Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Estos reyes de los mares alcanzaron su cenit en los siglos XVI y XVII de la mano de personajes ingleses tan conocidos como Francis Drake o Henry Morgan, pero su andadura se remonta a épocas más lejanas donde el misterio y la leyenda se cogen de la mano. ¿Quiénes fueron los verdaderos piratas…?
Mujeres piratas, maravillosos tesoros escondidos, una secreta relación con la Orden del Temple… El tema de la piratería es en la actualidad el foco central de numerosos ensayos y libros y su relevancia en la historia ha pasado a ser motivo de estudio de diferentes investigadores.
La palabra “pirata” deriva del griego peiratés y tenía el significado de “bandido” o también “saqueador”, ya que con este vocablo los helenos se referían a los saqueadores de navíos. Con el paso del tiempo términos como “filibustero” o “bucanero” han pasado a ser sinónimos de “pirata”, pero lo cierto es que existen matices diferenciadores. Los primeros piratas franceses del Caribe fueron llamados “bucaneros” –del francés boucaners– porque solían alimentarse de carne ahumada –viande boucanée–, mientras que los marineros de varios países que se asociaban para navegar de forma libre en busca de un botín –en inglés booty– fueron designados por los ingleses como freeboters, palabra que pasó al francés como flibustiers y al castellano como “filibusteros”.
En el siglo XVI, bajo el reinado de la inglesa Isabel I, se pasó a utilizar la denominación “corsario” para definir a los piratas “legales”, aquellos que pasaron a servir a la Corona atacando navíos de países enemigos –los españoles de Felipe II fueron los que más abordajes sufrieron–. Fue el momento histórico en el que surgieron las conocidas como “patentes de corso”, documentos oficiales que se presentaban a la hora de demostrar que uno tenía licencia real para “hacer un corso” –del latín cursus, carrera–, es decir, autoridad legal para perseguir y saquear naves enemigas. Aunque dichos ataques no se consideraban acciones de guerra, eran autorizados por el gobierno.
Polícrates, el primer “pirata”
Aunque casi todo el mundo asocia la figura del pirata con el estereotipo romántico, el aventurero habitualmente inglés que comenzó a realizar sus saqueos a partir del siglo XVI y hasta bien entrado el XVIII generalmente en las costas del Caribe o de las Antillas –aunque también en las costas francesas y españolas–, lo cierto es que desde el mismo momento en que el hombre comenzó a navegar surgieron individuos que adoptaron como profesión desvalijar los cargamentos de dichas embarcaciones. Hace ya más de cuatro milenios que las naves egipcias y fenicias eran asoladas por bandidos cuyas acciones podríamos calificar de piratería, pero no sería hasta el siglo VI a. de C. en Samos –Grecia– cuando aparecerían los primeros “piratas” europeos de la historia, con una organización y normas de conducta establecidas. A mediados de este siglo desembarcaron en Samos tres hermanos con una partida de marineros curtidos en batallas navales contra los persas. El más cruel y ambicioso de ellos, de nombre Polícrates, tomó el poder a base de derramar sangre y fundó un auténtico “estado pirata” en la zona. Con su imponente poderío naval, eje central de su fuerza, proclamó una tiranía unipersonal con la que consiguió dominar importantes zonas costeras del Peloponeso y del Asia Menor. Como anécdota podemos resaltar que a pesar de su crueldad, Polícrates era un apasionado de la poesía, y favoreció en las artes y las letras, siendo amigo del famoso poeta Anacreonte. Terminó sus días crucificado por los persas tras una trampa que le tendió Darío I.
Francis Drake, al servicio de la Corona
Uno de los más conocidos es sin duda Francis Drake, quien abordó las naves españolas y francesas al servicio de la reina inglesa Isabel I. A él se atribuyen saqueos en las colonias de la costa de Panamá y la captura de hasta cien buques de nacionalidad española –su devastación fue tal que el monarca Felipe II llegó a ofrecer 20.000 ducados por su cabeza–. Una de sus acciones más famosas fue el asalto al puerto Nombre de Dios, conocido también como “el almacén de los tesoros del mundo”, aunque el sabotaje que le haría pasar a la historia de la piratería fue la captura del navío “Nuestra Señora de la Concepción” en el Pacífico, llamado también “cagafuegos”, por ser el barco mejor equipado de la escuadra española en la zona. El navío transportaba tres cofres con monedas, unos cuarenta kilos de lingotes de oro y al menos veintiséis toneladas de plata. Tres años después arribó al puerto inglés de Plymouth tras una dificultosa y larga travesía, con el botín intacto. A bordo del Golden Hind, capitaneado por Drake, la mismísima Isabel I le concedió el título de Sir. Durante años el corsario trabajó a las órdenes del conde de Essex, servidor de la Corona inglesa, y hay quien afirma que mantuvo una relación amorosa secreta con la llamada “reina Virgen”, aunque no existen pruebas que demuestren dicha hipótesis. Gracias a sus incursiones y a su servicio al gobierno británico logró reunir una de las fortunas más grandes de toda Inglaterra. En uno de los episodios más cruciales de la historia naval, la lucha contra la “Armada Invencible” filipina, Drake comandó como vicealmirante una de las escuadras inglesas que echaron por tierra las ambiciones del rey español y los sueños hegemónicos de todo un país. Murió de malaria en las cercanías de Portobelo al regresar de su última misión, en la que, extrañamente, había fracasado.
