Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
El escritor Jesús Callejo acaba de publicar Secretos Medievales con la editorial Temas de Hoy. Un recorrido apasionante por uno de los periodos más desconocidos de la historia del hombre…
El concepto de “Edad Media” no procede de la época a la que alude. Fue creado con un claro sentido peyorativo por los autores del Renacimiento italiano. Se referían así al “largo período de barbarie” comprendido entre la época clásica y la rinascitá –el renacimiento– que se produjo en su época. Los italianos de los siglos XV y XVI creían que el arte, la ciencia y la cultura habían llegado a su máximo esplendor en la época clásica de los griegos y los romanos. Después, pensaban, sólo hubo atraso y oscuridad durante mil años. Sin embargo, son demasiados años como para que no se hiciera nada bueno ni útil en aras del progreso humano.
Cualquier aspecto sombrío que afectase a ese período era sacado a relucir para demostrar la ignorancia y el “retraso mental” de los que hacían gala los hombres medievales. Bajo ese prisma, se hacía llamar “gótico”, es decir, ”propio de los bárbaros godos”, al arte de las catedrales, monasterios y construcciones civiles que aún hoy admira el mundo entero. No sólo se aprecia una cierta inquina mal disimulada en esos cronistas, sino también una injusticia histórica manifiesta. ¿Cómo se puede llamar “bárbaros” a los arquitectos y artistas que levantaron las seos de Chartres, León, Burgos, Compostela, Reims, la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada, entre muchas otras? ¿Cómo tildar de “oscuros” los años que produjeron figuras como Tomás de Aquino, Fibonacci, Anselmo de Canterbury, Avicena, Nicolas Flamel o Roger Bacon, o que vieron aparecer los Cantares de Gesta franceses, el Poema de Mío Cid, el Libro de Buen Amor o los deliciosos poemas provenzales y catalanes del amor cortés que invadieron Europa?
¿Cómo tildar de ignorantes y bárbaros los mil años de historia en que la ciencia se desarrollaba en Europa al compás de los hallazgos griegos y orientales, que llegaron a Europa a través de los musulmanes gracias a la Escuela de Traductores de Toledo? Nosotros no seríamos lo que somos, ni como Estados modernos ni como individuos, si no hubiera sido por la Edad Media.
Es verdad que en esa época tuvieron lugar las ocho terribles cruzadas “oficiales”, amén de otras cuantas “extraoficiales” e insólitas –como la de los niños del año 1212–, una época en la que hubo varias pestes bubónicas, en la que tuvo lugar la guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra… Sucesos y acontecimientos que no permitían dedicarse al noble arte de la creación, sino más bien al de la destrucción. Por si fuera poco, hubo una glaciación a pequeña escala a finales de la Edad Media en la que se helaron sus habitantes –y probablemente también las ideas de algunos de ellos– que provocó que tiritaran los dientes y temblaran los proyectos científicos. Se la ha denominado la “pequeña Edad de Hielo” y se trató de un período frío que empezó a mediados del siglo XIV y terminó hacia la mitad del XIX, nada menos.
Época de adelantos y retrocesos
La lista de invenciones técnicas de este tiempo es bastante extensa. En la Edad Media se inventaron o perfeccionaron las gafas, las lentes, el ajedrez, el parchís o la bicicleta. A esa época debemos logros como el compás perfeccionado, la pólvora, el papel –siglos XII-XIII–, el reloj mecánico, los espejos de vidrio, la imprenta, la bomba hidráulica, la saladura del arenque, la fundición, las esclusas en los canales, y un largo etcétera. Los cambios técnicos tuvieron lugar en el transcurso de toda la Edad Media, y han representado una valiosa aportación a la civilización científica del futuro. Y junto con ellos, también se inventaron otros artilugios mucho más heterodoxos: autómatas que obedecían a sus dueños, cabezas parlantes que podían ser consultadas ante cualquier problema, palomas mecánicas que volaban, coches movidos por el viento…
Todo esto dibuja una Edad Media llena de extravagantes genios, algunos ya olvidados hoy día y otros que están resurgiendo de sus cenizas gracias a las novelas históricas. Se han empeñado en decirnos que la mayoría de los sabios medievales creían que la Tierra era plana o que América era un continente desconocido antes de la llegada de Cristóbal Colón. Todas estas afirmaciones se ha demostrado en la actualidad que son falsas, pero aun así se siguen repitiendo sin cesar una y otra vez. Muchos no quieren reconocer que el desarrollo de la civilización medieval fue esencialmente la suma de cuatro elementos: la herencia de la antigüedad grecolatina, el aporte de los pueblos germánicos, la religión cristiana y la genialidad de personas o gremios que, en más de una ocasión, fueron a contracorriente.
