Última actualización 01/08/2006@00:00:00 GMT+1
No hay entramado biológico más complejo que la mente humana, capaz de librar en su interior la más grande de las batallas. En nuestro cerebro se ha desarrollado, desde tiempos inmemoriales, un simbólico combate entre las fuerzas arquetípicas de la luz y las de la oscuridad.
Los mitos, las leyendas, los cuentos populares, el tesoro entrañable de la tradición oral, nos han transmitido una interminable lista de seres que luchan entre sí, que nos parecen buenos o malvados. El miedo, tan contrario a la armonía y a la paz que anhela la humanidad, forma parte de una larga andadura evolutiva, generando infinidad de mundos paralelos al nuestro y, entre ellos, el de los seres de pesadilla…
La semilla del miedo
No hay civilización, zona de la Tierra o época de la historia que se libre de las andanzas de estos propagadores del miedo, a cual más extraño. A tal extremo llega su osadía que pueden aparecer en cualquier sitio, incluso a través de los espejos. En España ha sido una práctica generalizada en el pasado, especialmente en el medio rural, tapar los espejos cuando moría una persona, por ser estos, según la tradición, fronteras entre dos mundos. En este lado nos encontramos con una estancia del mundo físico, donde está el cadáver, velado por sus familiares, amigos y conocidos. En el otro, la misteriosa dimensión del interior del espejo, que se convierte en territorio espectral del maleficio. Allí sería donde el Diablo espera a que el cuerpo del difunto se refleje para así, una vez que se unan las dos realidades, apoderarse de su alma y llevársela al otro lado, donde se ubicaría el infierno. Tapado el espejo se cierra el puente entre ambas dimensiones. El finado no puede reflejarse y, por lo tanto, la fuerza maléfica no puede conseguir su objetivo. Aunque esto no evita todo peligro…, por lo que la misma tradición aconseja no sentarse a los pies de la cama del difunto. Es ahí, como símbolo de lo inferior, del infierno, donde se sientan los demonios, justo enfrente de la almohada, en la que se apoya la cabeza del fallecido (representación del cielo, donde se acomodan los ángeles).
Los autores de tanta fechoría gozan de interminables recursos para sus maldades. Pueden matar con una simple mirada, como el basilisco, una bestia metamórfica, pues de serpiente con mancha clara en forma de corona pasó a ser gallo con cuatro patas, plumas amarillas y espinosas y cola de serpiente. Aunque para algunos no tenía plumas, sino escamas, que para eso era serpiente; y no cuatro, sino ocho patas. Pero sea cual fuere su disfraz, fulminante era su mirada, capaz de matar a los pájaros, pudrir los frutos y envenenar las aguas de los ríos, como señalaba el escritor Jorge Luis Borges. Mal compañero de viaje es este engendro, capaz de romper las piedras sólo con mirarlas y de quemar el pasto, lo que con aplomo y soltura certificaba en la antigüedad Plinio el Viejo. Las buenas gentes del pasado, para combatir su mirada, llevaban consigo un gallo y un espejo, al creer que lo único que podía acabar con el basilisco, además del olor de la comadreja, era el canto del ave de corral o el reflejo de su propia mirada.
Hay seres oscuros silenciosos, pero también ruidosos, aunque no se dejen ver, como la banshee, digna de espanto por su horroroso gemido. No tiene otra ocurrencia que anunciar, al pie de las ventanas, la muerte de algún miembro de la familia. Eso creen en Irlanda, especialmente. Aquí, en España, para sustos anunciados y augurios de muerte tenemos el ulular de la lechuza y el lastimero aullido de los perros.
Estas criaturas empeñadas en dar miedo son feas con ganas. Como, por ejemplo, un demonio de lo más perverso que tiene la costumbre de molestar a los que duermen. Este personaje, clasificado por Jesús Callejo en su libro Los dueños de los sueños, es llamado pesadiellu en Asturias o «manona» en Castilla y Extremadura, sin duda por las pesadillas que provoca y por su descripción como mano velluda que se agarra al pecho del que está durmiendo.
