Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
“El Titanic era el testimonio del orgullo de una civilización que adoraba la técnica y pensaba que con ella podría conquistar la naturaleza. El Gustloff por otra parte, era el símbolo del orgullo alemán, el sueño de un gran imperio alemán que terminó en un desastre. Era el Titanic de Adolf Hitler”.
Der Spiegel, 4 de febrero 2002
Todo el mundo conoce la trágica historia del Titanic con sus 1.503 fallecidos, pero… ¿qué sabemos de la catástrofe del Gustloff que, con sus casi 10.000 víctimas, sextuplica a las del primero –casi todas ellas mujeres y niños pequeños– y que es con mucho el mayor naufragio –provocado, por añadidura– de la historia de la humanidad? ¿Y no resulta todavía más inquietante y sorprendente si añadimos además que aquel evento pudo cambiar nuestro mundo –o que de alguna forma lo hizo–, y que el Gustloff, sin pretenderlo, desde su lecho abisal, es un enorme Schatztruhe –“arcón del tesoro”– lleno de historia y de misterios, de arte y de secretos, cuyo pecio suscita el interés de numerosos “buscatesoros” de todo el mundo?
Davos, 30 de enero de 1936
Todo comenzó hace setenta años una fría tarde del 30 de enero de 1936, cuando el reloj del andén de Davos-Platz marcaba las 17.17 horas, y del tren que acababa de llegar a la estación bajaba un joven algo obeso y ojeroso llamado David Frankfurter, cuya intención era asesinar a un hombre, al que por otro lado no conocía personalmente, llamado Wilhelm Gustloff. ¿Motivos? El muchacho, un estudiante de medicina hijo de un rabino yugoslavo ultraconservador, odiaba profundamente a Hitler, pero como el Führer era inaccesible, pensó llevar a cabo su venganza en la persona de su representante suizo Wilhelm Gustloff, amigo íntimo de aquél y que había sido designado como Landesgruppenleiter –jefe regional– en Suiza del partido nazi.
El joven judío sabía que el líder había nacido el 30 de enero de 1895 en Pomerania, junto al Báltico, y que ese 30 de enero de 1936 cumplía, por tanto, 41 años. Pero por qué escogió esa fecha –taumatúrgica donde las haya, como veremos– es una pregunta que muchos se han hecho pero que nadie ha sabido responder jamás. No obstante, lo que David no imaginaba era que ese mismo día Gustloff no se encontraba en Davos únicamente por haber sido invitado por el mismísimo Führer a la fiesta del tercer aniversario de la llegada al poder del partido nazi –ocurrida otro 30 de enero, pero de 1933–. Había algo más…
Ante este fracaso inicial, David decidió esperar su regreso y no saldría del hotel Zum Löwen hasta el 4 de febrero, por ser ese día martes –es decir, ki tov, día de suerte para los judíos–. Se presentó en su casa y sin contestar al saludo de Gustloff, le vacíó el cargador de su pistola y salió corriendo, aunque al verse descubierto decidió entregarse a la policía.
Hay algo abstruso, taumatúrgico, misterioso en todo este asunto. La pedrada del joven David al Goliat nazi no era en absoluto mortal para éste, pero le había desequilibrado y a partir de entonces esa fecha del 30 de enero –que Hitler se empeñara siempre en conmemorar– trocó su signo, se tornó heteróclita para él y le trajo–como veremos posteriormente– las peores desgracias.
¿Acaso David era cabalista? ¿De qué poderes se valió en su acción? Porque lo que es innegable son los hechos históricos, objetivos y enigmáticos que se derivarían de la misma poco después…
¿Un barco llamado W. Gustloff?
