best web analytics
Hemeroteca :: Edición del 01/11/2006 | Salir de la hemeroteca
3/24
Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Reinas, sacerdotisas, magas, escribas, comadronas o simples amas de casa… la posición de igualdad que disfrutó la mujer en la época de los faraones no sólo sorprendió entonces, sino que sigue haciéndolo ahora. Pero además llegó a detentar tal poder que accedió al conocimiento más sagrado y los estatus más elevados, incluyendo el faraónico y el sacerdotal…
Hablar del antiguo Egipto es hablar de 3.000 años de historia de un territorio que superaba con creces el millón de km2 actual, tres milenios en los que hubo decenas de guerras, ocupaciones, sublevaciones, cambios sociales, económicos, políticos y religiosos. Por ello, hacer referencia a la situación de las mujeres durante ese gran imperio sin caer en los errores propios de la generalización es imposible. Aún así, y sin profundizar demasiado en los pormenores de cada dinastía y época, si que es posible establecer en líneas generales cómo vivían, cuáles eran sus posibilidades, derechos y libertades dentro de la sociedad, a qué tipo de trabajos podían acceder, cuál pudo ser su participación en los ritos religiosos y su relación y posición frente al hombre.

Por desgracia no existen muchos documentos que nos hablen del pasado de la mujer egipcia, aunque afortunadamente en muchas tumbas, templos funerarios, monumentos y esculturas quedaron plasmadas informaciones valiosísimas sobre episodios fundamentales de sus vidas. Han permanecido grandes extensiones de decoraciones murales en las que podemos ver, no sólo escenas religiosas y ritos funerarios, sino también otras de trabajos domésticos y agrícolas, mercadeo, fiestas, deportes u otras más propias de la familia y de la maternidad, datos que nos ofrecen una visión bastante ajustada del papel social que el sexo femenino ejerció en el antiguo Egipto.

La relación hombre-mujer que representaron los artistas expresa de manera clara, y aún mejor que los textos, la práctica igualdad de derechos de ambos sexos. No en vano, la mujer egipcia poseía una independencia y libertad de tal envergadura que otras culturas e imperios contemporáneos al egipcio como los griegos –cuya posición social de la mujer era de total sometimiento frente al hombre– y, de manera más tardía, los romanos –donde las atribuciones y derechos de las féminas eran más limitadas–, cayeron en el error de pensar que la sociedad egipcia era predominantemente matriarcal, creencia que condujo a que el mismo Heródoto, al narrar en sus escritos la historia y costumbres del país de los faraones, afirmara que “…allí son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen”.

En la sociedad
Sin llegar a suponer un riesgo para la hegemonía masculina en las más altas cimas de poder, la mujer egipcia tuvo casi siempre la posibilidad de alcanzar los estatus más elevados, incluyendo el faraónico y el sacerdotal. Desde su nacimiento, las niñas participaban en los juegos y actividades que los niños. Sin embargo, a partir de los cuatro años tenía lugar un punto de inflexión, ya que mientras los varones tenían fácil acceso a la educación y formación en la escuela de escribas de la Casa de la Vida, sólo algunas niñas de las clases altas tenían la posibilidad de ingresar en ella.

Aún así, la presencia de la mujer era corriente en todos los niveles laborales dependiendo de su clase y condición dentro del organigrama social. De este modo y a pesar de algunas limitaciones, las mujeres nobles –muchas de las cuales lo eran por matrimonio o estaban ligadas a la familia real por vínculos de sangre– podían poseer títulos de visires o jueces, jefes o inspectores de médicos, escribas, funcionarias de todos los rangos, o empresarias, realizando todo tipo de transacciones comerciales, trabajos todos ellos que denotaban posiciones de autoridad y responsabilidad. Por otra parte, las pertenecientes a las clases medias e inferiores podían dedicarse a la atención infantil como comadronas y nodrizas; al cuidado del cuerpo y de la salud como masajistas, peluqueras, pedicuras, manicuras, perfumistas, etc; a cargo de la importantísima industria textil del lino en la que el hombre apenas intervino; en la amenización de fiestas y convites o en los rituales religiosos como instrumentistas, plañideras profesionales, bailarinas o cantoras; a la servidumbre en las más ricas o a las faenas agrícolas, cazando aves, moliendo grano o fabricando cerveza, que no sólo era considerada como bebida, sino que formaba una parte importante de su alimentación.

La igualdad social llegaba incluso hasta el apartado de la remuneración económica, donde al parecer tampoco existía la menor discriminación en los salarios.

