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El enigma del Cristo de Limpias

Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Parroquia de San Pedro (Limpias, Cantabria). 30 de marzo de 1919. 8:30 h. Desde el púlpito, el Padre Agatángelo reza una breve letanía, mientras el padre Eduardo dispensa las sagradas formas entre los fieles. En un rincón del altar, el padre Anselmo Jalón confiesa a algunos devotos. En ese instante, una niña de unos doce años se aproxima al religioso exclamando: «¡padre Jalón, padre Jalón, mire, el Señor ha cerrado los ojos!».
De malos modos, el sacerdote se sacude a la niña que se enreda entre sus hábitos y amonesta a los fieles que comienzan a alborotarse. Entre exclamaciones de asombro, un grupo cada vez más numeroso de personas asegura ver cómo el Cristo que cuelga del altar mueve sus ojos e incluso suda gotas de sangre. Intentando apaciguar la situación, ordena al padre Agatángelo que no interrumpa los salmos. Girando la cabeza, ve al religioso temblando en el suelo de rodillas y sin poder articular palabra.

Terminada la misa, el padre Jalón toma una escalera de mano y sube hasta el camerino que alberga la imagen. Palpando el cuello de la escultura sus dedos aparecen inexplicablemente humedecidos…

Crónica de un milagro

Apenas han transcurrido cuarenta y ocho horas cuando el padre Eduardo Miqueli, arcipreste de Limpias, remite una carta al Obispado de Santander comunicando lo acontecido durante la ceremonia: «…varias niñas, mujeres y hombres, no de los píos, aseguraban que el Santísimo Cristo de la Agonía abría y cerraba los ojos y dirigía miradas a una y otra parte, y que sudaba copiosamente por el cuello y pecho (…) Juran y perjuran hombres de toda clase que lo han visto, y ante la Sagrada Hostia lo jurarían igualmente». Mientras, los vecinos de la localidad ya solicitan a las autoridades eclesiásticas que se conmemore esa fecha como festividad del milagro. Días después, y cuando la noticia ya ha sido difundida a los cuatro vientos, nuevos testimonios aseguran que el prodigio ha vuelto a repetirse.

Ocurre en la víspera del domingo de Ramos, cuando dos vecinos de la provincia –«un importante cargo intelectual y un comerciante»–, visitan el santuario para contemplar con escepticismo la imagen con fama de milagrera. Conversaban sobre la posibilidad de que el fenómeno presenciado por los feligreses fuera producto de la histeria colectiva cuando, de repente, uno de ellos advirtió que los ojos del Cristo se movían. Dicen las crónicas que cayó al suelo de rodillas suplicando: «¡Misericordia, Señor, no me castigues! Ahora lo creo…».

El tercer episodio habría tenido lugar la tarde del 20 de abril, durante la catequesis de un grupo integrado por adultos y niñas de un colegio religioso que «atestiguan que vieron el movimiento de ojos y también de labios del Santísimo Cristo». A partir de ese día, los cronistas aseguran que el supuesto prodigio se repite casi a diario, situando a la pequeña aldea cántabra en el eje de una ruta de santuarios, entre Lourdes y Santiago de Compostela, que atrae a peregrinos de todos los rincones del planeta.

Tal y como detalla en su informe el sargento de la Comandancia de la Guardia Civil, Jenaro G. Geijo: «Por Limpias han pasado reyes, príncipes, infantes, magnates, obispos, sacerdotes, religiosos, aristócratas, catedráticos, abogados, médicos, militares, ingenieros y, en una palabra, gentes de todas las clases sociales y de todas las provincias de España y aún algunas, no pocas, de naciones extranjeras».

El propio monarca Alfonso XIII visitará el lugar el 31 de julio de 1919, después de que lo hicieran otros aristócratas como el príncipe Pío de Saboya. Limpias obtendrá incluso gran devoción en países como Hungría, después de que en enero de 1923 la familia real húngara, exiliada en la localidad vasca de Lekeito, visitara el santuario y exportase la imagen del Cristo, convirtiéndolo en un providencial estandarte con el que alimentar la esperanza de un pueblo asolado por el comunismo.

«Autopsia» para un milagro

«Se sigue repitiendo el portentoso suceso –informa un periódico de la época– y parece que conforme avanza el tiempo se amplifican las demostraciones de Nuestro Santo Cristo de la Agonía. Comenzó a notarse el movimiento de ojos de derecha a izquierda, de arriba abajo y también fijando la vista en el pueblo. Se ha notado por muchos el movimiento de la boca, el notable cambio de expresión en el rostro y hace diez días que ven sangre que sale de la boca y la cabeza…».

Durante los seis meses siguientes, una riada de entre 80.000 y 100.000 peregrinos desfila frente al altar del Cristo. 4.000 de ellos dicen haber presenciado algún tipo de prodigio, según los libros parroquiales que, oficialmente, desaparecieron en la Guerra Civil. Sin embargo, algunas páginas de aquellas actas fueron rescatadas de las llamas y se conservan todavía hoy en los archivos parroquiales.

