Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
El título nada tiene que ver con que, a raíz del estreno de la esperada película, «se haya armado la de Troya», ni nada similar. No.
Desde que leí El Código da Vinci me atreví a defenderlo, como el fenómeno psico-socio-cultural único que es, explicando mi convicción de que dejaría huella en la historia de las creencias populares, frente a las inmensas mayorías culturales que denostaban su ausencia de calidad literaria, a quienes se dedicaban a buscar con lupa los errores de esta novela enciclopédica y a los que veían en ella un insulto imperdonable contra su religión… por proponer que Jesús estuvo casado y tuvo hijos.
Ahora que el debate en torno a la polémica novela comienza a dar lugar a una refriega internacional de tirios y troyanos, me permito insistir en que El Código es un auténtico caballo de Troya que ha penetrado en el inconsciente colectivo. Mientras que la inmensa mayoría se divierte con este armatoste y una minoría se preocupa por examinar pormenorizadamente las características del mismo, me temo que pocos son conscientes de que lo más importante son los enanos que salen de su barriga mientras todos dormimos. Y los hay para todos los gustos…
Me parece muy positivo que haya lanzado a la arena pública una discusión indispensable sobre los orígenes de nuestra religión y sobre el papel de invitada de piedra que la mujer ha jugado en la misma. Aunque de esto y de la figura de María Magdalena hablaremos otro mes con la extensión que merece...
Pero también me preocupa que mucha gente acabe viendo a Jesús como un humano más, como un aspirante al trono de Israel desprovisto de su dimensión trascendente y revolucionaria, que es lo que mejor encaja con nuestra sociedad del «todo a cien», y que lo haga basándose en la falsa idea –que en esta novela se vende como un hecho– de que así lo pintan los «evangelios prohibidos» o un inexistente documento Q escrito de su puño y letra, cuando es todo lo contrario: los evangelios gnósticos muestran a un Jesús aún más espiritual, esotérico e incomprensible que aquel que –desde los canónicos– nos habla casi siempre mediante parábolas.
En cuanto a la descendencia a la que habría dado lugar su unión con la Magdalena, ya me referí a ella el mes pasado. Baste recordar ahora que no hay una sola pista creíble sobre ella en ningún documento de los primeros siglos; y eso no podemos atribuirlo sólo a la censura, porque siguen apareciendo papiros prohibidos, como el de Judas. Aunque, sobre todo a partir del siglo XII, hubo gente que así lo creyó, ya fuese de buena fe o por el inmenso prestigio que otorgaría tan celeste ascendencia. Dicho sea de paso, si en el centenario del rey Hugo Capeto algún historiador calculaba que más de la mitad de los franceses serían descendientes suyos, por lo prolíficos que eran los reyes, en el caso remoto de que Jesús hubiese dejado descendencia, cuanto menos la mayoría de los europeos llevaríamos su sangre… A mi me bastaría con incorporar su legado espiritual.
Enrique de Vicente