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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/09/2006@00:00:00 GMT+1
Viajar por África nos permite comprobar que muchos grupos siguen hoy orgullosamente aferrados a su modo de vida y a sus creencias ancestrales, en especial a las prácticas animistas. Durante nuestro viaje por Camerún vimos cómo varias etnias eligen animales fuertes como leopardos, gorilas, serpientes o hipopótamos para realizar sus rituales y establecen vínculos espirituales entre el hombre y el animal.
Acompañados por el antropólogo Joan Riera y su esposa Florencia, recorrimos en automóvil el sur del país –donde se extiende la jungla ecuatorial–, el centro dominado por las sabanas y el norte ocupado por el desierto. Allí pasamos por la villa de Mokolo, aunque sin detenernos. Sí lo hicimos unos kilómetros más adelante, en la zona de Ziver-plein. Desde allí vimos una aldea de casas de barro y techo de paja. Un pequeño cortejo de niños nos acompañó desde que salimos del vehículo y nos asomamos a una de las viviendas: era el taller de un herrero que, en ese momento, no se encontraba allí. Lo curioso, según observamos, es que aprovechaba restos de metal, como latas y piezas de automóvil, para forjarlas y hacer con ellas aperos para el campo. En África, los herreros han gozado siempre de gran estima entre la población. La forja o herrería no es sólo un taller dedicado a labrar metales, es también un espacio sagrado y de culto. Los vecinos del norte (Nigeria), tienen entre sus principales deidades a Ogún, que es el dios del hierro y de la guerra, equivalente al Marte de los romanos. A este dios también se le rinde culto en América, especialmente en países con población de raíces africanas, como Cuba y Brasil.

Cruzamos al otro lado de la carretera y subimos una cuesta. Nos encontrábamos frente a la aldea de los Mafa o Matakan, un pueblo muy primitivo que vive en casas de piedra. Nos salió al paso un adolescente que se ofreció a servirnos de guía por su aldea. Nos condujo por un entramado de casas hasta que finalmente llegamos a una de ellas, en cuyo centro encontramos silos de barro en forma de columna que se extendían hasta el techo. Allí guardaban semillas de diversos cereales. Nuestro joven guía apenas hablaba francés, pero entendimos que estaba casado y tenía un hijo. De un rincón de la choza sacó una especie de casco de piel de cabra y se lo puso en la cabeza. Ejecutó algunos pasos de un baile ancestral y sin mediar palabra nos condujo a otra casa. Del nicho de una pared sacó un objeto que parecía una tinajita de barro. Nuestro amigo, Joan Riera, quiso tocarla, pero el chico la apartó de sus manos. Se trataba de un ídolo, cubierto de sangre seca del sacrificio ritual de animales.

Más tarde nos presentaron al jefe de la tribu, Hoke Meflech, un hombre de mirada penetrante e inteligente. Nos llevó hasta una cabaña cuya puerta estaba flanqueada por dos amasijos de barro que representaban a su padre y a su abuelo, ya fallecidos. En su interior pudimos ver varios melones esparcidos por el suelo y una serpiente muerta utilizada como protector de aquél lugar sagrado dedicado a los ancestros. Hoke nos contó que en cierta fecha del año golpean un ave viva contra la pared de la choza hasta matarla. Se trata de una ofrenda a los parientes desaparecidos.
«Estamos orgullosos de ser animistas. No queremos ser musulmanes ni cristianos, como algunos pueblos que nos rodean. Nosotros vivimos del algodón que plantamos y vendemos para las cooperativas. Tenemos muy pocos recursos y por eso necesitamos rendir homenaje no sólo a nuestros antepasados, sino también a la naturaleza, para que no sea mala con nosotros», nos explicó el hombre. Luego nos señaló un amontonamiento de piedras situado más allá de la aldea: era la tumba sagrada de su padre. Veríamos muchos enterramientos similares a lo largo de nuestro viaje africano.

