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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/04/2006@00:00:00 GMT+1
Una noche de febrero de 1940, William Miller atravesó el parabrisas de su vehículo tras caer por un terraplén como consecuencia del hielo. El conductor que iba inmediatamente detrás se llamaba Warren Felty y, rápidamente, detuvo su automóvil para socorrer al accidentado. Éste, que yacía inerte sobre un montón de nieve, había resultado muy malherido. Felty lo tomó en brazos y lo trasladó al hospital, donde, contra pronóstico, se recuperó de sus lesiones.
Pasados los años, ya en plena II Guerra Mundial, Felty fue llamado a filas y destinado al frente en Europa. Durante una misión de vuelo sobre Alemania, el avión que pilotaba fue derribado y, tras ser capturado, fue conducido a pie hacia Nuremberg, junto con otros 4.000 prisioneros del bando aliado.

Era el invierno de 1944 y, a causa de la escasa alimentación y los rigores del invierno, los soldados iban muriendo por el camino. Durante el penoso trayecto, Felty vio a uno de ellos desfallecido en el arcén, semienterrado en la nieve, y, con la intención de reanimarlo, le dio un golpe con el pie. En ese momento, el hombre se reanimó y, para sorpresa de Felty, éste reconoció al mismo William Miller a quien había socorrido, y probablemente salvado de la muerte, cuatro años atrás.

Nuevamente le auxilió, transportándolo sobre sus hombros hasta el campo de concentración de Moosburg, donde ambos terminaron siendo liberados por el III Ejército de Patton el 29 de abril de 1945.

La señal de los elegidos

Éste es tan sólo un ejemplo del largo número de casos de personas que salvaron sus vidas debido a extrañas coincidencias. El diccionario define este último término como la «ocurrencia de dos o más cosas o personas a un tiempo». Basándonos en esta definición, podríamos pensar que no es tan difícil que nos suceda un hecho como el descrito. Sin embargo, la realidad suele demostrarnos lo contrario.

Incidentes semejantes han sido estudiados por científicos y teóricos de diferentes épocas, como Paul Kammerer, biólogo austriaco que, a comienzos del siglo XX, elaboró su propia definición de las coincidencias. Él las describió como «manifestaciones de una unidad cósmica más amplia, con una potencia semejante a la gravedad, y que enlazan elementos de forma selectiva». De estas palabras podemos extraer el argumento de que el ser humano está sujeto a fuerzas que desconoce. ¿Poderes que podrían decidir cómo y cuándo morimos? Quizá ése sea el camino para entender por qué se producen estos fenómenos.

Quienes protagonizan una de estas experiencias a menudo se sienten como «seres elegidos», pensando quizá que se libraron de la muerte porque aún no había llegado «su hora». Y cuanto más trascendental sea la coincidencia vivida, más aumentará la sensación de verla como una especie de señal. Casos como el de John Woods, que les describimos seguidamente, acentúan sin duda tal impresión.

Woods era el cofundador de un importante bufete de abogados con sede en Nueva York e instalado en las Torres Gemelas. El 11 de septiembre de 2001, abandonó su despacho para acudir a una reunión. Segundos más tarde, impactaba contra el edificio el primero de los aviones que participaron en los trágicos atentados del 11-S.

Evidentemente, podríamos achacar a la casualidad esta circunstancia, pero lo cierto es que el directivo ya había sido «tocado» por la suerte años atrás. Y es que, en febrero de 1993, Woods también resultó ileso en el ataque con camión bomba contra el mismo World Trade Center neoyorquino, atentado atribuido a fundamentalistas islámicos que se saldó con seis muertos y aproximadamente un millar de heridos.

Pero no acaba aquí el afortunado currículo de John Woods. En 1988 debía asistir a una convención en Europa, pero, en el último momento, canceló los billetes. El vuelo que iba a traerle de vuelta a EE UU era el 103 de Pan Am, y aquel avión –a causa de un atentado– explotó en pleno vuelo sobre la localidad escocesa de Lockerbie, dejando un saldo de 270 fallecidos.

Quienes han estudiado esta fenomenología concluyen que cualquier persona puede verse involucrada en sucesos similares. No en vano, si bien en algunos casos estamos hablando de probabilidades mínimas de que estos sucedan, como porcentajes de uno entre un millón, nos movemos en los mismos parámetros por los que se rigen ciertos juegos de azar, en los cuales, generalmente y por remotas que sean las probabilidades de éxito, siempre hay un ganador. Y si no lo creen, presten atención al siguiente ejemplo.

