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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/09/2006@00:00:00 GMT+1
Los años transcurridos entre 1933 y 1945 perturbaron al mundo y pusieron a la Humanidad al borde de la destrucción del sistema político global. Con el paso de los años se han ido verificado las hipótesis históricas más interesantes sobre el nazismo, pero una de las más inquietantes es sin duda la que plantea la posibilidad de que Hitler no se suicidó, sino que escapó por los subterráneos del búnker bajo el Reichstag.
La historia oficial

A finales de marzo de 1945, el ejército rojo avanzaba sobre la capital alemana; las últimas defensas del Reich confiadas a adolescentes y ancianos trataban inútilmente de resistir el avance. La batalla de Berlín se desarrollaba en toda su dureza, casa por casa, calle por calle, mientras las baterías soviéticas destruían lo poco que había quedado en pie después del bombardeo precedente.

Hitler y los miembros de su estado mayor se habían retirado al búnker donde, según los supervivientes, reinaba una atmósfera sombría, casi surrealista: se bailaba al son de un fonógrafo mientras los cohetes katiuska y los morteros soviéticos sonaban a poca distancia. El Führer había envejecido unos veinte años en pocos meses, se cansaba al andar y no lograba controlar un temblor continuo de la mano izquierda. Seguía convencido de la victoria, cambiaba de un sitio a otro a unos ejércitos inexistentes, daba órdenes a generales ya muertos…, había perdido el sentido de la realidad. El 28 de abril Hitler se casó oficialmente con Eva Braun; un matrimonio que terminó dos días después: el III Reich había llegado a su fin y fiel a su doctrina personal, el 30 de abril dio sus últimas instrucciones relativas a la incineración de su cadáver y el de Eva Braun y, hacia las tres y media de la tarde, se disparó un tiro en la boca, mientras su esposa aplastaba con los dientes una cápsula de cianuro.

Goebbels, el ministro de propaganda, decidió seguir los pasos de su líder y se mató junto a su mujer, tras envenenar a sus seis hijos. Bormann desapareció misteriosamente y jamás fue encontrado, aunque existen sólidas sospechas de que huyó a América del Sur. El estado mayor de Hitler fue capturado por los rusos y enviado a Moscú, donde dieron información con todo detalle sobre la muerte del Führer y su vida privada, por la que Stalin sentía un enorme interés.

La versión del KGB

Durante la batalla de Berlín, Stalin había dado órdenes de disponer de los mejores hombres del Smersch, contraespionaje ruso, para la búsqueda de cualquier material de interés para los servicios secretos. Entre el 2 y el 4 de mayo, el Smersch –al que se unió el NKVD (antecedente del KGB)– examinó a fondo el búnker y descubrió, a pocos metros de la entrada, los restos de nueve cadáveres carbonizados y otros dos, un hombre y una mujer, sepultados en un cráter de mortero. Los cuerpos habían sido quemados con gasolina. Los cadáveres fueron trasladados inmediatamente a Buch, un suburbio de Berlín, donde un equipo de médicos procedió a su identificación.

En cuanto a los restos de Hitler, no quedó mucho sobre lo que basar la identificación: la carne estaba completamente consumida por el fuego, pero el puente dental y parte del maxilar fueron cotejados con la documentación médica sustraída al dentista del Führer y ello aclaró todas las dudas. El 9 de mayo, día en que acabó la autopsia, los rusos sabían que Hitler estaba muerto. Los archivos, el dossier y las fotografías relacionadas con su muerte fueron mantenidos en el más absoluto secreto y se prohibió filtrar la más mínima noticia al respecto bajo pena de diez años de cárcel.

