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Hemeroteca :: 01/05/2006
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Geografía mágica
Última actualización 01/05/2006@00:00:00 GMT+1
Area prohibida. Reserva indígena con acceso no permitido a personas extrañas», rezaba una placa herrumbrosa a la entrada de la aldea Tadarimana, refugio de los míticos bororo, tribu de nativos que despertó el interés, allá por los años treinta, del célebre antropólogo francés Lévi-Strauss. Se trataba de una de las cinco zonas indígenas que han quedado de esta otrora importante etnia, que hoy no suma más de 2.000 individuos, mientras que las crónicas de los conquistadores señalaban alrededor de 10.000 hace 400 años. Su «pacificación», o más bien aislamiento, sólo se consiguió a finales del siglo XIX.
Justo en el instante de llegar a su aldea me asaltaban varias dudas: ¿seguirían siendo los bororo aquellos indios llenos de orgullo y satisfacción por su raza y su cultura? ¿O serían una tribu más entre las tantas decadentes de Brasil y, por extensión, de Sudamérica? A juzgar por el estado de la placa, me incliné por la segunda opción, pero lo cierto es que aquel paisaje me había encandilado.

Se acercaba el final del atardecer en el corazón del estado del Mato Grosso, objeto de colonización a partir de los años cuarenta del pasado siglo. Hasta entonces había sido un paradigmático territorio virgen que hoy, desgraciadamente, ha sido en gran parte arrasado a causa de los enormes latifundios destinados al cultivo de la soja y el algodón.
«En la aldea que vamos a visitar viven poco más de 280 indígenas. Están recluidos en un territorio de alrededor de diez mil hectáreas y van sobreviviendo…», me dijo sin levantar la vista de la carretera mi amigo Luis Antonio de Abreu, de la secretaría de cultura de la ciudad de Rondonópolis, núcleo de los antiguos colonos, situada a unos 50 kms de distancia del territorio bororo.

Un camión cargado de indígenas pasó junto a nosotros a toda velocidad. Iba en dirección a la ciudad y el conductor parecía estar acostumbrado a aquella pista de tierra, tremendamente bacheada. La polvareda nos hizo toser durante un buen trecho, pero justo al disiparse advertimos que estábamos frente al desvío que nos llevaría, algunos kilómetros más allá, al interior de la aldea Tadarimana.

Culto a los muertos

Mientras seguía conduciendo, Abreu iba relatándome algunas particularidades sobre los bororo. Al parecer, pese a que eran muy reacios a la presencia del hombre blanco, había logrado mantener un trato muy cordial con ellos, e incluso en ocasiones hacía de intermediario entre los indígenas y algunos hacendados de la región. Sea como fuere, conocía bien su modo de vida y muchas de sus ancestrales costumbres.
«Uno de los principales rituales que practican corresponde a su día de los muertos –comenzó a explicarme Abreu–. Es entonces cuando exhuman los cadáveres de los suyos y sacrifican un toro para dar de comer a los vivos. Como no suelen disponer de reses, yo hablo con los hacendados y entre ellos consiguen un animal que acaban donando a los indígenas. Es preferible así, pues en caso contrario pueden robar y matar ganado ajeno».

Sin embargo, parece que tradicionalmente el «regalo» de los hacendados servía más bien como paliativo para aplacar la ira de los indígenas, que vieron sus tierras invadidas y aún hoy siguen revindicándolas sin éxito.

Antiguamente, cuando los bororo sospechaban que alguno de sus ancianos o enfermos desahuciados iba a morir, se le emplumaba de pies a cabeza, realizaban danzas a su alrededor al ritmo de las maracas y, finalmente, procedían a enterrarlo cuando aún vivía. En la actualidad el macabro ritual se ha tornado en una ceremonia festiva en la que participa toda la tribu, con el objetivo de ahuyentar al espíritu del fallecido e iniciar a los jóvenes en este particular culto.

