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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
El 19 de mayo se estrenó en todo el mundo la esperada versión cinematográfica de El Código da Vinci. Las reacciones no se hicieron esperar: los sectores más conservadores y religiosos se echaron a la calle para protestar contra la herejía del siglo XXI.
Si con la aparición de la exitosa novela de Dan Brown el sector más ortodoxo y tradicional de la Iglesia católica se volcó en una campaña sin precedentes contra su contenido, el estreno de su versión cinematográfica ha levantado una polvareda aún mayor. Algunos estamentos religiosos y parte de los sectores sociales más conservadores critican la falta de coherencia de la obra, su ataque a los dogmas establecidos, a la tradición cristiana y a la organización católica Opus Dei.

Mientras millones de espectadores –ansiosos tras la lectura de la novela, de la que se han vendido más de 40 millones de ejemplares– lograban ver plasmada la polémica historia en la gran pantalla, miles de personas arremetían en todo el orbe contra su estreno, que estuvo abrigado por una enorme campaña de publicidad. La cinta, a pesar de las fuertes críticas, tenía todos los ingredientes para gozar de un gran éxito de taquilla: una historia polémica, un director de éxito –Ron Howard, responsable de títulos como Una mente maravillosa o Willow– y un elenco de actores de gran calado –Tom Hanks, Ian McKellen, Audrey Tattou, Jean Reno, Alfred Molina…–. Y así ha sido: durante el primer fin de semana de proyección, El Código da Vinci recaudó en Estados Unidos y Canadá nada menos que 77 millones de dólares –cifra que, según algunos, es decepcionante para los productores– y 224 millones en las salas de todo el planeta. Casi nada.

Ante tal expectación poco ha importado si la historia abordaba un tema real o si se trataba de simple ficción. Lo que no iban a permitir los fieles es que toda una tradición con más de dos mil años de historia fuese cuestionada por la tesis de Brown –demasiado conocida como para dedicarle unas líneas ahora– a pesar de las evidencias que apuntan a un ocultamiento deliberado por parte de la Iglesia de muchos de los aspectos de la vida de Jesús, algo que ya habían desvelado reputados investigadores. Pero ahora, las críticas y ataques –de todos los gustos y colores– han llegado desde los puntos más alejados del planeta, lo cual no ha hecho sino repercutir positivamente en el aumento desorbitado de ventas del que ya parece el último de los libros malditos…

Opus Dei versus Da Vinci

Si hay una institución que se ha sentido profundamente ofendida por la trama de la archifamosa novela, ésa ha sido el Opus Dei, organización católica que se defiende de las acusaciones que la califican como secta y que fue fundada por Escrivá de Balaguer, personaje al que han subido a los altares no hace mucho tiempo. Y es que en la obra de Dan Brown aparecen los miembros del Opus transformados en asesinos, manipuladores y fanáticos pertenecientes a una “secta destructiva” que se mortifican aplicándose castigos corporales –como el uso de la cadena con pinchos conocida como cilicio, que se coloca en la parte superior del muslo– y flagelaciones como forma de penitencia. Hay quien, dentro de la institución, ha llegado a comparar el libro de Brown con el insulto que supuso para el mundo musulmán, hace unos meses, la aparición de una serie de caricaturas del profeta Mahoma, aunque hay que reconocer que Escrivá llegó a aplaudir la mortificación, y los sacerdotes del Opus optan por el uso del cilicio entre otras formas de castigo corporal con intención penitente. Sin embargo, la repercusión de la novela ha provocado que el secretismo habitual de esta orden se haya roto, pero de forma sorprendente, el número de adscritos en Estados Unidos ha crecido hasta un 40% en los últimos tiempos.

La Obra –como llaman sus miembros a la organización– siempre había recibido críticas, tanto desde fuera de la Iglesia como desde dentro. Fueron especialmente intensos tras la detención de un agente del FBI llamado Robert Hanssen, que espiaba para Moscú y que resultó ser un miembro supernumerario –algo así como un miembro “de segunda”– del Opus Dei. Pero la mayor amenaza para la estabilidad –o consolidación– del colectivo ha sido la publicación de una novela que, a la postre, se ha convertido en el best-seller más vendido de los últimos tiempos.

A raíz de su publicación, los responsables del Opus han optado por una nueva estrategia: mayor transparencia en sus actuaciones y transmitir mensajes a través de los medios de comunicación que “limpien” el nombre de la institución. Para algunos, sin embargo, el daño ya está hecho. Muchos miembros numerarios –al menos un 33%– pidieron en un primer momento que se interpusiera una demanda contra Dan Brown y la editorial que publicó su obra, Ramdon House. Finalmente optaron por el diálogo, pero no sin promover, a su vez, la movilización de los católicos a nivel internacional contra la heterodoxa historia creada por Brown. Presionaron también a la productora de la película –Sony Pictures– para que no incluyese escenas o referencias “que pudiesen herir a los católicos”. En cuanto al libro, la orden ya se había pronunciado: “Está repleto de mentiras, de deformaciones de la realidad, imágenes satánicas e inexactitudes históricas”.

