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Comunicación mental

Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
Las investigaciones sobre el poder de la mente, y en concreto sobre la comunicación psíquica, están avanzando más que nunca. Aquí les exponemos algunos de los trabajos que se están realizando y gracias a los cuales, el día de mañana, podrá admitirse la telepatía.
Un bioquímico y fisiólogo de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) está realizando investigaciones realmente apasionantes sobre el “sexto sentido”. Analizados con objetividad, sus trabajos son una demostración rotunda de que la telepatía es una verdad científicamente demostrada.

Nos trasladamos a Londres, al día 27 de abril de 2003. El citado bioquímico y fisiólogo, de nombre Rupert Sheldrake, ha convocado a cinco hermanas —las Nolan Sisters, un grupo musical que triunfó en los años ochenta— en un local alquilado por la cadena de televisión BBC para filmar la investigación.

A las 14.00 horas, como estaba previsto, Nolan, Ana, Maureen, Linda, Denise y Coleen se presentaron a la cita. Ya allí, Sheldrake les explica que una de las cuatro deberá separarse del grupo y ocupar una habitación reservada en el Strand Palace Hotel, a donde acudirá con una cámara de la televisión británica que lo filmará todo. Ya allí deberá esperar una llamada de teléfono; cuando el timbre suene mirará al objetivo y pronunciará claramente cuál de sus otras cuatro hermanas le está llamado. Posteriormente, descolgará el auricular y comprobará si su “intuición” ha sido acertada.

El grupo de cuatro hermanas permanecerá en compañía de Sheldrake, que mediante una elección por azar decide quién será la primera en telefonear. Se toma la determinación de que sea Ana, que se apartará del grupo mientras el resto de las Nolan Sisters son sometidas a vigilancia para evitar que se quiebren los protocolos y avisen a su hermana ausente sobre qué está pasando.

A las 14.30 horas, suena el timbre del teléfono de la habitación del hotel en donde está Coleen. Ella cierra los ojos… “Es Ana”, dice mirando fijamente a la cámara tras unos instantes esperando que emerja la “intuición”. Cuando descuelga el teléfono, comprueba que, efectivamente, es Ana quien está llamando. Todo ha quedado grabado…
Y ha acertado. ¿Casualidad? Sólo había una forma de averiguarlo: repetir el proceso más veces. Al final del experimento, Coleen había atinado gracias a su “intuición” en la mitad de las llamadas efectuadas. ¿Casualidad? Imposible. Y es que por azar sólo hubiera descubierto correctamente quién llamaba en el 25% de las ocasiones. Sin embargo, su porcentaje de éxitos llegó hasta el 50%, algo que estadísticamente es más que probatorio.

Telepatía cotidiana bajo investigación

En realidad, aquella demostración ante las cámaras de la BBC no era sino la puesta de largo de una serie de investigaciones que Rupert Sheldrake empezó a realizar a comienzos de este siglo XXI.

La primera fase de su trabajo consistió en la realización de una macroencuesta en Los Ángeles (Estados Unidos) y Londres (Reino Unido). De entre todos los consultados, un 45% aseguró que, en alguna ocasión, había pensando en una persona concreta cuando sonó su teléfono, descubriendo posteriormente que era ella quien estaba llamando. Además, un 47% dijo que, al menos una vez en su vida, había pensando en alguien de quien no tenían noticias desde hacía tiempo sólo unos minutos u horas antes de que esa persona telefoneara. En resumidas cuentas, casi la mitad de las personas entrevistadas aseguraban haber tenido algún tipo de experiencia telepática casera. A buen seguro que muchos de los que ahora mismo están leyendo estas líneas están pensando “a mi también me pasó”. Y es que quizá la parapsicología ha atravesado una crisis mediática, a consecuencia de que avanzó tanto la investigación hasta los años sesenta que posteriormente los científicos que experimentaban en este campo la convirtieron en algo complejo. Sheldrake pretende devolver el aire “natural” a estas investigaciones. Lo ha demostrado con sus trabajos sobre “telepatía telefónica”, que fueron publicados en el año 2003, pero que continúan realizándose.

Y es que, tras su encuesta, estableció unos protocolos muy elaborados para investigar este asunto. Sería muy complejo explicar en qué consistían, pero básicamente reproducían el experimento efectuado con las Nolan Sisters aunque a gran escala, con cientos de participantes y miles de ensayos distribuidos siempre en grupos de cinco personas –cuatro llamadores y un receptor– que no podían mantener contacto entre sí. Por supuesto, se establecieron mecanismos de seguridad para que los receptores de las llamadas no pudieran saber quién les estaba telefoneando. En todos los casos, el azar se situaba en el 25% de aciertos, de modo que cualquier dato superior resultaría significativo.

