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Última actualización 01/07/2006@00:00:00 GMT+1
San Pedro Manrique (Soria). Noche del 24 de junio. Ha llegado el momento. Mil ojos vigilan los pasos de una joven mientras se decide a cruzar sin miedo la alfombra de ascuas.
La expresión de su rostro transmite un inquieto dramatismo: ceño fruncido, mirada ausente, comisuras de los labios apretadas y brazos agarrotados simulando el gesto de una acróbata en el estreno de su primera función, antes de una caída al vacío… Sin embargo, casi de puntillas, sus pies descalzos toman contacto con las brasas, todavía flameantes, hasta que, unos cuantos pasos después, los aplausos del público recompensan su valentía. ¿Qué poder ha ejercitado esta joven sampedreña para salir ilesa tras caminar sobre un tapiz de carbones encendidos?

¿Cuestión de fe?
Una de las primeras crónicas que se refieren a la incombustibilidad frente al fuego la encontramos en las páginas de la Biblia. Por no postrarse ante su efigie, el rey Nabucodonosor condena a tres de sus administradores judíos a ser devorados por las llamas en un horno incandescente. Ante la perplejidad del monarca, Sidrach, Misach y Abdenago «andaban por medio de las llamas loando a Dios y bendiciendo al Señor» (Daniel III, 24). Aunque es difícil concretar una fecha exacta, en la India la ceremonia de cruzar un tapiz de carbones incandescentes se remonta como mínimo al siglo VIII a. C. Mencionada por cronistas como Plinio el Viejo, esta práctica sería posteriormente integrada en el siglo I de nuestra era dentro de los cultos ceremoniales de ciertas festividades romanas celebradas en honor al dios Apolo.

Dentro de la antigua terminología parapsicológica, que tiene la vocación de etiquetar hechos aparentemente extraordinarios sin intentar explicarlos, se emplea el término pirobasia –etimológicamente caminar (basis) sobre fuego (piros)– para describir la incombustibilidad que experimentan quienes cruzan una alfombra de brasas incandescentes. Aunque integrado en la parapsicología como un hecho parabiológico, lo cierto es que la pirobasia poco tiene de extraordinario (ver recuadro).

«Anastenárides» macedonios
Desde la provincia de Soria hasta el país del sol naciente son infinidad los rincones del planeta en los que se rememora el ancestral rito de caminar con pies descalzos sobre las ascuas de una hoguera: la tribu de los Joloffis en Sierra Leona, los «hombres santos» de las islas Fiji, los maoríes en Nueva Zelanda, el clan de los King en la India, los adeptos Nistiaris en Rumanía…
Exploradores de todas las épocas han descrito ceremonias similares e incluso, en alguna ocasión, se han atrevido a participar en algunas de ellas. En 1899, en la isla de Rarotonga –en el Pacífico–, el coronel británico Gudgeon salió ileso tras atravesar un sendero de rocas ardientes: «Sentía algo parecido a leves toques eléctricos en ese momento, pero eso fue todo», aseguró.

En la década de 1960, un equipo de la revista Ciencia y Vida dirigido por el doctor Piero Cassoli realizó una investigación de campo en Langadhà (Macedonia). Aproximadamente desde el siglo XVI, los miembros de un restringido clan conmemoran allí la festividad de Santa Elena y San Constantino cruzando con pies descalzos un sendero de brasas. En la víspera del ritual, y antes de realizar tal hazaña, los piróbatas se dejan anestesiar por el sonido de los tambores en una espiral de frenética danza colectiva. Mientras bailan, sus labios dejan escapar largos y jadeantes silbidos, por lo que se les conoce también como anastenárides (suspirantes). Parece ser que este ejercicio está orientado a dominar el cuerpo para conseguir cierto grado de insensibilidad.

Maestros «ninja»
«Liberad vuestro espíritu de todo pensamiento y lograréis que el fuego más ardiente os parezca hielo», sentencian los monjes del templo de Yakuo-in, una pequeña comunidad budista que se refugia en el Monte Takao de Japón. El segundo domingo del mes de marzo, en Hachiojicity (Tokio), los monjes Yamabushi renuevan este ancestral rito en una ceremonia que congrega cada año a más de veinte mil personas.

Los Yamabushi o «Guerreros de la Montaña» siguen las enseñanzas del maestro japonés Kukai, un eremita que vivió en los siglos VIII-IX y fundador de la secta Shingon («de la palabra justa»). Su filosofía se confunde con la imagen tan popularizada entre los occidentales de los guerreros ninja. La práctica del Hi-watari Matsuri, o «marcha sobre el fuego», constituye una de las exhibiciones del poder alcanzado por estos monjes mediante la canalización de esa fuerza vital interior denominada por los orientales Qi, Ki o Chi. Parece que una proeza semejante sólo está al alcance de unos pocos iniciados que son capaces de utilizar el poder de la mente… ¿o hay algún truco que explique tan curioso fenómeno?

¿Misticismo o truco?
En su cruzada contra todo fenómeno pretendidamente paranormal, el célebre ilusionista Harry Houdini (1874-1926) sugirió que muchas de las hazañas protagonizadas por estos «fakires» se debían a la aplicación de ungüentos.

Aunque el primer intento de estudiar el fenómeno de la pirobasia se lo debemos a Harry Price (1881-1948), el «cazafantasmas» que contribuyó a desmitificar muchos fenómenos poltergeist de la Inglaterra victoriana. La experiencia, realizada en Carshalton (Inglaterra) en septiembre de 1935, permitió descartar la utilización de algún tipo de linimento por Kuda Bux, un joven fakir natural de Cachemira, que atravesó dos veces con sus pies desnudos una zanja de ascuas de tres metros y medio sin sufrir quemaduras en un trayecto que duró cinco segundos. Sin embargo, dos de los presentes que se atrevieron a repetir la hazaña del hindú, tuvieron que ser asistidos como consecuencia de las ampollas que se produjeron en su piel.

Más recientemente, en 1999, una experiencia coordinada por el departamento de Física de la Universidad de Pittsburgh frente a las cámaras de la productora Scienceworld Production para la cadena británica BBC demostró cómo un heterogéneo grupo de quince personas –entre agnósticos y creyentes en la existencias de «energías invisibles»– logró cruzar una lecho de brasas de cincuenta y cinco metros de largo, batiendo el récord existente por aquel entonces.

Sampedreños incombustibles
En la década de los setenta, distintas comisiones integradas por médicos e investigadores parapsicológicos se interesaron por los «pasadores» de San Pedro Manrique. Para ellos, que no permiten que ningún «extranjero» emule su hazaña, es la Virgen de la Peña la que les preserva de posibles quemaduras. Una bendición que, quiere la leyenda, no está al alcance de profanos: «Explicaciones –dicen los sampedreños– se dan muchas; pero pasarlas, sólo nosotros».

En La Soria mágica (1985), el cronista Ruiz Vega narra lo que le ocurrió a «un cura de los de antes de la guerra», que desafió las brasas para demostrar a sus fieles «que no había milagro ni prodigio alguno en ello, sino truco o especial artimaña que él había descubierto. Había que pisar, peroraba, de cierta y especial manera que había aprendido de ver pasar a los demás. Y allá fue el mosén, probando suerte y siendo tenido que llevar a escape al dispensario más próximo donde se le apreciaron quemaduras de tercer grado en los caireles…».
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