Última actualización 01/05/2006@00:00:00 GMT+1
En uno de sus escritos, René Guénon, refiriéndose al cristianismo, lo calificó de «esoterismo», añadiendo que era «una muestra de iniciación que puede caracterizarse como crística». Sin embargo, sobre todo en círculos cristianos, existe una marcada reticencia a considerar el mensaje de Cristo como algo «esotérico».
Esto se debe, en primer, lugar al desconocimiento casi total por parte del hombre moderno de qué es el esoterismo y al desprestigio en que ha caído esta palabra por culpa de quienes la han utilizado –mal– para todo tipo de fines. Pero también hay que achacarlo a algo mucho más grave: el desconocimiento del mensaje original de Jesús, que ha sido relegado a una enseñanza de carácter moral, exterior.
Esotérico es «interior» como exotérico es «exterior». En el cristianismo «exterior», en lo que san Pablo llamó «la letra» o en lo que Guénon denominaría «la forma», es difícil ver «esoterismo» y, lo que es peor, es imposible vivirlo. Sin embargo, el alma del cristiano siente una especie de «sed» de experiencia interior, y si no le encuentra solución en lo que tiene a mano va a buscarla a otra parte. El esoterismo cristiano, la experiencia «crística», se ha buscado en todas partes menos allí donde, sin lugar a dudas, está más vivo y es más evidente: en los Evangelios.
Un gran especialista, el profesor Francisco García Bazán, coeditor de la biblioteca de Nag Hammadi en castellano y uno de los mejores conocedores del gnosticismo y del cristianismo primitivo, ha señalado que, ya desde el siglo I, el cristianismo muestra diversas anomalías que reflejan en él una fractura con su punto de arranque.
Sin duda, la más importante se deba a la carencia de una lengua sagrada y originaria, lo cual lo priva de los beneficios para la exégesis que aporta. Por ejemplo, la íntima relación entre las letras y los números que podemos encontrar en el árabe, el hebreo o el arameo.
Sin embargo, basándonos fundamentalmente en Jesús hablaba arameo, un interesantísimo libro del autor francés afincado en Canadá Éric Edelmann, de próxima aparición en castellano, podemos comprobar que, retomando las palabras que Jesús pronunció originalmente en arameo, se aclararían muchos aspectos de su doctrina.
Jesús impartió múltiples enseñanzas, sobre todo en forma de parábolas, pero no dejó nada escrito. Tan sólo, en una ocasión, realizó unos trazos en la arena, y en la arena, ya se sabe, todo acaba por borrarse. Tal vez tengamos que ver aquí una prefiguración de qué ha podido ocurrir con la esencia de su doctrina.
«El mensaje de Jesús es puro como un diamante que corta en la carne viva», escribe Edelmann, y «una lectura atenta de los Evangelios muestra que con su vida y sus enseñanzas Jesús quiso transmitir una auténtica ciencia interior».
Lo cierto es que la mayoría de hispanoparlantes sólo conocemos los Evangelios a partir de una traducción del latín que, a su vez, es una versión del griego que, muchas veces con alteraciones y manipulaciones que han sido ampliamente denunciadas, traduciría las palabras originales de Jesús. Pero Jesús no hablaba ni latín ni griego, aunque sí conocía este último idioma que era, para entendernos, como el inglés de la época: el idioma del comercio y de la cultura.
En su libro, Éric Edelmann denuncia «la imprecisión del vocabulario cuando ha pasado por el filtro de las sucesivas versiones y traducciones», que hacen del mensaje original de Jesús «algo moral y difuso». Sin embargo, «al establecerse con precisión el lenguaje que Jesús empleó realmente, se puede vislumbrar que sus parábolas y sus enseñanzas remiten a una dimensión mística y espiritual».
Para este autor, «el significado auténtico de la enseñanza que nos revelan los Evangelios no puede contradecir el mensaje fundamental de la sabiduría tradicional (…), lo que caracteriza a una enseñanza espiritual es que orienta hacia uno mismo. Se trata de una búsqueda interior, una vía de transformación personal que llega a lo más profundo y aborda una realidad íntima». En fin, lo que tradicionalmente se conoce como «esoterismo».
Sobre esta piedra…
Como han demostrado los profesores P. Benoit y M. E. Choisnard de la Escuela Bíblica de Jerusalén, el famoso «tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» o el «a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos», que aparecen en el evangelio canónico de Mateo, fueron añadidos por el último redactor o copista de dicho texto.
