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Hemeroteca :: Edición del 01/07/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/07/2006@00:00:00 GMT+1
Perú y Bolivia comparten el privilegio de tener en buena parte de su territorio las aguas del lago Titicaca, cuyo nombre vendría de los términos indígenas titi (puma) y kaka (dorado). Célebre por ser el lago situado a mayor altitud el planeta (3.812 metros), y por que para recorrerlo por completo se necesita un día entero, dado lo asombroso de sus medidas (9.000 kilómetros cuadrados de superficie y 281 metros de profundidad máxima).
Pero este prodigio de la naturaleza, enriquecido por el caudal de más de veinte ríos, nos ocupa aquí sobre todo por ser un ejemplo vivo de las leyendas y los enigmas de la cultura andina, y también por haberse hallado en él restos arqueológicos que datan de 1.500 años a. C. Vestigios que tendrían la prueba de la existencia histórica del mítico diluvio universal.


El diluvio universal
Entre las numerosas leyendas y tradiciones mágicas asociadas al Titicaca, existe una, recogida por el investigador de la cultura aymara Víctor Ochoa, nieto de un yatiri (maestro o sacerdote), que llama la atención por observarse en ella la influencia del Génesis. En ella se ve reflejada, de forma similar a la Biblia: la creación del mundo, el Jardín del Edén y la especie humana, así como el intento por parte de los hombres de usurpar el poder de Dios, y la cólera divina que su desobediencia suscitó, y también un relato similar al d el diluvio universal.

He aquí un extracto de la leyenda para que el lector pueda juzgar su gran similitud. «Apu Qullana Awki creó el Universo, del que formaban parte tanto la Tierra, con sus mares, ríos y lagos, como los animales y las plantas, los seres humanos, el cielo y las estrellas. Una vez terminada su larga obra se fue a vivir a lo alto de una de las grandes montañas del altiplano, cercana al lago.

En esa remota época todo aquello era un paraíso llamado Wiñay Marka (ciudad eterna), en el que reinaba la paz y no había lucha entre los hombres. En este hermoso valle el creador dio una orden tajante, cumplir el mandamiento de Apu, que consistía en no subir a la montaña sagrada, reconocible por las llamas que constantemente ardían en la cima. Pero con el tiempo, los seres humanos, alentados por un ser maléfico, el Awqa, incumplieron el mandato y alcanzaron la cima, para ser como aquel que los creó, lo que provocó la ira de Apu. Entonces Apu, para castigar esta actitud de soberbia hizo salir a los fieros pumas de sus cavernas y los envío contra los hombres lo cual provocó una auténtica carnicería.

El Sol, al ver los ríos de sangre de la matanza, lloró duró cuarenta días y cuarenta noches, y sus lágrimas formaron una gigantesca laguna en la que se ahogaron los pumas que habían matado a tanta gente…» Y este, habría sido el origen del lago Titicaca.

No faltan tampoco las leyendas que hablan de la existencia de una ciudad, ahora sumergida en el fondo del lago, en la que habrían vivido los incas o quizá una civilización más antigua. Y como la leyenda sostiene que las ruinas ocultarían grandes cantidades de oro y plata, no son pocas las expediciones que se han organizado en las últimas décadas con el fin de desentrañar este misterio. En 1969, el oceanógrafo Jacques Cousteau investigó el fondo submarino y descubrió un gigantesco sapo, único en el mundo, una de las más de veinte especies de anfibios que aquí se encuentran, casi todas endémicas. Esto fue para muchas personas una confirmación de las extrañas particularidades del lago y de la posible existencia, tal como indican algunas leyendas, de seres con manos palmípedas que pertenecerían a una antigua y misteriosa civilización sumergida.

El lago tiene, más allá de todo esto, una gran importancia en relación con el origen de la civilización inca. Según los mitos andinos, al comienzo de los tiempos Wiracocha creó de la oscuridad una raza de gigantes. Quería que vivieran en paz y en perfecta armonía con su creador. Pero esta raza desarrolló los defectos propios de la especie humana, así que el dios desató las fuerzas de la naturaleza contra ellos. Destruyó a sus criaturas convirtiéndolas en estatuas de piedra con una lluvia de fuego, y con las aguas del unu pachacuti, un fenómeno similar al que en muchas otras culturas se conoce como el diluvio universal.