Por entonces, estaba a punto de concluirse la construcción de un trasatlántico de línea extraordinario, el mayor y más avanzado del mundo en aquel entonces –era más pequeño que el Titanic–, para proporcionar vacaciones de lujo a los trabajadores alemanes, estando por tanto asignado a la organización nacionalsocialista Kraft durch Freude (KdF) o “Fuerza por la Alegría”, un subgrupo del Deutsche Arbeitsfron (DAF) o “Frente Alemán del Trabajo”. El buque fue construido por Blohm&Voss, en Hamburgo, y tenía 208,5 metros de eslora, 23,5 metros de manga y desplazaba 25.484 toneladas. Sin embargo, su velocidad estaba limitada a 15,5 nudos –o 29 km/hora–, limitación que le inhabilitaba por tanto ab initio para cualquier clase de acción bélica. Contaba con una tripulación de 420 oficiales y marineros y podía transportar a 1.463 pasajeros de una sola clase –todos de primera– por lo que se le conocería también como el barco sin clases o “la Europa de los trabajadores”, como lo llamó pomposamente Hitler, una herramienta privilegiada de propaganda extraordinaria en manos del III Reich.
Pero el asesinato de Gustloff conmocionó tanto a Hitler que, bien por verdadero afecto, bien por prudencia o por mero oportunismo político, decidió cambiar el nombre de Adolf Hitler previsto para el barco por el de su amigo y camarada Wilhem Gustloff. ¿Habría sentenciado con esta decisión el trágico destino de aquel barco y el de tantos miles de infelices que buscaban huir del horror de la guerra? ¿Es casualidad que el Gustloff viniera a hundirse precisamente frente a la tierra donde fue enterrado su homónimo humano, fallecido a miles de kilómetros de aquel lugar? ¿Y si hubiera tenido otro nombre…?
¿Estaba gafado el Gustloff?
Independientemente del nombre que se le diera, de la credibilidad que se quiera conceder dentro del campo de la astrología a la carta astral del buque –Taurus 14º 31 ascendente. Leo 24º 24–, levantada en Hamburgo el día en que fue botado –el 5 de mayo de 1937–, que habla por sí sola y pone los pelos de punta, lo cierto es que muchas personas salvaron su vida in extremis al negarse a embarcar en la que habría sido su última singladura –cuando la mayoría de los refugiados que huían del ejército soviético se esforzaba por conseguir lo contrario–, motivados por los presentimientos que, sin causa “objetiva” alguna que los justificase, les llevó a designar al Gustloff como “el barco de los muertos”. Pero, entonces, ¿quién podía saber lo que iba a ocurrir poco después? Además, se pensaba quenadie querría hundir al Gustloff, un barco pacífico e inerme, transformado más tarde en Lazarettschiff –buque hospital– de la Cruz Roja.
No obstante, el Gustloff no fue una excepción por el hecho de ser atacado. Otros barcos utilizados para el rescate también fueron blanco de los proyectiles. Lo que de verdad hace al caso Gustloff único en su género es, en primer lugar, la altísima mortandad que lo acompañó y en segundo lugar, la “causalidad” de que el trasatlántico viniera a hundirse exactamente la noche del duodécimo y último aniversario de la llegada de Hitler al poder, al igual que el día en que, de haber vivido, hubiera cumplido 50 años aquel suizo-pomerano llamado Wilhem Gustloff. Además el ataque se produjo, nada más y nada menos, que frente a las mismas costas de la tierra que le vio nacer y, a la postre, su último lugar de reposo? Sinceramente, es fácil dudar de tanta casualidad.
Pero vayamos por partes. ¿A qué se debió que un barco construido para 1.463 pasajeros albergara esa trágica noche casi 11.000 almas de las cuales tan sólo se salvarían 1.239? ¿A un cúmulo de fatalidades?¿Y cómo fue posible que en apenas unas pocas horas pudiesen concurrir y armonizarse tantas desgracias juntas? Sólo un ejemplo: las malas condiciones del mar eran objetivamente las mismas para el Gustloff que para el submarino S-13 que le atacó. Incluso podría decirse que las grandes olas y los témpanos de hielo deberían haber favorecido al atacado, que era un gigantesco trasatlántico cargado además en su totalidad y por el contrario, entorpecer severamente las maniobras del atacante que era un navío mucho más inestable y ligero, restándole además visibilidad la nieve, la noche, etc. Sin embargo, y pese a las maniobras arriesgadísimas y temerarias del submarino, aquel oleaje no lo hundió, ni tampoco desvió un ápice sus torpedos. Por el contrario, la falta de visibilidad acabo favoreciéndole. Y cuando al fin fue acorralado por los destructores alemanes, que le lanzaron más de 200 cargas de profundidad, ni siquiera estalló el explosivo que tenía atascado en el tubo de salida, escapando milagrosamente…
¿Casualidad?