¿Pronunció realmente Jesús estas palabras o fueron agregadas más tarde para legitimar la incipiente y exotérica Iglesia de Pedro?
Son numerosos los pasajes en los Evangelios en que se presenta a Pedro como un alumno dotado de una muy limitada capacidad de comprensión, por lo cual Jesús le riñe con palabras aceradas. Lo retratan como una persona inestable y apasionada, que siente una atracción intelectual y afectiva por la persona de Jesús, pero que no ha integrado realmente su enseñanza. ¿No ha ocurrido algo parecido con la Iglesia de Pedro?
Jesús nos propone con su vida y con sus enseñanzas un itinerario, un camino de transformación, y los Evangelios abordan las etapas que jalonan este cambio sustancial, pero no las describen de manera lineal o sistematizada. Señalemos que no es posible separar su vida de su doctrina: Jesús encarnaba lo que predicaba, exhortándonos a hacer lo mismo. La enseñanza que profesó a lo largo de su vida no propone hacer mejor al hombre viejo, ni perfeccionar el estado ordinario en que se halla, sino regenerarlo por completo.
Cuando en Mateo 11:28 Jesús dice: «venid a mí los que estáis fatigados y sobrecargados», si acudimos al arameo vemos que la expresión «doblegarse bajo la carga» (shqilay mable, en este idioma) significa, más exactamente estar «empantanado en el deseo».
El ser que trasciende el nivel de los deseos ya no está ligado a sus leyes y su conciencia se mantiene inalterable.
La fórmula «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida», en Juan 1:6, resume el itinerario que propone Jesús. El camino es el rastro que sigue el discípulo para avanzar; también es un método sistemático que tiene un objetivo muy determinado. Se trata de una experiencia viva, no simplemente de adoptar un credo o de mostrar la intención de profesar una doctrina. El conocimiento de la verdad hace explosionar los límites del hombre viejo. Curiosamente, como ha señalado algún cabalista cristiano, las últimas letras de Derej, Emet ve Jaim (Camino, verdad y vida) forman la palabra Jetem, «oro puro».
Actualmente todos los estudiosos están de acuerdo en que el evangelio de Mateo fue escrito en arameo, entre otras cosas porque Eusebio de Cesarea nos da fe de ello. Por otra parte, nos encontramos en el de Marcos con citas del Antiguo Testamento, concretamente del libro de Isaías, que no están hechas a partir del texto hebreo ni tampoco de la traducción griega de la Biblia, sino del Targum, la versión aramea.
Para Edelmann, «lo que se ha convenido en llamar el ‘trasfondo semítico’ de los Evangelios (las dos lenguas hermanas, el hebreo y el arameo) constituye un pilar esencial para comprender la doctrina de Jesús y profundizar en ella». Y «la enseñanza espiritual de Jesús contiene sutilezas y matices difíciles de transmitir a otra lengua», que no sea la que él habló.
Evolución interior
Jesús, como la mayoría de rabinos, enseñaba por medio de parábolas. Es lo que en hebreo se denomina midrashim. Cada una de ellas permite varios niveles simultáneos de comprensión sin que se contradigan en su sentido profundo. Las parábolas son necesarias para mostrar una realidad interior, una realidad del ser y de la conciencia, son indicaciones que invitan al ser humano a despertar al espíritu y a renacer en sí mismo. «Parábola» en arameo es mathla, literalmente «enigma». Se trata más de algo que hay que resolver que de un cuento de hadas o una mera comparación. Como escribe Edelmann, «si la intención primera de la parábola es clarificar mediante una ilustración, no es menos cierto que también suscita una interrogación e invita a hallar un significado más profundo.»
Las parábolas son un velo o un enigma, pero, paradójicamente, este mismo velo puede conducir a una dimensión inabordable de forma directa. Como los koan del zen, aspiran a trascender el nivel de lo intelectual y penetrar en el reino de la conciencia pura, del desapego, donde los opuestos no existen. Leemos en Mateo 25:29 que «al que tiene se le dará y abundará, pero a quien no tiene, aún lo que tiene se le quitará». Se trata de la misma enseñanza zen atribuida a Basho que dice: «deja de apegarte al bastón; si tienes un bastón te daré uno, si no tienes un bastón te quitaré uno».