Algunas hipótesis

En septiembre de 1803, el australiano Joseph Samuels, tras haber sido condenado por el asesinato de un policía en Sydney, fue subido al carro que debía conducirle a la horca. Incluso cuando se le ajustó la cuerda alrededor de su cuello, Samuels continuó proclamando su inocencia. Aun así, el verdugo atizó a los caballos que, alejándose con el carruaje, dejaron colgado al reo. Éste quedó suspendido unos instantes, pero, de repente, la soga de la que pendía se rompió, cayendo Samuels al suelo.

En el segundo intento se cambió de cuerda y se le ataron al reo las manos a la espalda, para evitar balanceos bruscos. Sin embargo, y ante la perplejidad de los asistentes, la soga se rompió nuevamente. Aquello no pareció desanimar a los verdugos, que lo intentaron por tercera vez. Pero no sólo volvió a romperse el dogal, sino que quienes asistían a la ejecución vieron en ello una señal que confirmaba la inocencia del preso. Presionadas por la multitud, las autoridades decidieron suspender la ejecución y devolvieron al reo a su celda, a la espera de una nueva investigación. Pocos días más tarde, las pesquisas policiales dieron sus frutos, hallándose al verdadero culpable del crimen que se atribuía a Samuels. Se trataba de un tal Isaac Simmonds, quien, por cierto, no tuvo tanta suerte en el cadalso como el protagonista de esta singular historia.

El último ejemplo es idóneo para desarrollar algunas de las hipótesis barajadas para explicar este apasionante misterio, la primera de las cuales es la denominada teoría psíquica. Quienes la defienden piensan que no se puede hablar de una simple casualidad, sino del resultado de aplicar facultades mentales que todos poseemos, pero que sólo utilizamos en casos extremos, como el de la muerte inminente, aunque de manera inconsciente. Aquí se encuadrarían la psicoquinesis, la telepatía, la videncia… Observémoslo en el caso anteriormente relatado.

Samuels se libró en tres ocasiones de morir ahorcado, quizá como resultado de sendas casualidades. Pero si atendemos a la teoría «psíquica», tal vez él mismo provocó la ruptura de las sogas. ¿Cómo? Es posible que la certeza de sentirse inocente, unida al miedo insuperable a morir de inmediato, hicieran que su mente desarrollara alguna facultad psíquica latente –como la psicoquinesia–, causando la rotura de las cuerdas.

Fuerzas desconocidas

En otras ocasiones, un sueño premonitorio puede salvarnos la vida. Un caso paradigmático lo constituye el hundimiento del Titanic, ya que numerosas personas decidieron cancelar sus pasajes ante presentimientos y sueños de que algo terrible iba a suceder.

Existen recientes investigaciones que parecen avalar esta teoría, como la llevada a cabo por Stephen Hladhyj, profesor de la Universidad de Manitoba (Canadá). Tras realizar una serie de experimentos con protagonistas de coincidencias de alta extrañeza, Hladhyj descubrió que en la mayoría de los casos los sujetos estaban especialmente dotados psicológicamente. Quizá sea ésta la razón que explique presentimientos como los que tuvieron los presidentes norteamericanos Lincoln y Kennedy en relación a sus muertes.

La segunda teoría que suele esgrimirse es la de la «fuerza desconocida». Según ésta, en el universo existiría una energía más poderosa que la vida y la muerte, cuyo origen y significado aún desconocemos. La incógnita reside en qué entendemos concretamente por dicha energía. Unos la identificarían con Dios y su intervención en los asuntos humanos. Para otros, no sería sino una fuerza de la misma naturaleza que –por ejemplo– la gravedad, pero que aún permanece ignota.

La «mano divina»

Entre los defensores de la «coincidencia» como energía oculta del cosmos, destaca el ya mencionado Kammerer. En 1919 publicó la llamada «Ley de la serialidad», donde aseguraba que las casualidades eran el resultado de fuerzas invisibles que actúan a nuestro alrededor, haciendo coincidir en el tiempo y en el espacio cosas con afinidades comunes. No una fuerza aleatoria como la gravedad que afecta a los objetos con masa, sino algo más sutil cuyo funcionamiento desconocemos.

Por el contrario, aquellos que defienden la hipótesis de la «mano divina», se basan en experiencias tan desconcertantes como la ocurrida en el estado norteamericano de Nebraska el 1 de marzo de 1950.

Ese día, los quince integrantes de un coro acudieron con retraso a su ensayo semanal en la iglesia donde cantaban los domingos, que debía tener lugar a las 19:20 hs. Cada uno de ellos adujo diferentes motivos para no llegar con puntualidad. Ladona Vandergrift, estudiante de bachillerato, tenía que terminar unos deberes para clase; Royera Estes debió aguardar a que su hermana la llevara en su automóvil, al estropearse el coche familiar que solía utilizar; la pianista Marilyn Paul se había quedado dormida; el párroco tuvo que cambiarse de ropa, ya que se manchó aparatosamente durante la cena… Y así hasta completar la quincena. Pero, en este caso, la impuntualidad resultó providencial. A las 19:25 horas, una terrible explosión, causada por un escape de gas, provocó el derrumbamiento de la iglesia.