Tras el estreno de la superproducción, los ánimos se han calmado en el seno del Opus Dei, pues en la película el papel como “villanos” que se atribuye a sus miembros se ha descafeinado en comparación con la novela. Aún así, a través de su oficina de información, la orden ha emitido la siguiente nota: “Tantas personas que no saben nada de la historia de la Iglesia se entretienen o deleitan con la idea de que es una banda de criminales romanos y carolingios; idea ornamentada con los convenientes adornos esotéricos y ocultistas, y adobada con el encanto de las hipótesis confabulatorias”. Más claro imposible…

El Vaticano se tambalea

Tras el enfado de los dirigentes y seguidores del Opus Dei, la reacción del Vaticano tampoco se ha hecho esperar. Y aunque el papa Benedicto XVI no ha formulado declaración alguna sobre la controvertida tesis de la novela –tampoco lo hizo su antecesor, Juan Pablo II–, muchos son los altos cargos eclesiásticos que se han pronunciado en contra de la “insolente teoría” de Brown, según la cual Jesús habría tenido hijos con María Magdalena, afirmación que desde círculos vaticanos se califica como un nuevo ataque a la religión católica similar al que sucediera hace casi dos décadas con el filme La última tentación de Cristo, dirigido por Martin Scorsese, una obra bastante más revolucionaria y polémica en su momento que El Código da Vinci. Quien sí ha hablado es uno de los cardenales que a punto estuvo de convertirse en Papa, Francis Arinze, quien hizo un llamamiento a todos los fieles cristianos para que utilizasen los “medios legales” que estuvieran a su alcance para impedir la distribución de la película. Por su parte, la Iglesia católica polaca, por boca del presidente del Consejo Científico del Episcopado, monseñor Stanislaw Wielgus, reprobó la novela, que, según su parecer, “está llena de un gran número de errores históricos flagrantes”.

El autor, por su parte, ha contestado a quienes le condenan que no se responsabiliza ni está obligado a aclarar las controversias que ha levantado su obra, y que serán los expertos bíblicos quienes deban pronunciarse. Por el momento, el autor está contento: la novela le ha reportado dividendos superiores a los doscientos millones de euros. Está claro que la controversia vende, y mucho…

Opiniones contrapuestas

Las reacciones han sido muchas y de lo más variado. En Alemania, el secretario de la Conferencia Episcopal, Hans Langendórfer, afirmó: “La Iglesia católica no desea conflictos”. En Irlanda, el grupo Esperanza Irlanda ha recorrido toda la isla, kilómetro a kilómetro, para difundir su mensaje de oposición a que la película fuera exhibida. En Islas Feroe, un territorio autónomo perteneciente a Dinamarca, se negaron a exhibir la cinta porque “decidimos prohibirla por blasfema”, aseguró un portavoz de la distribuidora Nordik Film.

Pero no en todos los lugares la discreción ha sido la regla a seguir… Y ha sido precisamente fuera de Europa donde la película ha sufrido un ataque más fuerte, especialmente en Asia y América del Sur. En Perú –donde jesuitas y miembros del Opus se han enfrentado a consecuencia del contenido del libro– la Conferencia Episcopal lo calificó como “una obra que constituye un ataque sistemático a la Iglesia católica por incluir una serie de mentiras y distorsiones sobre la figura de Cristo y su Iglesia”. Al mismo tiempo, el arzobispo chileno Cristán Caro de Puerto Mont instó a los católicos a que no vieran el filme: “Los verdaderos creyentes no deberían creer esos escritos infundados ni ver obras basados en ellos”. En Nicaragua, el cardenal Miguel Ovando ha llegado todavía más lejos, ya que afirma que el demonio es el causante de la aparición de esta obra: “El maligno está detrás de esa película”.

Los ataques más fuertes

Por extraño que parezca, ha sido en Asia donde se han registrado los mayores incidentes relacionados con esta polémica. En la India, con casi 18 millones de católicos, el Foro Social Católico –CSF– encabezado por su secretario general, Joseph Dias, inició una huelga de hambre para evitar un “lavado masivo de cerebro”. Además, el foro ha celebrado una “oración cruzada” en el Convento de Cannosa, a la vez que uno de sus miembros más radicales, Nicholas Almeida, ofrecía casi 25.000 dólares a “quien traiga a Dan Brown vivo o muerto”, como ya sucediera hace casi dos décadas con Salman Rushdie, a cuya cabeza puso precio entonces la comunidad islámica, profundamente ofendida con su obra Los versos satánicos. Eso sí, la recompensa era considerablemente mayor: un millón de dólares de la época. Está claro que con “premios” como los que ofrece Almeida pocos serán los que arriesguen el pellejo en tamaña empresa. Aún así, en este país la película ha sido calificada para mayores de 18 años e incluye el siguiente mensaje: “Es pura ficción y no tiene ningún parecido con ninguna persona viva o muerta”. Por su parte, el arzobispo de Bangalore ha renombrado el título de la obra de Brown como El código del demonio.