Posteriormente Wiracocha quiso repoblar el planeta con seres humanos , por lo que hizo surgir de la tierra a los hermanos Ayar, liderados por Manco Capac y Mama Ocllo. Según una de las muchas leyendas, su origen estuvo en la isla del Sol, en el lago Titicaca, territorio que actualmente pertenece a Bolivia.

Cuando Wiracocha se manifestó como un hombre resplandeciente eligió de entre los hermanos Ayar a Manco Capac, a quien entregó el Tupayauri, una especie de báculo, para que fundara una gran ciudad allí, donde éste se hundiera en la tierra. Este lugar resultó ser Cuzco, el «ombligo» del mundo inca.

Tras abandonar el lago Titicaca los hermanos Ayar se dirigieron hacia el norte, hasta que llegaron al valle de Yucay, o lo que hoy se conoce como el Valle Sagrado de los Incas. Continuaron por la ribera del río Willcamayu (río sagrado) alcanzando el actual Ollantaytambo, en Perú, uno de los lugares en los que según la tradición surgieron los fundadores del imperio inca.

En este largo viaje Manco Capac portaba el báculo de oro en una mano y en la otra el pájaro Indi, al que se le atribuían grandes poderes. Curiosamente, y para terminar esta lista de similitudes con la Biblia con la que nos regala la leyenda inca, los hermanos Ayar vieron aparecer el arco iris, en señal de que el mundo ya no volvería a ser destruido por el agua con un terrible diluvio.

Islas artificiales

Con la intención de conocer los misterios del lago emprendí desde Puno, en Perú, una larga travesía de cuatro horas y media hasta la isla de Amantaní. El viajero descubre durante el trayecto las impresionantes islas artificiales de los uros, que flotan en el agua, construidas con junco de totora. Con esta fibra vegetal se elaboran las populares totoritas o caballitos de totora, las embarcaciones de los habitantes del lago. Son decenas y decenas de islas, algunas enormes : grandes poblados con sus cabañas a cuestas y toda clase de construcciones.

Merece la pena comentar aquí que los artesanos del junco de totora son tan hábiles que han sido reclamados para construir embarcaciones utilizadas en expediciones internacionales transoceánicas. Gozan de reconocimiento mundial, en especial dos familias, los Limachi y los Esteban, originarias de la isla de Suriqui, en Bolivia, que han participado en más de veinte expediciones por todo el planeta. En 1970, cuatro miembros de estas familias fueron reclamados por el aventurero noruego Thor Heyerdahl para construir con papiro una embarcación de 12 metros de largo, llamada Ra II, que actualmente se expone en el museo Kon Tiki de Oslo, en Noruega. Fue construida en Marruecos y cruzó el océano Atlántico. Heyerdahl demostró con estas espectaculares expediciones marítimas que el mar no sólo no separó a las antiguas civilizaciones, sino que hizo posible que pudieran mantener contactos en tiempos remotos.

Ciudad intraterrestre

La isla Amantaní está envuelta, como pocos lugares en el mundo, en la leyenda y la magia.. Según afirman maestros espirituales y canalizadores este lugar sería la zona clave para entrar en contacto con los misteriosos habitantes de la ciudad intraterrestre del lago, la Hermandad Blanca, considerada por estos médiums modernos como una de las ciudades de luz más importante del planeta. Pero ya de por sí es todo un prodigio la vida de los nativos collas que la habitan, y con quienes tuve la oportunidad de compartir hogar y tradiciones. Se trata de un pueblo pacífico y trabajador, aunque en el pasado, cuando tenían que defenderse ante la agresión de cualquier enemigo, no dudaban en utilizar armas como la korahua u onda, la jaukaña o garrote, al tiempo que producían un gran estruendo que asustaba a los atacantes y les daba a ellos coraje con el pututu o bocina y la huancara o tambor.

