizá una repisa o un dispositivo para su iluminación).
No sólo en Francia e Italia podemos descubrir algunos de estos peculiares Cristos desprovistos de cruz. En otros enclaves europeos es posible hallar ejemplos de tan sugerente iconografía.
Dado que estamos ante un misterio cuyo análisis permanece todavía incompleto, merece la pena que se continúe profundizando sobre él.