Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Por extraño que nos parezca, la celebración moderna del Día de la Madre no es un mero invento comercial sino que tiene sus raíces en la antigua Grecia, con sus festividades consagradas a la diosa Rhea, madre de Zeus y otras divinidades.
Remontándonos a nuestra época, en la Inglaterra del siglo XVII nos encontramos con el «Domingo del servicio a la madre». En el cuarto domingo de mayo, los criados –que vivían en las mansiones de sus patrones ricos, generalmente alejados de su casa familiar– recibían un permiso pagado para visitar a sus familias y honrar a sus progenitoras.
Suele afirmarse que el Día de la Madre, tal como hoy lo conocemos, se remonta a la petición de Ana Jarvis, una norteamericana que perdió prematuramente a su madre y se obsesionó con la idea de realizar un homenaje en su honor y el de todas las madres. Con este fin, escribió a políticos, maestros y religiosos para que la apoyaran en su proyecto de celebrar un «Día de la Madre». Y, como consecuencia de su iniciativa, ya en 1910 todos los estados de Norteamérica festejaban bajo esa denominación el segundo domingo de mayo (en el cual murió la madre de Jarvis), una costumbre que se extendió prontamente a otros cuarenta países, animada siempre por los comerciantes. Mientras en Europa este Día se conmemora el primer domingo de mayo, los mexicanos lo celebraron siempre el 10 de mayo y, pese a la excesiva comercialización de la que se acusa a dicha festividad, la raigambre de la misma en este país probablemente esté relacionada con la resonancia que tiene otra madrecita en lo profundo del corazón mexicano: Coatlicue, madre de los dioses y de la Tierra. En cambio, en Argentina se celebra el tercer domingo de octubre, porque allí –como en todo el hemisferio sur– éste coincide con mediados de la primavera.
Pero la auténtica pionera de esta celebración y aquélla cuyas motivaciones entroncan con el significado oculto de esta fiesta fue Julia Ward Howe, creadora del «Himno de batalla de la República». Poco después de la fratricida guerra de Secesión americana, en 1870, esta mujer escribió la proclamación del «Día de la Madre», sugiriendo que se consagrase un día a celebrar la paz, y celebrándose encuentros anuales en la ciudad de Boston, en el estado de Massachusetts. El suyo fue un llamamiento a las mujeres de todos los países para que se uniesen con el fin de traer la paz al mundo.
En estos momentos por los que está pasando la humanidad, es muy importante volver a lanzar esa llamada, dirigiéndola ahora no sólo a las mujeres, sino a todo ser humano que quiera abrir su corazón y unirse a la lucha por la paz y la continuidad de la vida en nuestra Madre Tierra, una lucha hoy más necesaria que nunca.
Exaltación de la vida y la sexualidad
En esas mismas fechas y en otros tiempos no tan remotos, hombres y mujeres participaban en un ritual sagrado que contenía el impulso hacia la regeneración de la Tierra. Significativamente, este ritual y otros de los que hablaremos seguidamente, se realizaban en el mes de mayo.
Los celtas celebraban en la noche que va del 30 de abril al 1º de mayo el festival de Beltane. Ésta era una de las cuatro festividades principales de su calendario sagrado lunar, siendo uno de los pivotes del año, junto a Samain, que se celebraba en la noche del 31 de octubre al 1º de noviembre.
Se considera que esta era una fiesta dedicada al dios celta Belenos, aunque el experto celtista Jean Markale sostiene que Beltane significa «fuego de Bel» (que es el nombre del gran dios de los caldeos) y se refiere a una idea de luz y calor.
En esta festividad se celebraban ritos relacionados con el fuego y con la sacralización de la vegetación naciente.
Se creía que en esta fecha se abría una puerta «interdimensional» hacia la vida y la luz; de ahí que los rituales de mayo tenían que ver con la exaltación de la alegría, la sexualidad, la fertilidad y la resurección. Por el contrario, en la festividad opuesta de Samain se abría otra puerta que nos conectaba con el inframundo y las regiones del inconsciente, por lo cual entenderemos que haya acabado relacionándose con la Fiesta de los Muertos, pese a que su simbolismo original era una esperanza de que la semilla que se entierra en la oscuridad de la Tierra va a dar su fruto, desprendiéndose de lo viejo, ya que todo final no es sino un nuevo comienzo.