Amantaní se ubica al este de la península de Capachica y al norte de la isla de Taquile, a unos cuarenta kilómetros del puerto de Puno. Es una tierra de integración con la naturaleza, con una aureola mágica que impacta pues ofrece singulares yacimientos arqueológicos de la cultura inca y anteriores como la pukara y lupaka.

Las aguas del lago han generado el temor hacia ciertos seres sobrenaturales, como el tejencuru chupa, del que se asegura que es visto en las cercanías del Inkatiana (el asiento del inca). Es un animal brillante con forma de serpiente que se desplaza por la superficie del agua. Los niños tienen prohibido acercarse a estos lugares, ya que les provocaría trastornos. Y según las supersticiones locales ver a este animal es signo de mal augurio, así que cuando los pescadores se encuentran con él saben que tendrán un día poco afortunado en su faena.

Hay numerosas tradiciones, como la de invocar la lluvia llevando una imagen a la capilla de Chuñuna Pampa. Las plegarias se acompañan de lágrimas a fin de que los apus de las montañas y los espíritus protectores sean propicios y provoquen la lluvia. Durante la celebración del día de San Juan tiene lugar la marca de las ovejas, con el propósito de que éstas no enfermen, den abundante carne y lana y sean fértiles. Otra costumbre popular de la isla es observar durante la noche las estrellas, sobre todo las Pléyades, denominadas las Cabrillas, muy veneradas por la antigua tradición inca. Es una forma de descifrar los augurios, ya que se cree que esta constelación representa los depósitos de alimentos. Otras curiosas prácticas que podrían considerarse mágicas para evitar los destrozos causados por el pedrisco, consisten en utilizar el sonido del pututo (una trompeta elaborada con un cuerno de ganado vacuno); o encender hogueras y pedir al granizo, con lanzamiento de cohetes, que «se vaya a comer a otro sitio».

El desarrollo de la religión cristiana no ha impedido la perpetuación de los ritos ancestrales, el culto a la Pachamana, a la Madre Tierra, al mismo tiempo que se venera el espíritu de las montañas, a los apus que habitan en sus cimas sagradas. En el caso de Amantaní, este protagonismo lo tienen las montañas de Coanos y Llacastiti. Coanos está vinculada a la serpiente (coa), que es a su vez símbolo masculino de la lluvia y del relámpago. Llacastiti encarna el símbolo femenino, a través del puma (titi), vinculado al pastoreo, el ganado y las faenas textiles.

En la isla hay asimismo un enclave arqueológico que revela la vinculación del pensamiento andino con la espiritualidad, la geometría sagrada y la observación de las estrellas. En sus montañas más elevadas se ubican los templos de Pachamama y Pachatata. En el pasado los dos edificios sirvieron como observatorios astronómicos, estelar-nocturno y solar-diurno respectivamente, útiles para la elaboración de calendarios y la medición del tiempo. Pero es la forma que adopta su construcción la que habla de la importancia de la geometría sagrada en la cultura inca. El primero, de planta redonda representa el principio femenino de la Tierra y de la Madre, generadora del Cosmos; mientras que el segundo, cuya planta es cuadrada, es un símbolo de lo masculino y representa a Viracocha el principio creador del Cosmos. La situación próxima de ambos templos reflejan la continua lucha de la cultura andina por hallar el equilibrio a través de la pareja sagrada. Otro símbolo más que refleja los conocimientos de geometría sagrada de este pueblo es la cruz andina o chacana (cruz de Tiawanacu o Tawa-Chakana), en la cual se observa un cuadrado insertado dentro de un círculo, un símbolo arquetípico y sagrado que a su vez une los principios del espacio y del tiempo, en un proceso constante de evolución y movimiento.

