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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
Situada en uno de los barrios más nobles de Santa Cruz de Tenerife, la calle San Lucas está rodeada de antiguas mansiones y edificios neoclásicos como los que hoy albergan el Ayuntamiento y la Delegación del Gobierno.
Si alguien camina por esta estrecha y desapercibida calle, descubrirá una llamativa mansión que, por sus peculiares características arquitectónicas, atrapará inmediatamente su atención. A pesar de su apariencia de abandono, la elegante verja y las inquietantes esfinges que flanquean la fachada nos advierten de que este enigmático edificio es muy diferente a cualquier otro de los existentes en la zona.

En realidad, se trata de una auténtica reliquia histórica, uno de los templos masónicos más bellos del mundo y, quizás, el único diseñado y construido en nuestro país exclusivamente para albergar una logia y que, además, sobrevivió a la dictadura franquista

Procesos inquisitoriales

Parece una paradoja que en una ciudad como Santa Cruz de Tenerife, que contaba con apenas treinta mil habitantes a finales del siglo XIX, se erigiera un edificio masónico de tal importancia. Probablemente, este hecho viene a corroborar la hipótesis de que las Islas Canarias se constituyeron –entre los siglos XIX y XX– en una especie de paraíso para las logias. Al menos eso parece deducirse de las últimas investigaciones.

En el archipiélago está documentado uno de los primeros procesos inquisitoriales de España contra un masón. Se trata de la detención y comparecencia del irlandés Alejandro French Linch, iniciado en una logia de Boston, que fue detenido tras la denuncia interpuesta por un paisano suyo en el Puerto de la Cruz (Tenerife). French tuvo que prestar declaración ante el Tribunal del Santo Oficio de las Palmas entre 1740 y 1742, aunque posteriormente fue liberado debido a una enfermedad que contrajo durante su arresto y también por su buena disposición a colaborar con los jueces, que lo acusaban de hereje.

No tenemos muchos datos más sobre los movimientos masónicos en las islas en aquella época. Sin embargo, sabemos con certeza que, a partir de mediados del siglo XIX, la masonería cobra un auge sorprendente en el archipiélago. Las logias proliferan con inusitada facilidad y se implantan talleres proporcionalmente por casi todas las islas, llegando a constituirse en Canarias un núcleo masónico muy superior al de casi todas las regiones de España y a muchas europeas.

Las causas de este interesante fenómeno pueden deberse a varios factores; uno de ellos sería el tráfico de barcos que surcaban el Atlántico rumbo a Sudamérica y que, en muchos casos, hacían escala en los puertos canarios, transportando pasajeros y mercancías hasta los muelles de Tenerife y las Palmas de Gran Canaria. Otro factor, sin duda, fue el auge de la exportación de los productos agrícolas de las islas hacia los países europeos, especialmente Gran Bretaña. No es difícil imaginar el trajín de personajes que pululaba por las islas. Las navieras europeas se afincaban en Canarias y con ellas llegaron los aristócratas, pensadores, aventureros, filósofos y también las ideas liberales y democráticas que impregnaban América y Europa. Ideas a las que los países católicos como España, anclados en la ortodoxia religiosa y en el inmovilismo institucional, habían dado la espalda, quedándose al margen de los nuevos aires que corrían por el mundo.

Es muy probable que dicha corriente liberal cuajara con facilidad entre la heterogénea sociedad burguesa del archipiélago, lo que explicaría la prolífica presencia de la masonería en las islas y la libertad de movimientos de la que gozaron sus miembros. También es posible que los masones encontrasen en Canarias un lugar tranquilo donde desarrollarse y mantenerse al margen del acoso que sufrían en el continente europeo, donde la convulsión social y política adquirió dimensiones complejas y peligrosas.

Desde mediados del siglo XIX hasta el estallido de la Guerra Civil española y la posterior victoria del franquismo (con la consiguiente prohibición y persecución de la masonería), se pueden contar por decenas los personajes ilustres de la sociedad canaria que figuran en las filiaciones de alguna logia. Políticos, aristócratas, eruditos, artistas y también militares y trabajadores, configuran una lista interminable; basta citar al político, abogado y escritor Miguel Villalba Hervás y al empresario y político liberal José Murphy (abiertamente enfrentado al absolutismo de Fernando VII) para percatarse del alcance e importancia que la «Fraternidad Universal» ostentó en el archipiélago. Bajo estas peculiares circunstancias se explica la consecución del templo masónico de Santa Cruz de Tenerife, cuya erección, ejecutada a instancias de la «Respetable y Benemérita Logia Añaza nº 125», corrió a cargo del arquitecto Manuel de Cámara entre 1898 y 1902.

Una peculiar esfinge

Impresionado por el misterioso e imponente aspecto que presenta este edificio, que según los expertos posee paralelismos con algunos templos masones escoceses, decidí solicitar un permiso para entrar en su interior. Al día siguiente, y gracias a la amabilidad y colaboración del concejal de Patrimonio, Brito Arceo, y de su secretaria, las puertas del templo masónico de Santa Cruz se abrieron en exclusiva para AÑO/CERO. Tras una cita concertada, abrimos la verja y accedimos al patio del edificio. Inmediatamente atrajeron mi atención las esfinges que custodian la fachada. En sus cuerpos de felino se aprecian, semiocultos bajo el atuendo egipcio que adorna sus cabezas, unos protuberantes pechos. Los rostros de éstas parecen haber sido mutilados en la nariz, quizá para parecerse a su probable referencia plástica, la célebre esfinge de Giza.

