Última actualización 01/07/2006@00:00:00 GMT+1
Diferentes historiadores y precursores del nacionalismo vasco defienden la aparición, ya en la prehistoria, de una religión o corpus de creencias típicamente vascas, creencias que habrían llegado hasta nuestros días de diferentes formas. Por ejemplo, Barandiarán opina que la aparición de una serie de huesos de oso colocados sobre un nicho, al parecer intencionadamente, supone la primera prueba de la religión de los antiguos vascos, ya entonces adoradores de un Ser Supremo.
Escribe también Barandiarán que otras producciones del arte paleolítico vasco responden a una concepción religiosa. Diferentes figuras de animales sin cabeza concuerdan «en cuanto a las formas y en cuanto a la ubicación, con las figuras de caballos, de toros, de carneros, de buitres y de serpientes que, según la mitología pirenaica, adoptan genios o divinidades que moran en el interior de las cavernas. Es figura relevante de la misma mitología un genio o divinidad antropomórfica de carácter femenino, también troglodita, que adopta a veces apariencia de animal: su nombre actual es Mari». Efectivamente, la figura de Mari tiene una gran importancia en la configuración de la ideología del nacionalismo vasco y representa toda una serie de valores muy interiorizados por la sociedad vasca tradicional. Mari simboliza la fuerza femenina de todas las cosas. Pues bien, según diversas teorías antropológicas, la presencia de Mari nos lleva directamente desde la caverna al actual caserío, lugar en el que discurre la vida de la sociedad tradicional vasca.
El «etxe» o caserío también es la representación del marcado carácter matriarcal de esta sociedad. Hasta no hace mucho, cuando un vasco abandonaba su casa para vivir en la de la esposa, adoptaba el apellido de ésta. La herencia la recibía el hombre no como tal, sino como hijo o marido de la señora de la casa, la «etxekoandre». Barandiarán y otros incluso relacionan la popular tradición brujeril del País Vasco con el culto a Mari: «Entre las representaciones o sucedáneos del numen subterráneo Mari, existen una figura y un nombre que lograron concentrar en torno a sí a un grupo bastante importante de creencias y prácticas. Nos referimos a la del macho cabrío y a su nombre AKER (…). El numen denominado Akerbeltz tiene facultades curativas sobre los animales (…). La brujería vasca, que tanta resonancia tuvo en los siglos XVI y XVII, dio particular notoriedad a esta vieja representación del numen subterráneo (…). En las declaraciones de los acusados de brujería aparecen frecuentes alusiones a Akerbeltz o macho cabrío negro, y a Akelarre, donde aquel presidía las asambleas de los brujos. Akerbeltz era adorado (o se suponía que lo era) en Akelarre por brujos y brujas en las noches de los lunes, miércoles y viernes. Los reunidos bailaban y ofrendaban a su numen panes, huevos y dinero. A juzgar por la descripción de ciertos actos y creencias que en los autos se les atribuyen, diríase que representaba un movimiento clandestino, en el que llegó a cristalizar la oposición contra la religión cristiana y quizá también contra el estado social vigente u oficialmente reconocido en el país, si bien esto no era tal vez más que una actitud sugerida en las mentes de los supuestos brujos por las preguntas de sus jueces».
Diferentes estudiosos como Jon Juaristi, Javier Corcuera Atienza o Juan Aranzadi defienden que la estructura mítica del nacionalismo vasco representa sobre todo el deseo de regresar a una Edad de Oro, un pasado remoto idealizado en el que los vascos vivían libres, felices y sin preocupaciones. En resumen, un regreso al Paraíso. Así, en Vasconia, obra de Federico Krutwig, uno de los autores más influyentes en el nacionalismo etarra, éste defiende que en Vizcaya no hubo luchas de clases ni desigualdad social hasta la llegada de los españoles. El mismo autor, en Garaldea: sobre el origen de los vascos y su relación con los guanches, convierte a los vascos en precursores de la cibernética. Otro conocido autor «abertzale» como De Oteiza asegura que el crómlech neolítico vasco viene a ser algo así como un condensador de la energía universal.