Henry Morgan y el asalto de Panamá
Otro de los piratas ingleses más célebres de la historia fue Henry Morgan, que vivió durante el siglo XVII. Nacido en el seno de una respetable familia de militares y marinos, este corsario fue célebre de una a otra parte del globo por su valentía e imbatibilidad. Tras heredar –o quizá robar– la patente de corsario de su compañero el comodoro sir Christopher Mings, se entregó a interminables saqueos en el mar Caribe y en Santiago de Cuba. Su acción más famosa fue el ataque a la mismísima ciudad de Panamá en el año 1670, venciendo y ridiculizando a las tropas españolas que se habían hecho fuertes en el interior. Para el ataque contó con la mayor flota corsaria de la que se tiene constancia hasta la fecha –38 navíos y más de 2.000 hombres–.
Cuando los piratas dejaron atrás Panamá llevaban consigo nada menos que ciento setenta y cinco mulas cargadas hasta los topes con monedas de oro y plata, vasijas de estos metales y multitud de joyas y piedras preciosas, pero aunque el convoy fue enorme no lo era tanto como cabría esperar de una ciudad como Panamá. Sin duda Morgan y sus secuaces se quedaron gran parte de las ganancias, y el corsario escapó en su barco tras ordenar que instalaran a bordo los cañones del fuerte de San Lorenzo, que había sometido anteriormente. Los rumores y la literatura hicieron el resto y todavía hoy se especula sobre un posible tesoro enterrado en algún lugar del Caribe. El caso es que a pesar del engaño a la Corona inglesa, sin duda debido a la popularidad de Morgan, éste no sólo no fue encerrado sino que se le ordenó caballero a instancias de Carlos III y fue nombrado gobernador de Jamaica, lugar donde pasaría el resto de su vida, hasta morir por alcoholismo diez años después –sin duda las grandes cantidades que ingirió de ron, la célebre bebida alcohólica del Caribe asociada siempre a los piratas, hizo estragos en su organismo–. En 1667 Henry había sido elegido almirante de la Hermandad de la Costa, una antigua sociedad de bucaneros instalados en la famosa isla de la Tortuga. ¿Escondería Morgan allí el codiciado tesoro? Quizá nunca lo sepamos…
El capitán Kidd y la isla del tesoro
Junto a Drake y Morgan el capitán William Kidd fue uno de los más célebres piratas de todos los tiempos. Sus hazañas fueron ensalzadas por distintos escritores como James Fenimore Cooper o Edgar Allan Poe, pero sería Robert Louis Stevenson con su novela La isla del tesoro quien contribuiría a crear el estereotipo del pirata utilizando como base de su historia al citado Kidd, y contribuyendo a generalizar a su vez la leyenda sobre un supuesto tesoro escondido objetivo de la codicia de los hombres.
Aunque Stevenson contribuyó a extender el rumor, sería el propio pirata, poco antes de ser ejecutado, quien sembraría la semilla de la duda sobre un supuesto botín enterrado, duda que sigue vigente más de tres siglos después. Tras ser detenido, acusado de ejercer la piratería –a pesar de haber prestado servicio en la armada inglesa durante la guerra contra los holandeses–, en un intento por salvar el pellejo, Kidd escribió una carta al portavoz de la Cámara de los Comunes del parlamento inglés en la que prometía revelar el lugar donde había escondido una gran parte de las riquezas acumuladas en sus años como “lobo de mar” a cambio de que se le conmutara la pena de muerte.
Kidd no consiguió llegar a un acuerdo y fue ahorcado en el patíbulo de Londres el 23 de mayo de 1701, aunque con sus palabras consiguió dejar un legado que ni él mismo imaginaba entonces: el sueño de hallar el “tesoro escondido”, buscándolo insistentemente en diversas y muy alejadas partes del mundo. Durante siglos los escépticos han señalado que dicho botín no existe y que no fue sino una farsa desesperada para intentar salvar su vida. Sin embargo, la leyenda popularizada por la literatura volvió a alcanzar visos de realidad cuando en 1929 apareció la primera prueba consistente de que su oferta a los dirigentes de la Cámara de los Comunes había sido algo más que un farol. Un abogado jubilado residente en Eastbourne –Inglaterra– llamado Hubert Palmer compró a un anticuario un escritorio de roble del siglo XVII que contenía la siguiente leyenda: “Capitán William Kidd. Galera Adventure, 1699”. En su interior descubrió un compartimento secreto que contenía un tubo de latón con un pergamino enrollado.
