Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
En las laderas de numerosas colinas inglesas se alzan diversas figuras blancas talladas en la piedra calcárea. El origen de muchas de ellas ha sido siempre un misterio. Sin embargo recientes descubrimientos arqueológicos y pruebas realizadas con modernas técnicas luminiscentes han clarificado algunos de sus enigmas. ¿Cuándo y quiénes las realizaron? ¿Con qué finalidad?
En ningún otro lugar del mundo –excepto en Gran Bretaña– existen figuras gigantes talladas sobre el suelo blanco calcáreo. En las laderas de sus colinas pueden verse caballos y otras figuras de animales, además de gigantes y cruces. Hasta tiempos recientes hubo casi cerca de 50 figuras de este tipo –incluidas varias en Escocia–, pero en la actualidad muchas de las mismas son ahora invisibles.
Lugares sagrados
Debido a las especiales condiciones climáticas y geológicas de las Islas Británicas, no sólo la creación de las figuras presenta dificultades importantes, sino también su conservación. La lluvia y las heladas erosionan y rompen la superficie de la piedra caliza, pero el lento avance de la turba es aún peor, ya que a menos que ésta se arranque continuamente acaba por recubrir de nuevo las zonas donde se había eliminado. Así pues, el proceso de realizar y mantener visibles estas figuras es sumamente difícil dado además su gran tamaño y que están esculpidas en laderas muy empinadas. En primer lugar hay que retirar la turba para dejar al descubierto la piedra brillante que se encuentra a unos pocos centímetros debajo de ella. Con frecuencia, la caliza está más abajo todavía o no brilla lo suficiente, en cuyo caso es preciso excavar la figura completa hasta una profundidad que puede llegar al medio metro. Tras retirar toda la caliza descolorida es preciso rellenarla con caliza nueva y limpia de otro lugar cuando no la hay en el emplazamiento elegido. Excepto por el ojo, casi todas las figuras son blancas en su interior. No obstante, hay dos excepciones: los dos gigantes –Cerne Abbas y Wilmington–, que sólo tienen los contornos y algunos detalles internos.
Como algunas de las figuras tienen en sus proximidades una estructura fortificada, muchos expertos han sugerido que más que obedecer a propósitos militares dichas estructuras eran probablemente sitios sagrados para ritos de fertilidad conectados con las figuras debajo de las mismas. En cuanto al valor o significado de las figuras en sí algunas de las más modernas se esculpieron como señales indicadoras o monumentos conmemorativos, pero no ha sido tan fácil determinar el de las más antiguas sobre las que, en casos como el caballo de Westbury, se han realizado nuevas figuras en el lugar de otras procedentes de la Edad del Hierro.
Las primeras figuras han sido atribuidas a celtas, romanos y sajones, mientras que algunas de las más modernas fueron obra de monjes benedictinos o poderosos lugareños. Excepto en casos contados, son muchos los interrogantes que estas figuras blancas suscitan. Se desconoce para qué se hicieron aunque se han avanzado diversas teorías. Algunas de las más antiguas, como el caballo de Uffington, presentan problemas casi insolubles.
Uffington: ¿diosa celta?
Ninguna de las figuras blancas de piedra calcárea ha suscitado tanto interés como la del misterioso caballo de Uffington (Oxfordshire), que se encuentra a tres kilómetros del pueblo de este nombre y domina todo el valle que se extiende a sus pies, denominado “Valle del Caballo Blanco”. Uffington fue la fuente de la que la moda de los caballos blancos irradió a través de todo el condado calcáreo, donde durante la última mitad del siglo XVIII y todo el XIX se esculpió un equino tras otro. Fue la influencia directa que llevó a la creación de caballos tan alejados de él como Yorshire y Aberdeen en Escocia.
Este se halla tallado sobre la caliza blanca del suelo en la ladera noroeste de una colina de Berkshire Downs, donde se ha segado la turba. Mide 120 metros de largo y 43 de alto, y puede verse desde 20 kilómetros a la redonda. Su estilo pictórico, con una cabeza picuda y un cuerpo desmembrado es muy similar al de otras figuras de caballos que se encuentran en monedas galas y británicas de dicho periodo. Las investigaciones modernas del sitio de Uffington con una técnica de medición del suelo con láser han confirmado que alrededor del primer milenio a. de C. se instaló allí una terraza con propósitos agrícolas. El caballo se talló entonces y eso confirma su origen celta. Muchos especialistas han sugerido que el caballo representa a la diosa Epona y que los sajones que llegaron posteriormente a la zona lo consagraron a Odín. Hay muchas leyendas en torno a él, sobre todo respecto a su origen. Un montículo debajo y a la izquierda del caballo es conocido como la colina del Dragón. El nombre implica asociación con las fuerzas telúricas. Las investigaciones del radiestesista Guy Underwood sugieren que varias imágenes de tales poderes están superpuestas debajo del caballo actual.
