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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
¿Puede una leyenda ser el vaticinio de una tragedia? En la provincia de Zamora, una fatídica casualidad quiso que el relato de una superstición anunciara la catástrofe acaecida en 1959, cuando las aguas inundaron la aldea de Ribadelago. En las noches de san Juan hay quienes aseguran que bajo las aguas del lago de Sanabria todavía puede escucharse el lastimero repicar de unas campanas tocando a difunto…
En el municipio de Galende, al noroeste de la provincia de Zamora, reposan las aguas del lago de Sanabria, el más extenso de la península Ibérica. Frente a la explicación geológica de su origen, una antiquísima leyenda relata lo que supuestamente aconteció en estos lares hace muchos años. Cuentan que en Villaverde de Lucerna, pequeña aldea que se levantaba en el valle que hoy cubre las aguas del pantano, se celebraba la víspera de la noche de san Juan cuando una temible tempestad obligó a los vecinos a refugiarse en sus casas.

Arropada por las sombras de la tormenta, la silueta de un peregrino de poblada barba y largos cabellos desciende por el sendero que conduce hasta la aldea. Temblando de frío, suplicando de puerta en puerta, el pedigüeño espera que alguien le ofrezca posada. Encolerizado después de que solamente una niña le brinde algo de pan, el mendigo se sitúa en el centro de la plaza del pueblo y arroja la siguiente maldición: “Aquí clavo mi bastón, mi bastón de peregrino. ¡Malhaya el pueblo que tiene las entrañas de granito, y al mendigo extraviado cierra sus puertas altivo…! ¡Será fiero mi castigo!”. Y diciendo esto, la tierra se agrietó haciendo brotar un torbellino de aguas embravecidas que anegaron el poblado de Villaverde de Lucerna.

Como evidencia que corrobora lo narrado, hay quienes aseguran que acercándose a la orilla del lago en la noche de san Juan, pueden escucharse misteriosos sonidos de origen extraordinario: “Llantos que en fondo nacen, mueren la orilla al tocar, y traen los gemidos que se lleva el vendaval”. Tal y como menciona Jesús Carnero, autor de El ayer de Sanabria (1999): “En algunos círculos se comenta que aún en la actualidad, en la madrugada del día de san Juan, llegan hasta las orillas del lago algunos grupos de personas para realizar ciertas celebraciones y ritos secretos de espiritismo…”.

Un episodio apocalíptico

En la orilla oeste del lago se esparcen unas cuantas hileras de casas viejas, construidas con pedruscos unidos sin argamasa, roídos y ennegrecidos tablones de madera y agrietadas techumbres de lajas de pizarra. Desperdigados alrededor de la aldea, unos cuantos hitos de piedra, con inscripciones a modo de sepultura, evocan en un dramático silencio la tragedia que asoló lo que hoy es un pueblo fantasma.

Entre las 00.20 y las 00.30 horas de la madrugada del viernes 9 de enero de 1959, el caudal de una enorme riada anegó la totalidad de las viviendas de la aldea de Ribadelago. La descripción de lo que aconteció en tan solo diez minutos sobrecoge a cualquiera: “Las gentes que pueden –escribe García Díez en Tragedia de Vega de Tera (2003)– abandonan sus hogares desnudas, semidesnudas y sin pertenencias; y aterrorizadas huyen de la muerte buscando el campanario, los tejados, las copas de los árboles y la altura de los peñascos que, por suerte, abundan por doquier en Ribadelago. En uno y otro barrio los supervivientes se desgañitan gritando a los demás que se salven; al tiempo que sienten cómo se derrumban o desaparecen tras de sí, o en torno suyo, viviendas y edificios. Son momentos críticos, angustiosos, en los que la desesperación humana se entremezcla con los espeluznantes bramidos y balidos de cientos de animales que permanecen atrapados en las cuadras sin ninguna salvación”.

Ciento cuarenta y cuatro personas desaparecieron y algunos de sus habitantes se ataviarán de luto por el resto de su vida. “Fue espantoso. Lo recuerdo como si fuera ayer –nos comenta una de las pocas vecinas supervivientes que se atreve a recordar la tragedia–. Mi madre y yo nos salvamos de milagro porque una de las paredes de nuestra casa estaba construida sobre una roca que evitó que entrara más agua y nos ahogáramos…”.

Cuando los tímidos rayos del alba acarician los estriados peñascos que rodean el lago, una dantesca estampa de muerte y desolación emerge de entre el lodo y los escombros en la orilla.

Una fatídica casualidad

La escena es tan sobrecogedoramente irreal, que resucita en la memoria colectiva lo que aconteciera a Villaverde de Lucerna, aquel pueblo de leyenda extinguido bajo las aguas del lago como consecuencia del castigo sobrenatural de un peregrino. En este caso, la maldición que libera la funesta riada también es consecuencia de la “mano del hombre”: la rotura de la presa de un embalse hidroeléctrico, situado a unos 1.500 metros de altitud sobre Ribadelago.

Antes de que tuviera lugar la catástrofe, los habitantes de Ribadelago se mostraban recelosos con la cimentación de la presa construida por la empresa Hidroeléctrica Moncabril S.A. Tal y como se evidenciaría más tarde durante el proceso judicial para dirimir las causas del suceso, la empresa había escatimado la calidad de los materiales de construcción, haciendo previsible la tragedia.

A diferencia de Villaverde de Lucerna, el campanario de la ermita logró rescatarse bajo las aguas, siendo trasladado a la iglesia del nuevo asentamiento del pueblo, bautizado como Ribadelago Nuevo.

Fantasmas del pasado

Convertido en enclave turístico para los amantes del misterio –al estilo de Ochate o Belchite–, Ribadelago Viejo es hoy el recuerdo de un pueblo maldito cuyos fantasmas desfilan en la imaginación del visitante, evocando dramáticas leyendas que la fatalidad del destino ha convertido en crónica de una tragedia anunciada.
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