Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
En la noche de los tiempos, las primeras culturas achacaban ciertos fenómenos naturales a la ira de sus dioses. Y el Sol pronto fue considerado como una de las deidades más coléricas y temibles. Prueba de ello es que las civilizaciones de todo el planeta, desde Egipto a Japón, pasando por Grecia o la India, le rendían culto y ofrecían sacrificios, incluso humanos, para aplacar su furia.
Hoy, miles de años después, quizá estemos cerca de desvelar que esa creencia no era del todo equivocada. Y que el Sol, en sentido metafórico, podría ser considerado como una entidad ávida de vidas humanas en ocasiones.
El 26 de diciembre de 2004, en un punto del fondo oceánico situado frente a las costas de Sumatra (Indonesia), tuvo lugar un fortísimo seísmo. El maremoto que ocasionó, de grado 9.1 en la escala Richter, generó uno de los tsunamis más trágicos conocidos. Arrasó las costas de medio sudeste asiático. Causó más de 280.000 muertes. Y sus efectos se sufrieron en lugares tan alejados de su epicentro como las islas Maldivas, Sri Lanka, India, Tailandia, Malasia o la antigua Birmania. Afectó incluso a la costa oriental de África, convirtiéndose en uno de los cinco peores temblores de tierra acaecidos desde 1900.
Las imágenes de la devastadora ola, adentrándose en tierra firme y destruyendo todo a su paso, dieron la vuelta al mundo. Al verlas, acudió a mi memoria el recuerdo de otras similares, captadas en el sudoeste de Irán, donde también un 26 de diciembre, pero del año 2003, otro seísmo de 6,6 grados acabó con la vida de más de 26.000 personas. La coincidencia en la fecha llamó mi atención y me impulsó a consultar estadísticas sobre cataclismos. Al hacerlo constaté que, también otro fatídico 26 de diciembre, del año 1939, tuvo lugar en la ciudad turca de Erzincan un terremoto con más de 30.000 víctimas mortales.
Las estadísticas permitían deducir además que, de los dos millones de personas muertas en todo el mundo desde 1900 a causa de terremotos, los acaecidos un 26 de diciembre habían segado la vida del 17 %, casi 340.000 personas, mientras que –por azar– sólo le correspondería un 0,3%. Si se amplía la estadística a todos los días del mes de diciembre, los decesos ocurridos por temblores de tierra, desde 1900, alcanzan un 35% (en lugar del 8,3 atribuible al azar), es decir 700.000 muertes. Son datos impactantes y, aunque se necesita un análisis más profundo para saber si se deben a alguna ley física, cabe preguntarse: ¿Existe una «predilección sísmica» de la tierra por temblar en un mes o en una época determinada? Y si es así, ¿a qué causa obedecería?
Coincidencias sísmicas
Al igual que ocurre con las masas de agua oceánicas, que se ven sensiblemente afectadas por la fuerza de gravedad procedente de la Luna y el Sol, produciendo las mareas, otros procesos naturales de nuestro planeta podrían verse también influidos por dichas fuerzas gravitatorias. ¿Pero por qué éstos parecen producirse con más frecuencia en diciembre?
La Tierra, en su movimiento de traslación alrededor del Sol, no describe una circunferencia perfecta, si no que su órbita presenta una forma ligeramente elíptica. Debido a ello, en cierta época del año, concretamente en torno al 4 de enero, nuestro planeta pasa unos cinco millones de kilómetros más cerca del Sol –en un punto llamado perihelio– que cuando se sitúa en el punto más alejado de la elíptica orbital. Al estar más próxima, la fuerza de atracción gravitatoria que nuestro astro rey ejerce sobre ella es mayor durante un tiempo. Y, si ello implica un cierto incremento de actividad sísmica, cualquier investigación debería arrojar datos en ese sentido.
