Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Todos hemos experimentado, en mayor o menos número de ocasiones, extrañas coincidencias que quiebran la monotonía de nuestra vida cotidiana. Los psicólogos interpretan la frecuencia con la que nos ocurren en función de la atención selectiva que prestamos a este tipo de hechos. Por el contrario, muchos estamos convencidos de que a medida que nos dedicamos a estudiarlas las coincidencias comienzan a dispararse de forma incomprensible; esto es algo observado por escritores como Koestler, Borroughs o Wilson, que trata este fenómeno en su ya clásico El martillo cósmico-I. Les pondré un ejemplo: hace ahora exactamente 20 años –y caigo en cuenta de este casual aniversario sólo en este momento, al calcular con precisión el tiempo transcurrido– llamé al escéptico y admirado director de la revista Muy interesante, con la que colaboraba en aquellos momentos, para proponerle escribir sobre las experiencias paranormales que rodearon al Titanic; él me respondió que estaba pensando llamarme para pedirme un artículo sobre un tema tratado por su revista gemela alemana, que incluía una ilustración sobre el hundimiento del Titanic: el misterio de las coincidencias... Les aseguro que durante la redacción del mismo se produjeron toda una serie de casualidades incomprensibles a las que no fui capaz de encontrar explicación. Y otro tanto me ha ocurrido, aunque en mucha menor medida, mientras trabajaba en el tema que hoy ocupa nuestra portada.
Puesto que hay coincidencias de todo tipo, mientras buena parte de ellas podrían tener explicaciones de lo más diversas, otras muchas escapan completamente a nuestro entendimiento.
Cuando, por un motivo concreto, pensamos insistentemente en alguien a quien no vemos desde hace mucho y éste nos llama por teléfono, ésto puede interpretarse como una conexión telepática. Pero ésta no parece capaz de explicar que, en unas circunstancias inesperadas, nos encontremos con la persona a quien queríamos ver. Éste sería un ejemplo de las coincidencias significativas, aquéllas que para nosotros tienen un sentido evidente. En ocasiones, este tipo de casualidades nos conducen a situaciones que dan un giro radical a nuestras vidas, cuando –como consecuencia de las mismas– conocemos a alguien que se convertirá en nuestro gran compañero amoroso o amistoso, o bien encontramos el trabajo más adecuado para ese momento; en muchos de estos casos, un conjunto previo de casualidades inesperadas, nos han llevado a romper con nuestra pareja u ocupación anterior.
Mientras algunos ven en ellas maniobras mediante las que algún poder sobrehumano influye en nuestras vidas, otros las interpretan como manifestaciones de una parte de nosotros mismos que trasciende a nuestro ego (como explicamos en La última palabra) y los nuevos físicos nos proponen diversos modelos no-causales que nos permitirían entenderlas.
Pero, para mí, lo importante de las coincidencias es que las veo como manifestaciones de un flujo universal que se niega a ser diseccionado por nuestra mente racional pero que entronca con el Sentido profundo de todo; y estoy convencido de que prestarles una atención no obsesiva, que nos permita fluir con ellas, puede ayudarnos a vivir más feliz y armónicamente.