Pero en cuanto a representación de lo horrendo se lleva la palma la harpía (o arpía), que a pesar de mostrar la belleza de un rostro de mujer, tenía garras y ansia desmedida de saciar su hambre. Se la describe como fétida y chillona, capaz de convertirlo todo en excremento, como auténtica furia que es del infierno. Tenía su origen en las divinidades del viento.
Y es que por el aire nos puede llegar cualquier cosa, como los «caballucos del Diablo», que tienen forma de gigantesca libélula y aparecen en Cantabria, en la noche de San Juan, la más mágica del año. Les gusta asustar al anochecer, con estremecedores bramidos que hielan la sangre de quien los escucha, por lo que se cree que es el Diablo en persona quien los monta.
La encarnación de la maldad
Volando por los aires, y asociados tantas veces al mundo infernal, los dragones han generado seguramente más espanto que la mayor parte de las criaturas del averno. Aunque en ciertas culturas, especialmente de Oriente, están asociados a los buenos augurios, en muchos otros lugares son la encarnación de la maldad.
En todo tipo de cuentos y fábulas, especialmente de la Edad Media, se los representa como un devorador de hombres, que exige el sacrifico de niños y doncellas, y con el que siempre tienen que estar en pugna –demostrando su valentía–, los caballeros de capa y espada, la gente de buen corazón y un gran número de santos. Si vemos cómo en otras muchas culturas el dragón representa a las fuerzas de la naturaleza, a las líneas energéticas que rodean al planeta (llamadas en China venas del dragón), entenderemos que refleja inconscientemente el sometimiento de las fuerzas primigenias, de lo que es hostil para el hombre.
Como toda familia de ancestral linaje que se precie, los dragones presentan una inmensa variedad. Los hay que tienen alas; pero otros, al contrario, carecen de ellas y además tienen cabeza de caballo con cuernos. Por lo general sus alas, dos o cuatro, según la especie, son membranosas y les permiten volar. No todos tienen una sola cabeza: a veces poseen siete, e incluso más, hasta cien. Por imaginar, que no quede.
Existen curiosas sagas, algunas de las cuales pretenden mostrarse como hechos históricos, de cazadores de dragones. Uno de los más conocidos es San Jorge (Sant Jordi), que a pesar de su identidad cultural con España –especialmente con Cataluña– tiene su origen en Capadocia (Turquía).
Serpientes voraces
Siempre emparentadas con los dragones están las serpientes, que sin duda son las más prolíficas a la hora de acomodarse a la tradición de todos los pueblos del mundo. En España tenemos el famoso «cuélebre», con cuerpo de ofidio y alas de murciélago, que protege a las xanas (hadas asturianas) y guarda los tesoros ocultos. Devora al ganado y a cualquier persona que encuentre a su paso. Para matarlo hay que asestarle un golpe en el cuello o darle de comer una piedra incandescente o un pan lleno de alfileres. Aquí observamos el paralelismo con las serpientes voladoras que se extienden por todo el planeta. Sin ir más lejos, en la Sierra del Segura, uno de los parajes más desconocidos de la geografía española, en la provincia de Albacete, recogí información sobre la «alicántara», una serpiente voladora con sello de identidad Castilla-La Mancha. Lo más curioso es que algunas personas me aseguraron que existía, que había saltado por encima de sus cabezas, y precisaban incluso que desde hace unas décadas había dejado de verse por estos parajes.
Aunque también considerados animales sagrados y bondadosos por muchos pueblos, especialmente en el continente americano, el temor que inspiran los ofidios ha generado incontables leyendas. Su aureola benefactora viene de su identificación con la energía serpenteante que recorre no sólo la Tierra, sino la columna vertebral de los seres humanos, la denominada Kundalini, la energía suprema del Universo. Es por eso que lo mismo son guardianas de tesoros y del conocimiento ancestral (trabajo que comparten con los dragones), que se convierten en voraces y sanguinarios monstruos que libran encarnizadas luchas con los seres humanos.