Campesinos humildes, ingenieros, abogados, militares, «incrédulos de poca fe»…, testigos de las más diversas clases sociales acreditan con sus nombres, apellidos y profesión los supuestos prodigios que aseguran haber presenciado. Para los teólogos, empeñados en demostrar la naturaleza sobrenatural de las visiones, el desapasionado testimonio de algunos hombres de ciencia otorga crédito a un fenómeno que muchos podrían considerar producto de la sugestión o la histeria colectiva. Uno de estos testigos es el doctor Maximiliano Orts, subdelegado de Medicina en un distrito provincial de Oviedo. En julio de 1919 y en compañía de otras personas, no termina de dar crédito a sus ojos: «Veo con asombro que, por detrás del pabellón de la oreja derecha, se desliza un hilo de sangre roja (…) Esta sangre iba desapareciendo hasta dejar limpia la piel que antes había invadido. A la sorpresa sentida por la visión del fenómeno sucedió en mi espíritu la contrariedad, porque temí caer en la alucinación, imperdonable a mi edad y a mi larga experiencia profesional».

Otro médico, el Dr. Gutiérrez de Cossío, Cónsul de Honduras, atestigua lo siguiente: «Todos los grupos empezamos a decir simultáneamente que el Cristo miraba al lado por donde salían los peregrinos; la visión era clara, perfecta, evidente (…) Tras breves momentos observo de manera evidente, real, la mutación del rostro: su nariz se afina; los labios, más contraídos, se azulan, se entreabren; aparecen más demacradas las mejillas (…) Nada pudo impresionarme más en mi carrera de Medicina, ni siquiera el primer cadáver que vi en la sala de disección».

A estos inquietantes testimonios no tardaron en añadirse los casos de curación supuestamente milagrosa. Acreditada por el médico forense de Castro Urdiales está la curación del padre Vicente Rodríguez, un presbítero de 67 años, afectado por una hemiplejia. Tras dormirse mientras rezaba con una estampa del Cristo de Limpias, se despertó completamente recuperado en septiembre de 1919: «En mi larga carrera profesional –asevera el médico–, nunca he visto la curación de ninguna hemiplejia en tan corto tiempo; no lo he leído, ni oído que así haya sucedido».

Entre el éxtasis y la alucinación

«Continúa el extraordinario suceso –informa un diario de la época–. Los testigos, con toda clase de edades, clases y condiciones, entre la gente creyente y también ha habido bastantes incrédulos que lo han visto. Estos últimos sufren una conmoción tremenda y da pena verlos después. Algunos han sufrido accidentes, otros lloran, otros quedan como atontados y un buen número gritan perdón».

Después de ser remitida «en privado» un acta a la Santa Sede del Vaticano citando los hechos, en noviembre de 1920 se decreta la apertura de un «expediente canónico» que encarga la investigación de los fenómenos. El expediente debió quedar en el olvido ya que, con posterioridad a esa fecha, no se tienen más noticias y los testimonios comienzan a escasear.

Fenómeno extraordinario o sugestión colectiva, los sucesos acaecidos en Limpias constituyen un fenómeno sociológico sin precedentes. Decenas de ensayos intentaron esclarecer las interrogantes que planteaba el fenómeno. ¿Es posible que una estatua de madera mueva sus ojos, tal y como aseveran miles de testigos? Inicialmente los escépticos barajaron la posibilidad de que un sistema mecánico, oculto dentro de la escultura, generara el movimiento de los ojos. De hecho, en las primeras semanas tuvo que intervenir una comisión integrada por un escultor, un profesor de ciencias y un religioso que examinaron la imagen para descartar esta sospecha.
¿Fue una ilusión magnificada por un proceso de sugestión colectiva? A los más escépticos les resulta difícil zanjar la cuestión atribuyéndola a una simple alucinación. Uno de los más desconfiados testigos, un médico zaragozano de la época considerado «incrédulo», argumenta: «No puedo menos de afirmar que algo extraordinario ocurre con esa efigie. No sé calificar el suceso. Si tuviera fe lo llamaría celestial milagro y firmaría en este libro de testimonios».

Descartando su origen alucinatorio, el teólogo y doctor en ciencias físicas fray Luis Urbano, en su ensayo Los prodigios de Limpias a la luz de la teología y de la ciencia (1920), concluye: «Los fenómenos que se mencionan, cuando son verdaderos, no se realizan fuera, sino dentro de quien ve, en los ojos de quien mira. Si las ciencias no pueden explicar el hecho, la teología señala una causa sobrenatural». En definitiva, lo que para la psicología puede reducirse a una ilusión óptica, desde el marco de la creencia se asimila como una visión generada por una especie de éxtasis místico. En todo caso, los «prodigios de Limpias» constituyen todavía un fenómeno de difícil explicación.
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