Si bien no era inusual que algunos de los miembros del coro llegaran con cierto retraso a los ensayos, jamás hasta aquel día les había sucedido a los quince al mismo tiempo. ¿Cómo puede explicarse una coincidencia de tal magnitud si no es debida a una intercesión celestial? Eso es, al menos, lo que argumentarían los partidarios de la sugerente teoría de la «mano divina».

Las siguientes hipótesis son las basadas en la suerte y en la probabilidad estadística como simples explicaciones para estos fenómenos aparentemente misteriosos.

La que ve al mero azar como causante de estas curiosas coincidencias es quizá la teoría más recurrente, aunque, en algunos casos, introduce una variante: que las propias personas afectadas, con su actitud positiva o negativa, puedan atraer o repeler la buena suerte. O, entre las optimistas, percibir como afortunado un suceso que un individuo pesimista quizá no tomaría como tal.

Más interesante resulta la teoría de las probabilidades. Para sus defensores, cualquier coincidencia podría explicarse en términos matemáticos. Sólo bastaría fijarse en todos los detalles que rodean la experiencia en cuestión. Su máxima es la de que si existe la posibilidad, aunque sea remota, de que un suceso se produzca, éste acabará teniendo lugar tarde o temprano. Como es obvio, esta hipótesis excluye aquellos acontecimientos cuya materialización resulta absolutamente improbable.

El número equivocado

En 1985, durante la conferencia anual de la Asociación Americana de Escritores sobre el Crimen, se discutió un caso singular. Éste había sido protagonizado por un individuo que vivía en una casa de madera junto a la carretera. Muy avanzada la noche, un camión perdió los frenos y fue a empotrarse contra el dormitorio de la vivienda. El inquilino de la misma se salvó milagrosamente, ya que, cuando dormía plácidamente, una llamada telefónica le había obligado a levantarse justo antes de que el vehículo destrozara su dormitorio. Por cierto, la llamada en cuestión fue de alguien que dijo haberse equivocado de número.

Tal vez un matemático analizara este suceso preguntándose por cuestiones tales como la probabilidad de que, en plena noche, alguien se equivoque al marcar un número de teléfono; la de que un vehículo se salga de la carretera en ese punto concreto; de que chocara contra esa casa y no otra; o que lo hiciera a la altura del dormitorio y en el momento de la llamada… Para reducir la cuestión a límites racionales, haría falta comprobar si el número de teléfono del propietario es similar al de otros muy comunes (hospitales, policía, urgencias, etc.); si la carretera está mal asfaltada en el punto donde se produjo el accidente; si la vivienda está demasiado cerca de la calzada…
Lo mismo sucedería con el episodio en que Samuels se salvó de morir ahorcado. ¿Cuántas veces se utilizó la misma cuerda? ¿Tenía experiencia el verdugo en ese tipo de ejecuciones? Esto es, el matemático emplearía la lógica.

Pero, claro, siempre habrá coincidencias tan asombrosas y cuya probabilidad de producirse resulte tan escasa que, para explicarlas, habría que recurrir a hipótesis más «abiertas», y es que, como vino a decir el astrofísico británico James Jeans, el Universo se asemeja cada vez más a un pensamiento gigantesco y complejo. Pero, ¿el pensamiento de quién?

Cuatro veces «muerto»

Con tan sólo tres años de edad, el keniano Musyoka Mututa fue declarado muerto y llevado al cementerio de su aldea, Kitui, para ser enterrado. Mientras se procedía a hacerlo, los asistentes escucharon atónitos cómo el pequeño comenzó a sollozar sonoramente, lo que, obviamente, le libró de ser sepultado vivo.

Cuando tenía 19 años, Musyoka desapareció y, tras seis días de búsqueda, fue hallado sin vida en mitad de un campo. Tras los funerales, su ataúd fue depositado en una tumba, pero, centímetros antes de llegar al fondo, la tapa comenzó a abrirse, mostrando a un Musyoka ajeno a lo que sucedía y, desde luego, vivo.

Aún hubo una tercera «muerte», ésta ya siendo adulto y tras una fulgurante enfermedad. Su cuerpo fue velado durante un día entero y, en el instante en que iba a ser introducido en el féretro, el «cadáver» se incorporó, provocando un susto enorme a sus familiares y demás asistentes. Debido a estos sucesos, Musyoka Mututa era conocido en Kenya como «el hombre que burlaba a la muerte».

Cuando, en septiembre de 1985, Musyoka falleció «definitivamente», sus allegados decidieron aguardar prudentemente unos días antes de enterrarlo, no fuera que, casualmente, «despertara» de nuevo.
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