No obstante, Moscú no apoyó los hechos mostrados por el informe del NKDV. Una de las operaciones más extrañas de la inteligencia soviética se conoce hoy con el nombre de Operatsiya Mif (Operación Mito), que se inició durante la conferencia de Potsdam. Stalin contó al entonces Secretario de Estado norteamericano James F. Byrnes que Hitler estaba vivo y que probablemente se había refugiado en España o en Argentina. A lo largo de los años los rusos esgrimieron esta tesis una y otra vez. ¿Por qué Stalin seguía difundiendo su versión de la fuga a pesar de las pruebas recabadas por el KGB?
Tras la II Guerra Mundial se agudizaron las tensiones entre EE UU y la URSS, y el mundo se sumió en la Guerra Fría. Quizá el dictador soviético quiso convencer a los aliados de la fuga de Hitler con el objetivo de desviar la atención del adversario de sus operaciones secretas. Otra respuesta, igualmente válida, podría estar motivada por el deseo de Stalin de entrar a la fuerza en el tablero occidental europeo: con Hitler vivo, Rusia podría justificar ante la opinión pública mundial sus operaciones militares y de espionaje. Pero quizás la respuesta más convincente esté en la simpatía que el gobierno de Franco en España y el de Perón en Argentina sentían por el nazismo: eso los situaba en claro contraste con la Unión Soviética y podían convertirse en un potencial enemigo. Si Hitler vivía, Stalin podría actuar más o menos directamente contra los dos países.

Los archivos secretos rusos

El gobierno soviético mantuvo el más absoluto secreto sobre el tema hasta 1968, cuando un libro del periodista Lev Bezymensky filtró algunos detalles interesantes (junto a mentiras deliberadas). El libro, que fue publicado en EE UU y el Reino Unido pero no en Rusia, era la primera publicación que mostraba los resultados de una investigación soviética en torno a los restos de Hitler. Más tarde, en 1993, el gobierno de Yeltsin permitió a periodistas rusos y británicos el acceso a los archivos del KGB relacionados con la muerte de Hitler y, unos años después, el mundo entero pudo ver los restos del Führer en una muestra organizada con motivo del 55 aniversario de la toma de Berlín por parte del ejército rojo.

En el año 2002, el Dr. Mark Benecke, eminente forense alemán que colabora con la policía criminal y dirige un programa de televisión, visitó Moscú y decidió consultar los famosos archivos del Kremlin. Inesperadamente, un empleado le mostró una pequeña caja que había pertenecido al KGB y que ahora era propiedad de los Archivos de Estado rusos. En su interior se conservaba una parte del cráneo quemado, con un evidente orificio de bala y parte de los dientes con un puente muy particular. Benecke observó: «Hitler tenía una pésima dentadura. Antes de la guerra le pidió a su dentista, el Dr. Blaschke, que le asegurase definitivamente los dientes flojos. Él le construyó un puente un tanto insólito, muy sólido pero de enormes proporciones». De todos modos, Benecke lo comparó con una radiografía dental de 1944, recuperada por los servicios secretos rusos. El puente era el mismo. Era la prueba final: aquel era el cráneo de Hitler.

El médico alemán no pudo obtener el material genético necesario para un examen del ADN. De todos modos, en base a su experiencia como forense afirmó: «En lo que a mí respecta, la historia acaba aquí porque si bien podría haber dudas por un cráneo, un puente dental es la prueba definitiva. Hitler murió por un disparo que se descerrajó en la boca; el caso está cerrado».

Una hipótesis intrigante

Sin embargo sabemos que Hitler tenía varios dobles que lo sustituían en actos públicos en los que su vida podía estar en peligro; de hecho el primer cuerpo que los rusos encontraron al entrar en el búnker fue precisamente el de un sosías al que se le había disparado en la frente a quemarropa. Evidentemente utilizaron la última carta desesperada que les quedaba para convencer a los rusos a renunciar a su persecución.

Después de cotejar las fotografías disponibles y de haber interrogado a los miembros del estado mayor del búnker, el KGB se dio cuenta del engaño y se dispuso a continuar con la búsqueda del Führer, hallando los cuerpos y los fragmentos del cráneo y el maxilar de Hitler. No obstante, nadie puede estar seguro de que la radiografía con la que se comparó la arcada dental hallada no fuese la de uno de sus dobles, que habría sido asesinado y quemado en lugar de Hitler. Conociendo la minuciosa preparación, la astucia y el celo con que los servicios secretos alemanes preparaban los planes de fuga, no parece existir nada que se oponga a esta hipótesis. De hecho, el Smersch y Stalin hicieron todo lo posible para alimentar esta versión. Sin embargo, la posible fuga debería haber tenido lugar por lo menos 5 o 7 días antes del 30 de mayo, porque de otro modo Hitler se hubiera encontrado con la calle bloqueada por los aliados en marcha hacia Berlín. Una fuga en avión a Suiza y de allí a países neutrales hubiese sido muy difícil porque el avión habría sido derribado de inmediato. Sabemos, de todos modos, que en las proximidades del búnker solían posarse dos aviones ingleses que despegaban de la arteria principal de Berlín, utilizada como pista improvisada. Con tales medios a su disposición, la huida habría tenido discretas garantías de éxito.