René Guénon, entre otros, ha afirmado que ese saber hermético, esotérico y cosmogónico procedente de las culturas egipcia, griega y romana, habría sido custodiado a lo largo de los siglos medievales por una cadena de sociedades secretas y órdenes de caballería como los templarios o la Fede Santa –los “Fieles del Amor”–, ésta última con la que se vincula a Dante.
Autómatas y artefactos
Al lado de estos descubrimientos más o menos conocidos y reconocidos en los manuales de historia, se encuentran otros no tan “oficiales” y mucho más polémicos. Son inventos y avances tecnológicos que no siempre se han difundido lo suficiente y muchos de ellos todavía están revestidos de un cierto halo de leyenda maldita que nos impide profundizar en todos sus entresijos. Uno de ellos son los autómatas, y la cosa ya empieza antes de la Edad Media…
En la Alejandría del siglo I de nuestra era contaron con un genio de la mecánica llamado Herón que hacía auténticas maravillas si le dejaban a mano unos cuantos tornillos y engranajes. La lista de sus creaciones es enorme: una grúa, máquinas para bombear agua o ventosas mecánicas; inventó una especie de cuentakilómetros que registraba la distancia recorrida por un vehículo –un sistema que anticipa los actuales taxímetros–, puertas que se abrían y cerraban solas a distancia sin intervención humana, una máquina de vapor a la que llamó eolipila, un órgano hidráulico, autómatas de todas clases como sus pájaros cantores –que bebían y aleteaban en una fuente–, trompetas, sifones y máquinas que operaban con monedas…
La cultura árabe heredó y difundió los conocimientos griegos, utilizándolos no sólo para realizar mecanismos destinados a la diversión, sino dándoles una aplicación práctica, introduciéndolos en la vida cotidiana de la realeza. En el siglo XIII, Al-Djazari apareció como el heredero de todos ellos con la publicación de su Libro del conocimiento de los procedimientos mecánicos. Uno de sus ingenios era una fuente de distribución de agua. De este siglo son otros autómatas, siempre asociados a las mentes más preclaras del momento, de los que hasta nuestros días sólo han llegado referencias no suficientemente documentadas, como el caso del “hombre de hierro” de Alberto Magno o la cabeza parlante de Roger Bacon. En Europa las primeras noticias sobre el motor de movimiento perpetuo están relacionadas con una de las personas más destacadas del siglo XIII: el arquitecto e ingeniero francés Villard d’Honnecourt, que en el año 1235 escribió un libro con bocetos de dispositivos mecánicos, como un ángel autómata. Otro ejemplo relevante de la época fue el Gallo de Estrasburgo, que funcionó desde 1352 hasta 1789. Éste es el autómata más antiguo que se conserva en la actualidad y en su día formó parte del reloj de la catedral de la citada ciudad. Al dar las horas movía el pico y las alas. Toda una sensación para los ojos medievales, aunque de menor grado que ver por la calle un férreo autómata paseando o preguntar a una cabeza de acero cuestiones vitales para el devenir de un ser humano. En un clima de intransigencia hubo hombres que desafiaron los edictos papales creando en sus laboratorios máquinas “diabólicas” desde el punto de vista eclesiástico, como los citados autómatas. Con este nombre se designa a las máquinas que imitaban la figura y los movimientos de un ser animado, que podía ser un hombre o un animal y que gozaron de gran éxito en el siglo XVIII.
