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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Oficialmente, la historia de las máquinas voladoras más pesadas que el aire se inició el día en que Orville Wright consiguió elevar su avión del suelo hace más de cien años. Sin embargo, mucho antes, algunos pioneros ya habían logrado proezas similares que han pasado al olvido…
Cuentan las crónicas que el burgalés Don Diego Marín Aguilera logró volar el día 15 de mayo de 1793 utilizando un aparato de su invención. La historia casi ha olvidado aquella memorable jornada, pero todavía no se ha borrado del todo el rastro de aquel aventurero que se adelantó más de un siglo a los hermanos Wright. Alguien puede pensar que no era más que un loco inconsciente, pero no dejó nada al azar. Se preparó concienzudamente y con gran entusiasmo para lograr su objetivo.

Diego Marín nació en Coruña del Conde en el lejano año de 1757, hijo de un tal Narciso y de Catalina. Siendo el mayor de una familia de siete hermanos, dedicó mucho tiempo en su juventud a la observación del vuelo de las aves, convirtiéndose en un experto en la materia. Su trabajo como pastor facilitó aquella importante tarea de observación de la naturaleza. Además de su pasión por los pájaros, a Diego le intrigaban las máquinas, a las que dedicó gran atención. Se cuenta que, cuando tenía apenas once años de edad, ideó un mecanismo que mejoró el rendimiento de un molino instalado en el río Arandilla, entre otros importantes inventos.

Toda esta experiencia mecánica fue de gran importancia a la hora de llevar a cabo su mayor logro: construir un avión capaz de surcar el cielo. En secreto, ayudado únicamente por el herrero del pueblo, comenzó a construir su “pájaro mecánico”, preparándose para desafiar la ley de la gravedad y conseguir volar realmente.

El extraño artefacto

Diego no se conformaba con mantenerse en vuelo unos pocos segundos. En su cabeza bullía un plan de viaje un poco más largo: deseaba conseguir una máquina con la que viajar desde Coruña del Conde hasta Burgo de Osma y, desde allí, continuar hacia Soria. Llegado el año 1793, el “pájaro mecánico” de madera y metal estaba casi terminado. La visión de aquel artilugio seguramente debió ser de lo más asombroso, aunque lamentablemente no ha quedado ningún registro gráfico del mismo. Se cuenta que su envergadura rondaba los ocho metros y su cuerpo, con cuatro metros de longitud, contaba con un recubrimiento de plumas. Las alas iban equipadas con una especie de primitivos alerones, guiables por medio de manivelas, que lo dotaban de cierto control en vuelo. La cola podía orientarse a través de unos estribos, con los que se dominaba el aparato. En conjunto, era una máquina tan grande que, para poder moverla, requirió la participación de Diego, el herrero, y algunos de sus amigos.

Así llegamos al día 15 de mayo de aquel año, una fecha clave para la aviación que, lamentablemente, no ha trascendido a los grandes manuales de historia. Con gran esfuerzo, el grupo de amigos consiguió subir la máquina voladora hasta los alto de una cresta caliza, donde se alza el castillo de Coruña del Conde. Desde ese lugar, pilotado por el aventurero, se lanzó al vacío tan singular artilugio. Lo más lógico sería pensar que cayó a plomo, impactando contra el suelo. Sin embargo, los concienzudos cálculos que Diego había basado en el vuelo de las aves parecieron dar sus frutos: la nave no sólo no se estrelló, sino que además logró volar sin aparentes problemas durante unos cientos de metros, hasta que se vio obligada a tomar tierra a causa de la rotura de un perno. Diego seguía vivo y estaba entusiasmado con el éxito de su experimento.