Serpiente despiadada era la Hidra de Lerna, hija de Tifón (hijo a su vez del Tártaro y de la Tierra) y de Equidna (medio mujer y medio serpiente). Cien cabezas tenía (o nueve según otras versiones) y tan vigorosas que por cada una que le cortaban le nacían dos en el mismo lugar. Poseía un aliento tan pestilente que incluso cuando dormía podía matar a un hombre, por lo que secaba los campos y envenenaba las aguas. Sólo pudo acabar con ella un héroe como Hércules.
Aunque con sólo ocho cabezas y ocho colas, pero no con menos maldad, en Japón hacía de las suyas la serpiente de Koshi, tan grande que cubría con su cuerpo ocho colinas y ocho valles. Era tan voraz que siempre estaba llena de sangre. Durante siete años había devorado a siete princesas, pero cuando se disponía a engullir a la octava (para que no quedara cabeza sin saciar su apetito), fue salvada por un dios. Éste engañó al ofidio, tan tenebroso como ingenuo, haciéndole beber cerveza de arroz de ocho toneles, por lo que se quedó dormido. Entonces se cortó las cabezas, surgiendo un río de sangre y apareciendo una espada junto a una de las colas… ¡Cosas de monstruos!
Sangre de ofidio tenía la «quimera», cuyo cuerpo estaba formado por tres partes bien diferentes: de león, cabra y serpiente. Además de eso echaba fuego por la boca y algunos autores le atribuyen tres cabezas, una por cada animal. Sería la «quimera» el ejemplo vivo del símbolo de un terreno determinado de Licia, donde existía un volcán (el fuego) y en el cual pastaban las cabras y había leones y serpientes.
Pero no hay que ir a parajes exóticos para encontrarse con serpientes devoradoras de seres humanos. Podemos hallar su legendario rastro en pleno corazón de Sevilla, en la popular calle Sierpes. Nos sorprende la leyenda con un tenebroso suceso acaecido en el pasado, cuando empezaron a desaparecer niños pequeños, robados de sus cunas. Los asustados cristianos no dudaron en echarles la culpa a los judíos, acusados de parodiar la crucifixión de Jesús con los pequeños; y también a los moros, que se los llevarían a Granada para convertirlos en esclavos. Finalmente fue descubierta, en una galería subterránea, una gigantesca serpiente, que se habría comido una por una a todas las criaturas. Acabó con su vida el bachiller Quintana, clavándole una daga.
Energía especial
Una constante con la que me he encontrado en mis viajes, por más remoto que sea el lugar del planeta, es la vinculación del dragón y la serpiente con lugares de poder, particularmente mágicos, que gozan de una energía especial, y que por lo tanto han sido considerados enclaves sagrados y utilizados para construir misteriosas edificaciones. Todavía hoy nos sorprenden por sus características o por la energía que desprenden.
Para raro y siniestro personaje, «el Roblón», nacido de las entrañas de Cantabria. Era un gigantesco roble que aplastó a una joven que se había refugiado bajo sus ramas para protegerse de la lluvia. Cuenta la leyenda que el árbol se alimentó de su sangre y creció desmesuradamente, adquiriendo en cierta medida la forma humana, sin abandonar su naturaleza vegetal. Tenía los ojos de la mujer y el cuerpo mostraba partes de diferentes plantas y árboles. Se hizo tan grande que al final arrancó sus raíces del suelo y se marchó a la carrera, aterrorizando a las gentes de Cantabria y destrozando cuanto encontraba a su paso. La venganza fue terrible pues, al final, los campesinos lo dejaron ciego y lo quemaron, acabando para siempre con sus fechorías.
Durante un viaje a lo más profundo de la selva amazónica brasileña, en el estado de Acre, escuché un relato sobre una extraña criatura a la que llaman «mapinguari». Tendría la apariencia de un ser humano, por su tamaño y el rostro, pero cubierto con pelo rojizo, y la capacidad de caminar sobre dos o cuatro patas. Se añade que no puede ser herido por las balas, que tiene un solo ojo, los pies vueltos del revés y posee una segunda boca en el estómago, por la que expulsa un gas hediondo. Profiere horribles alaridos y arranca la cabeza de sus víctimas.