“¡Que vienen los rusos!”
Berlín, 30 de enero de 1943. Hitler recibía la noticia más trágica y crucial de la guerra: el general Von Paulus, al mando del 6º ejército en Stalingrado le enviaba su Kapitulation y al día siguiente se entregaba a las tropas del mariscal Georgy Zhukov. Era el principio del fin. Las tropas rusas iniciaban entonces desde Baranov una ofensiva que les llevaría hasta Berlín.
El 21 enero de 1945, el almirante Dönitz ordenó que el Gustloff y otros buques evacuasen desde Gotenhafen a los refugiados y heridos. De esta forma el trasatlántico pasó a formar parte de la mayor evacuación realizada en la historia: el rescate y transporte de millones de refugiados, enfermos y heridos que escapaban de las hordas rusas que avanzaban arrolladoramente.
En el puerto cada día llegaban más y más personas que trataban desordenadamente de abordar las naves, creándose un estado de ansiedad, caos y confusión inenarrable. Mientras los oficiales trataban de contabilizar a los pasajeros, mucha gente se precipitaba hacia los buques burlando la guardia que se veía incapacitada para controlar a la multitud. Todos los amplios y numerosos espacios del transatlántico estaban abarrotados. En cubierta se veían algunas ametralladoras antiaéreas instaladas para rechazar posibles ataques. Y además, sólo dos tercios de los pasajeros llevaban chalecos salvavidas…
Estaba previsto que el Gustloff zarpara el día 21 junto con el Hansa y tres barcos escoltas más pero, como éstos no llegaban y el Hansa se había averiado, se tomó la decisión de partir en solitario, pese al grave riesgo que ello suponía.
Un perro ciego guía a un gigante
Finalmente, a las 12.30 horas del fatídico día 30 de enero de 1945, el Gustloff soltó amarras. Iba acompañado del torpedero Löwe y del cazatorpedero TF-1, con destino a Flensburg y Kiel. Al salir del puerto, como sarcástica despedida, explotó una mina, y ya en alta mar una vía de agua en el TF-1 le obligó a regresar a puerto. Pronto la oscuridad invernal envolvió al buque y la gente que llevaba varios días sin comer ni dormir, cayó presa del mareo. Por todas partes pululaban infelices “cadáveres de agua”, que es como los alemanes designan coloquialmente a aquellos que se marean. Toda una premonición. La cubierta se hallaba congelada, incluyendo las ametralladoras antiaéreas y los aparejos de los botes salvavidas. Desde hacía unas horas, el buque estaba completamente aislado del mundo exterior; sólo le llegaban mensajes de radio entrecortados a causa de las perturbaciones atmosféricas. Es por ello por lo que a bordo del Gustloff tampoco se recibió el aviso de la presencia de submarinos soviéticos que se emitió horas antes para el espacio marítimo en el que se encontraba. El buque Löwe tampoco recibió la señal de alarma. Para colmo de desgracias el aparato de localización submarina del torpedero Löwe estaba inutilizado por congelación. Eso significaba que el navío no podía determinar la posición de ningún sumergible enemigo. Y como el Gustloff había perdido la conexión de telecomunicaciones necesaria para las alarmas submarinas, el Löwe, por entonces, no era sino un barquito que navegaba delante del transatlántico, sin poder prevenirle a tiempo en caso de ataque.
“Un perro protege a un gigante en la noche…”, había dicho el capitán Zahn al principio de la travesía en el puente de mando del Gustloff. A ello podría añadirse: “Un perro ciego guía a un gigante también ciego en mitad de la noche…”.
