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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
Hace 20 años, Fernando Conde Torrens se planteó una cuestión muy concreta: ¿estaba siendo engañado respecto a sus ideas religiosas? Intrigado por hallar la respuesta, se lanzó a la búsqueda de información sobre los orígenes del Cristianismo y analizar si sus creencias se fundamentaban o no en hechos ciertos.
Compaginó su labor como profesor de Ingeniería en la Universidad de La Rioja con la de investigador y se zambulló en la lectura e interpretación de textos como el Nuevo testamento trilingüe, los escritos de Flavio Josefo, el Evangelio según Tomás, el Libro de Enoch, el Nuevo Testamento interlineal y el escrito en griego antiguo…
Así fue durante años, en los que perfeccionó su latín, griego y hebreo, y también fue así como redactó El grupo de Jerusalén y Simón: ópera magna, libros en los que refleja la impactante conclusión a la que llegó: el Cristianismo tal y como hoy lo entendemos había sido una creación romana para aunar sus dominios bajo una misma religión.

La sospecha de que el emperador Constantino utilizó el Cristianismo para unificar un imperio que podría estallar debido al gran número de pueblos, de creencias y dioses que englobaba es una teoría barajada desde antiguo.

El punto de partida se sitúa en el Concilio de Nicea, celebrado en el año 325. Allí, bajo la llamada del Emperador, se reunieron unos trescientos obispos pertenecientes a diversas corrientes. Sus cometidos principales fueron acabar con la discordia en el seno de la Iglesia, causada por la herejía arriana, que defendía que Cristo era mortal, y consensuar una fecha común para la Pascua de Resurrección. Constantino había luchado enormemente por la estabilidad imperial y no deseaba que ésta desapareciera.

Tras dos meses de reuniones, los asistentes elaboraron un «Credo» para recalcar la divinidad de Cristo y se estipularon 20 cánones para establecer una Iglesia universal con observancias y prácticas religiosas comunes a ella, lo que equivalió a unificar la Iglesia y asentar el Cristianismo como la religión oficial del Imperio.

Algunos historiadores piensan que el propio Constantino estaba influido por el arrianismo –de hecho no fue bautizado hasta poco antes de su muerte, y siguió siendo sacerdote del Solis Invictus–, pero que el miedo a provocar un cisma en el imperio provocó que acatara la decisión del Concilio de condenar esa herejía y confirmar la doctrina establecida de la Iglesia cristiana.

El concilio también sirvió para elegir muchos de los libros que conforman el Nuevo Testamento, incluidos los cuatro evangelios.

Pero no todos los ciudadanos estuvieron de acuerdo con las reformas adoptadas, por lo que la necesidad de imponer las nuevas doctrinas llevó a que el Imperio realizara una persecución atroz de cualquier manifestación ajena a la nueva religión oficial; quemando libros, ajusticiando a herejes, encarcelando a líderes religiosos…
Estos hechos son los que han originado la impresión de que realmente el Cristianismo fue un instrumento de unificación política, más que una religión abrazada por Constantino debido a su fe.

Entonces, ¿dónde reside el valor del trabajo de Fernando Conde?: En que él afirma que el Cristianismo no fue una elección del Concilio de Nicea sino una invención de Constantino. Y lo más sorprendente: en que asegura haber encontrado el nombre de la persona que urdió y llevó a cabo tremenda falsificación por encargo del emperador.

Nombre en clave: Simón

Inmerso en su búsqueda de respuestas, la luz comenzó a llegarle a Fernando Conde cuando descubrió en los textos religiosos originales un curioso nombre «oculto» y que se repetía con demasiada asiduidad.
«Antiguamente, los escritos se redactaban con mucho esmero debido a las numerosas falsificaciones que desvirtuaban el mensaje verdadero. Por ello, los autores introducían defensas sutiles para impedirlas», argumenta Conde.