Muertes por brujería
Seguimos rumbo al norte y llegamos a la villa de Maroua, bien asfaltada y con amplias avenidas flanqueadas por árboles frondosos y altos. Estábamos relativamente cerca de la frontera con Chad, enorme país famoso por su desierto y por los tuaregs.

Paramos en el zoco de la ciudad y nos detuvimos en un bar donde Joan nos presentó a un joven príncipe local. El muchacho, vestido con una chilaba azul impoluta y tocado con un gorro en forma de cubilete, es un intelectual que recoge historias, leyendas y tradiciones de su región, apuntándolo todo en cuadernos que conserva celosamente. Fue hasta su casa y volvió con uno de ellos para leernos algunas historias. Entre ellas se hablaba de un toro embrujado que embistió contra los caballos de un importante sultán regional. También nos relató varios casos de muerte súbita de animales domésticos en la región de Rumsiki. La población local considera que estas muertes están causadas por una maldición lanzada por brujos envidiosos de la prosperidad de los nativos.
«Existen varios hechizos curiosos en esta zona. En una localidad de Lougouaji hay unos brujos que recitan textos coránicos para maldecir la carne de vacuno. Se trata de provocar el bien o el mal para el comensal», seguía narrando el joven. También nos habló de los hombres gigantes que habitaban en otros tiempos la región: los Sao, que medían más de dos metros de altura. Su civilización fue «tragada» por el desierto y hoy sólo quedan unos pocos restos que han sido constantemente expoliados por los ladrones de antigüedades.

Muerte súbita
Comenzamos a viajar hacia el sur y nos detuvimos en la localidad de Mora, donde viven los Kirdi, animistas que hablan un dialecto del wandara. Entramos con mucha cautela en una de sus aldeas y poco después aparecieron dos hombres que se ofrecieron para ser nuestros guías. Nos señalaron una serranía próxima a su aldea. Dijeron que detrás de una cumbre estaban enterrados soldados franceses y alemanes que lucharon contra sus abuelos entre 1914 y 1915. Venidos de Europa, terminaron sus vidas luchando y muriendo en suelo africano. Cerca del cementerio –al que no pudimos acceder– estaría la tumba de un tal Fari, «el místico resucitado» sobre el que no pudimos obtener mucha más información de nuestros guías, que habían hecho un cartel en homenaje al santón local.

Uno de los hombres nos explicó que un jugador de fútbol camerunés, Marc-Vivien Foe –de la etnia basa–, había muerto de forma fulminante durante un partido contra un equipo de Colombia. El joven, nacido en Nkole en 1975, cayó inesperadamente tendido sobre el césped. Jugaba en el Olympic de Lyon desde hacía varios años y su muerte conmocionó el país. «A Foe lo mataron los brujos –aseveró el aldeano– pues todos aquí sabemos que alguien, envidioso de su éxito, decidió hacer un muñeco a su semejanza, parecido a los del vudú, y luego lo enterraron durante dos meses. La brujería negra mató a Foe. Pero tú puedes estar tranquilo, pues estás protegido contra este tipo de maleficio», me dijo con una sonrisa. «¿Por qué?», le pregunté. «Porque llevas un gri-gri». Entonces me acordé del extraño amuleto que nos había regalado el señor Kodji, el dueño de un restaurante de Rumsiki. Se trataba de una mezcla de semillas y huesos de animales.

Brujería Bamileke
Durante nuestros desplazamientos por las selvas del sur contamos con la ayuda del guía Ousséni Mfouapon, con quien congeniamos pronto gracias a su simpatía y sus conocimientos de la cultura y rituales más ancestrales de su país. Íbamos rumbo al oeste y, de camino, paramos en las «Cascadas de Bafan». Atravesamos un pasillo de espesa vegetación hasta llegar a orillas de un abismo con vistas espectaculares.