Mientras contaba una extraña experiencia que había vivido ese día, al internarme en solitario en la selva, la persona que me escuchaba dio un grito de sorpresa. Se puso muy nerviosa y me dijo que posiblemente me había encontrado con un «mapinguari» (AÑO/CERO, 114). Me mostró un dibujo que había hecho una niña, representando a este ser que para algunos investigadores, los criptozoólogos, podría ser algo más que una leyenda. El Dr. David Oren ha recogido un centenar de testimonios de personas que afirman haberse encontrado con esta criatura. Algunos creen que podría ser un perezoso gigante, supuestamente extinguido hace 9.000 años. Otros piensan que se trataría de un homínido de gran tamaño, similar al bigfoot o al yeti, e incluso el espíritu de un chamán convertido en guardián de la selva.
También me dijeron que podía ser un «curupira», otro ser al que se le atribuye apariencia humanoide, muy peludo, con un solo ojo y aspecto de enano con cabeza grande. Tendría igualmente los pies al revés, como el «mapinguari», y sería un vengador de las fechorías cometidas contra la naturaleza.
Gigantes en España
Por todas partes se extendieron los gigantes, incluso por España. De ahí la andanzas del Batemontes, el Arrancopinos, el Silván y el gigante Muyed, en Aragón; la Osa de Andara y el Errolán en el País Vasco; el Padre Gigante y el Apartamontañas en Cataluña. También de este tipo de seres grotescos y dañinos, moradores de las cuevas con hábitos sanguinarios, eran los cíclopes, como el famoso Polifemo, que en versión española dio lugar en Cantabria al Ojáncano. Este ogro nocturno, con diez dedos en cada pie y manos, tiene un bastón que se transforma en cuervo, víbora y lobo. Su compañera, la Ojáncana, tiene unos pechos tan grandes que se los necesita echar por encima de los hombros cuando sale corriendo. Su sanguinario vicio consiste en destrozar a los niños con sus afilados colmillos. Están emparentados con el Aneto en Cataluña, el Olláparo en Galicia y el Tártaro y el Alabari en Euskadi.
Variopinta es la fauna que habitó en esta geografía de la España ancestral y mítica, y más todavía en el mundo de la fantasía, como el «cuegle», con cuerpo de animal y cara de hombre, que por tener cinco estómagos y cinco filas de dientes es tan voraz que come lo que encuentra, incluso niños pequeños y cadáveres. La «monuca» es un híbrido de garduña y gato montés, por más que la genética se empeñe en desmentirlo, y cuando nace, mata a su propia madre, le saca los ojos y le chupa hasta la última gota de sangre. Voraz como ella sola, se dedica a succionar la sangre de niños y corderillos.
Por las montañas del delirio han hecho de las suyas los hombres-lobo e incluso el minotauro, sin irnos a Grecia, pues he localizado al «cerigüelo» en Caprés (Fortuna, Murcia). Era un minotauro sin laberinto que provocaba las lluvias y se aparecía a las gentes durante las noches, aterrorizándolas.
También en el mar hay bestias espeluznantes. Una entre tantas era Escila que, por más que tuviera rostro y pechos de mujer, de sus ingles –nada menos– le nacían seis extraños perros, con una cabeza y dos patas cada uno. Sádica a más no poder, emboscaba a los navegantes, matándolos lentamente, mientras les roía los huesos.
Los cabellos de serpiente de las gorgonas, entre las que destacaba Medusa, con su mirada capaz de convertirte en piedra, el medio cuerpo de pez de un tritón y el cántico hipnótico de las sirenas, son una mínima parte de los interminables recursos del miedo. A todo ello se une la legión de terroríficos seres que asustan a los niños, como el Hombre del Saco, el Tío Camuñas, la Mano Negra y el y omnipresente Coco.