Durante por los menos treinta años, el FBI intentó sin éxito desentrañar los secretos de la documentación. A los ingleses se les permitió examinar el refugio pocos días después de los rusos y no hallaron ni orificios de proyectiles ni manchas de sangre en la habitación donde Hitler se mató.

Para alimentar la confusión, en aquellos días circuló también el rumor alemán de que el Führer había muerto combatiendo a la cabeza de sus soldados. Esta falta de noticias veraces alimentó una fobia en todo el mundo y particularmente en los EE UU, donde el director del FBI, Edgard Hoover, inició en septiembre de 1945 una serie de investigaciones, cuyos documentos recientemente desclasificados dan cuenta de miles de indicios de la presencia de Hitler en Estados Unidos. Hoover dedicó más de mil agentes a la búsqueda del Führer, aunque en vano.

Fuga a Argentina

Entre agosto y septiembre de 1945, los periódicos de todo el mundo publicaron noticias alarmantes sobre unos submarinos llegados a costas argentinas, remitidos a la marina de Perón. Según Stalin, Hitler habría llegado a Noruega y de allí se habría embarcado en uno de estos submarinos rumbo a Argentina. El FBI se dispuso de inmediato a confirmar los rumores y envió a un discreto número de agentes a Buenos Aires con el objetivo de crear una red local e informar de cualquier dato de interés a Washington.

Uno de los documentos más convincentes que llegó a sus manos estaba relacionado con el submarino 977 que, según el testimonio de Helmut Maros, el operador de radio, había zarpado entre el 6 y el 7 de mayo para un viaje muy largo, haciendo un rodeo por Escocia e Irlanda, hacia América del Sur, a donde llegó el 17 de agosto de 1945 con una tripulación en condiciones miserables. Todos fueron detenidos, bajo la acusación de ocultar a Hitler.

Sin embargo, de los submarinos que llegaron a Argentina, a algunos se les perdió el rastro. Sin duda varios alcanzaron el extremo más meridional del territorio argentino, donde vivía desde hacía tiempo una floreciente comunidad de alemanes y organizaciones como Odessa y Die Spinne, cuyos miembros estaban muy introducidos en la comunidad política y aristocrática argentina y ayudaban a los criminales de guerra a iniciar una nueva vida. En la Patagonia había varias factorías, perdidas en el inmenso territorio, algunas de las cuales a orillas del mar. Un documento del FBI menciona, a propósito de una de ellas, las huellas de ruedas de un coche que llegaban hasta la playa, rastros de personas llegadas del mar y subidas en el coche que había llevado a los misteriosos personajes a una nueva vida. La interpretación del FBI era clara: criminales nazis –y probablemente Hitler entre ellos– habían alcanzado las costas argentinas. En los años cincuenta y sesenta las sucesivas operaciones del Mossad –la inteligencia israelí–, que logró capturar a numerosos criminales nazis en América del Sur, con misiones encubiertas como el famoso rapto de Eichmann, convencieron a la opinión pública de que Hitler podría haber huido a Argentina.
¿Fue realmente así? Es cierto que muchos criminales nazis consiguieron la libertad en Sudamérica, pero si Hitler fue uno de ellos es algo que por el momento no se puede afirmar. Lo que es cierto, no obstante, es la posibilidad real de una vía de escape, que para muchos nazis pasó por Noruega, para otros desde Brenner a Génova, donde embarcaban rumbo a Argentina. Además, en la Patagonia es perfectamente visible hoy en día la comunidad alemana, donde hijos y nietos de criminales nazis viven tranquilamente en un maravilloso escenario. Se trata de un universo separado física y culturalmente de la nación argentina, donde se habla alemán y las mansiones tienen el inconfundible aspecto de las casas tirolesas. Las señales y los carteles públicos son góticos y nadie distinguiría esta zona de un pueblo cualquiera de Baviera o de Austria. Un lugar apartado y especialmente idóneo para que el jefe del partido nazi viviera con tranquilidad sus últimos días.
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