Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
Tomar es una ciudad templaria. Nadie podría negarlo. Paseando por sus calles se respira un ambiente medieval que se acentúa aún más en sus iglesias y monumentos religiosos.
Los rastros del Temple –y de sus herederos, los Caballeros de Cristo– saltan a la vista en la iglesia de Santa María dos Olivares, en la avenida marqués de Tomar o en las márgenes del río Nabão. Sin embargo, alzando la vista desde cualquier punto, se puede observar la seña de identidad que marcó para siempre la historia de esta ciudad como heredera y símbolo de la presencia de los Caballeros del Temple en Portugal: el castillo de los templarios y el adjunto Convento de Cristo. Situado en lo alto de Sete Montes, durante siglos la orden dominó desde allí las tierras bañadas por el río Nabão. Una vez desaparecidos, la Orden de Cristo heredó sus pertenencias y su poder. Y, tal vez, unos conocimientos secretos que permitieron a Portugal extender sus dominios por América, África y Asia.
Subiendo por la sinuosa carretera que parte del Ayuntamiento de Tomar, las vistas son doblemente atractivas. A un lado, la ciudad va quedando pequeña, mientras al otro comienzan a vislumbrarse las murallas del castillo que una vez sirvió de sede a los misteriosos caballeros en tierras lusas. Una vez en la cima, la que fue sede de la orden emerge aún altiva ante una ciudad que se ve en toda su extensión desde la cumbre. Pero la historia del castillo, los templarios y la propia ciudad, están ligados a un personaje llamado Gualdim Pais, que llegó a ser Gran Maestre de la Orden de Portugal en 1156 y un activo luchador contra la invasión árabe.
Pais, hijo de un noble nacido en Amares, fue nombrado por Afonso Henriques –primer rey de Portugal– maestre del Temple, por aquel entonces, en 1152, tenía su sede en Braga. Después de numerosas batallas contra los musulmanes, en 1156 alcanzó el mayor grado dentro de la orden y cuatro años más tarde –un primero de marzo– se inició la construcción del castillo de Tomar, que sería sede de la Orden de los Caballeros del Temple en tierras lusas.
Pais construyó una fortaleza en la línea de defensa central del reino, utilizando los restos de la antigua población luso romana de Nabancia. Una leyenda cuenta que, para elegir el lugar exacto, el templario portugués echó a suertes tres veces hasta ubicar su obra en una posición elevada junto a la cuenca del río. La dominación templaria sobre Tomar estaba marcada por la fertilidad que proporcionaban las aguas del río Nabão y a su alrededor convivían los monjes guerreros con siervos, artesanos y –paradójicamente– comunidades judías que tuvieron allí la única sinagoga de Portugal que aún se conserva (ver recuadro).
Pero el poder templario llegó a su fin a comienzos del siglo XIV, cuando el rey francés Felipe Hermoso urdió una trama que terminó con la disolución del Temple. En Portugal, las pertenencias de los templarios –y los propios monjes guerreros– pasaron en 1312 a la nueva Orden de los Caballeros de Cristo. A ella pertenecerían importantes monarcas e importantes personajes vinculados a los descubrimientos portugueses, muchos de ellos educados entre las paredes del enigmático castillo y su convento.
El convento de Cristo
Nada más penetrar en el interior del recinto se percibe una atmósfera extraña. Los intrincados pasillos recuerdan un laberinto, y los rosetones y estancias de planta octogonal imprimen al edificio de tres plantas la arquitectura que la orden impuso en algunas de sus construcciones más significativas, y que parecen inspirados en la Cúpula de la Roca, que en la época se identificada con el Templo de Jerusalén. De esta primera etapa del Temple en Tomar quedan parte de las murallas, las inscripciones de cruces templarias y la iconografía enigmática que dejaron en otros lugares del mundo cristiano.
Así, sobresale la imagen de un Cristo victorioso, que contrariamente a las imágenes del mesías crucificado o convaleciente, expone exultante su poder. Los frescos de este Cristo, realizados en la época de esplendor de los herederos del Temple (1510), representan escenas de la vida del Redentor que sorprenden al visitante. Están ubicadas en una nave de dieciséis lados cubiertas con bóvedas que recrean un estilo casi gótico. Ya en tiempos de la Orden de Cristo, cuando Portugal florecía al amparo de los descubrimientos, el convento fue ampliado varias veces y se añadieron nuevos recintos e imágenes.
La Orden de Cristo asentó sus bases en el mismo castillo que fue sede templaria. Y, desde allí, controlaron sus dominios y amasaron una enorme fortuna, herencia de las excelentes operaciones económicas que caracterizaron a la Orden del Temple. Pero sus dominios abarcaban también el ámbito político y el espiritual. Es así que el propio rey Pedro I (1320 – 1367) confió a esta orden la educación de su hijo, que en el futuro se convertiría en João I, décimo rey del país.
Uno de los hijos de este último, el infante Henrique, apodado «El Navegante», fue nombrado gran maestre de la Orden de Cristo. Era tercero en la línea sucesoria al trono y no tenía posibilidades de convertirse en monarca, pero cuando contaba con poco más de 20 años, en 1415, participó en la conquista de Ceuta. Fue a partir de ese momento cuando surgió en el infante la idea de explorar las costas de África. Como máximo representante de la Orden de Cristo, utilizó su patrimonio para promover las exploraciones.
Pese a su nombre, «el Navegante» pasó poco tiempo a bordo y la fortuna de la Orden la destinó a financiar expediciones, pero también a reunir astrónomos, astrólogos y cartógrafos, llegando a conseguir para Portugal algunos de los más importantes descubrimientos de la época, financiados por la fortuna y apoyado en los conocimientos de la Orden de Cristo.
Pero la empresa que llevó la gloria a Portugal tenía aún un componente más mítico. La Orden de Cristo había sido creada –al igual que sus antecesores los templarios– para combatir a los árabes. Por este motivo, Henrique pretendía eliminar el dominio islámico en África del Norte y en Oriente Próximo. Para lograr este cometido, pretendía obtener la ayuda del mítico Preste Juan (AÑO/CERO, 44), a quien los relatos de la época atribuían la posesión de un reino cristiano en África. Sus dominios se extenderían al Este del mundo islámico, en la India. A este personaje se le atribuía el haber auxiliado a los cruzados durante la conquista de Jerusalén. Pero, «el Navegante» no sólo no encontró el apoyo de este personaje, sino tampoco su mítico reino.
Lo cierto es que, en la epopeya de los descubrimientos, la Orden de Cristo con sede en Tomar juega un papel principal. Y así está reflejado en numerosos bajorrelieves, esculturas y otras manifestaciones artísticas del edificio. Un buen ejemplo es la imagen de la fachada oeste, en la que se mezclan motivos marinos ordenados de forma surrealista, que hacen referencia a los descubrimientos de lejanas tierras. También la iglesia de Santa María de Olivares guarda relación con la gloria de los descubrimientos. Este templo fue durante aquella época la casa «matriz» de todas las iglesias de África, América y Asia. Fue construido en el siglo XII por los templarios y en sus terrenos está enterrado Gualdim Pais, gran maestre y artífice de la construcción de la ciudad y el castillo de Tomar.