Sheldrake realizó 198 ensayos con llamadas efectuadas sin horario fijo y 355 con horarios seleccionados. En el primer grupo, se obtuvo un 39,9% de aciertos y en el segundo un 40,3%. De este modo, el resultado medio de respuestas atinadas y correctamente intuidas alcanzó el 40,1%. Es decir, muy por encima del azar.

Pero el investigador descubrió otros datos muy inquietantes. En ocasiones, entre los participantes había una gran distancia física. En estos casos, aumentó el porcentaje de aciertos, que fue del 65%. ¿Acaso significaban estos datos que a mayor distancia más posibilidades de comunicación telepática? No exactamente, puesto que existía un dato que apuntaba hacia una explicación distinta: la mayor parte de los participantes en estos ensayos de gran distancia eran familiares. Con objeto de afinar más esta percepción, Sheldrake comparó grupos formados por cinco personas vinculadas familiar o emocionalmente con otros de cinco personas que no mantenían nexos. Descubrió que en el primero de los grupos el porcentaje de éxitos ascendía al 53%, mientras que en el segundo se situaba en la línea del azar o muy poco por encima. Así pues, según Sheldrake, la comunicación telepática depende de la proximidad emocional entre emisor y receptor. Sin embargo, puede ser más notoria cuando la distancia física entre ambos es mayor, posiblemente debido a que en esas circunstancias la ansiedad por el contacto es todavía más intensa.

“Resultados extraordinarios”

Posteriormente, Sheldrake hizo más ensayos, en esta ocasión grabados con cámaras de televisión que servían como notarios. Bajo condiciones propias de un laboratorio, experimentos como los citados de las hermanas londinenses dieron un 56% de aciertos. Poco a poco se incrementaron los niveles de complejidad y seguridad hasta que después de 271 ensayos, un 45% del total resultaron positivos. Una vez más, por encima del azar.

Además, en un caso muy concreto, el de una persona que parecía especialmente capacitada, se obtuvo un porcentaje de aciertos del 57%. Pero es que cuando esta persona realizaba los ensayos con familiares, su nivel de percepciones correctas alcanzó un espectacular 78%. De nuevo, mucho más de lo atribuible al azar…
Sheldrake calificó estos resultados como “demasiado buenos como para ser descartados por cualquier escéptico”. Posiblemente, estamos ante el hombre que puede conseguir que se admita científicamente. A diferencia de otros investigadores en este campo, él sí cuenta con todas las credenciales que se pueden pedir a un investigador. De hecho, sus trabajos ya están empezando a publicarse en revistas científicas de primer orden, algo que es un primer paso antes de alcanzar las consideradas como de “categoría excepcional”, como pueden ser Nature o Science. Cuando uno de estos trabajos llegue a las revistas citadas, la telepatía puede ser admitida en el ámbito científico.

Poco a poco este proceso está ocurriendo. En donde también están efectuando investigaciones apasionantes es en la Universidad Rice (Estados Unidos), en la cual el profesor de psicología Tony Ro ha presentado un estudio verdaderamente apasionante en cuyos resultados continúa trabajando.

La investigación se desarrolló con varios sujetos “receptores”. En este caso, los “emisores” no eran personas sino monitores de ordenador, en cuya pantalla aparecía de forma aleatoria una de las siguientes cuatro imágenes: una línea horizontal, una línea vertical, una esfera roja o una esfera verde. Frente a la misma se situaba una persona que tenía que mirar frontalmente. El quid de la cuestión radicaba en que los experimentadores eran ciegos y no podían ver mediante mecanismos sensoriales conocidos cuál de las cuatro imágenes surgía. Tras el experimento, se preguntaba al “receptor” qué imagen había visto. Lógicamente, dijeron que ninguna. Sin embargo, se les insistió en que pensaran si recordaban alguna, si intuían cuál de los cuatro símbolos había aparecido. Ahí llegó la enorme sorpresa. Y es que en el 78% de los casos, las respuestas fueron correctas. También en esta ocasión, el límite del azar se situaba en el 25%, porcentaje que fue superado de forma realmente espectacular. No sabemos cómo, pero los “receptores” habían visto la imagen. En el expediente del trabajo, dado a conocer a primeros de noviembre de 2005, sólo unos meses antes de que usted lea estas líneas, el Dr. Tony Ro acudió al término “visión ciega” para describir el fenómeno. Y es que aquellas personas privadas de visión habían recibido la información de la pantalla de algún modo ajeno a los mecanismos conocidos; no quedó duda alguna de que tenían una especie de auténtico y real “sexto sentido”.