Respecto a la situación legal de la mujer en el antiguo Egipto apenas han sido encontrados documentos que nos ilustren sobre cuáles eran sus derechos y obligaciones, teniendo que recurrir como únicas fuentes de referencia a las decisiones de los tribunales en la resolución de litigios. De ellos se deduce que su situación legal era muy similar a la de los hombres, sobre todo durante el Imperio Nuevo, en el que el país del Nilo continuó expandiéndose y prosperando hasta alcanzar una sociedad más cosmopolita, y donde la presencia de la mujer en todos los órdenes se hizo más patente. De la documentación obtenida perteneciente a esa época en Deir el-Medina se traduce que podían negociar transacciones comerciales, acudir a la corte como demandantes, testigos o acusadas, o heredar todo tipo de propiedades sin la necesidad de que un hombre actuara por ellas. En cualquiera de los casos, su destacada igualdad respecto al hombre supuso en términos generales una adelantada forma de aplicación de la justicia, equidad que por ende también se veía reflejada a la hora de asignar el castigo que marcaba la ley con la misma rectitud y dureza que se suministraba a los hombres.

El poder de las egipcias

Como es bien sabido, la realeza era fundamental para la visión egipcia del mundo, ya que el faraón representaba la única forma de gobierno que tenía legitimidad al ser el punto de contacto entre las esferas divina y humana. Toda la sociedad egipcia estaba organizada en torno al faraón, y junto a éste, al resto de la realeza integrada por su descendencia –en caso de que la tuviera– y sus parientes femeninos –madre y esposas–.

De todas las mujeres del entorno real las más importantes eran la “madre del rey” y la “esposa principal del rey”, quienes ostentaban una posición que era, hasta cierto punto, divina. A nivel ceremonial se distinguían de las restantes esposas del faraón por su título de reinas, por sus insignias y por el contexto en el que se las representaba. Además, como reinas que eran, se las extraía de la esfera mortal dotándolas de aspecto divino y se las enraizaba en la mitología. A pesar de ello, la realeza por sí misma no era una función abierta a las mujeres de forma normal. El papel de éstas en la esfera real no era otro que el de completar el aspecto divino de la realeza masculina con el de la femenina. En el sentido esotérico la reina representaba el principio femenino del Universo a través del cual el faraón podía renovarse a sí mismo. Es decir, la labor de las mujeres era proporcionar herederos potenciales al trono. Por ello, tanto la “madre del rey” como la “esposa principal del rey” tenían importantes funciones ceremoniales que desempeñar como madre del actual faraón, o del hijo heredero, detentando un poder legítimo especial.

En otras muchas ocasiones la reina poseía más pureza de sangre real que su esposo, debido a que éste, si no lo era, se legitimaba por su matrimonio con una princesa real. Esta legitimación se debe a que, en términos religiosos, la gran esposa real era la encarnación terrenal de las diosas Mut y Hathor –esposas de los dioses Amón y Ra respectivamente–.

Todo esto se vio reflejado desde el principio de la historia de Egipto en los monumentos y templos funerarios. Ya entonces, algunas reinas de las primeras dinastías poseyeron tumbas tan grandes como las de sus esposos faraones, lo que supone en opinión del egiptólogo Esteban Llagostera, “un testimonio de su muy importante situación de solteras, de su herencia, o de su significante posición religiosa, como hijas o viudas de reyes”.

La “primera” faraón de Egipto
Mucho se ha especulado si la reina Merit-Neith, esposa del faraón Dyer, fue o no la primera mujer que gobernó el antiguo Egipto. Vamos a ver qué hay de cierto…
Al compilar su Aegyptiaca –Historia de Egipto o Crónica egipcia–, Manetón, historiador y sacerdote de la época tardía, reflejó una tradición que aseguraba la existencia de una ley promulgada durante el periodo Arcaico o Tinita, según la cual una mujer podía ejercer la función real.

Uno de los valores fundamentales presentes ya en aquella I Dinastía, era que la figura del faraón debía unir las Dos Tierras –el Alto y el Bajo Egipto–. Para ello, se construían dos sepulturas reales durante esa época arcaica: una en Sakkara, en la zona septentrional del país, y la otra en Abidos, en el Egipto Medio –es decir, norte y sur–. Una de las tumbas serviría para la persistencia e inmortalidad de los cuerpos invisibles del faraón, y la otra para el descanso de su momia.

Y aquí viene la sorpresa. Tanto la tumba 3.503 de Sakkara como la tumba “Y” de Abidos corresponden a la reina Merit-Neith, algo extraño ya que sólo un faraón podía disfrutar de ese privilegio.

