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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
Se trata de la ciudad con mayor carga espiritual del planeta. Un lugar especial –Benarés o Varanasi– bañado por un río tan sucio y contaminado como sagrado –el Ganges–, en cuyas aguas miles de peregrinos se sumergen para intentar liberar sus almas de la condena eterna que es la vida y sus encarnaciones. Y ENIGMAS estuvo allí…
Tras varios meses de viaje a través del subcontinente asiático me dirijo a la ciudad sagrada de Benarés tumbado en la cochambrosa litera del Farakka Express, el tren que me traslada desde la capital del país, Nueva Delhi. Hasta ese momento he experimentado muchas sensaciones; he conocido a todo tipo de personajes que me han intentado ayudar a descubrir la compleja religión hindú; he visto hermosos y misteriosos paisajes; he sentido las exóticas mil y una noches en la región del Rajasthan, donde las arenas del desierto de Thar abrazan los palacios de los antiguos monarcas rajputas. Pero ahora –con objeto del completar mi conocimiento sobre esta mística civilización– he de experimentar y vivir nuevas sensaciones. Y el lugar a donde me dirijo me las ofrecerá.

Tras más de veinte horas de viaje, el paisaje que se abre a los ojos es desolador: cientos de viejas y deterioradas chabolas se agolpan en callejuelas llenas de lodo. en las que los niños juegan con cualquier objeto mientras sus madres recogen boñigas de vaca que les servirá, entre otras cosas, como combustible para cocinar. Pero nada de eso importa, porque poner los pies en esta ciudad significa quedarse atrapado en ella y sentir que uno se ha trasladado a una época imposible de datar: “Más vieja que la historia, que la tradición, más vieja que la leyenda parece dos veces más vieja que todo lo anterior unido”, escribió Mark Twain.

Desde tiempo inmemorial –está documentado que Benarés ya era una ciudad santa hace 3.000 años– los peregrinos hindúes acuden a ella para redimir sus pecados o, simplemente, para esperar el final de sus días sobre la Tierra. Es por ello que en las proximidades hay decenas de residencias para enfermos y ancianos que confian en expirar a, como mucho, sesenta kilómetros de la ciudad, pues tal es la distancia que está establecida para fallecer con la penas saldadas. Morir aquí vale por cien años de penitencia, pero hacerlo sumergido en las aguas del Ganges equivale a un milenio de perdón. No es extraño, pues, que los devotos inunden las calles, busquen las orillas del río y reciten mantras a la espera de que, cuando incineren sus cenizas y se fusionen con el Ganges, logren liberarse del Sansara –el ilimitado ciclo de reencarnaciones– y entrar directamente en el Nirvana –el “cielo” hindú– que les permita finalizar su ciclo espiritual.

Por toda la ciudad, que en el año 2005 alcanzó los dos millones de habitantes, encontramos representaciones del misterioso dios Shiva, “el propicio”, deidad adorada por miles de ascetas, a la que se le representa, en ocasiones, sentada sobre una piel de tigre en profunda meditación, con el cuerpo cubierto de ceniza y con una larga y enmarañada cabellera. Pero sólo se trata de uno de los tres dioses que forman la Trimurti –la trinidad divina hindú– junto a Brahma, “el creador”, y a Visnú, “el conservador”.

Benarés surge del mismo río, como si una cosa u otra no pudieran existir en caso de no estar ahí. Y es que, desde que por las mañanas sale el Sol, la vida de la ciudad discurre a partir del Ganges, a cuyo alrededor se elevan templos dedicados a multitud de deidades que arropan los decadentes edificios que se han convertido en testigos mudos de la historia, y de la devoción y misticismo que encarnan los miles de mujeres y hombres que se sumergen en las aguas del río, sea invierno o verano, haya sequía o monzón… Da igual lo que ocurra, porque el rito no se detiene nunca.

Benarés vive permamentemente de frente al río, al mismo tiempo que los fieles le rinden devoción. Los hombres y mujeres se asean con sus aguas, y mientras ellas lavan sus coloridos saris para tenderlos al Sol, ellos salen en sus barcas a “pescar” turistas para mostrarles la ciudad o con objeto de recolectar los frutos que proporciona el río pese al elevado índice de contaminación de sus aguas, que parecen tener la capacidad de regenararse de forma mágica. Alrededor, decenas de niños venden lamparillas para realizar ofrendas, collares de sándalo, postales con las imágenes de los dioses o, simplemente, prestan sus servicio como guías para el visitante.