De todo lo dicho hasta ahora, Juan de Aranzadi concluye que «a partir de los siglos XV-XVI, diversos autores vascos van elaborando una mitología tendente a identificar un País Vasco al que se presume eternamente invariable desde su poblamiento por Túbal con el Paraíso anterior a la Caída. Esa Edad de Oro vasca posee su lengua divina y perfectísima (el euskera), sus leyes basadas en la naturaleza (los fueros), y se halla definida por tres rasgos principales: la secular independencia política mantenida en la permanente invencibilidad vasca frente a todo invasor o enemigo extranjero, la democrática igualdad en la común nobleza y el aislamiento y rechazo de los pueblos limítrofes frente a los que se alza una frontera racial. Este mito tiene un referente empírico: la sociedad tradicional vasca del Antiguo Régimen centrada en el complejo agrario Casa-Familia y sacralizada por la religión católica y la mitología campesina».
ETA y la diosa Mari
El grupo sanguíneo de los vascos autóctonos es el «0» (entre un 75 y un 80 % de la población), proporción que únicamente se da entre los pueblos atlánticos, en algunas zonas de Túnez y poco más. La sangre «0», argumenta D. L., un conocido politólogo y experto en terrorismo que por el momento desea permanecer en el anonimato, está ligada a pueblos eminentemente marineros y disminuye a medida que vamos dejando atrás el Atlántico. Estos pueblos suelen poseer una tradición lunar-femenina como la predominante en las sociedades matriarcales. «Euskal Herria –escribe D. L.– quedaba lejos de las áreas de colonización griegas. Las legiones romanas apenas se internaron y los pueblos germánicos tampoco penetraron. Leovigildo y los visigodos arrinconaron a los vascos en sus valles rodeados de montañas. Los vascones perdieron La Rioja y Navarra. Cuando los musulmanes ascendieron hasta Poitiers, no se preocuparon de penetrar en el País Vasco. Solo en el siglo XIX, la industrialización hizo necesaria la presencia de mano de obra nueva y la burguesía local hubo de apelar a la emigración. Ésta prosiguió hasta hace poco. Euskal Herria dejó de ser una sociedad estanca, encerrada en valles y caseríos, la industrialización trajo emigración y esta diversidad cultural. Las doctrinas nacionalistas de Sabino Arana constituyeron un reflejo de autodefensa para preservar la identidad vasca. Para entonces, era inevitable que el matriarcado originario entrase en conflicto con el sistema patriarcal que no sólo rodeaba a Euskal Herria, sino que había penetrado con la inmigración. En el fondo, el nacionalismo, con su culto a la tierra natal, no es sino una muestra evolucionada de telurismo».
Las sociedades lunares-femeninas suelen engendrar sociedades guerreras, porque los jóvenes varones necesitan realizar determinadas iniciaciones como forma de escapar del dominio matriarcal. En el País Vasco todavía perviven rastros de estas iniciaciones en determinadas danzas, en fiestas locales cerradas hasta hace bien poco a las mujeres y en las peñas y sociedades gastronómicas únicamente masculinas. Por tanto, podríamos argumentar que la pertenencia a determinadas organizaciones «abertzales» violentas o a ETA es posible que tenga relación con ese sustrato psicológico que lleva a algunos jóvenes a participar en determinados «ritos de iniciación» violentos para contrarrestar la influencia lunar–femenina hondamente engarzada en la sociedad vasca, tantos siglos a salvo de las influencias solares–masculinas de otros pueblos.
