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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Harás un arca de madera de acacia de dos codos y medio de largo, codo y medio de ancho y codo y medio de alto. La revestirás de oro puro; por dentro y por fuera la revestirás; y además pondrás en su derredor una moldura de oro (…). En el arca pondrás el Testimonio que yo te voy a dar».
Con estas palabras recogidas en el Éxodo, Yahvé ordenó a Moisés que construyera el aron habrit, el Arca de la Alianza, un cofre sagrado en el que custodiar las tablas de la ley y que, según las Escrituras, estaría dotado también de poderes inimaginables, teniendo que ser transportado oculto tras un velo.

A pesar de la importancia capital que poseía este objeto sagrado para la religión judía primitiva – se cita en el Antiguo Testamento más de doscientas veces hasta la época de Salomón–, de pronto desaparece y no vuelve a ser mencionado. ¿Qué ocurrió para que se produjera ese silencio total?
Lo último que se sabe es que el arca desapareció del Templo de Jerusalén, construido ex profeso por el rey Salomón para albergar la reliquia en su Santasanctorum, en algún momento entre los siglos X y VI a.C. Cuando las tropas de Nabucodonosor arrasaron y saquearon Jerusalén en el 586 a.C., el arca no se encontraba entre las piezas del jugoso botín. Pero entonces, ¿dónde fue a parar?
Las únicas referencias existentes proceden de textos apócrifos y de diversas tradiciones. Según el Talmud y la Misnáh, por ejemplo, el Arca habría sido enterrada por el rey Josías (siglo VI a.C.) en unos túneles secretos horadados bajo el monte del Templo, en un intento por evitar que las tropas babilónicas se hicieran con tan preciado objeto. Por su parte, un texto apócrifo, el Libro Segundo de los Macabeos, afirma que el cofre de la alianza fue escondida por el profeta Jeremías, también bajo tierra, aunque esta vez en unas grutas del monte Nebo, identificado hoy con el Jaban An-Naba, a unos cincuenta kilómetros de Jerusalén y en plena frontera con Jordania.

Los verdaderos Indiana Jones

A pesar de la falta de pistas fiables, y de la circunstancia de que la mayor parte de los arqueólogos bíblicos consideran que el arca es un objeto mítico –y por lo tanto nunca existió– o que fue destruido en algún momento de su azarosa historia, algunos investigadores han dedicado años de esfuerzo a localizar el sagrado receptáculo.

Uno de los primeros en interesarse por la búsqueda del Arca de la Alianza fue la aventurera americana Antonia F. Futterer. En 1920, Futterer siguió el rastro del profeta Jeremías, y excavó durante meses los montes Nebo y Pisgá. Supuestamente, sus esfuerzos dieron resultados, y descubrió una gruta en la que apareció una inscripción que rezaba: «Aquí está el Arca de oro de la Alianza». Incomprensiblemente, Futterer desapareció sin dejar rastro…Décadas después, en 1981, otro arqueólogo aficionado, Tom Crotser, recogió el testigo dejado por Futterer, y llegó a asegurar que había encontrado la galería descubierta por ésta en el monte Pisgá. Crotser habría descubierto una cripta y, en su interior, un cofre de forma rectangular recubierto de oro. Sin embargo, finalmente se descubrió que todo había sido un burdo fraude.

No menos increíble y rocambolesca fue la búsqueda del estadounidense Ron Wyatt, quien dijo haber descubierto el Arca de la Alianza en 1982, bajo unos terrenos de Jerusalén que él creyó se correspondían con los del monte Calvario. Según el propio Wyatt, las autoridades israelíes le impidieron hacer público el hallazgo y hoy sólo conserva unas borrosas fotografías para respaldar sus débiles afirmaciones.

Más alejado de teorías conspiranoicas, y sin duda alguna más constante en sus labores arqueológicas está el arqueólogo amateur Vendyl Jones, que lleva varias décadas excavando en las cercanías de las cuevas de Qumrán. En 1992 Jones comenzó a seguir la pista del llamado «rollo de cobre», un documento hebreo del siglo I descubierto en 1952 en una de las grutas, y que recoge una lista de objetos preciosos –que según parte de los estudiosos podrían pertenecer al tesoro del Templo–, y el lugar en el que fueron escondidos antes de la invasión de las tropas romanas en el 70 d.C. Entre estos tesoros del Templo estaría el Arca de la Alianza, supuestamente oculta en alguna de las cámaras de la llamada «cueva de la columna». Aunque expertos como el profesor John Milik –uno de los primeros en traducir el texto del rollo– consideran que es una lista fantasiosa, Jones está convencido de lo contrario. Por desgracia, actualmente el arqueólogo carece de fondos, y espera la aportación económica de algún patrocinador para continuar con sus excavaciones.

Otra de las posibles localizaciones del Arca, los pasadizos que se ocultarían bajo el monte del Templo, en Jerusalén, permanece sin explorar, ya que las excavaciones están prohibidas en la zona. El santuario de la Cúpula de la Roca –en tiempos cuartel de los templarios en la ciudad–, es uno de los edificios más sagrados del Islam y se alza en el lugar, lo que dificulta cualquier intento de investigación.