Como se puede deducir, los autómatas construidos en la Edad Media y el Renacimiento solamente servían para entretener a propios y extraños; no tenían una aplicación práctica en ningún área científica. Las máquinas funcionaban generalmente por medio de movimientos ascendentes de aire o agua caliente. Éste es uno de los apartados más fascinantes por cuanto, si bien existen multitud de escritos que hacen referencia a la creación de autómatas por la mano del hombre con anterioridad, durante la época medieval se guarda un silencio sospechoso sobre la fabricación de estos artilugios, como si no hubieran existido nunca. Es verdad que ninguno ha llegado hasta nuestros días, ni siquiera un triste manual de construcción de robots…
Pero las pistas de las que disponemos son muchas. Teóricamente no existía la tecnología necesaria para hacer autómatas sofisticados y sin embargo… los hubo. No necesitaban cables, ni tornillos, ni electricidad. Entre otros, es conocido el asombroso “león mecánico” construido por Leonardo da Vinci (1452-1519) para el rey Francisco I de Francia el día de su coronación en la corte de Fontainebleau. El león se abría el pecho con su garra y mostraba el escudo de armas del rey ante el aplauso entusiasta de todos los presentes.
Libros prohibidos y bibliocaustos
Muchos de esos conocimientos mecánicos quedaron reflejados para la posteridad en raros manuscritos que, gracias a la deliberada intervención humana, no han llegado hasta nuestros días. Es una constante. Siempre ha habido libros que han sido considerados peligrosos y, por consiguiente, susceptibles de ser perseguidos y destruidos. Pero donde alcanzaron sus niveles más altos en la historia mundial fue durante la época de la Inquisición y la edición de su famoso Index Librorum Prohibitorum del Vaticano, que se iba renovando cada año. En 1557, un siglo después del invento de los tipos móviles que posibilitó la publicación masiva de textos, o sea, la imprenta, la Iglesia católica confeccionó su primera lista de obras y autores prohibidos.
En un momento dado, el Index contenía 550 páginas con listas de cinco mil libros prohibidos, todos ellos “con las mejores intenciones”. Algunos de estos correspondían a los grimorios o tratados que recogen fórmulas mágicas de lo más diversas o nos dicen cómo ponernos en contacto con los espíritus del más allá. Uno de los grimorios más antiguos es el Heptameron, atribuido a Pedro de Abano (1259-1316), fecha bastante temprana considerando que la mayor parte de estos trabajos fueron publicados en el siglo XVIII. Solamente el Picatrix (1007) y el Libro Jurado de Honorio (1250) le preceden en antigüedad, siendo auténticamente medievales. Los que utilizaban estos libros, sobre todo entre los siglos XVI al XVIII, creían en dos cosas muy diferentes: en la posibilidad de hacer intervenir a los espíritus angélicos y demoníacos en los asuntos humanos –con o sin pacto–, y en la posibilidad de curar las enfermedades mediante medicamentos y recetas que, vistos con los ojos de nuestra época, no son más que “polvos de la madre Celestina”.
Antes del Index hubo otras purgas más expeditivas o “bibliocaustos”. Me refiero al de la Biblioteca de Alejandría con sus 700.000 volúmenes y sus valiosos objetos tecnológicos. Dicen que el golpe final vino de la mano de los árabes en plena Edad Media. Corría el año 646, cuando el comandante Amir ibn al-Ass, terminada la conquista de Egipto, envió una carta al fanático califa Omar I, refiriéndole sus hallazgos en la exótica Alejandría. El cronista árabe Ibn al-Kifti indica que Omar, príncipe de la fe, respondió a Amir con pragmatismo: “Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque se repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos”.
El califa hacía gala de una funesta consigna: “No hacen falta otros libros que no sean El Libro”. Abd al-Latif, cronista prudente, resumió las consecuencias de este consejo: “La Biblioteca de Alejandría fue incendiada y totalmente destruida…”. Hasta los cimientos. El cronista señala que algunos textos eran obras de Hesíodo, Platón o Gorgias, en la actualidad imposibles de encontrar. Cuando se apagó el incendio de la biblioteca alejandrina, Ibn-el-As ordenó recoger los libros que no hubieran ardido y distribuirlos por los baños públicos para que sirvieran como combustible durante seis meses: éste fue el broche de oro para tanta barbarie. No fue la única. Para nuestra historia de la infamia ahí tenemos la quema de la biblioteca de Constantinopla –120.000 manuscritos– o la de Córdoba, con 400.000 volúmenes. Con este triste panorama, el futuro cultural de Europa no fue muy halagüeño y hoy día aún estamos pagando las consecuencias.