Clemente de Alejandría escribió que «los misterios cristianos no son para todos». De alguna manera podemos decir que siempre han existido dos cristianismos o dos enseñanzas dentro del cristianismo, una dada a los «muchos» y otra reservada a los «pocos»: «muchos son los llamados y pocos los elegidos». Los elegidos son aquellos a quienes está dado «conocer los misterios», mientras que los llamados sólo los conocerán «en parábolas, de manera que viendo no vean y oyendo no entiendan» (Lucas 7:10).
A estos misterios no se puede acceder a partir de lo conocido: «No se puede verter vino en odres viejos» Mateo 9:17 Los prejuicios y los viejos esquemas no sirven.
Parábolas como las del sembrador, el grano de mostaza o la de la levadura aluden a una realidad interior, a un misterio esencial tan real como invisible a los sentidos. De hecho, todas las parábolas que hacen referencia al crecimiento sugieren una evolución interior del hombre, como ya desvelaron y explicaron los Padres de la Iglesia.
El reino de los Cielos
El Malkutha dishmaya arameo, que en griego se ha traducido como Basilea tou Ouranon y en latín se convertirá en Regnum Caelorum, evoca mucho más que la expresión «reino de los cielos». El vocablo shemaya, además de «cielos», puede significar «luz, sonido, nombre» e incluso «atmósfera», y la desinencia aya alude a lo ilimitado, indicando que el «nombre-luz-vibración-cielo» divinos están presentes en cada partícula de la existencia. Sin duda por ello, el «arrepentíos porque ha llegado el Reino de los Cielos» de Mateo 3:2 ha de leerse teniendo en cuenta que la raíz aramea shub significa «darse la vuelta»: se trata de mirar en el interior de nuestro corazón. Por otra parte, en el evangelio de Mateo este término aparece exactamente 32 veces y 32 es el valor numérico de la palabra lev, «corazón».
Cuando Jesús utiliza la parábola del grano de mostaza, no está hablando de horticultura, aunque la palabra mostaza o jardal es particularmente apropiada para hablar del reino de los Cielos, si pensamos que cuando Jacob se encontró ante la puerta del cielo sintió miedo y dijo: «¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que casa de Dios y Puerta del Cielo» (Génesis, 28:17). La raíz «jarad» significa temer, asustarse, y «dal» quiere decir puerta.
Para el que cree
Que creamos con lo que creemos es algo que actualmente maneja tanto la PNL como la física cuántica, sin embargo los iniciados lo saben desde que el mundo es mundo. Pocos conceptos se han convertido en algo tan alejado de lo que significaban originariamente como el de «fe». Hamanota, el término arameo que en griego se traduce por pistis, en latín por fides y en castellano por «fe», reúne de hecho dos palabras hebreas: emunah, «fidelidad, certeza» y emet, «verdad». La fe, al menos en el contexto evangélico original, no tiene nada que ver con la creencia, sino con la certeza que está más allá de las apariencias. Así el «todo es posible para el que cree» de Marcos 9:23 no debería entenderse como que todo es posible para aquel que tiene una creencia, sino para el que tiene la experiencia de hamanota, o sea, «una experiencia en el presente que da un poder inmediato». Esto es, no estamos hablando de una profesión de fe, sino de una experiencia vivida. No forma parte del orden del razonamiento, sino del de la visión, del conocimiento directo, por lo cual no puede ser objeto de una demostración racional.
En Marcos 4:40 la fe (hamanota) es lo opuesto al miedo; en Mateo 14:31 es lo opuesto a la duda. Así, la fe es en realidad «el acceso a otro nivel de comprensión, lo que hace que su poder resulte muy misterioso para la inteligencia ordinaria, ya que permite liberar energías y fuerzas que tienen una incidencia efectiva en los planos inferiores de la realidad, aunque su esencia no está en este plano».
Acudir al término arameo hamanota nos permite, pues, entender una enseñanza de Jesús que muy pocos cristianos conocen: «Todo es posible para aquel que no tiene miedo» o «todo es posible para aquel que no duda».
La fe tal como la presentó Jesús no es una creencia pasiva, recibida del exterior; es una experiencia, un proceso activo tremendamente poderoso que, como el grano de mostaza de la parábola, esconde tras su apariencia mínima un infinito y sorprendente potencial: hacer que todo sea posible para el que cree. Acercarse sin prejuicios a las palabras originales de Jesús puede ayudarnos a activar este proceso.