Tanto el caballo de Uffington como las otras figuras de las colinas, además de servir de guía a los viajeros, pudieron haber sido concebidas para ser vistas desde arriba por los ojos de los dioses, como las famosas líneas de Nazca y todos los geoglifos de animales que formaron parte del arte religioso antiguo: “Los geoglifos servían no sólo como ofrenda artística para honrar a los dioses del cielo, sino que posiblemente pretendían servir como señales para comunicarse con ellos”, explica Robin Edgar en su Pedigree of the Phoenix al referirse a la posible influencia de los eclipses solares –el ojo de Dios– en la creación de los citados geoglifos.
No parece que las figuras blancas de las colinas inglesas fueran realizadas por motivos similares a los descritos por Edgar, pero lo cierto es que desde el aire es como mejor se contemplan. Precisamente por eso desempeñaron un importante papel durante la Segunda Guerra Mundial: “Ni los creadores de estos monumentos ni los primeros viajeros imaginaron el nuevo papel que desempeñarían durante el siglo XX como señales indicadoras para el viajero del aire. Para esta finalidad son increíblemente apropiadas… Muchos aviadores debieron admirar al gigante, la cruz o el caballo blancos a medida que pasaban por encima de ellos; y muchos también debieron utilizarlos como ayudas para la navegación, entre ellos nuestros enemigos”, explicaba Morris Marples en su obra clásica White Horses and Other Hill Figures. Para evitar que sirvieran de ayuda a los alemanes, el Air Ministry las camufló con turba o las pintó con pintura verde hasta el fin de la guerra en 1945. Sin duda, no sospecharon sus creadores el valor que tendrían como ayuda para la navegación aérea. Después de la guerra algunas fueron restauradas y recuperaron su antiguo esplendor; otras se perdieron para siempre. n ningún otro lugar del mundo –excepto en Gran Bretaña– existen figuras gigantes talladas sobre el suelo blanco calcáreo. En las laderas de sus colinas pueden verse caballos y otras figuras de animales, además de gigantes y cruces. Hasta tiempos recientes hubo casi cerca de 50 figuras de este tipo –incluidas varias en Escocia–, pero en la actualidad muchas de las mismas son ahora invisibles.
Lugares sagrados
Debido a las especiales condiciones climáticas y geológicas de las Islas Británicas, no sólo la creación de las figuras presenta dificultades importantes, sino también su conservación. La lluvia y las heladas erosionan y rompen la superficie de la piedra caliza, pero el lento avance de la turba es aún peor, ya que a menos que ésta se arranque continuamente acaba por recubrir de nuevo las zonas donde se había eliminado. Así pues, el proceso de realizar y mantener visibles estas figuras es sumamente difícil dado además su gran tamaño y que están esculpidas en laderas muy empinadas. En primer lugar hay que retirar la turba para dejar al descubierto la piedra brillante que se encuentra a unos pocos centímetros debajo de ella. Con frecuencia, la caliza está más abajo todavía o no brilla lo suficiente, en cuyo caso es preciso excavar la figura completa hasta una profundidad que puede llegar al medio metro. Tras retirar toda la caliza descolorida es preciso rellenarla con caliza nueva y limpia de otro lugar cuando no la hay en el emplazamiento elegido. Excepto por el ojo, casi todas las figuras son blancas en su interior. No obstante, hay dos excepciones: los dos gigantes –Cerne Abbas y Wilmington–, que sólo tienen los contornos y algunos detalles internos.