Energía planetaria

Una interesante información que proviene de la tradición oral transmitida por los sacerdotes mayas sugiere que la energía del planeta se va moviendo de un lugar a otro a través de ciclos, que serían aproximadamente de 3.600 años. Esta serpiente energética, réplica de la energía llamada Kundalini que recorre la columna vertebral del ser humano, se movería a través de las montañas y de grandes cordilleras. Este movimiento haría que se activaran los lugares que recorre, provocando en ocasiones, si la energía no fluye adecuadamente, graves conflictos. Según esta teoría, la energía se habría anclado en el Tíbet a partir del siglo XVII a. C., desplazándose a mediados del siglo XX hacia el continente americano. Tras recorrer la cordillera del Himalaya y atravesando el estrecho de Bering, habría comenzado a bajar desde Alaska hasta Estados Unidos, continuando su recorrido a través de Centroamérica, para situarse en el altiplano andino, especialmente en el lago Titicaca. Este proceso se completaría entre el 2010 y el 2015, para dar comienzo a un nuevo ciclo de 3.600 años.

Raza oculta

Una simple vela iluminaba la sencilla pero acogedora estancia de adobe y lecho de junco de totora cuando Adolfo Mamani, mi anfitrión, me habló de las luces que vienen del cielo y se introducen en el agua: «Las luces absorben el agua y se la llevan hacia arriba. Se la jalan, hace nubes y el agua vuelve a caer». En e pueblo se creen que estas luces son una «energía» y las interpretan como una protección celeste para la comunidad.

Durante el viaje había escuchado las leyendas que hablan de la existencia de dos razas que en el pasado vivieron en el lago, una enana y otra gigante, ya desaparecidas, y que lucharon entre sí. Así es que me quedé sorprendido cuando Adolfo me contó la experiencia que había tenido. Mientas cuidaba un rebaño se le perdió una oveja y al ir a buscarla encontró encontró con una mujer enana, que vestía como las mujeres collas de su comunidad. Lo sorprendente del caso es que el físico de la mujer correspondía a un grupo étnico de reducida estatura que desapareció del lago, según Mamami, mucho tiempo atrás, cuando «se convirtieron en calaveras». Me explicó que conocía el lugar donde se encontraban los cadáveres. Sin embargo, no dudaba en afirmar que «estaban vivos» y que en ocasiones se les podía ver cuando empezaba a oscurecer. Su abuelo, un importante chamán (llamados paqos o pakos en estas tierras), ya le había advertido de la existencia de estos seres, a los que hay que tratar con sumo respeto, según la creencia, pues se pueden convertir en aliados de la persona que se les acerca con buenos modales o, por el contrario, provocar alguna fatalidad si alguien tiene la ocurrencia de burlarse de ellos. Estos seres pueden verse a partir de las seis de la tarde, según aseguraba Adolfo, al empezar a desaparecer el sol cada tarde.
«Frente a mi tenía una mujer vestida exactamente como lo haría una mujer colla, pero muy pequeña, chiquita», dijo Adolfo. Tratando de encontrar una explicación al misterio le pregunté si no era posible que se hubiera encontrado con alguna de las mujeres de su comunidad o de las otras siete que pueblan la isla. Yo había observado la reducida estatura de las mujeres, todas ellas muy parecidas, tanto por su aspecto como por su indumentaria, pero él lo negó rotundamente. Cuando decía que era chiquita se refería a enana, un tamaño mucho más reducido en relación a las nativas collas. «Tenía a mi lado una awicha», recalcó, utilizando la palabra para anciana, o ancestro. Luego me miró fijamente, con firmeza, y confesó: «Los antiguos nativos viven».

Aquella noche, en la penumbra de una rústica vivienda de adobe azotada por el viento, Adolfo me contó muchas historias de las que hacen del lago Titicaca y sus islas un enclave mágico. Entre ellas la de su abuelo, un chamán de 82 años aún vivo. Su trabajo ritual consistía en mascar coca y mediar entre los hombres y el cielo haciendo los pagos (ofrendas) correspondientes a la Pachamama y al Pachatata. Había recibido sus poderes tras ser tocado por un rayo algo que forma parte de una tradición ancestral. Cuando esto sucede, y en el caso de que la persona no muera, puede ser curado por otro pako que en su día recibió la gracia de igual forma y sobrevivió a la tormenta. El abuelo de Adolfo, quedó prácticamente muerto pero consiguió vivir gracias a la intervención de otro pako que había tenido la misma experiencia que él, utilizando el incienso de un sahumador. Así es cómo se perpetúa una línea de sucesión generalizada en todo el continente americano: la de los chamanes graniceros.
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