Última actualización 01/10/2006@00:00:00 GMT+1
Son muchas las cosas que sabemos sobre el faraón Tutankhamon, en especial gracias a los objetos que se han hallado en su tumba, pero su figura todavía está envuelta en numerosos interrogantes. ¿Qué sabemos a ciencia cierta de su vida y, sobre todo, de su muerte? La casi total ausencia de documentación oficial ha dificultado seriamente el análisis de su inaccesible figura. No obstante, la investigación ha proporcionado algunos datos a los que en un principio no se les había prestado mucha atención, y que ahora se han revelado de gran valor.
Las difusas circunstancias de su muerte han dado lugar a una de las cuestiones más debatidas de la egiptología, y algunos estudiosos están convencidos de que el joven rey fue asesinado.
Sospechas de homicidio
El primero en presentar esta hipótesis fue el paleontólogo estadounidense Bob Brier en su libro El homicidio de Tutankhamon, donde afirmaba que había sido víctima de una conspiración en la corte y literalmente quitado de en medio. Después de la inhumación en la tumba, el monarca-niño, borrado de la memoria del pueblo egipcio y eliminados todos sus monumentos, habría desaparecido por completo de la historia de no haber sido porque, en 1922, el arqueólogo Howard Carter, con el tenue brillo de una vela, sacó a la luz todo su esplendor.
Pero ¿qué es lo que ha llevado a pensar que Tutankhamon fue asesinado? Ante todo, el delicado y tumultuoso periodo histórico en que vivió; en segundo lugar, la más que sospechosa muerte prematura y, por último, una presunta herida hallada en la base del cráneo.
En fechas recientes, el canal de televisión italiano La7 emitió un intrigante documental, producido por National Geographic, cuyas conclusiones resultaban sorprendentes, ya que pretendían revelar la identidad del asesino de Tutankhamon sin ofrecer no obstante evidencias inequívocas de que el hecho se hubiese producido.
Esta ausencia de pruebas ha dado lugar a que la de la arqueóloga Christine El Mahdy, asegure que si en el cuerpo momificado del faraón no se han hallado indicios que permitan sospechar una muerte violenta, ni existen signos exteriores de traumas, parece fuera de toda duda que Tut no murió de repente, sino que su deceso se produjo tras una lenta agonía y un estado de inconsciencia. Ajenos a esta teoría, los investigadores Mike King y Greg Cooper, junto con la egiptóloga Joanne Fletcher se han aventurado en la caza del asesino de Tut mediante técnicas innovadoras del FBI, con el audaz objetivo de resolver un caso ocurrido hace milenios. Valiéndose de antiguos testimonios, hurgando profundamente en el pasado se han lanzado a la búsqueda de cualquier indicio útil que pueda proporcionar una pista válida que seguir.
A pesar de las múltiples huellas borradas por el tiempo, analizando a fondo hechos, situaciones y cualquier mínimo indicio arqueológico, han reconstruido el perfil de comportamiento de quienes vivieron en estrecho contacto con el faraón. A falta de testimonios oculares y en presencia de pruebas quizás poco clarificadoras, han tratado de interpretar los indicios más significativos que Tutankhamon ha dejado de sí mismo por el momento: el cuerpo momificado y su tumba, un auténtico tesoro de pistas.
En nuestra opinión, se les han escapado sin embargo ciertos elementos de importancia que niegan la validez de los resultados que obtuvieron. Además, sus loables esfuerzos, dirigidos a encontrar un culpable, sólo sugieren la posibilidad de un homicidio premeditado. Las deducciones de ambos investigadores se basan principalmente en examinar nuevamente los datos de la última autopsia, permitida por las autoridades egipcias y realizada en el lejano año 1968 por el anatomista inglés R.J. Harrison.
De las radiografías del cráneo, consideradas además de mala calidad, surgieron indicios prometedores, según su opinión. En la parte posterior de la cabeza se apreciaba una mancha (una especie de coágulo de sangre), quizás una pequeña hemorragia causada por una lesión producida por un golpe violento. Pero ese punto es bastante difícil de golpear y la mancha podría tener una explicación natural. Había, además, una astilla de hueso en la parte superior izquierda de la cavidad craneana, un fragmento que podría haberse desprendido por un golpe recibido o durante las fases de embalsamamiento, cuando se le introducía en la nariz un gancho para extraer el cerebro. De hecho, más de un estudioso está convencido de que se trata de un daño post mortem.