Para individuos como Sheldrake, estas capacidades no son propias de determinadas personas sino del ser humano en general. “Tengo claro que, por lo menos la telepatía, pertenece a la naturaleza humana y, en consecuencia, aplicarle el término paranormal carece de sentido”, afirma el científico británico. Por cierto, entre sus trabajos del siglo XXI hay otro que me niego a no glosar aunque sea de forma mínima. Consistía en averiguar si una persona es capaz de saber sin mediación sensorial si alguien le está observando…
“Lo noto, lo siento... Me vigilan”
Seguro que –otra vez más– usted puede estar pensando eso de “a mí también me ha pasado”. Para encontrar una respuesta científica, Sheldrake efectuó un experimento con dos mil personas. En parte de las pruebas, el científico situaba a dos individuos en una habitación dividida herméticamente por un cristal opaco similar al de las salas de interrogatorio. Es decir, que de la sala A a la B se puede ver qué pasa pero de la B a la A sólo se observa un espejo. También realizó el experimento en espacios más amplios, sometiendo aleatoriamente a una persona a vigilancia mediante unos prismáticos o un telescopio. Después de hacer las pruebas, Sheldrake preguntaba a los experimentadores si habían sentido que eran observados, algo que había ocurrido exactamente en el 50% de las veces. Sin embargo, los sujetos con quienes trabajó fueron certeros en sus percepciones en el 57% de las ocasiones. De nuevo, por encima del azar…
Este tipo de trabajos fue perfeccionado por el investigador Stephan Schmidt, que ha publicado el resultado de sus experimentos en mayo de 2004 en las páginas de la prestigiosa revista Journal of British Psicology. De forma aleatoria, estableció grupos de dos personas, una de las cuales debía vigilar a la otra si al tirar una moneda al aire salía cara. Evidentemente, el sujeto que debía ser vigilado no conocía el resultado y, por tanto, ignoraba si iba o no a ser vigilado.

Los resultados que obtuvo Schmidt fueron idénticos a los de Sheldrake, pero aún quiso ir más lejos. Para ello, medía con una serie de equipos la carga eléctrica en la piel de la persona candidata a ser observada. Descubrió que cuando eran controlados a distancia, los individuos que participaron en el trabajo registraron un incremento en sus niveles de electricidad.

Usted puede pensar que esa anomalía quizá se establece por cuestiones de proximidad física. Pero no es así. Y es que este científico londinense estableció sus métodos de vigilancia mediante un circuito cerrado de televisión. No había contacto físico ni proximidad. Es decir, la persona era vigilada en todo momento por cámaras pero en la sala de control no siempre había una persona avizor. Sólo cuando alguien controlada los monitores se producía esa reacción eléctrica. Sin lugar a dudas, es algo relacionado con la mente lo que la generaba.

Que el cerebro tiene un potencial extraordinario al margen de lo conocido por la ciencia sólo lo pueden dudar los más indocumentados. Recuerdo cómo durante el VII Congreso Internacional del Penedés –Tarragona–, un extraordinario humanista llamado José María Casas-Huguet nos deleitó a los presentes con la exposición de una serie de investigaciones referidas al “sexto sentido” –terminológicamente denominado PES (Percepción extrasensorial), ámbito dentro del cual se encontraría la telepatía– y a la capacidad PK –bajo la que se engloban otros presuntos poderes mentales gracias a los cuales se podría intervenir en la materia–. Nos habló de una joven de Cáceres —por entonces, en 1992, aquella muchacha tenía dieciocho años— que había demostrado bajo control notarial unas capacidades extraordinarias. La chica, llamada Mónica Nieto, había sido capaz de doblar —¡sin tocarla!— una varilla de plomo encerrada en un tubo de ensayo. No se pudo descubrir que lo hiciera utilizando truco alguno. Según explicaba, se imaginaba en su mente la varilla doblada, concentraba sus esfuerzos en lograrlo, miraba al tubo de ensayo con ojos penetrantes y a los pocos segundos la varilla empezaba a retorcerse.

Entre los investigadores del caso se encontraban hombres como el profesor Germán de Argumosa, el químico Fernando Álvarez Roldán, el doctor José Ignacio Cardenal, el neurofisiólogo Ricardo Cano Sánchez, el psicólogo clínico Gerardo Blanco Blas o el físico Alfredo Bonavida, catedrático de electroacústica de la Universidad Politécnica de Barcelona. Además, las actas notariales certificaban los hechos de forma tajante. Pero la cuestión es que, tras su charla, mientras cenábamos, Casas-Huguet dijo: “De un modo u otro, más o menos desarrolladas, todos tenemos esas capacidades. Evidentemente, no tiene sentido aplicarlas para doblar metales, ¿de qué sirve eso? Lo único es que de momento es la forma que tenemos de detectarlas y medirlas en una persona dotada. Sin embargo, me planteo que esas capacidades están incontroladas y apenas empezamos a saber de ellas. Eso sí, sabemos que se perfeccionan a medida que se entrenan en este tipo de personas. Imagínate para qué podríamos emplearlas en el futuro si logramos domarlas y entrenarlas. Gracias a ellas, hoy doblamos una varillas, pero mañana igual podemos cavar zanjas…”.
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