Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Fue allá por el año 2001 que el sacerdote Don Andrés Santiesteban Moreno se hizo cargo de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, construida entre 1570 y 1575 según algunas fuentes y en 1536 según sugieren otras. Al acometer las obras del hoy inexistente coro, olvidados quizá de la mano de Dios o protegidos por ésta, quién sabe, Don Andrés rescató de un baúl dos peculiares linos que no eran otra cosa que sendas copias, en absoluto exactas, de la Síndone de Turín. Desde entonces las ha venido custodiando, consciente del excepcional tesoro que protege…
Antecedentes confusos
Nieto de los Reyes Católicos, Carlos I accedió al trono de España en 1516, contrayendo matrimonio con su prima hermana Isabel de Portugal el 11 de marzo de 1526. Un desposorio que no era más que la continuidad de la política matrimonial acuñada por sus abuelos para lograr la unión de Castilla y Portugal. Un año más tarde del enlace que uniera a Carlos I con la hija de los reyes lusitanos (María de Portugal, su madre, era hija de los Reyes Católicos), Isabel daría a luz a Felipe, quien más tarde se convertiría en Felipe II.
Pues bien, en su viaje desde Portugal para contraer matrimonio, la futura reina de España vino acompañada, entre otras, por una dama que respondía al nombre de Doña Mencía de Salcedo, quien prestó servicios como lavandera real y, posteriormente, como camarera del príncipe Felipe. A la muerte, el 1 de mayo de 1539, de la reina Isabel, Doña Mencía –que sería posteriormente la fundadora del mayorazgo de Noalejo y quien ordenaría la construcción de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción– recibió en herencia multitud de objetos de considerable valor, en reconocimiento a los servicios prestados, entre los que, sin duda alguna, cabe destacar las dos copias de la Sábana Santa motivo de este reportaje, lienzos que posteriormente trasladaría a Noalejo y que, al parecer, fueron encargados por el propio Carlos I para obsequiarlos a su esposa.
Con respecto a la iglesia donde permanecen custodiadas las síndones, no sabemos a ciencia cierta desde cuándo están allí guardadas, aunque sí que la autorización pontificia para edificarla tiene fecha del 26 de enero de 1536. Se trata de un edificio de tradición mudéjar, con una nave rectangular y una cabecera cuadrada, concebido para cubrir estrictamente las necesidades de los feligreses del entorno, ya que Doña Mencía no tenía otros planes para éste, pues pensaba ser enterrada en la capilla del futuro monasterio de Nuestra Señora de la Victoria. Sin embargo, finalmente este deseo no se cumplió y Mencía ni siquiera vio terminado el convento que mandó construir a los frailes de la Orden de Mínimos de San Francisco de Paula, con quienes mantuvo continuas desavenencias, sobre todo de carácter financiero. De hecho, según llegó a afirmar la señora, estos le sustrajeron de su propia casa las reliquias que poseía, aunque tras litigar durante largo tiempo logró recuperarlas.
Las reliquias llegaron a Noalejo en dos portes, junto con algunas imágenes y ornamentos destinados a la iglesia, pero tan sólo existe constancia documental del segundo de ellos, recibido en la localidad en 1559. En el inventario del mismo, aun cuando aparecen objetos tan peculiares como huesos de María Magdalena y de Juan Bautista, o la cabeza de santa Cristina, nada se dice de ninguna de las síndones, por lo que suponemos que habrían venido en el envío anterior o lo hicieron de manera más privada y secreta; quizá Mencía era conocedora del misterio que encerraban las mismas.
En cualquier caso, la iglesia ya estaba construida en 1537, y el convento, lugar donde deberían haberse depositado los objetos sagrados, comenzó a levantarse no antes de 1552. Si la reina había muerto en 1539 –dejando las reliquias como herencia a su lavandera–, once años después de que Carlos I prescindiera de los servicios de Mencía, podemos imaginar que quizá las síndones llegaron a Noalejo alrededor de 1548.
Capilla de Chambery
De las más de cincuenta copias del lienzo sagrado turinés repartidas por el mundo, entre España, donde existen alrededor de 20, el resto de Europa y Argentina, sólo tres fueron efectuadas antes del incendio de la capilla de Chambery, acaecido la noche del 3 de diciembre de 1532, durante el tiempo en que el paño permaneció en poder de la corte de los Saboya.
Por aquel entonces, estaba preservada en el interior de una urna de plata que, debido a las altas temperaturas, se fundió parcialmente, provocando perforaciones en la sábana, así como chamuscaduras en su perímetro y manchas generadas por el agua usada para sofocar el incendio. El hecho de estar la sábana doblada en 48 pliegues es lo que hizo que todas estas agresiones quedaran grabadas simétricamente. Así pues, la excepcionalidad de las réplicas de Noalejo parece radicar primordialmente en que ambas fueron realizadas cinco años antes del incendio y, por lo tanto, son las únicas (junto con una anterior realizada en 1516 por Alberto Durero) hechas a partir de lo que podríamos llamar el original no deteriorado. Pero las copias de Noalejo, y muy probablemente otras, son excepcionales debido a algo que descubriríamos más tarde y que llamó poderosamente nuestra atención.