ETA ha usado varios símbolos a lo largo de su historia, pero a partir de los años 70 se empezó a utilizar el hacha y la serpiente. Sobre esto, D. L. escribe: «El hacha es, tradicionalmente, un símbolo de sacrificio y de cólera, emblema de fuerza, dureza y penetración. Contrariamente a las hachas de doble filo, propias de los pueblos indoeuropeos, cuyo significado no es solamente destructor sino también creador, el hacha utilizada por ETA quiere ser símbolo de dureza («duros como el hacha, sigilosos como la serpiente», decía el eslogan de ETA). El hacha etarra pretende ser un símbolo de virilidad, atenuada por el símbolo femenino de la serpiente que la rodea y apresa. El conjunto es andrógino (hacha masculina y serpiente femenina) y refleja hasta cierto punto el drama psicológico de la banda terrorista: hombres con la sensación de estar disminuidos en el seno de una sociedad matriarcal, que solamente logran afirmarse mediante una dureza y virilidad fálica (Federico Krutwig, una vez separado de la organización, explicó que el «cojonímetro» era la medida de todas las acciones). Otro militante, igualmente separado, José María Escubi Larraz, pinta un cuadro muy particular de los etarras en fuga y de su actuación cuando eran acogidos: «Cuando nos cobijaban en alguna casa, debíamos adaptarnos a su régimen de vida, ayudar en la cocina, cuidar de los niños, hacer las camas, etc. En otras palabras, todas las actividades tradicionales propias de las mujeres vascas».
Federico Krutwig, de ascendencia alemana y que tuvo una gran responsabilidad en el decantamiento de ETA por la lucha armada, intentó demostrar los orígenes germanos de los vascos en uno de sus textos más difundidos entre los nacionalistas radicales de los años 60. Para Krutwig, la tendencia hacia el ocultismo y el paganismo del carácter vasco lo acercaba mucho a un sentimiento parecido existente entre los pueblos germanos. Krutwig siempre defendió la pervivencia de un paganismo puramente vasco. Entre sus tesis más renombradas está la de atribuir a los vascos un origen atlante. Como buen conocedor de la obra de la popular ocultista Helena Petrovna Blavatsky, fundadora del teosofismo, el intelectual «abertzale» sabía que ésta sostenía que la evolución de la humanidad era posible gracias a la aparición de distintas razas sobre el planeta en diferentes épocas, y los vascos, opinaba Blavatsky, eran un residuo del ciclo racial protagonizado por el mítico continente de la Atlántida.
Celtismo gallego
Debemos remontarnos hasta 1840 para hallar el primer grupo de intelectuales gallegos que se unen con la finalidad de lograr el reconocimiento de una provincia única para Galicia. Para ello contaron con una importante red propagandística formada por una quincena de periódicos que exaltaban los elementos célticos del pueblo gallego. Historiadores y escritores como José Varela y Aguiar, Martínez Padín o Antolín Faraldo defendían la importancia del celtismo y el druidismo (la religión de los pueblos celtas), acotaban geográficamente el territorio de la «Céltica Hispánica» o investigaban los orígenes gaélicos del idioma gallego. Precisamente, Antolín Faraldo, un confeso revolucionario, dirigió con el apoyo de varios jefes militares una revolución galleguista que finalmente fue derrotada y sus dirigentes fusilados el 26 de abril de 1846 en la villa de Carral. Desde entonces esta es una fecha de referencia para los movimientos nacionalistas gallegos.
Habría que esperar casi cuarenta años para que renaciese de nuevo el espíritu nacionalista de la mano de escritores y activistas como Manuel Murguía o el «bardo» Eduardo Pondal, verdaderos iniciadores del ideario galleguista de raíz céltica. Precisamente Murguía funda una tertulia llamada la «Cova Céltiga» (cueva celta), donde se reúnen apasionados nacionalistas, todos ellos estudiosos del celtismo, la mitología, la arqueología misteriosa, el orientalismo o la búsqueda de la Atlántida.
Influido por El libro de las invasiones, una serie de relatos épicos de los héroes celtas, Murguía bucea en las tradiciones y arqueología gallega en busca de una identidad celta. Su enciclopédica obra Historia de Galicia es una muestra de ello. Para Murguía, los celtas eran la raza superior, la raza aria, creadora de la civilización occidental. En sus estudios cree hallar las similitudes legendarias, toponímicas e incluso raciales de Galicia y otras naciones celtas como Irlanda, Bretaña o Escocia. Son enormemente interesantes sus investigaciones sobre los parecidos entre los nombres de los lugares sagrados de las «naciones celtas». En el plano arqueológico se centra en la similitud de armas u ornamentos. De este modo compara, por ejemplo, unos torques hallados en Galicia con otros expuestos en el museo arqueológico de Dublín. Pero donde pone un mayor énfasis es en las creencias y rituales que todavía hoy se practican en la Galicia rural. Por ejemplo, el mito de la «santa compaña», una comitiva de muertos que vagan por los bosques, se repite en otros lugares de fuerte tradición celta. También la existencia de «meigas» o mujeres sabias es para Murguía una reminiscencia de las antiguas druidesas.