En una de sus lecturas descubrió una de estas defensas a modo de firma: Simón. El nombre estaba escrito utilizando el alfabeto griego en forma de acróstico, «lo que significa que las letras que forman el nombre de Simón aparecen siempre en una misma posición», nos comenta este irunés de 61 años. En este caso, las firmas se encuentran a una cierta distancia del comienzo o el final de cada frase y una letra por estrofa, pudiendo ser leído al derecho o al revés.

La repetición metódica de «Simón» puso a este profesor universitario sobre la pista que tanto había buscado.

Conde cree que quienquiera que fuese esa persona estaba dejando constancia de su nombre en numerosos versículos. La pregunta que él se hizo era: ¿Por qué?
Indagando un poco más, Conde Torrens percibió que la firma aparecía en ciertos textos sospechosos desde antiguo de ser falsificaciones y en algunos pasajes de otros dados como ciertos, aunque en mucho menor número.

Para este profesor la respuesta era clara: «Con su firma, el autor estaba indicando al lector que lo que tenía ante sus ojos no era más que una falsificación», dice en su segundo libro: una especie de advertencia para generaciones futuras.

Dos cuestiones quedaban aún por responder: ¿quién se escondía tras Simón y por qué emplear ese método y no decir claramente que todo lo narrado era falso?
Para desentrañar tales incógnitas, según este investigador hay que remontarse nuevamente al Concilio de Nicea y partir de la premisa de que Constantino deseaba crear una religión unificadora de sus dominios y pueblos. Tamaña empresa necesitaría de obreros que levantaran templos, sacerdotes que extendieran el nuevo mensaje, soldados que persiguieran a los desde ese instante proclamados herejes... y alguien que redactara los textos sagrados sobre los que se asentaran las bases del recién creado Cristianismo.

Para Torrens, ése alguien era Eusebio de Cesarea. Éste era una de las personas más cultas de la época. Se convirtió así en uno de sus fundadores, aunque siempre mantuvo una postura crítica con ciertos textos como el Evangelio de Juan, del que llegó a afirmar sobre su autor que no era ni Juan, ni santo ni cristiano. Además, el emperador romano le designó como biógrafo oficial, muestra de la gran estima que le tenía.

Según la teoría del profesor Conde, sobraban razones que pudieron llevar a Constantino a elegirle como el futuro autor de los textos necesarios para sustentar el Cristianismo. «Él sería el redactor material de todo cuanto fuera necesario escribir», señala Torrens.

Conde ha llegado a la conclusión de que fue Eusebio de Cesarea el autor de los citados textos, tras estudiarlos detenidamente. Esto le llevó, nos asegura él mismo, a encontrar en ellos muchas contradicciones, pasajes inventados, antagonismos y, sobre todo,… la firma de «Simón».
«Eusebio de Cesarea probablemente era Simón –dice el escritor–, pero él no podía permitir que tamaña estafa se llevara a cabo (sin dejar pistas que lo evidenciaran). Por ello, Simón preparaba el relato inicial y lo firmaba con largas cadenas de marcas, una a continuación de la otra».

Siguiendo esta teoría, tal repetición de firmas significa que allí donde aparezca el nombre en clave de Simón «se debe pensar en la falsedad de su contenido», anuncia Fernando Conde. «Era la advertencia que Simón hacía para anunciar que lo descrito es falso. Por supuesto, Eusebio de Cesarea debía hacerlo así para evitar la cólera de Constantino», continúa afirmando.

Invención romana

Hasta el momento, el autor de esta investigación ha descubierto más de 295 firmas de Simón en el texto atribuido a Mateo, más de 180 en el Evangelio de Marcos, y lo mismo en los versículos de Lucas… Así hasta llegar a la conclusión de que «el 90% de los evangelios es producto de la falsificación».
«Sólo el evangelio de Juan ‘original’ es doctrina auténtica –dice–; todo lo demás sería ficción». Y en esta ficción, siempre basándose en la aparición de las firmas, se encontrarían «la divinidad de Jesús, sus milagros, su resurrección y ascenso a los cielos, los 12 apóstoles, la creación de una Iglesia, la institución de la Eucaristía, el libro del Apocalipsis e incluso la existencia del infierno». Así, según sus investigaciones, Jesús sería una invención romana porque «no hay un solo pasaje en los cuatro evangelios que no esté recorrido por la cadena de firmas de Simón; y esas firmas, hay que recordarlo, anunciaban los pasajes que eran fraudulentos», subraya Fernando Conde.