El error que faltaba
Inoportuna y fatalmente, la radio sí funcionó en el momento que llegaba un mensaje anunciando que “una unidad de dragaminas formada por varios buques navega en la misma dirección que el Gustloff con rumbo sur-sureste a doce nudos y en formación abierta”. En esos instantes dio comienzo una discusión entre los miembros del mando. Una colisión con uno de esos barcos no hubiera sido algo irreparable para el gran paquebote, pero finalmente se impuso el criterio de encender las luces de posición del buque. Era justo lo que necesitaba el submarino soviético S-13 del capitán de tercer grado Alekxandr I. Marinesco para establecer contacto visual con el transatlántico. Era las 21. 08 horas del día 30 de enero de 1945. El Wilhelm Gustloff navegaba entre la bahía de Danzig y la isla danesa Bornholm, casi a la altura de Stolpmunde, en Pomerania…
Y el S-13, para más inri, era un magnífico submarino… ¡alemán!, ya que fue diseñado en el país germano y construido por alemanes en Holanda cuando estaba vigente el Tratado de Versalles que prohibía a dicho país poseer una flota submarina. Los gobiernos alemán y soviético negociaron la venta y traspaso de la nave que desde entonces formó parte de la flota soviética del Báltico. Una de las cláusulas del contrato decía que “nunca y bajo ningún concepto ni circunstancia aquel submarino podría atacar a un barco alemán”.
El barco se hunde
Cuando el S-13 alcanzó la posición de lanzamiento, disparó al Gustloff cuatro torpedos. La nave acusó tres impactos –uno de los proyectiles quedó atascado en el tubo de proa del submarino, milagrosamente sin estallar–, y finalmente escoró. El testigo del hecho, Karl Hoffman, relató que el primer torpedo hizo blanco en la proa debajo de la línea de flotación, el segundo en la sección media a la altura de la piscina, matando a casi todas las auxiliares de marina que allí se encontraban –todas jóvenes de entre 17 y 25 años–, y el tercero en mitad del buque por delante de la sala de máquinas. En pocos minutos el castillo de proa se encontraba bajo las aguas. Había que llamar al rescate marítimo enviando un SOS, pero los torpedos habían destruido todos los aparatos de la estación de radio del buque. Se buscó uno de emergencia pero tampoco funcionaba ya que habían sido destruidos los acumuladores. ¿Quién dijo fatalidad? Al fin el Löwe consiguió enviar un SOS, pero, para colmo de males, el plan de emergencia era inviable ya que todos los miembros del equipo de intervención y evacuación que tenían que arriar los botes salvavidas y colaborar en las tareas de emergencia habían quedado atrapados al cerrarse los manparos de proa activados por el impacto de los torpedos, evitando así que el agua inundara el resto de las cubiertas. Las escenas de familias enteras luchando por su vida o rezando, esperando a la muerte, no se han descrito nunca, aunque debieron de ser terribles. La mayor parte de las víctimas eran embarazadas y madres con bebés o niños de corta edad. Nevaba con vientos fuertes y la temperatura era de 18 grados bajo cero. El mar se encontraba medio congelado y cualquier persona que cayera al mismo no podría sobrevivir. En menos de 90 minutos el Gustloff se hundía, llevándose hasta el fondo del Báltico a 9.343 niños, mujeres y hombres, por orden de cantidad; tan sólo 1.239 personas pudieron ser rescatadas con vida. Ajeno a lo que allí sucedía en esos instantes Hitler ofrecía por radio el 12º y último discurso de aniversario de lo que al final se convertiría en una derrota. Mientras Marinesco trataba de hundir a los barcos que acudían en socorro de miles de náufragos, recordaba a sus marinos las consignas del poeta-camarada Ilya Ehrenburg: “¡Mata, valiente Ejército Rojo, mata! No hay nada en los alemanes que sea inocente. Ni los que viven ni los no nacidos. En la raza alemana no hay nada sino mal. Seguid los mandatos del camarada Stalin […]”.
Era la noche del 30 de enero de 1945 cuando tuvo lugar la mayor catástrofe marítima de la historia. Hoy pocos la recuerdan, ensombrecida por la fama del Titanic, pero lo cierto es que al igual que ocurriera con éste, la tragedia del Gustloff estuvo rodeada de demasiadas incógnitas.