Decidí iniciar mi análisis estudiando la fecha de los terremotos con efectos más devastadores. Y, según datos del United States Geological Survey (Encuesta Geológica de EE UU) o USGS, organismo de reconocido prestigio que reúne información sobre seísmos acaecidos en todo el planeta, los 22 terremotos que han ocasionado, cada uno de ellos, más de 50.000 muertes, habían acaecido en los siguientes meses:
2 en enero
1 en febrero
1 en marzo
3 en mayo
1 en junio
1 en julio
1 en agosto
1 en septiembre
1 en octubre
3 en noviembre
5 en diciembre
Del listado se deduce que el mes de diciembre tiene una clara prevalencia, con un 27% sobre el total. Asimismo, si se cuentan los seísmos acaecidos en los cuatro meses más próximos al perihelio orbital –noviembre, diciembre, enero y febrero– se observa que acumulan el 50 % del total. Son datos que llaman la atención, si bien no son aún suficientes para extraer conclusiones, debido a que la cantidad de víctimas mortales que puede causar un terremoto es muy variable, y depende mucho del lugar donde éste se produce.
El terremoto de 6,9 grados en la escala Richter acaecido en Kobe (Japón), el 16 de enero de 1995, ocasionó 5.500 muertes. Pero otro de magnitud menor, como el ocurrido en Irán, el 26 de diciembre de 2003, de 6,6 grados, provocó 26.200 víctimas mortales. La cantidad de muertes cambia en función de factores como la densidad de población en el lugar del cataclismo, el grado de preparación antisísmica de las construcciones, la mayor o menor capacidad de respuesta del país ante la catástrofe, etc. Por lo tanto, para saber en qué medida existe una tendencia a producirse más seísmos –y de mayor intensidad– en los meses cercanos al perihelio, debemos basar también nuestra comparativa en un dato menos variable, como es el grado de magnitud que los sismólogos adjudican a cada seísmo. Claro que hay que tener en cuenta que, antes de la aparición de los sismógrafos (s. XIX), de la escala Mercalli (1908) –que mide la intensidad de los terremotos en daños cualitativos– o de la escala Ritcher –que mide la cantidad de energía liberada por sus ondas–, la medición de los sismólogos es tan sólo aproximada y se atenía sobre todo a los informes históricos que detallaban la gravedad de los daños.
Pues bien, en los listados del USGS para seísmos mundiales desde 1556, aparecen compilados con fecha y magnitud un total de 469 sismos. Y de ellos 171, de magnitudes variables, se produjeron en los meses en torno al perihelio orbital, es decir en noviembre, diciembre, enero y febrero. Ese periodo del año aglutina pues un porcentaje de terremotos del 36,4 %, más de 3 puntos por encima de la proporción que sería normal, un 33,3 %. Lo más sorprendente es que el porcentaje aumenta cuando atendemos a seísmos de mayor intensidad. Así, sobre un total de 334 de magnitud igual o superior a 6 grados, los acaecidos en esos meses suman 136, o sea el 40,7 %, lo que supone 7,4 puntos por encima de la media. Para los de magnitud igual o superior a 7 grados, el porcentaje es de un 37,6 % del total, 4,3 puntos por encima de la media. La proporción se eleva en los seísmos de magnitud igual o superior a 8 grados, donde llega al 46,5 %, más de 13 puntos sobre la media. Mientras que, en los de magnitud igual o superior a 9 grados, alcanza el 60 % del total ¡casi 27 puntos por encima!
Confirmando esta aciaga relación, en otros listados más amplios se aprecia que siempre se producen más temblores de tierra en la mitad del año que abarca desde el equinoccio de otoño (22 de septiembre) al equinoccio de primavera (20 de marzo), y que esta diferencia es también más significativa conforme se precisa la comparativa a meses cercanos al perihelio y a seísmos de mayor magnitud. Pero, ¿a que puede deberse esta mayor «predilección sísmica» por dichos meses?