En multitud de ocasiones, quienes han podido escuchar o leer estas palabras y conclusiones le han preguntado al autor qué ocurre entonces con restos arqueológicos como los del Santo Sepulcro, las catacumbas con inscripciones cristianas, los centros de culto… de los tres primeros siglos, que demostrarían que ya se creía en la figura de Jesús mucho antes del Concilio de Nicea.

Esta cuestión es importante, puesto que si no existía el Cristianismo antes de Constantino es imposible que haya elementos arqueológicos anteriores a esa época. «No hay nada atribuido al cristianismo con la seguridad total de que su procedencia sea anterior al siglo IV», nos argumenta Conde Torrens.

Tampoco las reliquias se libran de sospecha para Fernando Conde, porque tal y como apunta, «las reliquias adjudicadas a mártires anteriores al 325 son todas falsas. Y después de esa fecha sólo existieron los mártires que el cristianismo generó interesadamente».

Y ¿qué sucede con los documentos anteriores a esa fecha?: «Los documentos relacionados con el cristianismo han sido datados mediante la paleografía, un método que deja muchas dudas en este tipo de legajos», explica el autor.

La paleografía se basa en comparar documentos cuya datación se da por segura con otros de los que se quiere saber su fecha de origen. Para conseguirlo se estudia el tipo de letra, de papel, la sintaxis, los datos mencionados… y esto es lo que critica Fernando Conde porque, «en lo que respecta a los documentos cristianos, no se está en condiciones normales de análisis comparativo debido a su falsificación masiva».

Las bases del fraude

En lo descrito hasta el momento, y siempre según las tesis presentadas en sus libros, Constantino se rodeó de un reducido grupo de personas para crear una nueva religión y someter a sus súbditos a ella. Explicado está quién se supone escrito esos documentos y en cuáles habría dejado su sello, pero… ¿pudo Eusebio de Cesarea crear él solo tamaña invención?
Para el autor de Simón: ópera magna sí fue posible porque no partió de la nada, sino de la conjunción de muchos elementos tomados de otras creencias. «Se eligió crear una nueva religión, pero dotándola de tradición histórica. Para ello se seleccionarían los platos más apetecibles del momento y los ritos de moda en el Imperio», explica.

Muchos otros investigadores confirman el pensamiento de que el Cristianismo bebió de otras muchas fuentes religiosas. Por ejemplo, del título oriental de Krisna, próximo etimológicamente al de Cristo, y la palabra Jezeus, que significa «la esencia divina» ya era utilizada en diversas culturas mesopotámicas.

Incluso la propia iconografía religiosa cristiana se asienta en civilizaciones anteriores, como la egipcia, donde ya se conocía el símbolo de la cruz y la representación de la diosa Isis con su hijo en brazos, convertida después en la Virgen con el niño Jesús en brazos. También la Santísima Trinidad y el demonio responden a mitos ancestrales. Y la presencia de los 12 apóstoles, clara alusión para los estudiosos de los 12 signos del zodíaco que rodean al astro solar, durante siglos el único Dios venerado sobre La tierra.
«Ya sólo faltaban los adeptos, a los que únicamente se les exigió para ingresar en la nueva religión imperial tener fe, aceptar lo establecido y creer que todo lo relatado en los libros sagrados era la auténtica verdad», afirma Conde, quien opina que el paso de los siglos no ha provocado una variación en la forma de convertirse al Cristianismo.
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