Presuntos culpables
Escenificando un auténtico proceso póstumo, ambos detectives han sentado en el banquillo de los acusados a los personajes más influyentes del momento, figuras que se movían en torno a la figura del faraón y que podían tener algún interés en matarle o en urdir un complot en su contra.
Dado que accedió al trono con sólo ocho años de edad, todo parece indicar que no dirigió realmente los destinos de uno de los imperios más poderosos de la antigüedad. Los estudiosos coinciden en afirmar que miembros eminentes de la corte, individuos dispuestos a todo, fueron quienes movieron los hilos a sus espaldas: el visir Ay, ministro de palacio, el jefe del ejército Horemheb y Maya, el superintendente del tesoro y la necrópoli. Estaban también los sumos sacerdotes del clero de Amón, una casta rica y dominante que acechaba la autoridad regia y que habían sido relegados de los juegos de poder por Akhenaton, el faraón hereje, presunto padre de Tutankhamon.
Para arrojar un poco más de luz sobre la vida del joven rey, hay que volver a la escena del supuesto delito y describir el periodo histórico en que vivió. Egipto vivía en el caos que se instauró como consecuencia de las iniciativas de Amenofis IV, cuyo extremismo había trastocado todos los valores y las tradiciones sobre las que se fundaba el principio del Maat, el orden divino. Tutankhamon, erradicado de Amarna, ciudad en la que pasó su infancia y trasladado a un sitio extraño para él, como Tebas, era un juguete en manos de individuos muy poderosos. Y sin duda fue manipulado en la elección del «consejo de regencia», por lo menos hasta que tomó consciencia del rol que le había sido conferido y el inmaduro muchacho se transformó en un hombre más libre de influencias. Pero ¿de qué manera el comportamiento del padre, que había sido un pésimo gobernante y se ganó muchos enemigos, pudo haber perjudicado al joven Tut? ¿Quién estaba interesado en su muerte para ocupar su lugar? ¿Cuál era su culpa? Quizás fue la de no haber renegado del todo de la religión de Atón, bajo cuyos valores había crecido, a pesar de haber autorizado la restauración de los antiguos cultos y restablecido las viejas fiestas populares.
¿Tenía Tutankhamon inclinaciones heréticas como su padre? Muchos objetos con los que fue sepultado llevaban aún impresos los símbolos del disco solar portador de vida, una obstinación aborrecida por sus tutores, porque podría conducir al país nuevamente al oscurantismo. Es muy probable que el mismo Akhenaton se pudiera haber salvado de repetidos atentados, como parecen demostrar las inscripciones de la tumba del jefe de la policía de Amarna.
El personaje más próximo a Tutankhamon era Ay, padre de la reina Nefertiti, y las acusaciones podrían recaer en él si es que realmente se produjo un homicidio. Se trataba efectivamente de un personaje astuto, oportunista y su comportamiento respecto a la religión de Atón se demostró más bien contradictorio. Se tiene la impresión de que secundó las ideas insensatas de Akhenatón para mantener su estatus y recibir recompensas, pero parece comprobado que siempre pensó en su propio interés siguiendo el viento más favorable. Gracias a su habilidad, logró ocupar puestos de alto rango bajo tres soberanos diferentes y más tarde se convirtió en faraón después de la muerte de Tut.
Aunque falten pruebas para inculparlo, Ay tenía un móvil, la oportunidad y los medios para perpetrar el delito, gozaba de inmunidad y no podía ser arrestado ni castigado, porque él era quien administraba justicia; además quizás se sentía merecedor de tomar personalmente las riendas del gobierno. ¿La ocasión que siempre había esperado para ocupar el trono se la dio el destino o surgió de sus malas artes? Siendo un anciano sacerdote ¿cómo habría podido afrontar el juicio de los dioses? ¿Su corazón sería ligero como una pluma el día en que su alma fuera pesada en el más allá?
Es probable que, una vez rey, usurpase la tumba destinada a Tutankhamon. Pero un hecho bastante más singular es que Ay se hizo representar en las paredes de la cámara del sarcófago en el acto de oficiar el rito «de la apertura de la boca», que daba el respiro eterno al faraón en el más allá. Este gesto pertenecía al heredero del trono y él lo era sólo en calidad de relación de parentesco; además se desarrollaba antes de que el nuevo faraón tomase posesión, mientras que Ay se había hecho representar ya con la corona kepresh puesta y con su nombre escrito en los rótulos, un signo claro de que prácticamente se había autoproclamado.