¿Templarios en Etiopía?
Según cuenta la epopeya nacional etíope, el Kebra Negast (La Gloria de los Reyes), escrita en el siglo XIII, Menelik, hijo de la reina de Saba y el rey Salomón, se apropió del Arca –supuestamente para protegerla de profanadores– y la trasladó a Etiopía.

Esta es la hipótesis defendida, al menos en parte, por el escritor Graham Hancock quien, en su libro Símbolo y Señal (Planeta, 1993), explica los pormenores de su investigación al respecto, que se prolongó durante diez años. Según Hancock, la historia del Kebra Negast es tan sólo una leyenda, pero encierra parte de verdad. En opinión del investigador británico, el Arca de la Alianza fue sacada del Templo de Jerusalén a mediados del siglo VII a.C., con la intención de protegerla del rey hereje Manasés. Los encargados de poner a salvo el objeto sagrado habrían sido unos sacerdotes, quienes la llevaron hasta un templo judío ubicado al sur de Egipto, en la isla de Elefantina. Tiempo después, en el año 410 a.C., el Arca debió ser trasladada otra vez, ya que los egipcios destruyeron el templo. De modo que el precioso tesoro tuvo que ser llevado a un nuevo emplazamiento, esta vez a la «isla del Perdón», en el lago Tana, donde permaneció durante 800 años. En el siglo IV d.C. parte de la comunidad judía que custodiaba el Arca se convirtió al cristianismo, y el tesoro se trasladó a la ciudad etíope de Aksum, donde se levantó la iglesia de Santa María de Sión para custodiarla, y allí seguiría en la actualidad.

Efectivamente, hoy en día la veneración del Arca en Etiopía es muy notable, y en la mayoría de los 20.000 templos cristianos del país se custodian unos objetos llamados tabotats, que simbolizarían el Arca protegida en Aksum y que, una vez al año, los fieles sacan en procesión. Mientras, la «auténtica» Arca de la alianza permanece custodiada en el sanctasanctorum de Santa María de Sión, y sólo el guardián está autorizado a verla. En su libro, Hancock explica que llegó a hablar con el guardián que existía en ese momento, y éste le describió el objeto sagrado con unas características similares a las recogidas en las Escrituras. Por desgracia, resulta imposible averiguar con certeza algo más sobre esta reliquia, ya que es un objeto tan sagrado que sus custodios impiden que nadie –excepto el Sumo Sacerdote o guardián– se aproxime a él.

Pero si la posibilidad de que el Arca conservada en Etiopía sea la verdadera ya es de por sí fascinante, la investigación de Hancock ha sacado a la luz otros detalles aún más sorprendentes. Desde el siglo IV, fecha en la que el Cristianismo se extendió por Etiopía, clérigos de este país se establecieron en Jerusalén. De este modo, cuando los templarios llegaron a Tierra Santa, habrían tenido conocimiento de sus peculiares tradiciones en torno al Arca. No pocos autores han sugerido que quizá la presencia de los pobres caballeros de Cristo en Jerusalén pudo obedecer a la búsqueda del Arca de la Alianza en los subterráneos del monte del Templo. Según Hancock y otros estudiosos, al no obtener resultados, los templarios quizá habrían comenzado a prestar atención a los relatos etíopes sobre el ansiado objeto…
Coincidiendo con la presencia templaria en Tierra Santa, el rey etíope Lalibela llegó a Jerusalén en 1160, después de haber sido derrocado injustamente por su hermanastro Harbé. Una vez allí pidió ayuda a los cruzados y, finalmente, en 1185 habría recuperado el trono con ayuda de… ¡caballeros templarios! Una vez en su patria, Lalibela quiso agradecer a Dios la gracia concedida, y mandó construir once iglesias de piedra, talladas en el suelo volcánico. Dichos templos, excavados en la roca, dejan ver su techo a ras de suelo y, curiosamente, su forma es idéntica a la cruz del Temple. Como explica el estudioso español Rafael Alarcón (AÑO/CERO, 135) aún existe otra fuente que menciona la presencia templaria en Etiopía. Según el geógrafo armenio del siglo XIII Abu Salih, en la construcción de estas singulares iglesias excavadas participaron egipcios coptos y etíopes, aunque los Maestros Constructores fueron «hombres blancos» Y aún es más: cuando el Arca era sacada en procesión una vez al año, sus porteadores tenían «la tez blanca y rojiza, con el pelo rubio».

Si realmente aquellos hombres que custodiaron y veneraron el Arca de Aksum eran caballeros templarios, debemos hacernos varias preguntas: ¿hasta cuándo estuvieron allí? ¿qué ocurrió con ellos tras la disolución de la Orden? Y, sobre todo, ¿sigue la auténtica Arca en Aksum o pudieron los templarios trasladarla a algún otro lugar?
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