Masonería y catalanismo
Enric Prat de la Riba (1887-1917), uno de los principales teóricos y activistas políticos del nacionalismo catalán, escribió en su obra más importante, La nacionalidad catalana, que ya en la época de los romanos en el pueblo catalán latía la llama nacionalista: «La civilización y el Imperio de Roma habían tapado las almas de las naciones dominadas, pero no habían podido ahogarlas, y todas, cada una en su casa, trabajaban por infiltrarse en los elementos que le habían impuesto la ciudad romana para transformarlos, de acuerdo con las propias necesidades, para amoldarlos al propio carácter y al propio temperamento, y un día, después de siglos de trabajo no interrumpido, cuando ya el poder político de Roma había saltado hecho pedazos, salieron a la luz de la historia los viejos pueblos soterrados, cada uno hablando su lengua, y la vieja etnos ibérica, la primera, hizo resonar los acentos de la lengua catalana desde Murcia a la Provenza, desde el Mediterráneo al mar de Aquitania. Ligurios, gaélicos y tartesios, griegos y fenicios, cartagineses y romanos, no habían hecho retroceder un solo palmo de tierra a nuestro pueblo».
Con el tiempo, el sentimiento nacional aumentará, dando lugar al Regionalismo. El principal impulsor de este movimiento es Valentí Almirall con su obra Lo catalanisme, publicada en 1886. En consonancia con las tesis de éste encontramos otro nombre capital en el desarrollo del nacionalismo catalán. Nos referimos a Pi i Margall. Ambos intelectuales formaban parte del círculo más íntimo de otro pensador de gran talla, también nacionalista y a la vez masón y profundo estudioso de cuestiones esotéricas y ocultistas: el gran Rossend Arús. Según algunos estudiosos, en Lo catalanisme, como apuntamos obra fundamental en la génesis catalanista, se ve la influencia clara de las tesis de Arús. Curiosamente, en el mismo año en que sale a la calle este libro, nace la Gran Logia Simbólica Regional Catalana, de la que Arús, su principal dinamizador, es elegido Gran Maestro.
En la constitución de esta nueva logia masónica, cómo no, queda clara su defensa de la independencia de Cataluña del Estado español.
Rossend Arús también formaba parte de la famosa asociación librepensadora La Luz. En esta peculiar asociación se reunía para discutir asuntos políticos, filosóficos, sociales, espirituales o esotéricos lo más granado de los movimientos espiritista, anarquista, masónico, socialista y ateo de Cataluña. Aparentemente, poco tenían que ver los espiritistas con los ateos, por ejemplo, pero en el fondo todas las personas que pertenecían a La Luz tenían una visión muy abierta y tolerante del mundo.
Sin embargo, Arús no era el único masón con influencia en el movimiento nacionalista catalán. Otro miembro de su logia, José María Vallés y Ribot, se convirtió en un destacado personaje dentro del Partido Republicano Federal. Vallés defendía para Cataluña la existencia de un Senado regional, una legislación penal propia y un marcado proteccionismo arancelario. Representaba la línea más catalanista del partido, tendencia que se impuso con fuerza en el congreso que el Partido Republicano Federal celebró en 1883, en Barcelona. A la muerte de Pi i Margall, Vallés i Ribot se convirtió en el líder del federalismo catalán. Pero el caso de este destacado masón y nacionalista no es único. Otros fundadores de la Gran Logia Simbólica Regional Catalana, como Cristóbal Litrán, Luciano Navarro y Federico Castells, también eran importantes militantes del Partido Republicano Federal.