Escenas de iluminación

Los shadus –hombres santos que convertidos en ascetas han abandonado la vida mundana– imitan a su venerado Shiva enmarcando sus largas cabelleras con trenzas y cubriendo su cuerpo con ceniza. Abstraidos, meditan en torno al río en posición de flor de loto. A pocos metros de ellos se encuentran otros “santos” menos espirituales que ofrecen sus “sabios consejos” a turistas ávidos de encontrar gurús que les indiquen el camino de la iluminación. Allí mismo, una legión de astrólogos se ofrece para descubrir qué nos deparará el futuro mientras brahmanes rodeados de devotos y curiosos bendicen a todo aquel que se acerca a ellos. Y mientras tanto, en las estrechas y abigarradas callejuelas que forman el barrio antiguo, aparecen adormiladas las sagradas vacas que hace mucho que olvidaron el sabor fresco de la hierba; tullidos y leprosos que reclaman una limosna; comerciantes que desde su acuclillada posición ofrecen sus mercancías; carniceros que hace horas dejaron de espantar las moscas que revolotean por los pedazos de carne; conductores de rickshaws que esquivan mil y un obstáculos… Y todo acompañado por la “banda sonora” que forman los pitidos, mugidos, gritos y olores, que componen un escenario en donde te puedes topar con el cadáver de un hombre llevado a hombros por un entregado séquito que se abre paso, entre la multitud, camino de algún ghat para ser incinerado.

El ritual de la muerte
Los hombres entonan salmos y mantras mientras se aproximan al crematorio. Al llegar, el fervor íntimo se desborda y el ambiente se torna indescriptible al paso del difunto –cubierto con un velo de color naranja si es hombre, y blanco si se trata de una mujer– hasta que es depositado en la pira, donde se acerca un familiar que recitará mantras en honor al difunto. En ello estarán hasta que las llamas se apoderen del cuerpo en un proceso de incineración que durará varias horas y que inundará el ambiente de olor a carne quemada.

Un hombre –integrante de la casta de “los intocables”– se encarga de atizar con sus largas cañas la hoguera y protegerla de intrusos. Después, el familiar que se ocupó de encender el fuego recogerá las cenizas en un recipiente de barro, las mezclará con ofrendas y agua y lo lanzará contra el suelo. Al quebrar en mil pedazos se romperá todo el vínculo terrenal, pero se deben recoger para arrojarlos al Ganges y culminar el proceso de liberación del alma.

Este ritual se repite día a día desde hace siglos desde un extremo a otro del río en los más de cien ghats –así se llama a las escaleras de piedra que descienden hasta la orilla– que se encuentran en la zona. De entre todos ellos sobresale el Marnikarnika Ghat, donde de forma constante arden dos o tres piras junto a un viejo y ruinoso edificio en cuyas estancias se encuentran personas enfermas que han accudido allí al presagiar su muerte. Miran con los ojos vidriosos, sin importarles la presencia de nadie, como si ya hubieran iniciado el camino hacia el Nirvana.

A la salida del edificio, a unos pocos metros de las lumbres de cremación, están los responsables de proporcionar la madera, que llegan hasta allí procedentes de las montañas del Himalaya en barcazas que traen los troncos, que serán pesados en antiguas y oxidadas básculas para calcular el precio. A veces, los familiares del difunto –debido al excesivo precio de la madera– no consiguen reunir el suficiente combustible con lo que les queda y el cuerpo del finado tiene que lanzarse al río a medio consumir.

Al atardecer, los brahmanes comienzan los ritos de veneración al Ganges instalados en las tarimas que se asoman al agua. Les acompaña el sonido de los tambores y las campanas mientras recitan salmos y depositan lamparillas en el río que la corriente arrastra lentamente, como si de una danza mística se tratase. A lo lejos, a esas horas, aún resplandecen las piras y los habitantes de la ciudad siguen sumergiéndose en las aguas una y otra vez en busca de una purificación que parece llegar con la noche, que cae a la misma velocidad que la niebla que colorea de tonos anaranjados las orillas, quizá recordandonos que estamos en la ciudad inmortal, en un lugar que se puede amar u odiar, pero que jamás dejará indiferente al visitante.
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