Muy pocos han podido presenciar los insólitos funerales de los bororo. Sin embargo, varios antropólogos los han descrito con bastante detalle. Cuentan que suele pintarse el cuerpo del moribundo con un pigmento de color rojo púrpura, procedente de las semillas del annato o urucum (Bixa orellana), un arbusto frecuente en la cuenca amazónica. A continuación se le corta el pelo y adornan su cabeza con plumas. Mientras tanto, sus parientes entonan cánticos fúnebres a modo de despedida. Cuando deja de respirar le cubren el rostro y dejan de cantar. Las mujeres más cercanas al difunto comienzan a gritar y se arrancan los cabellos en señal de duelo. Durante la puesta de sol transportan el cadáver hasta el patio occidental de la aldea, mientras los jefes ceremoniales cantan solemnemente toda la noche.

Al amanecer las mujeres disponen el hoyo para depositar al fallecido, al que previamente enrollan en una esterilla de mimbre y atada fuertemente con fibras. A lo largo de ese día se hacen ofrendas por su alma, como tabaco y agua que depositan sobre el túmulo. Luego se elige un cazador para que mate a algún animal singular, preferiblemente un jaguar, cuyas garras, colmillos y fiel se ofrecen a los parientes del finado. De este modo el guerrero asume el compromiso moral de alimentar para siempre a los familiares del fallecido. Durante dos o tres meses se mantiene húmeda la sepultura, al objeto de precipitar la putrefacción del cadáver. Mientras tanto se celebran ceremonias en honor de destacados miembros de la tribu y se organizan frecuentes cacerías y pescas colectivas para consolidar los lazos de unión entre las gentes de la aldea.

La purificación del alma

Transcurrido el tiempo necesario, una noche se extrae el cuerpo de su tumba y un reducido grupo de hombres lo trasladan hasta un riachuelo cercano para descarnarlo y lavar los huesos. Al amanecer, depositan la osamenta en una cesta de mimbre y la llevan a la casa del difunto. Posteriormente la trasladan hasta la choza central de la aldea, donde es recibida por un chamán a los acordes de instrumentos de viento sagrados.

Uno de los indígenas, que representa al muerto en el mundo de los vivos, extrae el cráneo de la cesta, lo pinta con pasta de urucum y lo deposita en una bandeja de paja, cubriéndolo con plumas de guacamayo. Luego, parientes y amigos se van pasando la bandeja de mano en mano para rendirle homenaje. Acto seguido tiñen de rojo el resto de los huesos, adhieren plumas sobre ellos y vuelven a colocarlos en el interior de la cesta funeraria, sellándola con hebras de palmera. Antes del amanecer vuelven a llevar los restos a la casa del finado, donde los recibe su «representante», a quien jóvenes iniciados embadurnan con arcilla.

Finalmente transportan la cesta hasta la laguna sagrada, donde arrojan los restos mortales. Queda completada así, con ayuda del chamán, la purificación del alma o aroe del fallecido, al objeto de que ésta llegue adecuadamente a su destino en el más allá.

Los tres cielos

Curiosamente los bororo o boé diferencian los «espíritus» de las «almas». Los primeros nunca han venido a nuestro mundo material a través de los cuerpos de hombres o animales, a excepción de Meri y Ari, los hermanos que anduvieron entre estos indígenas cuando el planeta aún estaba sumido en la oscuridad. Luego los dos subieron al cielo y se transformaron respectivamente en el Sol y en la Luna.