Se plantaban ramas en los campos y en los jardines como una representación del ciclo continuo de la vida. Y también se bendecían las cosechas y los establos.
Tras la desaparición de la civilización celta, la poderosa influencia de las dos grandes festividades de Beltane y Samain sobre los diversos pueblos europeos pervivió de muchas formas, dando lugar a numerosas celebraciones populares y consagrándose finalmente esta fiesta agrícola como el «Día del Trabajo».
Las brujas, que dieron continuidad de forma subversiva y distorsionada al culto reprimido de la Diosa, convirtieron estas dos fiestas en sus dos noches sagradas, la de Walpurgis y la de Halloween.
Entenderemos mejor todo esto si recordamos que un tema central en Beltane era la liberación y exaltación de la sexualidad, considerada como una energía regeneradora y vivificante. Durante esa festividad los integrantes de la comunidad participaban en diversos ritos que desembocaban en una comunión sexual colectiva, liberando una poderosa energía capaz de fecundar a la Tierra baldía. Éstos eran presididos por la unión sacramental entre la Gran Diosa y su consorte el Dios Cornudo –más tarde demonizado por el cristianismo–, que eran encarnados por la sacerdotisa del culto a la Diosa y por un hombre elegido.
El reino terrestre de la Diosa
El de Beltane era uno más de los antiguos rituales agrícolas asociados a la fertilidad de la Tierra, que en la antigüedad se practicaban durante las mismas fechas en Sumer, Egipto, Creta y otras culturas. En todas ellas, una vez al año, se realizaba el gran Misterio del matrimonio sagrado o hieros-gamos, que consistía en la unión sexual entre una sacerdotisa y el sumo sacerdote, aunque en muchas ocasiones este papel lo asumía el rey.
Ese acto era sagrado y se ejecutaba siguiendo unos pasos precisos y un objetivo claro: la unión entre el Cielo y la Tierra representados por el hombre y la mujer. Durante el mismo, el sacerdote (o el rey) debía permanecer estático y era la mujer –personificando a la diosa– la que despertaba y rescataba al hombre-dios, llevándole al éxtasis sexual, como forma de volver a vivificar la semilla que contenía su falo.
Este ritual de dar vida, de despertar, de traer a la luz lo que está muerto, dormido, inmerso en la oscuridad, lo vemos reflejado en los mitos de Inanna y Dumuzi en la civilización sumeria, en los de Isthar y Tamuz en Babilonia, de Isis y Osiris en Egipto, de Afrodita y Adonis en Grecia, de Cibeles y Atis en Anatolia. En todos ellos hay un elemento común: el dios, tras morir, desciende a los infiernos, y la diosa siempre lo está buscando, encontrándolo finalmente y despertándole de su sueño. Él sale renovado de ese proceso, en el cual ha tenido que morir para ser luego resucitado. En un plano psicológico podemos interpretar este descenso a los infiernos como algo necesario para liberarnos de nuestros aspectos reprimidos, lo que los junguianos llaman la Sombra. Por ello, el hombre ha de bajar al reino del inconsciente y descubrir su naturaleza verdadera, para regresar a la Madre y renacer renovando la fuerza vital que encarna.
La Gran Madre sigue viva
Todos estos símbolos perviven aún en la memoria de nuestro inconsciente colectivo y, aunque los cultos a la Gran Madre fueron reprimidos y denigrados, en un principio por los adoradores de los dioses masculinos del patriarcado y luego por el cristianismo, las señales de su presencia laten y se manifiestan aún entre nosotros. Unos pocos ejemplos españoles nos bastarán para ilustrar esto:
En las numerosas romerías de mayo dedicadas a la Virgen, como la consagrada a la Virgen del Rocío que los andaluces veneran como la «Blanca Paloma», existe la costumbre generalizada de sacar su efigie de su santuario o cueva para llevarla a la orilla de un río, a los campos o a una iglesia, con la intención de que conceda su bendición. En este mismo mes, los romanos sacaban de su templo a la diosa Cibeles y se la conducía al río Tíber para que bendijera el agua que iba a regar los campos, tres días después de la resurrección de su esposo Atis.