Tuvimos poco tiempo para apreciarlas, ya que de pronto aparecieron dos jóvenes fuertes y altos. Según nos contó Ousseni, pertenecían a la etnia bamileké, uno de los pueblos con mayor tradición de brujería en Camerún. Al parecer estábamos en su territorio sagrado. Entonces nos dimos cuenta de que, a nuestro lado, a escasos metros del abismo, había un árbol con restos de sangre de sacrificios de animales. Era un árbol sagrado y, en el suelo, había un recipiente con sal y aceite de palma como ofrendas complementarias. Se trataba de una ceremonia de magia negra y nuestra presencia allí no les hacía mucha gracia. Después de negociar con los dos bamilekes, nuestro guía logró que nos dejaran en paz y proseguimos nuestro viaje. Supimos más tarde que este pueblo conserva los cráneos de sus antepasados en una choza donde les rinden homenaje. Las ofrendas pueden ser animales sacrificados, como cabras o gallos.

También poseen un curioso método de adivinación en el que utilizan una especie de araña, la Heteroscodra crassipes. El adivino usa varios pedazos de hoja de palma donde marca diversos signos ideográficos que mete en el agujero donde vive la araña bajo tierra. Cuando el arácnido sale de su escondrijo arroja las hojas y, a partir de la posición en que quedan, el adivino es capaz de determinar el futuro de la persona que se lo solicite.

Los palacios de los bamilekes suelen tener en su fachada tallas de cráneos que representaban los enemigos muertos en combate. Los artesanos de esta etnia suelen tallar máscaras con rostros de hombres y mujeres curiosamente mofletudos, al igual que grandes pipas ceremoniales con estos personajes.

Gemelos protectores
Tras el susto en las cataratas pasamos por Bafang, cuyas casas, en su mayoría, tienen techo de hojalata. Un taxista nos pitó intentando adelantarnos. De su parte trasera colgaba una placa que rezaba: «Dios es mi refugio». En todo Camerún podemos encontrar iglesias evangélicas y protestantes a las que acuden numerosos fieles. Algunos kilómetros más adelante llegamos a Foumban, donde nos recibió en su casa el príncipe Njiembre Aboubakar.

Los anticuarios de Foumban conservan muchas piezas típicas de la brujería antigua y moderna. En una tienda situada frente a un gran baobab (árbol mágico africano) encontramos muñecas de la fecundidad de la tribu Axantí de Ghana e incluso un cráneo de gorila, símbolo de fuerza y poder para su dueño. Las máscaras eran omnipresentes, pues son la esencia misma de la magia del pueblo africano.

En otra barriada de la ciudad conocimos al «notable» Aouna Njoya, descendiente de los reyes del reino local. El anciano, de 92 años, nos mostró algunos objetos empleados por los chamanes y brujos, como una «lanza de poder» –una especie de tridente–, además de varias figuras pequeñas, una máscara de piel animal y dos ídolos con pelos de hiena. Los huesos de hipopótamo, por ejemplo, se utilizan como protección contra muchos maleficios.

Sin embargo, la mayor sorpresa la custodiaba el príncipe Aboubakar en su propia casa, donde estábamos hospedados. En una habitación guardada bajo siete llaves conservaba su mayor tesoro: un par de tallas de madera de un metro de altura pertenecientes a la cultura yoruba de Nigeria. Eran ídolos gemelos, protectores y guardianes de su vivienda. También nos mostró una especie de fuente con dos nichos para guardar pócimas con las que curar a los guerreros heridos en combate. En casa de un vecino nos enseñaron varios ídolos de los Fang del sur del país y de Guinea Ecuatorial, conocidos como Bieres, que encarnan el espíritu de los muertos. Con sus grandes ojos y cabeza abombada suelen tener a sus pies una cajita con los restos humanos de los antepasados.

También vimos varias tallas de mujeres amamantando a sus bebés, parecidas a las que vimos en un museo de Yaoundé. Según el alquimista lusitano José Medeiros, se trata de una representación de la Diosa-Madre, cuyas raíces se hunden en el antiguo Egipto, a partir de la imagen de la diosa Isis. Ésta pudo llegar a Camerún, pues varias tribus aún rinden homenaje a la madre del rey que encarna aspectos mitológicos ancestrales muy parecidos con la deidad del Nilo.