Además, el ministro indio de Información y Difusión, Priya Ranjan Dasmunsi, visionó la cinta junto a un grupo de líderes religiosos con los que debatió sobre su contenido antes de dar la autorización para que fuese proyectada en los cines del país. El arzobispo del estado de Goa –ex colonia portuguesa y una de las escasas regiones indias con mayoría de población católica y protestante–, el padre Filipe Neri Ferrao, ha afirmado que la cinta es parte de “un plan diabólico para desestabilizar los fundamentos de la fe cristiana”.

Pero la censura no se ha limitado al país indio. En Tailandia, grupos religiosos pidieron al gobierno que cortase quince minutos de la película –considerados los más blasfemos– y que se adaptaran los subtítulos “irrespetuosos contra Jesucristo”. También en Filipinas la película ha sido calificada “no apta para menores de 18 años”.

Por otra parte, Pakistán ha sido el último país en sumarse a la prohibición del filme que, según Shahbaz Bhatti, un importante líder religioso, “ha herido los sentimientos religiosos de cristianos y musulmanes en todo el mundo”. Ésta es una de las pocas veces en las que, curiosamente, dos de las más grandes religiones, siempre en conflicto, están de acuerdo en algo.

La oposición ortodoxa e islámica

Las reacciones de la Iglesia ortodoxa han sido, si cabe, más virulentas que la de los católicos. La Iglesia Ortodoxa Rusa –IOR– manifestó antes del estreno que la película “es una peligrosa provocación destinada a la recaudación cínica de dinero”. Por otra parte, la Iglesia Ortodoxa Bielorrusa – IOB– mantiene que El Código “es una herejía”. Con este panorama no es de extrañar que un grupo de clérigos vestidos con ropajes e iconografía religiosa se manifestara frente al cine ruso Púshkinski para protestar por la emisión de la cinta que, sin embargo, se estrenó en más de setenta pantallas de Moscú.

Entre numerosas consignas y pancartas de oposición a la novela, destacaba el siguiente mensaje: “El Código da Vinci: compras un billete y vendes a Cristo”. Por si acaso, y para que nadie fuera a visitar el infierno, los clérigos también rezaron por la salvación de las almas de aquellos que acudieron al estreno: “Ver esta película significa tomar parte en un sacrilegio hacia el fundador de la religión cristiana, el Señor Jesucristo”.

En Grecia, la Iglesia –también ortodoxa– ha publicado un cuadernillo, que se distribuyó el domingo siguiente al estreno en todas las iglesias del país, en el que se arremetía contra Brown y se condenaba “el contenido aberrante de la obra”. Más interesante si cabe ha sido la reacción del mundo islámico, que ha condenado la distribución de la película con más ahínco incluso que la comunidad cristiana. Se puede citar el caso de los imanes de la república de Chechenia, que hicieron un llamamiento a las autoridades locales para que prohibiesen la novela y la película, instando, a su vez, a los líderes musulmanes de otras regiones a que les secundaran en su propuesta. Y es que, para los musulmanes, Jesucristo –conocido en El Corán como el profeta Isa– es un personaje sagrado, por lo que el supuesto “ataque” que El Código hace a su figura convierte a la novela en un texto blasfemo también para su religión.

La anécdota más famosa en relación con las denuncias hacia la obra de Dan Brown la protagonizó una joven argentina de 25 años, María Magdalena Milagros, que irrumpió en un cine de Salta –Argentina– en el estreno de la película y comenzó a gritar que había sido “enviada por Dios con el cometido de que se impidiera el estreno”.

Mientras tanto, protestas aparte, la gente no duda en hacer colas kilométricas en todos los países para poder visionar “la cinta de la polémica”. A fin de cuentas, la campaña de desprestigio no ha servido sino para aumentar increíblemente la curiosidad de los ciudadanos de todo el mundo: “Los secretos que la Iglesia oculta” desde que fueran puestos los primeros pilares de la religión cristiana. Si algo ha demostrado esta reacción mundial contra la novela y el filme es que el fenómeno de la globalización no ha hecho sino generalizar, entre muchas otras cosas, la censura a nivel internacional. Ha ayudado también, sin embargo, a que más gente quiera descubrir aquello que le ha estado vedado desde siempre –al margen de que la hipótesis del señor sea ficticia o real–, a indagar en lo que, por una u otra causa, siempre ha sido tabú para los fieles –como aquellos tiempos en los que se incluyeron las Biblias vulgares en los Índices de Libros Prohibidos para que el pueblo no conociese su contenido sino a través del sacerdote de turno–. Y, sobre todo, a sentir curiosidad por nuestra historia y nuestro pasado, por el origen de lo que ahora es Occidente y por el verdadero sentido de la fe cristiana. Ese es, quizá, el mayor legado del señor Brown a nuestro tiempo. No queda más que felicitarlo por ello.
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