Las fiestas de la Santa Cruz se celebran en torno al 2 ó 3 de mayo en localidades distribuidas por toda España. Pero –como explica Juan G. Atienza– al contrario del sentido sacrificial que siempre tiene ésta en el contexto cristiano, aquí la Cruz aparece como elemento lúdico, alegre y festivo. Recordemos que ésta es un símbolo por excelencia de la unión entre el Cielo y la Tierra, el mismo misterio que se celebraba en Beltane y en otros antiguos festivales de mayo. Un ejemplo nos permitirá ver la continuidad de su simbolismo primigenio: en El Berrocal (Huelva) los estandartes de las dos cofradías que intervienen en la Fiesta de las Cruces muestran un gallo (símbolo de lo solar, lo masculino y la resurrección) y una serpiente (que simboliza lo intuitivo, lo femenino y lo sexual).
Durante este mes nos encontramos en muchas localidades con la elección de la «reina de mayo», que es seleccionada entre muchas jóvenes y durante todo el año siguiente representará a su pueblo; una costumbre en la que sin duda tiene su origen la comercializada elección de misses. En las antiguas festividades de mayo, a la sacerdotisa que era elegida para participar en la ceremonia del hieros-gamos se la consideraba la protectora de la vegetación y de la continuidad de la vida.
San Isidro Labrador es el patrón de Madrid, elevado a los altares por los templarios y cuyo significado etimológico es «don de Isis» (la diosa madre que hasta cuenta con un auténtico templo egipcio en la capital de España). En su festividad del 15 de mayo los madrileños acostumbran acudir a «la fuente del santo» para recoger un agua que se considera milagrosa, porque uno de los prodigios más frecuentes que se le atribuyen es que el agua surgía en aquellos lugares donde éste hundía su vara. También a mediados de mayo, en la antigua Roma, las vestales –vírgenes consagradas a la diosa Hestia– realizaban sus ritos para asegurar que durante el verano siguiente hubiese agua para todos.
Renovando nuestro ser
En todos estos ritos existe una clave primordial: la exaltación de la alegría, la fertilidad y la comunión amorosa entre todos los seres humanos. Además de esto, las festividades de mayo representan la apertura hacia lo femenino en su aspecto de la Gran Madre que resucita, alumbra y transforma.
Los ritos primitivos no modificaban las costumbres de los individuos, sino que daban un sentido a su vida. Gracias a ello, el quehacer humano cotidiano se vinculaba con lo divino. Sin embargo, las puertas que antes se abrían gracias a estos ritos iniciáticos, también en nuestros días pueden servirnos en un nivel psicológico, numinoso o trascendente.
Si somos conscientes de las oportunidades cósmicas que representan estas fechas y bien de una forma individual o colectiva realizamos nuestro pequeño ritual, ésta será una oportunidad para regenerarnos y dar luz a nuestros aspectos sombríos, además de poder realizar el matrimonio sagrado que puede representar lo que Jung denominaba la conjuctio psíquica o unión de los contrarios, con lo que conseguiríamos la renovación de la vida dentro de nosotros mismos.
El arquetipo de la madre no sólo tiene que ver con dar a luz a hijos biológicos. Todos podemos incorporar en muchos momentos de nuestras vidas a la Gran Madre. Quitar los rastrojos, preparar la Tierra y poner la semilla para que nazca el fruto es un símbolo de la maternidad. También lo es el acto de ayudar a otro ser humano a salir de las zonas sombrías en las que está apresado, «darle a luz». Y otro es cuando respetamos y cuidamos los árboles, los manantiales y el aire que nos proporciona nuestra Madre Tierra, Gaia… Celebrar y vivenciar el Día de la Madre, siendo conscientes de todo esto, puede ser una idea y un acto tan poderoso como necesario.