Última actualización 01/05/2006@00:00:00 GMT+1
Nunca las piedras tuvieron tanta importancia en los lugares por los que ha pasado esta sección. Aquí las piedras no son fruto del azar o de la elección de los hombres. Aquí estaban antes de que el hombre pudiera soñarse. Y es que lo único que hicieron los hombres es protegerse de ellos mismos en un lugar que queda oculto entre las montañas.
Las piedras facilitaron la existencia de un pequeño reino que nunca importó a nadie, porque se creó para no ser hallado, para ser el reino olvidado del que nunca se encontrara su camino. Así nació Patones, reinventado de la época en la que habitaron allí los pueblos antiguos. Reinventado para ser desconocido.
Es difícil encontrar el camino que conduce a este pueblo perdido, del que dicen que se olvidó el pasado, porque sus huellas nacen y se pierden en una garganta de piedra que esconde lo que fue un secreto. Y es que según cuenta la leyenda, Patones de Arriba tuvo rey propio y se escondieron allí familias enteras para evitar el yugo de los sarracenos. Nació así un reino perdido de pastores y agricultores. Un reino de sombra que siglos después sería el único lugar de la península Ibérica que no fue conquistado por las tropas napoleónicas. No lo fue, porque no lo encontraron.
En la actualidad, Patones es una mezcla de pasado y futuro. Los negocios –restaurantes y un exclusivo hotel llamado El Tiempo Perdido, que merece un reportaje aparte para los amantes del arte– han hecho de este apartado rincón un lugar turístico pero, en sus calles de pizarra negra, también quedan casas abandonadas con sus muros abatidos por el paso centenario de los días.
Patones era un lugar abandonado hasta hace treinta años cuando, primero unos jóvenes desheredados y luego los primeros negociantes, repararon en aquel pueblo que se moría de soledad entre las montañas. Empezó entonces una nueva era para Patones de Arriba y, con ella, la posibilidad de recuperar su leyenda.
Al entrar en Patones de Arriba…
“A semejanza de Itálica has sido grande. Hasta rey cuentas en tu historia. La dominación francesa te ignoró. Hoy en plena ruina alejados tus moradores, los de la ciudad vienen a ti para que sigas tu existencia, quizás con más pujanza. Esta casa pretende ser una reliquia de tu pasado glorioso. Así sea. Ad majarem Gloriam Dei. Año MCLXVII”, podemos leer en una placa que se encuentra en lo que fue la iglesia, sita nada más entrar en el pueblo. Un resumen perfecto de lo que ha sido la historia de Patones, el pueblo de reyes.
Subo las dos calles principales del pueblo. Su pizarra negra apunta alto y un cartel anuncia un restaurante conocido de la localidad, El Rey de Patones, en donde charlo con los pocos vecinos que viven a diario en la localidad: un zapatero de los de antaño, Kika, la mujer de mayor edad y que con sus casi cien años aún recorre sus empinadas calles, o Emili, la dueña de uno de los restaurantes. Todos saben de la leyenda del pueblo olvidado en el que hay catorce personas viviendo entre sus casas.
Hay constancia de este reino en diversos documentos. Uno de ellos es el libro De la Vida, Virtudes y Milagros de la Beata Santa María de la Cabeza –1752–, en el que se relata lo siguiente: “En la falda de los riscos se mantuvieron ocultas algunas familias, en el tiempo de nuestra desgracia y duro yugo de los sarracenos, en los ritos y costumbres cristianas, gobernándose en lo civil por un anciano a quien sencillamente llamaban rey”.
Si estas palabras son ciertas, la retirada a este lugar fue provocada por el empuje de la conquista islámica. Entonces, una serie de familias huyeron a un enclave oculto por las propias montañas donde pudieron mantener sus ritos cristianos. Allí estuvieron durante algunos siglos. Su forma de subsistencia fue la agricultura, la ganadería y la caza, pese a que no es la tierra de Patones un lugar especialmente fértil, aunque un pequeño riachuelo rompe en dos su costado, lo que provocó que tanto la ganadería como la agricultura, especialmente la basada en los cereales, fueran de subsistencia.
Hay más documentos que confirman esta teoría. Un libro publicado en 1680 –Vida de Don Baltasar de Moscoso y Sandoval, Cardenal de Toledo– habla de la entrevista entre el mencionado cardenal y el rey de Patones, que le solicitaba la construcción de una ermita en el pueblo para practicar el culto cristiano.
Tuvo encuentros más importantes la monarquía de Patones. Felipe II mandó una misiva, dice la leyenda, que se encabezaba con el epígrafe Del rey de las Españas al rey de Patones. Dicen que el rey de aquel imperio en el que nunca se ponía el sol quiso saber quién era aquel hombre que se hacía llamar monarca dentro de su propio reino. La misma leyenda cuenta que, cuando recibió respuesta y comprobó que no tenía importancia aquel personaje, dejó de interesarse por el tema.
El rey de Patones fue el hombre de mayor edad del pueblo, quizá el más respetado, pero en aquellos tiempos parece que ambas cosas iban unidas. Un pastor, sin más, que haría de su juicio la justicia; que bajaba a los pueblos cercanos –Uceda, Torrelaguna…– a vender madera o cabras y que allí, en aquellas localidades que formaban parte de otro reino, le trataban como el rey de Patones. Era, en definitiva, un rey del pueblo que consiguió –no era poco por aquel entonces– tener prerrogativas especiales en fueros e impuestos frente a sus vecinos.
Pero las leyendas están hechas para ponerse en duda, porque sino le llamaríamos historia. Y es que otros muy esmerados trabajos hablan de un nacimiento de Patones más prosaico, según los cuales fueron tres hermanos, pastores, de apellido Patones, los que decidieron habitar aquel trozo de montaña porque desde donde vivían –Uceda– les costaba demasiado hacer cada jornada el camino hasta donde pastaba su ganado. Así nació lo que entones era “Los Patones”, en alusión a sus primeros moradores. La figura del Rey, al que se llamó así como se le podía haber llamado alcalde o juez, era el responsable de mantener el orden entre los vecinos y negociar con los pueblos del entorno. Se dice que hay documentos que atestiguan, por lo menos, la existencia de hasta cuatro reyes patónicos.
Un pueblo perdido hasta para los invasores
Dicen que este fue el único enclave de la península Ibérica que los franceses no encontraron en su conquista napoleónica. Una verdad demasiado atrevida, teniendo en cuenta la dimensión de la Península, pero sobre la que hay constancia en varios de los locales de Patones. Y es que, según esta versión que ha pasado de padres a hijos y que los vecinos de Patones repiten con orgullo, los franceses no encontraron el camino y por eso no la conquistaron. Sin embargo, en el archivo municipal consta el pago de una vaca y 50 libras de carne al destacamento francés que estaba en Torrelaguna, aunque esto no demuestra que Patones fuera tomado por las ejércitos napoleónicos, pero sí que hubo contacto con ellos.
Sea como fuere, Patones es hoy un lugar cargado de encanto donde se puede observar la huella del antes y después que le espera a todos los hombres. Un enclave que desapareció durante años de los mapas de carreteras y que ahora reforma sus calles y casas para enfrentarse al siglo XXI. Consiguió Patones crear la utopía de creer que los hombres pueden ser gobernados sin más motivo que encontrar cada mañana la luz y cada noche la sombra. Lejos, donde nadie pueda juzgarlos.