Toda la fachada, en su conjunto, está cargada de elementos decorativos egipcios. Desde la escalinata de entrada al inmueble y la puerta principal, flanqueada por dos de las esfinges, con su dintel adornado con el símbolo solar del Horus, pasando por las columnas con sus capiteles palmiformes, así como las metopas y pilastras hasta la sobria elaboración de las ventanas… Todo respira un elegante aire faraónico. Finalmente, en su tercer y último nivel, la fachada se corona por un frontón triangular en cuyo tímpano aparece representado el «ojo omnisciente» o «radiante», símbolo divino por excelencia de la masonería.

Una vez en el interior del edificio vemos que éste se articula de forma inusual, puesto que desde el vestíbulo se comunica con las otras dependencias del inmueble y se accede directamente al salón de «tenidas» o sesiones, núcleo principal de la logia y de la actividad masónica. La elegante y elaborada puerta de madera del salón, que originariamente aparecía flanqueada por dos columnas a modo de réplica alegórica de las del templo de Salomón –construidas supuestamente por el legendario arquitecto Hiram Abiff– contiene un curioso detalle: una celosía con forma de triangulo isósceles egipcio («teja» en el argot masónico), que servía para solicitar desde el interior el «santo y seña» que debía conocer el masón si deseaba entrar en la logia. Hoy en día, la sala de tenidas apenas conserva nada de su espíritu original. Con la llegada de la dictadura franquista el edificio fue confiscado, y la actividad masónica prohibida y perseguida, pasando el templo a engrosar el patrimonio del Ministerio de Defensa, que lo utilizó como farmacia y dispensario militar. En este periodo se realizaron, por desgracia, innumerables y desafortunadas reformas en el interior del inmueble, lo que desdibujó por completo el esplendor de sus inicios.

La cátedra de Salomón

En el año 2001, el Ayuntamiento de Santa Cruz adquirió el inmueble y lo declaró Monumento Histórico de Canarias, comenzando así el proceso de restauración del templo, un interesante proyecto que pretende devolver al conjunto la apariencia que tuvo en su origen. Se puede imaginar que en épocas de plena actividad masónica el salón contenía todos los elementos propios de la logia, como la cátedra de Salomón, situada en el estrado y de espaldas a la luz –posición desde la que el venerable maestro dirigía las tenidas y realizaba las tareas correspondientes a su cargo–, el altar de juramentos y las piedras bruta y tallada, colocadas frente al estrado. Éstas simbolizaban respectivamente una metáfora sobre la transformación de profano a iniciado que experimentaban sus miembros (uno de los principales propósitos de la masonería consistía concretamente en desbastar la piedra bruta o «persona ciega» para transformarla en piedra cúbica «o aprendiz iniciado», que ha recibido la luz y el conocimiento). En la actualidad han desaparecido todos los murales que decoraban la sala y otras estancias del edificio. Concretamente, en el salón las pinturas representaban la bóveda celeste, Venus, el Sol, la Luna y otros elementos como la Justicia y los signos del zodiaco.

Las otras dependencias del inmueble correspondían a las oficinas, la biblioteca, un gran comedor y los baños. También destaca una escalera, situada en la parte derecha del edificio, que termina en un pequeño cuarto cuya función pudo estar relacionada con algún rito iniciático. Uno de los espacios más enigmáticos del templo se encuentra en el subsuelo del mismo. Desde el vestíbulo, a través de unos pasillos adyacentes, se desciende a la entrada de una gruta natural de la cual surge un «tubo lávico» (un túnel de lava volcánica) de unos 15 m de largo, reforzado con arcos de cantería, que termina en la misteriosa y silenciosa «cámara de reflexiones»: una habitación de unos 20 m cuadrados situada bajo el edificio. Este espacio subterráneo era utilizado por los masones para diferentes fines. Se supone que era un lugar de aislamiento donde el iniciado, impregnado por el silencio, la oscuridad y la soledad absoluta que se manifiestan en su interior, debía encontrarse a solas consigo mismo e implicarse en un proceso de autoconocimiento. Uno de los sistemas esotéricos de iniciación que probablemente fue utilizado por los masones en esta lúgubre cámara consistía en colocar una vela encendida detrás del iniciado y dejarle a solas con su propia sombra. Tal ejercicio introspectivo, debidamente ejecutado, ayudaba al practicante a alcanzar la gnosis transformando los contenidos inconscientes, de carácter ilusorio, en otra realidad psíquica más profunda, ausente de superficialidades materiales, de miedos y de falsas percepciones. Este sugerente ritual contiene reminiscencias platónicas y gnósticas y su origen se pierde en la noche de los tiempos.

Vía de escape

En la primera planta existe otro pasillo, en la actualidad bloqueado por un muro, que probablemente sirvió en tiempos como «vía de escape» para los masones en caso de necesidad, ya que, según indican los estudios arquitectónicos, conducía a una salida al exterior del edificio, ubicada en otra calle.

Una vez más, y por partida doble, nos quedamos a expensas de continuar indagando y averiguar algo más sobre esta intrigante historia, y es que, según me ha comentado alguien que sabe del tema, al parecer hay todavía muchos edificios relevantes de las Islas Canarias que están a punto de redescubrirse tal y como fueron diseñados, con una impronta y finalidad masónica. Pero en fin, eso ya lo sabremos mas adelante.
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