Factores desencadenantes
En la actualidad los terremotos son clasificados en tres tipos: los producidos por la actividad tectónica de la Tierra, los debidos a erupciones volcánicas, y los artificiales, causados por la actividad del hombre. De ellos, los de origen tectónico son los más frecuentes y devastadores. La corteza de nuestro planeta está dividida en placas tectónicas que se desplazan de forma independiente. En las zonas donde éstas se tocan (fallas) se producen rozamientos y tensiones que, para liberarse, acaban por desencadenar los cataclismos, aunque no de forma inmediata. Acumulándose lentamente, la energía se abre paso periódicamente hacia la superficie en las regiones tectónicamente inestables, en particular en las fallas, hasta llegar al punto en que se liberan con violencia.
En cierto modo esto es lo que podría ocurrir durante el periodo orbital en que la Tierra se haya más próxima al Sol. El aumento de la gravedad de nuestra estrella, aún siendo muy ligero, podría ayudar a que las tensiones acumuladas entre las placas tectónicas se liberasen de forma brusca. Se facilitaría así el proceso desencadenante del terremoto, y sería la causa de la mayor probabilidad de seísmos en esa época y de que éstos sean de mayor intensidad. Un hecho que parece avalar el que, curiosamente, de los meses cercanos al perihelio, noviembre, diciembre, enero y febrero, éste último sea en el que menos seísmos se producen. Como si las tensiones entre las placas tectónicas fueran liberándose a medida que la atracción gravitatoria solar va en aumento y disminuyeran al mínimo al final de dicho periodo. Quedaría por ver la influencia que la Luna ejerce en el proceso.
Si bien los sismólogos no creen que las influencias gravitatorias del Sol y la Luna sean muy fuertes en el desencadenamiento de los grandes seísmos, científicos del Instituto de Geofísica y Astronomía de la Habana (Cuba), determinaron recientemente las posiciones de la Luna y el Sol en los momentos en que ocurrieron 310 grandes sismos. Según sus conclusiones, existe una tendencia a que la ubicación de ambos astros, en latitudes alejadas del plano del ecuador terrestre, coincida con la presencia de los grandes sismos, cuya distribución mensual –según sus observaciones– presenta mínimos en abril y septiembre y máximos en enero y junio, meses cercanos o asociados a equinoccios y solsticios. Es sólo una tesis incipiente que, desde el punto de vista estadístico, requiere estudios más profundos, pero salta a la vista la necesidad de ponerse manos a la obra, pues la relación entre factores sismogénicos extraterrestres, como la actividad solar y lunar, y los grandes terremotos podría ayudarnos a predecirlos y salvar incontables vidas.
De hecho, los expertos tratan aún de establecer un método válido de predicción. Entre las últimas fórmulas destaca la que se basa en las «sacudidas precursoras» ocurridas con anterioridad en la misma falla. Con esta técnica los sismólogos pudieron predecir el terremoto de magnitud 7,3 ocurrido en China en 1975, y lograron evacuar a 90.000 residentes, sólo dos días antes de que el seísmo destruyera el 90% de la ciudad. No tuvieron la misma suerte las 20.000 víctimas provocadas por el terremoto de Turquía en 1999. Basándose en el mismo método los sismólogos predijeron la catástrofe un año antes, pero no fueron tomados en cuenta por las autoridades turcas.
Otros indicios que dan lugar a nuevos métodos de predicción son el abultamiento de la corteza terrestre, la alteración de las tensiones de las placas tectónicas, cambios en el campo magnético, el aumento en los niveles de agua de los pozos, el comportamiento de los animales antes del estallido, etc. Y, recientemente, se ha dado a conocer un novedoso estudio sobre el aumento de fitoplancton en el mar antes de un seísmo subacuático. A pesar de todo, estamos lejos de poder predecir con exactitud el momento y el lugar donde se producirán la mayoría de los terremotos. Apenas estamos vislumbrando la existencia de poderosas fuerzas de la Naturaleza que se combinan para originar fenómenos que fueron totalmente inexplicables para los antiguos, en un mundo y una época donde la escasez de conocimientos científicos permitía florecer a la intuición.