El fin de un gran avance

Habiendo logrado su objetivo inicial, los amigos decidieron mejorar el avión para impedir que ninguna otra pieza se rompiera o soltara durante un vuelo. Lamentablemente, todo el pueblo se enteró de la hazaña y, lejos de tratar a Diego como a un héroe, decidieron que aquel artefacto había sido inspirado poco menos que por el mismísimo demonio. El vulgo solucionó el asunto como de costumbre, prendiendo fuego a la “diabólica” creación y prohibiendo a Diego seguir soñando. A raíz de aquella desgraciada acción de sus vecinos y familiares, el idealista se sumió en una profunda depresión de la que no se recuperaría, algo que le llevó prematuramente a la tumba pocos años después.

Hoy, cuando han pasado más de dos siglos desde aquellos días, no se ha olvidado del todo aquel momento histórico en que un soñador, casi sin medios, logró vencer por unos segundos a la gravedad. En su honor, actualmente hay centros de enseñanza en la provincia de Burgos que llevan su nombre y el Ejército del Aire español ha dedicado un monumento a su memoria frente al castillo de Coruña del Conde, el lugar desde donde voló por primera y única vez.

Un pionero en la Edad Media

La historia de Diego Marín puede resultar sorprendente –un aviador perdido en pleno siglo XVIII–, pero ni fue el único ni tan siquiera el primero. Mucho tiempo antes, en plena Edad Media, otros aventureros miraron con pasión a los cielos y decidieron emprender el mismo camino.

En la Córdoba del siglo IX, según cuenta el historiador Philip Hitti en Historia de los Árabes, un hombre llamado Ibn Firnas habría sido el primer ser humano en poder volar, al menos que se sepa. El tal Firnas no era un cualquiera; desarrolló su teoría de vuelo de manera similar a como lo harían varios siglos después Diego Marín o el mismísimo Leonardo da Vinci: observando metódicamente el vuelo de las aves.

Actualmente olvidado en Occidente, el mundo árabe considera a este personaje como un héroe. Se sabe que Abbas Ibn Firnas nació en algún lugar cerca de Ronda, en lo que entonces se conocía como Al-Andalus, pero se desconoce la fecha exacta. De lo que las crónicas si dan cuenta es del momento de su fallecimiento, acaecido en el año 887 de nuestra era. En tierras musulmanas su fama era enorme, pues se le consideraba uno de los mayores sabios de todos los tiempos. Experto alquimista, fue muy conocido por sus impresionantes experimentos químicos, además de ser astrónomo, poeta, fabricante de lentes e incluso ingeniero –todo un hombre renacentista en pleno medievo–. Entre sus logros más conocidos están también los relojes de agua que construyó para influyentes personajes.

Un curioso precedente

Se cuenta que, en el año 852, un estrafalario personaje llamado Armen Firman ya intentó volar, saltando vestido con una gran capa desde una torre en Córdoba. El experimento no salió del todo mal puesto que, aunque no logró volar, la capa frenó la caída de aquel “loco” lo suficiente como para que sobreviviera al intento. Aquella situación sirvió, con toda probabilidad, de inspiración a un joven Ibn Firnas quien, tal y como cuentan las crónicas, pudo haber sido testigo de primera mano. Sin embargo, estaba claro que una capa no podía proporcionar la capacidad de vuelo soñada. De esta manera, durante años, Firnas estudió metódicamente el vuelo de los pájaros para llegar a la conclusión de que necesitaba una máquina con la que, a imitación de éstos, lograría su anhelo. Pasado el tiempo, en el 875, decidió dejar de lado los cálculos y llevar a la realidad su propio planeador.

Aquella máquina no era más que una especie de “paracaídas” semi rígido, dotado de una capacidad de control muy tosca, similar a un ala delta primitiva, aunque robusta y, al parecer, bien calculada. La nave, revestida de seda y plumas, consiguió planear bastante bien. El intrépido inventor, que pilotaba tan pintoresco artilugio, saltó con decisión desde la mezquita de Córdoba y planeó sin contratiempos durante varios segundos. Lamentablemente, la maniobra de aterrizaje no fue muy buena, pues durante la misma, el bueno de Ibn Firnas se lesionó gravemente la espalda, sufriendo por ello dolores que le acompañarían durante toda su vida. Había alcanzado, sin embargo, su mayor sueño: volar como las aves.
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