Palmer se topó con un mapa que señalaba una pequeña isla en el mar de la China marcada por las iniciales “WK” y de nuevo la fecha de 1699. Convencido de que éste indicaba dónde estaba escondido el tesoro del capitán Kidd, Hubert pasó los cinco años siguientes obsesionado con la idea de hallarlo, encontrando durante ese tiempo otros tres mapas que, con ligeras diferencias, señalaban el mismo lugar. Aunque se comprobó que el pergamino era del siglo XVII y que la caligrafía coincidía con otros documentos escritos de puño y letra por Kidd –conservados en la Oficina de Archivos Públicos de Londres–, jamás se halló ni la isla, ni el misterioso botín.
Desde entonces han sido muchos los “buscadores” e infinitas las hipótesis que hablan desde un señuelo de Kidd para desviar la atención sobre el verdadero paradero del tesoro –probablemente escondido en algún lugar del Caribe, como sostienen ciertos investigadores– hasta un engaño del mismo Palmer para adquirir fama, ante la poca probabilidad de que una única persona fuese precisamente la que hallara cuatro mapas del mismo itinerario.
Según el erudito japonés Nagashima, la isla que señalan los mapas podría tratarse de Yokoate, situada en un archipiélago que se extiende desde el sur de Japón hasta Taiwán. En 1952 en dicho lugar un grupo de pescadores encontró diversos grabados de una animal con cuernos que había sido esculpido en la superficie de una roca. Cuando la historia llegó a oídos de Nagashima éste recordó que Kidd en ciertas ocasiones firmaba con un dibujo similar a un cabrito, jugando irónicamente con su apellido, ya que Kid en inglés significa precisamente eso. Según algunos rumores, el japonés viajó al lugar y se adentró en una gruta donde halló varias cajas viejas de hierro que guardaban la nada despreciable cantidad de cincuenta millones de dólares en monedas de oro y plata.
Oak Island, la isla del tesoro
Según algunos investigadores, la pequeña isla de Oak guarda un importante secreto. Secreto que, a día de hoy, y tras 200 años de intentos frustrados, sigue sin desvelarse… Entre la maleza, en el año 1795, un joven de 16 años descubrió lo que parecía ser un pozo oculto. Entusiasmado, contó lo que vio a sus compañeros, que le ayudaron a excavar hasta dar con una plataforma de piedra y dos de madera, aunque no pudieron terminar la tarea. Diez años más tarde, tras recaudar una importante cantidad de dinero, decidieron visitar de nuevo el lugar para realizar nuevas excavaciones. Los lugareños decían que Oak Island era una isla maldita, pues se veían extrañas luces y hogueras durante la noche –que bien podrían haber sido encendidas por piratas que atracaron en el lugar– y que muchas personas habían desaparecido adentrándose en su espesura.
A pesar de los nefastos rumores, los tres jóvenes comenzaron un arduo trabajo de excavación que les llevó a profundizar 30 metros bajo tierra, hasta que el agua del mar inundó el foso. Exhaustos, hubieron de dejar por imposible el sueño de conseguir los supuestos tesoros allí escondidos. Sin embargo, encontraron una placa labrada de 90x30 cm con una extraña simbología y que estaba compuesta por pórfido, un mineral inexistente en toda Norteamérica. Durante años la placa permaneció olvidada en la parte trasera de la chimenea de la casa que uno de los buscadores se construyó en Oak Island, hasta que un profesor de idiomas, atraído por la historia del lugar, creyó dar con la clave de los caracteres labrados en la piedra: “Diez pies más abajo, dos millones de libras”. Desde aquel momento se produjo un gran revuelo y fueron cientos las personas que se aventuraron en busca del ansiado botín. De nuevo sin éxito. El foso estaba construido de tal manera que era imposible llegar hasta la profundidad señalada. El sistema de túneles estaba situado de tal forma que, antes de lograr llegar a la plataforma más baja –donde se creía que se encontraba el tesoro– el agua del mar inundaba el foso. La única forma de llegar hasta el fondo era tapar primero los túneles, excavados a gran profundidad, tarea prácticamente imposible.
Años después se descubrió que los caracteres de la placa de pórfido respondían a un extraño alfabeto beréber. ¿Cómo había llegado hasta allí la placa? Varios investigadores concluyeron que pudieron ser los templarios quienes la trasladaron hasta allí y excavaron el túnel para ocultar algo de importancia. En 1909 y durante dos años el capitán neoyorkino Harry L. Boudouin intentó de nuevo sin éxito aplicar sus ingenios en la excavación, para más tarde declarar que “jamás hubo tesoros piratas ni de otro tipo en el llamado foso del dinero de la isla de Oak”. Muchos otros sin embargo no desistieron en sus intentos, ansiosos de hallar el tesoro enterrado. Alrededor de 1970 una empresa de rescate submarino inició uno de los mayores despliegues en la zona para desvelar el misterio. Gracias a una moderna tecnología consiguieron sondar el pozo hasta una profundidad de unos sesenta y cuatro metros, bastante más de lo que se había logrado hasta entonces, descubriendo una cueva en la base del foso. A través de una serie de cámaras submarinas se descubrieron unos troncos amontonados en el suelo de la oquedad, tres cofres y una mano seccionada por la muñeca. Pero aquellas imágenes, de existir, jamás salieron a la luz, por lo que el misterio continúa vivo.