Como algunas de las figuras tienen en sus proximidades una estructura fortificada, muchos expertos han sugerido que más que obedecer a propósitos militares dichas estructuras eran probablemente sitios sagrados para ritos de fertilidad conectados con las figuras debajo de las mismas. En cuanto al valor o significado de las figuras en sí algunas de las más modernas se esculpieron como señales indicadoras o monumentos conmemorativos, pero no ha sido tan fácil determinar el de las más antiguas sobre las que, en casos como el caballo de Westbury, se han realizado nuevas figuras en el lugar de otras procedentes de la Edad del Hierro.
Las primeras figuras han sido atribuidas a celtas, romanos y sajones, mientras que algunas de las más modernas fueron obra de monjes benedictinos o poderosos lugareños. Excepto en casos contados, son muchos los interrogantes que estas figuras blancas suscitan. Se desconoce para qué se hicieron aunque se han avanzado diversas teorías. Algunas de las más antiguas, como el caballo de Uffington, presentan problemas casi insolubles.
Uffington: ¿diosa celta?
Ninguna de las figuras blancas de piedra calcárea ha suscitado tanto interés como la del misterioso caballo de Uffington (Oxfordshire), que se encuentra a tres kilómetros del pueblo de este nombre y domina todo el valle que se extiende a sus pies, denominado “Valle del Caballo Blanco”. Uffington fue la fuente de la que la moda de los caballos blancos irradió a través de todo el condado calcáreo, donde durante la última mitad del siglo XVIII y todo el XIX se esculpió un equino tras otro. Fue la influencia directa que llevó a la creación de caballos tan alejados de él como Yorshire y Aberdeen en Escocia.
Este se halla tallado sobre la caliza blanca del suelo en la ladera noroeste de una colina de Berkshire Downs, donde se ha segado la turba. Mide 120 metros de largo y 43 de alto, y puede verse desde 20 kilómetros a la redonda. Su estilo pictórico, con una cabeza picuda y un cuerpo desmembrado es muy similar al de otras figuras de caballos que se encuentran en monedas galas y británicas de dicho periodo. Las investigaciones modernas del sitio de Uffington con una técnica de medición del suelo con láser han confirmado que alrededor del primer milenio a. de C. se instaló allí una terraza con propósitos agrícolas. El caballo se talló entonces y eso confirma su origen celta. Muchos especialistas han sugerido que el caballo representa a la diosa Epona y que los sajones que llegaron posteriormente a la zona lo consagraron a Odín. Hay muchas leyendas en torno a él, sobre todo respecto a su origen. Un montículo debajo y a la izquierda del caballo es conocido como la colina del Dragón. El nombre implica asociación con las fuerzas telúricas. Las investigaciones del radiestesista Guy Underwood sugieren que varias imágenes de tales poderes están superpuestas debajo del caballo actual.
Tanto el caballo de Uffington como las otras figuras de las colinas, además de servir de guía a los viajeros, pudieron haber sido concebidas para ser vistas desde arriba por los ojos de los dioses, como las famosas líneas de Nazca y todos los geoglifos de animales que formaron parte del arte religioso antiguo: “Los geoglifos servían no sólo como ofrenda artística para honrar a los dioses del cielo, sino que posiblemente pretendían servir como señales para comunicarse con ellos”, explica Robin Edgar en su Pedigree of the Phoenix al referirse a la posible influencia de los eclipses solares –el ojo de Dios– en la creación de los citados geoglifos.
No parece que las figuras blancas de las colinas inglesas fueran realizadas por motivos similares a los descritos por Edgar, pero lo cierto es que desde el aire es como mejor se contemplan. Precisamente por eso desempeñaron un importante papel durante la Segunda Guerra Mundial: “Ni los creadores de estos monumentos ni los primeros viajeros imaginaron el nuevo papel que desempeñarían durante el siglo XX como señales indicadoras para el viajero del aire. Para esta finalidad son increíblemente apropiadas… Muchos aviadores debieron admirar al gigante, la cruz o el caballo blancos a medida que pasaban por encima de ellos; y muchos también debieron utilizarlos como ayudas para la navegación, entre ellos nuestros enemigos”, explicaba Morris Marples en su obra clásica White Horses and Other Hill Figures. Para evitar que sirvieran de ayuda a los alemanes, el Air Ministry las camufló con turba o las pintó con pintura verde hasta el fin de la guerra en 1945. Sin duda, no sospecharon sus creadores el valor que tendrían como ayuda para la navegación aérea. Después de la guerra algunas fueron restauradas y recuperaron su antiguo esplendor; otras se perdieron para siempre.