Los bororo creen en una entidad superior, a la que llaman Maereboe-doge Etu-o, que recibe toda clase de ofrendas tanto individuales como colectivas. Su misteriosa cosmogonía habla de espíritus o dioses subordinados al principal que dominan tres «cielos» diferentes. El Azul o baru Kaworureu es el más elevado de todos, donde viven Maereboe-doge Etu-o y Maereboe-doge Etu-je, el padre y la madre de los espíritus, respectivamente. Luego, un poco más abajo, se encuentra el Cielo Rojo o baru Jujagureu, habitado por los Tupa-bope-doge pegareu-ge, los buenos espíritus que protegen a los indios contra enfermedades e infortunios. Finalmente, y más cercano a la Tierra, se sitúa el Cielo Blanco» o baru Kigadureu, habitado por espíritus malvados, denominados uwaikuru-Doge, y por los Bope-doge pegareu-ge. Estos últimos también moran bajo árboles secos o podridos, sobre cuyas ramas se posan las aves carroñeras, especialmente temidas por los indígenas.

Los bororo distinguen dos tipos de chamanes: el bare, encargado de los espíritus, y el aroe et-awara are, a quien corresponden las almas. El primero se comunica con los espíritus de los tres cielos, haciendo de intermediario entre éstos y los mortales, y ejerciendo de sanador y adivino. El segundo realiza prácticamente las mismas funciones, aunque su trato con las almas de los difuntos lo convierte en una especie de médium. Al contrario de los bare, que al morir van al «Cielo Azul» o al «Blanco», los aroe et-awara are, acaban, como los demás mortales, en la morada del Este o Itubore o en la del Oeste o Bakororo.

La Casa de los Hombres

Cuando finalmente llegamos a la aldea, nos recibió el cacique Macau, amigo de Luis Antonio de Abreu. El anciano le dio un caluroso abrazo y me saludó cordialmente. Luego dirigió algunas palabras en boé a uno de los indígenas y preguntó a Abreu sobre las últimas novedades en la ciudad. Mientras tanto yo observaba con curiosidad a mi alrededor. Sobre un terreno llano de arena muy blanca se distinguían varias viviendas rectangulares hechas de paja y hojas de palmera.
«La grande que está en el centro –precisó Macau– es la Casa de los Hombres, donde tomamos decisiones importantes y realizamos algunos rituales. También es ahí donde fabricamos nuestras armas y objetos sagrados. Ahora la estamos arreglando, pero nos da mucho trabajo».

A simple vista, no parecía que las últimas palabras de Macau se correspondieran con la realidad, ya que sólo había un hombre encaramado al techo arreglando las ramas, mientras los demás lo miraban o sesteaban en las cercanías. Uno de ellos me ofreció media calabaza a modo de plato que contenía una papa de maíz – que suelen tomar en grupo–. Rehusando la comida, agradecí su amabilidad.

La Casa de los Hombres o bai mana gejewu es una construcción relativamente grande, con casi diez metros de altura y más de 30 de longitud. A su alrededor, en círculo, se disponen las chozas. La aldea está orientada en un eje norte-sur que la divide en dos zonas semicirculares, partidas por un sendero de tierra al que llaman aije rea, literalmente «camino de los espíritus». Se trata de la ruta que siguen los hombres al representar a las almas de los muertos durante las ceremonias fúnebres. El eje imaginario este-oeste, tras atravesar la tribu, llega hasta un territorio etéreo denominado «aldea de los muertos», situado en otro plan dimensional. Hacia el oeste reina el héroe mítico Bakororo, simbolizado durante los rituales por una flauta de madera. Al este vive Itubore, otro personaje mítico representado por el pana, un peculiar instrumento de viento.