¿Qué necesidad tenía de ceñir con tanta prisa la corona? Su posible antogonista, Horemheb, residía en Menfis y estaba comprometido en una guerra en el norte para consolidar las fronteras y reconquistar los territorios que Akhenaton había perdido por su inacción. Así que es posible que Ay acelerara todo el proceso de coronación y lo llevara a cabo en gran secreto para no darle tiempo a Horemheb a regresar y reivindicar el ascenso al trono. Además de ser mucho más joven y fuerte, Horemheb poseía títulos válidos para aspirar a convertirse en faraón, era apoyado por el ejército, gozaba de mayor ascendente entre el clero tebano y, a diferencia del «chaquetero» Ay, se mantuvo a distancia de la herejía amarniana.
Existen ciertos detalles a tener en cuenta que atestiguan la impaciencia de Ay: las dimensiones de la tumba de Tut no eran dignas de un faraón y, de todas las cámaras, sólo la del sarcófago había sido pintada, aunque no completamente y con numerosas imperfecciones. ¿Qué se deduce de ello? Que quienes estuvieron a cargo del trabajo eran unos incompetentes aunque cómplices leales de Ay, o que había sido necesario acortar los tiempos. También destaca el hecho de que los sagrarios de los sarcófagos fueron montados de forma errónea, que muchos de los objetos fueron readaptados o manifiestamente reciclados y que, cuando Carter entró en la tumba, había un gran desorden, como si todo hubiese sido amontonado de mala manera y apresuradamente.
Por último, la momia, recubierta exageradamente de ungüentos y aceites esenciales, ha llegado a nuestros días en pésimas condiciones, ya que los tejidos han experimentado una especie de autocombustión. Por lo tanto, nos encontramos ante obras mal hechas que no están a la altura de la celebración del viaje del rey a la eternidad.
En resumen, Ay era una figura ambigua y ¿qué razón podría tener de subir al trono en una edad tan avanzada más que una desmesurada ambición? Estas son los motivos de por qué las sospechas se han centrado principalmente en él, aunque simplemente podría haber aprovechado la muerte natural de Tutankhamon que significó la extinción de la XVIII dinastía. El hecho de que cuando Horemheb, convertido finalmente en faraón, secundase al clero en eliminar obsesivamente todo vestigio de Tutankhamon, en una obra sistemática de damnatio memoriae (condena de la memoria) del personaje histórico es un testimonio del odio visceral que existía hacia los soberanos cuyos nombres no debían pronunciarse y que de hecho no aparecen en las listas reales del templo de Seti I en Abydos.
En lo que respecta a Maya, tenía una coartada «de oro»: puesto que administraba los recursos financieros, incluido la enorme cantidad del metal precioso en la que Tut estaba literalmente sepultado, tenía más que perder que ganar, porque con un nuevo gobernante quizás no hubiera podido mantener su posición de prestigio. Así que podía temer un cambio. Además Maya, como demuestra un regalo colmado de afecto, hallado en la tumba y dedicado al rey, siempre había sido fiel. Era de los pocos que conocía la ubicación de la tumba y mantuvo el secreto incluso durante el reinado de Horemheb, haciendo posible que llegase intacta hasta nuestros días. Por lo tanto, podemos borrarlo de la lista de los sospechosos.
¿Causas naturales?
Habiendo estudiado con minuciosidad la documentación existente sobre Tutankamon, consideramos más probable la hipótesis de que su joven vida se vio truncada por una grave enfermedad.
La dinastía amarniana se caracterizó por numerosos matrimonios consanguíneos que a la larga no contribuyeron a la buena salud de la estirpe, caracterizada de hecho por la muerte prematura y natural de muchos de sus miembros.
Se trataba de individuos frágiles, afectados por enfermedades extrañas, como parecen atestiguar las facciones singularmente grotescas y deformes de Akhenatón, la forma misma del cráneo de Tutankhamon y de su probable hermano Smenkhkare, hallado en la misteriosa tumba KV 55, así como el cráneo dolicocéfalo –más largo que ancho– de las hermanas representadas en las pinturas.
No hay que olvidar además que dentro de la tumba se ha encontrado un gran número de bastones (varios de ellos utilizados) con los que Tutankhamon se ayudaba para caminar. Así es que: o el faraón los coleccionaba, o tenía serios problemas de movilidad. Y de hecho, una pintura, que se encuentra actualmente en el museo de Berlín, y un cofrecito del ajuar funerario muestran al faraón en compañía de la consorte y apoyado en una especie de muleta. Una imagen que bien puede corresponder a la realidad, considerando que en el periodo amarniano Akhenatón impuso nuevos cánones artísticos, caracterizados por una mayor tendencia a la representación fidedigna de las figuras faraónicas, sin exaltar idealmente sus cualidades ni representarles, como se hacía anteriormente, potentes y vigorosos. Así es que, como Tutankhamon, al igual que su padre, no gozaba de una salud de hierro, sus imágenes no podían ocultar sus defectos físicos.
