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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/06/2006@00:00:00 GMT+1
Desde que se lanzó en 1999, el antiinflamatorio Vioxx, recientemente retirado del mercado, podría haber causado al menos hasta 140.000 muertes por infarto en Estados Unidos. Y millones de personas han estado expuestas sin necesidad a graves riesgos vasculares por tomar fármacos inhibidores COX-2, incluido el Vioxx, cuando no los necesitaban», explicaba recientemente Shaoni Bhattacharya en la publicación Archives of Internal Medicine.
Los citados inhibidores estaban legalizados para el tratamiento de la inflamación crónica como la alternativa más segura a los antiinflamatorios tradicionales noesteroídicos (AINE), como la aspirina, ibuprofeno, diclofenaco, nabumetoma, naproxemo, etcétera, para personas con elevado riesgo de efectos secundarios específicos, ya que estos últimos pueden causar úlceras de estómago y otros trastornos graves en personas mayores de 65 años. Sin embargo, las crecientes voces de alarma en relación con estos fármacos cuestionan cada vez más a la propia industria farmacéutica. A propósito de la reciente polémica suscitada a raíz de los efectos producidos por un nuevo antiinflamatorio que ha causado serios trastornos en seis hombres jóvenes, la influyente periodista científica Lynne McTaggart expresó en marzo de 2006 en su boletín What doctors don’t tell you (Lo que los médicos no le cuentan), dedicado a los problemas y peligros de la medicina moderna, que «los fármacos son tan seguros como los hacemos; es decir, no son seguros en absoluto».

Mientras algunos se han retirado del mercado, como el Vioxx, tras confirmarse que aumentaban el riesgo de ataque cardiaco y apoplejía en los pacientes en aproximadamente un 20%, otros antiinflamatorios peligrosos siguen a la venta. Muchos de ellos provocan efectos secundarios de diversa gravedad, además de enmascarar las causas de la inflamación crónica. El doctor Joseph E. Pizzorno sostiene que «la aspirina y otros AINE son un buen ejemplo de lo que ocurre cuando la terapia se limita a aliviar el síntoma en lugar de procurar la salud. Al enmascarar el dolor, estos medicamentos dejan que continúe el deterioro de las articulaciones y se obstaculiza la función normal de recuperación del cuerpo, es decir, la producción del colágeno para restituir el cartílago perdido».

La mayoría de las inflamaciones suaves no precisan atención médica especializada y suelen tratarse con agentes antiinflamatorios orales, los citados AINE como la aspirina. Sin embargo, cuando éstas son agudas o crónicas precisan una atención especial, ya que con frecuencia producen dolores intensos que pueden durar desde varios días a muchos meses. Afortunadamente, existen algunas alternativas procedentes de compuestos orgánicos como la glucosamina, o bien botánicos para quienes opten por los tratamientos naturales (ver los recuadros). También hay parches de uso tópico con principios activos de lavanda, árnica y harpagofito, conocidos analgésicos y antiinflamatorios naturales, que son liberados de forma controlada y constante durante las 2 horas siguientes a su aplicación. Unos y otros no alivian el dolor tan rápidamente como los fármacos antiinflamatorios convencionales, pero a la larga son preferibles porque no ocasionan efectos secundarios. No obstante, ni siquiera esos remedios naturales son la solución. Con frecuencia, la clave para evitar la inflamación y el consiguiente riesgo de enfermedad crónica se encuentra en la dieta.

Alimentación adecuada

Ningún fármaco puede corregir una carencia nutritiva; sólo los nutrientes lo hacen: «La publicidad intensiva de los inhibidores COX-2 –como Vioxx y Celebrex– ha oscurecido el hecho de que muchas personas producen esta enzima en exceso. Tal saturación parece deberse a los desequilibrios y carencias de ciertos nutrientes. Más que corregir los problemas dietéticos subyacentes, los inhibidores farmacéuticos COX-2 sólo enmascaran los síntomas más visibles. Algunos cambios dietéticos relativamente pequeños, más algunas vitaminas y suplementos herbales, corrigen los problemas subyacentes», opina el experto nutricionista Jack Challem.

Efectivamente, ciertas grasas afectan la forma en que el cuerpo produce prostaglandinas, un grupo de hormonas que regulan la inflamación. Algunas prostaglandinas intensifican la respuesta inflamatoria mientras que otras la inhiben.

Muchas inflamaciones tienen que ver con un desajuste en la ingesta de ácidos grasos omega-6 y omega-3. Según un estudio del doctor Artemis Simopolous, director del Centro para la Genética, la Nutrición y la Salud de Washington, en la dieta humana el consumo de ambos ácidos ha estado equilibrado hasta hace unos treinta años, en que –al menos en Estados Unidos- los americanos han incorporado muchas grasas saturadas, causantes en buena parte de inflamaciones. Simopoulos estima que la gente consume ahora 20 veces más ácidos omega-6 que omega-3. Desde un punto de vista bioquímico, esto prepara el terreno para reacciones inflamatorias crónicas que, a su vez, desempeñan un papel en la enfermedad cardiaca, el Alzheimer e incluso el cáncer. La relación entre dieta, inflamación y cáncer ha sido demostrada por investigadores de la Fundación Americana para la Salud (Valhalla, Nueva York). En experimentos animales, apreciaron que el aceite de maíz (rico en omega-6) aumentaba la actividad COX-2, mientras que el de pescado (rico en omega-3) la inhibía. Estos investigadores también descubrieron que los ácidos grasos omega-6 favorecen el cáncer de colon, mientras que los omega-3 protegen contra el mismo.

A la inflamación crónica también contribuye la falta de antioxidantes nutritivos como la vitamina E. Cuando se produce un exceso de ácidos grasos omega-6, una carencia de omega-3, y una ingesta inadecuada de antioxidantes, la reacción proinflamatoria del cuerpo se desnivela y provoca inflamación crónica y dolor.

Parece que hay consenso en que la forma más sencilla y bioquímicamente segura de equilibrar el índice de prostaglandinas inflamatorias-antiinflamatorias es mediante la dieta. Eso significa consumir aceites vegetales como el de oliva (con elevado contenido en ácidos grasos omega-9) y evitar los alimentos procesados, congelados, envasados y enlatados, porque los fabricantes suelen utilizar para su elaboración ácidos grasos omega-6. Andrew Weil también dice que «para ayudar al cuerpo a reducir la inflamación, deben eliminarse de la alimentación los aceites vegetales poliinsaturados, las margarinas y todos los aceites parcialmente hidrogenados que contienen ácidos trans-grasos. En su lugar, debe utilizarse aceite de oliva virgen de primera presión y aumentar la ingesta de ácidos grasos omega-3».
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