Macau solicitó a Abreu nueve arrobas de carne de buey para la «fiesta del funeral». Luego nos acercamos a un grupo de ocho indios jóvenes y fuertes, sentados sobre un tronco arrimado a la Casa de los Hombres. No hacían nada más que matar el tiempo y algún que otro mosquito con sonoras palmadas contra el cuerpo. Mientras tanto, las mujeres cocinaban y cuidaban de los hijos. Pese a todo, la organización social de los bororo es matrilineal, esto es, se basa en el predominio de la línea materna.
«Nosotros creemos en la inmortalidad del alma –comenzó a explicarnos Macau en relación a la ceremonia que habría de celebrarse más tarde–. Existe un reino de los muertos gobernado por Itubore al Este y por Bakororo al Oeste. El alma de un fallecido realiza un viaje largo y difícil. Hay muchos espíritus malvados que vienen a atormentar el alma del difunto pero, por suerte, acuden las de sus parientes para auxiliarle en la travesía… Primero llega al reino de Itubore y luego a Bakororo, donde reposa hasta el día en que su cuerpo sea desenterrado por nosotros, los vivos. Es entonces cuando lavamos sus carnes putrefactas y extraemos sus huesos. Después el alma regresa al reino de Bakororo, mientras la osamenta permanece en una cesta. A partir de entonces el muerto puede elegir, y eso lo sabemos por nuestros brujos, si enterramos definitivamente sus huesos en el suelo o si quiere que los echemos a la laguna. El viaje puede durar tanto como nuestros funerales, es decir, hasta tres meses».

El anciano parecía muy dispuesto a saciar mi curiosidad respecto a la cuestión de la existencia del más allá, de modo que le pregunté si sus creencias distinguían, como las de los católicos, entre Cielo, Infierno y Purgatorio. «No –contestó sin pensárselo dos veces–. Todas las almas tienen un mismo destino. No importa lo que se haya hecho en el mundo de los vivos. No existen castigos para las almas. Todos nuestros muertos son purificados durante los funerales para que logren alcanzar Itubore y Bakororo». Mientras escuchaba con atención al cacique, un pequeño que sujetaba a su hermanito aún bebé me miraba con extrañeza, sin duda poco acostumbrado a la presencia de hombres «blancos» en su aldea. El anciano retomó el hilo y comenzó a describirme cómo era el «otro mundo» de los bororo y, atendiendo a una de mis precisiones, si creían en la reencarnación al igual que otras tribus cercanas. «Todo es igual a la vida de aquí –prosiguió Macau–, con sus alegrías y tristezas. También es necesario cultivar la tierra, cazar, alimentarse… Por ello las almas se meten en el cuerpo de los animales de la tierra, del agua y del aire. Por eso a veces criamos guacamayos y papagayos, para que puedan ser habitados por las almas y que éstas se alimenten y estén bien cuidadas. Es un acto de amor hacia nuestros muertos», concluyó el cacique.

Un rico legado

El célebre antropólogo francés Claude Lévi-Strauss es un gran conocedor de los indígenas del Mato Grosso, no en vano vivió en esta región entre 1935 y 1939, y su primer trabajo de campo etnográfico se centró en estas tribus prácticamente desconocidas.

En relación a la comprensión filosófica de los bororo llegó a decir que es mucho más compleja que la de la metafísica de Aristóteles. La visión del universo de estos indios, con sus mitos y creencias es, en efecto, más rica incluso que la mitología griega. Sin embargo, no se me escapaba que todo aquello estaba perdiéndose rápidamente.

Lo mismo ocurría con la fabricación de objetos de artesanía, especialmente los de arte plumario que les hicieron tan célebres. Macau me enseñó algunos collares, pero guardaba celosamente los adornos más preciados, utilizados sólo en los rituales.

Los ornamentos realizados con plumas de de aves son particularmente llamativos, pero cuestiones estéticas al margen, ocultan un código transmisor de mensajes sobre las jerarquías de los clanes. Sus formas y colores son previamente determinados por los caciques de las tribus y sólo a los hombres les está permitido confeccionar estos objetos, para los que emplean plumas de hasta 50 especies distintas, algunas extremadamente largas, como las de guacamayos, muitús (Crax fasciolata) y una rarísima águila arpía (Harpia harpyia), la mayor de Sudamérica.

Al abandonar la aldea me inundó un sentimiento de inquietud. Aquellos indígenas que antaño podían verse desde la cuenca del río Paraguay hasta los valles del Araguaya han sido desplazados de sus otrora inmensos territorios y, lo que es peor, ven amenazados su modo de vida y su legado ancestral.
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