Un examen minucioso del esqueleto parece sugerir además que estaba afectado del síndrome de Klippel-Feil, una extraña malformación que provoca una aparente ausencia de cuello. Y dentro de la tumba ha aparecido también una clamorosa prueba según la cual el faraón podría estar afectado de alguna patología hereditaria ya que, en dos pequeños ataúdes de madera, se han hallado minúsculos fetos momificados.
La lógica sugiere que la pareja real intenó tener hijos para asegurar la continuación de la dinastía, pero que la reina Ankhsenamon, probablemente hermanastra de Tut, no logró llevar sus embarazos a término. Su imposibilidad para ser madre tuvo una consecuencia imprevista ante la repentina muerte de su marido. Es muy probable que, transtornada por el luctuoso hecho, habría tenido un gesto inaudito testimoniado por los objetos hallados a miles de kilómetros de Egipto en la antigua ciudad de Bogazkhoy, en la actual Turquía.
Algunas tablillas cuneiformes narran los contenidos, absolutamente increíbles, de las cartas desesperadas enviadas por una reina de la que se dan pocos detalles, pero que cronológicamente es compatible con Ankhsenamon. En las misivas la reina pedía con insistencia al incrédulo rey hitita que le enviase a uno de sus hijos para casarse con él y se declaraba espantada y en absoluto dispuesta a tomar como marido a un siervo. Una declaración que apunta a Ankhsenamon como autora de las misivas ya que Ay, su abuelo, era un noble de alto rango por nacimiento, al contrario de Horemheb que era de origen humilde.
¿Quizás Ankhsenamon se sentía totalmente confundida al ver que la suya había sido una vida constelada de dolores y pruebas durísimas? ¿Qué la aterrorizaba tanto como para pedir –humillando a su pueblo– la mano del hijo del rey hitita, el enemigo más odiado de Egipto, y de quién tenía miedo? Obviamente, el príncipe nunca llegó a destino porque fue asesinado en una emboscada y el «Reino de las dos tierras» tuvo que sufrir la furia del rey hitita. Un resultado que inclina a pensar que las cartas pudieron haber sido urdidas por Ay para comprometer a Horemheb en una guerra, y tener así el tiempo necesario para llevar sus planes a buen fin. Además Ankhsenamon podría haber rechazado presiones de Ay para casarse con él y legitimar así su ascenso al trono.
También se da el hecho de que Ankhsenamon desapareció poco después sin dejar rastro, y resulta un tanto extraño que no haya pinturas que la representen en la cámara sepulcral junto a Tutankhamon.
¿Qué le sucedió? Tenía todos los derechos para reinar, ya que una mujer en el trono de Egipto no hubiese extrañado a nadie, pues tenia un precedente en el de la reina Hatshepsut y probablemente en Nefertiti. ¿Pudo cometerse con ella otro homicidio?
Una última posibilidad es que Ay y Horemheb fuesen cómplices pero es una hipótesis que sin muchos seguidores.
Visto para sentencia
La teoría del homicidio es sugerente pero nadie, a pesar del uso de las más modernas técnicas de investigación, ha logrado establecer por ahora de manera irrefutable las causas de la muerte de Tutankhamon y desenmascarar al culpable. El niño-faraón, víctima de fuerzas más poderosas que él, murió en circunstancias sospechosas y tal vez en medio de intrigas palaciegas, pero los acusados tienen que ser absueltos por falta de pruebas. Así solo cabe esperar a que se produzcan nuevos hallazgos que permitan resolver definitivamente el caso y demuestren culpabilidad o inocencia de los sospechosos.
¿Nos reservará todavía el Valle de los Reyes algún secreto sobre este presunto homicidio? Dejando de lado cómo murió o que su caso esté pendiente de justicia, lo cierto es que Tutankhamon ha visto concedido el deseo de todo faraón: el de alcanzar la inmortalidad. Al pronunciar una vez más su nombre le hemos despertado del sueño eterno, y su fama es sin duda muy superior a la de sus «enemigos» gracias a los fabulosos tesoros hallados en el sonado descubrimiento de su también célebre tumba.