Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Si hay una ciudad de Sudamérica donde las piedras hayan aguantado el peso de la historia colonial española esa es, sin duda, Quito –Ecuador–. La ciudad protegida por las montañas, en la que se dio el primer grito de independencia desde las colonias hasta hacer tambalear el poder que navegaba lento desde la Península, es ahora un pequeño museo que se desparrama por sus calles centrales.
Una mezcla de colores y gentes en la que el hambre se ha ido haciendo dueña de la ciudad y se extiende hacia el sur. El norte, el pequeño norte –también rodeado de arrabales–, se ha convertido en una zona restringida a la miseria, que allí sólo se asoma a intentar robar algo de tiempo. En medio, en el centro administrativo, se acumulan calles y monumentos de la época colonial.
Quito es una ciudad hermosa en su caos, en su vida constante en las aceras, en esa posibilidad, cada vez más cercana, de recuperar esplendor. Algo que, de conseguir arrinconar el hambre, quizá pudiera lograrse. Mientras, en el paseo que de toda ciudad hacen también las palabras, se acumulan las leyendas. Si algo diferencia a Quito de otros lugares es su capacidad para haber hecho una historia propia basada en la historia no comprobada. El realismo mágico que se inventó en aquel continente, que García Márquez ha llamado irónicamente costumbre, es parte de su cultura. Y es que ésta es la ciudad de las mil leyendas. «Aquí cada calle tiene la suya propia», explica un quiteño.
La piedra sagrada
La primera leyenda de esta ciudad se basa en sus orígenes. Entonces, cuentan las palabras, Quito era un lugar sagrado, el centro del mundo. Los quitumbes se salvaron del gran diluvio en la cumbre del volcán Pichincha. Después, allí decidieron sembrar la semilla matriz de un gran reino que fue multiplicando sus frutos con el paso de los años. Siglos después, el Pichincha volvió a vomitar fuego de sus entrañas y los quitumbes buscaron refugio en Puruguay.
De acuerdo a la misma leyenda, cuando la tierra acalló su grito, los príncipes tributarios, por consejo de los brujos, decidieron que el mejor hondero –valiéndose de una huaraca u honda– lanzara la piedra sagrada y que allí donde cayera se estableciera la nueva capital del reino.
La piedra fundacional
La piedra lanzada por el hombre cayó en los abruptos repliegues del Teligote y el Llimpi, centinelas de Tungura, madre de fuego, un lugar muy poco propicio para la vida, pero la piedra había hablado. Sin embargo, cuando los quitumbes se trasladaron hasta allí comprobaron que la piedra sagrada se había convertido en una gran serpiente de fuego que sembraba el terror, por lo cual los brujos decidieron volver a lanzar la piedra…
El mismo guerrero preparó la huaraca tejida por el espíritu de la vieja montaña y, en el mismo instante en que el Sol reventó, arrojó la piedra lo más lejos posible. Cayó en Shillibulu a los pies del Pichinch, en el antiguo Quitu. La ciudad sagrada se volvió a reedificar sobre sí misma. La ciudad sagrada que había sido purificada por el fuego del volcán. Principio y fin. Fin y principio.
No es la única leyenda que relaciona la ciudad con el fuego. Dice otra vez la tradición oral que, antes de la llegada de los españoles, Rumiñahui, un guerrero indígena, prendió fuego a toda la ciudad y destruyó los templos de los incas que vivieron allí. Una explicación que serviría para razonar la ausencia total de restos prehispánicos en la capital. La otra, más verosímil, dice que fueron los conquistadores los que construyeron parte de sus edificaciones sobre las ya existentes.
Sea como fuere, la capital conserva perfectamente construcciones como san Francisco, santo Domingo, la Catedral y san Agustín. Iglesias y monasterios que permanecen anclados al pasado de los siglos junto a las mismas montañas que le dan sombra. La plaza grande, la plaza del teatro, la plaza de santo Domingo o la plaza de san Francisco, por ejemplo, son lugares en los que sólo el bullicio de la ciudad acalla el resonar de los cascos de aquellos primeros y desconocidos caballos que, durante años, recorrieron la urbe. Un conjunto muy bello para visitarlo con algo más que sólo los ojos.
La iglesia milagrosa
En la plaza de San Francisco, en su iglesia, arrinconada en el flanco izquierdo del atrio, está la capilla del indio Cantuña. Es otra de las leyendas de Quito que han pasado al futuro. Dicen que se le había encargado a un indígena llamado Cantuña que terminó la construcción del atrio de la iglesia de san Francisco. El tiempo pasaba y la obra no concluía, por lo que fue amenazado con ir a prisión por incumplir el contrato. El indio pidió ayuda y fue el diablo el que se le apareció y ofreció, a cambio de su alma, terminar la iglesia antes de que saliera el Sol. El indio, que no creyó en que se pudiera acabar la obra, sólo exigió que no faltara ni una sola piedra o el trato se anularía. En pocos segundos, miles de diablillos empezaron a trabajar. Cantuña se arrepintió y vio cómo la iglesia se levantaba rápidamente en sólo una noche frente a sus atónitos y asombrados ojos.
Entonces, se sentó en el suelo y vio que faltaba una pequeña piedra que él ocultó. Al llegar la primera luz, la iglesia estaba levantada, pero Cantuña consiguió salvar su alma cuando enseñó la pequeña fractura que quedaba en el templo al diablo, que se marchó muy enojado. Dicen los quiteños que la piedra no ha sido colocada, pero yo no lo pude ver, pues es otra leyenda más para recorrer la ciudad y sonreír con la mezcla de magia e historia que envuelve a este paraje.
Hay cientos de leyendas, algunas se renuevan o inventan, mientras que otras han perdurado durante siglos. Los nuevos monumentos, como el Panecillo, una enorme representación de la virgen que desde una colina mira al Quito histórico, y en la que se dice que una humilde pastora perdió su única vaca y tras rezar allí la encontró en la puerta de su casa, no han podido esquivar ese realismo mágico sin el que no se entiende la vida en este continente.
Desde allí, desde el Panecillo, se observa perfectamente la estructura desordenada que el tiempo ha dado a la ciudad. La perfecta parrilla del casco antiguo nada tiene que ver con el vaivén de calles y casas del resto de Quito. Se trata de un lugar en el que hasta hace poco la inseguridad hacía imposible su visita.
Sin embargo, fueron en parte las mismas personas que robaban en sus caminos las que decidieron poner en marcha un transporte público consentido hace dos décadas y ganarse la vida con el cobro de los traslados. Ahora, es ya una zona visitable por cualquiera, que comprobará cómo, de noche, todos los conventos, iglesias y plazas se iluminan frente a sus ojos.
Quito tiene dos memorias: la de sus piedras –fascinante– y la de sus palabras –más fascinante aún–. Las dos parece que son la misma: la memoria del hombre.