Descubrimiento asombroso
En nuestra primera visita a la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción tan sólo pudimos presenciar una de las sábanas. Haciendo alarde de la amabilidad y generosidad que le caracterizan, Don Andrés Santiesteban nos abrió sin reparos la puerta de la estancia donde está guardada, extendida sobre una especie de rudimentario perchero, una de las sábanas, la que habitualmente permanece expuesta para que puedan verla fieles y curiosos. De allí, tras realizar numerosas fotografías, nos marchamos con la valiosa información y el testimonio que el párroco nos había brindado, y con el compromiso de regresar semanas después para poder ver la otra síndone, celosamente guardada en una caja fuerte. Mientras regresábamos nos planteamos las siguientes cuestiones: ¿Por qué habría de encargar el rey Carlos I dos réplicas de la síndone de Turín para su esposa, y no sólo una como parecería más razonable? Y en el caso de que fuera ella misma la autora del encargo, ¿a qué obedecía aquella duplicidad? ¿Podrían haber, entre ambas, diferencias sustanciales que encerraran un sentido o un mensaje para quien pudiera observarlas? La respuesta a estos interrogantes no se haría esperar demasiado.
A simple vista, ambos lienzos son muy similares, por no decir idénticos, dando además la impresión de haber sido hechos por la misma mano. Sin embargo, se trata de una idea errónea. Una inscripción en latín recorre el perímetro de ambas telas, aunque debe ser leída de atrás hacia delante, es decir, comenzando a hacerlo desde la espalda de la figura representada y culminando en la parte frontal del lienzo, donde unos números señalan, aparentemente, la fecha de su creación: 1527.
Si bien ambas sábanas parecen querer representar al mismo personaje, los rostros y alguna otra peculiaridad son diferentes. Resulta, pues, evidente que el autor no pretendió realizar dos copias exactas.
Sin embargo, pese a lo anterior, nuestra sorpresa fue mayúscula, porque tras el volcado en el ordenador de las fotografías digitales realizadas y visualizadas por medio de un programa de procesamiento de imágenes, al invertir y, por tanto, convertir en negativo el rostro plano y esquemático de la segunda de las sábanas, éste se tornó en ¡una faz con volumen, expresión y aspecto tridimensional!, tal y como sucede con la Sábana Santa de Turín.
Ciertamente, nadie diría que el rostro que en ese momento aparecía ante nosotros perteneciera a la misma sábana que pocas horas antes acabábamos de contemplar, una cara imponente, altiva y serena. ¿Pero cómo era posible esto? ¿Quién, cómo y por qué había elaborado este trabajo en pleno siglo XVI? ¿Qué se intentaba transmitir con el mismo? Obviamente había un mensaje oculto. Y una cosa sí esta clara: sabemos que esta síndone, que presenta la misma apariencia de tridimensionalidad, de volumen, en todo el cuerpo, pero sobre todo en el rostro, es una obra de arte, una «falsificación» de 1527 que nos obliga por ello a plantearnos muchas otras cuestiones.
En la actualidad podemos observar la imagen de la síndone de Noalejo en su magnitud real gracias a la fotografía y a la tecnología digital, pero ¿qué vieron los testigos hace más de quinientos años? Quizá existieron mentes privilegiadas conocedoras del secreto de la luz y de la imagen, que debían representar una minoría selecta hacia la que iba dirigido el mensaje profundo de la sábana y que hicieron suyo el aforismo de el que tenga ojos para ver vea. Por esto, además, ésta merece ser estudiada artística, concienzuda y científicamente, abordándola desde diversas disciplinas, no sea que en ella se encierren otros secretos que arrojen luz sobre la Síndone de Turín.
Mensaje oculto
En cuanto a la otra réplica, curiosamente el rostro no presenta sensación de tridimensionalidad, de volumen, sino que se trata de la misma faz con los colores invertidos; sí, en cambio, el resto del cuerpo, aunque en bastante menor medida que la otra sábana. Pero, ¿cuál es la razón? No lo sabemos. Quizá algo falló o sencillamente se hizo de forma deliberada con alguna intención, dejando una sábana para el hombre corriente y otra para el versado en el conocimiento oculto.
¡Quién sabe! Lo cierto es que, teniendo en cuenta que no hemos usado negativos fotográficos en el momento de redactar estas líneas, sino fotografías digitales, el fenómeno es el mismo que el atribuido a la Síndone de Turín: la imagen de la sábana se comporta como lo que podríamos llamar un positivo bidimensional (un negativo a efectos fotográficos) que se transforma visualmente en un negativo tridimensional (un positivo a efectos fotográficos) al convertirla en negativo, resaltando en un primer plano frente, pómulos, nariz, pelo, barba y monedas sobre los ojos de manera asombrosa, seguidos de brazos y manos en tomas más amplias, llegando a adquirir en ocasiones gran relieve. Esto nos obliga de manera incuestionable a dirigir nuestra mirada hacia Turín, hasta el material arqueológico más enigmático de todos los tiempos. Entre tanto seguiremos investigando, una vez más con la sensación de que la realidad aparece a veces ante nuestros ojos sencillamente como una broma de la percepción que suele tener la estimulante costumbre de superarse permanentemente a sí misma.