Bamenda y Bafut
Al norte de la densa selva ecuatorial que se extiende por la costa del país están las tierras altas de Bamenda. Llegamos a su capital, una ciudad africana bulliciosa, pujante y próspera. Situada entre colinas en medio de un amplio valle es, junto con Bafut, uno de los centros del reino tribal de Achirimbi. Por las calles polvorientas paseaban personajes con una larga túnica flotante y un pequeño gorrito bordado en hilo, casi siempre elaborado con cerdas de elefante. El jefe o fon tribal se presenta, durante las ceremonias públicas, con una túnica multicolor decorada con leopardos y serpientes pitón. El fon vive en el centro de la ciudad y su recinto sagrado se llama Achum, donde sólo el soberano puede acudir para solicitar consejo al espíritu de su padre, que reside en una piedra, símbolo del cráneo del difunto. Durante las fiestas tribales los nativos consumen vino de palma. Cuando el fon está moribundo llama a su sucesor y le transmite su poder escupiéndole en el pecho. La sucesión la refrenda el pueblo al lanzarle barro y piedras antes de que pase a la condición de hombre sagrado a quien nadie podrá tocar. Los bafut consideran a los gemelos como mágicos y las mellizas se reservan como esposas del fon.

Nuestro amigo Ousseni nos llevó hasta la casa de un anciano coleccionista de obras de arte africanas, el señor Njipogho Mosés, de 82 años. Penetramos en su vivienda, donde este sabio –un antiguo cristiano convertido al Islam– se hallaba hundido en un sillón rodeado de extraños ídolos de madera y multitud de objetos empolvados que rememoraban los tiempos antiguos de aquel rincón africano.

Los bafut llegaron aquí hace unos 300 años empujados desde el norte por los pueblos árabes. El actual fon forma parte de una especie de sociedad secreta constituida por cincuenta miembros y, entre estos, se seleccionan doce para formar un consejo. Esta sociedad realiza un complejo
ritual funerario. Se entierra al difunto rápidamente pero, al pasar una semana, se hace «el grito de la muerte». Un año más tarde se repite la segunda –y más importante– ceremonia para garantizar tranquilidad al espíritu del muerto. Los familiares suelen cubrir sus rostros con cenizas, símbolo de luto.

Las danzas y festejos de duelo son acompañadas por los estruendos de los disparos de fogueo de escopetas como la que nos mostraba el anciano, un rifle muy antiguo, anterior a la época colonial, de mediados del siglo XIX.

Sacrificios en Nigeria

En el norte del país nos detuvimos en Dampta-Dourbey, en la frontera con Nigeria. Allí, entre una multitud de niños que nos rodeaban y nos miraban con asombro, encontramos a un ciudadano del peligroso país vecino, quien nos habló de la gran corrupción y criminalidad que allí existe. Al preguntarle por algunas prácticas de brujería propias de su país contestó –mirando a su alrededor para comprobar que nadie le oía– que los yorubas de Nigeria siguen practicando sacrificios rituales de seres humanos.
«Cualquiera puede ser elegido para ser sacrificado. Da igual que sea rico o pobre. Se transforma en un Oluwo, a quien los brujos alimentan y cuidan mientras, privado de libertad, espera el fin de su vida. Yo lo he visto una vez: conducían a un hombre de unos treinta años por las calles de un pueblo y todos estaban de acuerdo con el sacrificio», nos explicó. Cuando le preguntamos por qué querían matar a esa persona, nos respondió: «El infeliz expía las culpas y desgracias que recaen sobre la población. Antes de matarlo, le ponen cenizas en la cabeza y pintan su rostro. Cuando pasa por la calle la gente intenta tocarlo para que pasen a él todos sus pecados. Cuando esta terrible procesión terminó, se llevaron al hombre dentro de una cabaña. Allí lo degollaron. Llegué a escuchar sus gritos de terror y dolor. Yo, que soy muy sensible a esas cosas, escondí mi rostro entre mis manos, pero los demás gritaban de júbilo y alegría».
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