La custodia del conocimiento sagrado

En el transcurso de la IV Dinastía hubo una reina especialmente enigmática e importante para el tema que nos ocupa. Se trata de Meresanj III, hija de Keops y esposa de Kefrén. Desgraciadamente no existe mucha información sobre ella, pero su fascinante tumba –la mastaba G7530-7540 del cementerio oriental de la pirámide de Keops– nos ofrece datos sumamente reveladores. En ella aparece como sacerdotisa de Thot, el dios del conocimiento y creador de la lengua sagrada –los jeroglíficos–. Esto significa que se trataba de una iniciada, instruida en toda la ciencia sagrada del Imperio Antiguo y poseedora del conocimiento de los escritos rituales de los templos, los conocidos como “La manifestación de la luz divina” –bau Ra–.

Pero, mientras no se pongan de acuerdo los egiptólogos respecto a Merit-Neith, Nitocris es la primera mujer considerada oficialmente faraón reinante, portadora del título de “rey del Alto y Bajo Egipto” tras el breve reinado de su esposo y hermano Merenre II, cerrando la VI Dinastía.

Nitocris subió al trono hacia el 2184 a. de C. y reinó por un periodo de dos años, un mes y un día. Todos los historiadores escribieron maravillas de ella. Flavio Josefo, Eusebio, Sincelo, Sexto Julio Africano… En los pocos fragmentos que nos han llegado de la Historia de Egipto, Manetón dijo de ella que era “…la más noble, la más bella y la más adorable de todas las mujeres de su tiempo. Más valiente que todos los hombres; de bonita figura, dotada de una hermosa piel y de rojas mejillas”. A diferencia de lo acontecido con otras reinas faraón, en el caso de Nitocris tenemos el título explícito de reinante pero no nos ha llegado ningún monumento por lo que, si no ha sido destruida, debe existir su espléndida tumba aún por descubrir y que además guardaría la verdad sobre el enigma de su muerte. Heródoto, en el Segundo Libro de Historia, ofrece una atractiva visión de los hechos aunque algunos historiadores actuales ponen en duda esta versión. De ser cierta, Nitocris sería la perfecta heroína de leyenda, que preparó en secreto la venganza de la muerte de su hermano y marido a manos de unos traidores. Para ello mandó construir una gran sala subterránea y les invitó a un banquete. Llegado el momento, hizo inundar el lugar ahogándolos con las aguas del Nilo. Una vez consumada su venganza, se suicidó. A pesar de que no es éste lugar para extendernos en su muy estudiado reinado, hablar de la mujer en Egipto sin nombrar a Hatsepsut es una irreverencia. Sin embargo existe un detalle muy poco conocido: durante el segundo año del reinado de Tutmosis III, el oráculo del dios Amón situado en el gran patio del templo de Luxor, predijo el futuro reinado de Hatsepsut.

Cinco años después, la reina fue coronada como faraón –probablemente en la ciudad de Heliopolis–, superponiéndose al reinado de Tutmosis III. Reconocida como faraón legítimo por el dios Atum, y siendo Amón el garante de su coronación, ésta se celebró mágicamente en todos los templos del país. Acto seguido, la nueva y flamante faraón recorrió todas las ciudades de Egipto para que fuera acatada por la divinidad propia de cada una de ellas.

La reina del dios Aton

Según muchas inscripciones antiguas, la aparición de los nombres de Akenaton y Nefertiti era inseparable. Se trataba de una unidad real, poseyendo la misma importancia ante el dios Aton o ante cualquier actividad política o sagrada. Incluso se asegura que Nefertiti tenía la facultad de dirigir en solitario los cultos, los rituales y la presentación de ofrendas a su dios. Sin embargo algunos historiadores han apuntado la posibilidad, sobradamente apoyada con indicios, de que Nefertiti llegara a reinar en solitario aunque con otro nombre, ya que hoy en día todavía ignoramos la fecha de su muerte, ni su momia ha sido encontrada. Ello se refrendaría si la reina hubiese sobrevivido al faraón. Veamos.

Algunos expertos consideran la posibilidad de que Nefertiti se convirtiera en la coregente bajo el nombre de Anjetjeperura-Neferneferuaton y que, con el tiempo, adoptara el nombre de Semenjara para gobernar en solitario. De hecho la hermosa y enigmática reina aparece en algunos restos arqueológicos con los atributos propios de un faraón. De ser así, Nefertiti habría sido reina faraón y detentado el poder real tras la muerte de Akenaton hasta que su yerno Tutankamon accedió al trono.

El adolescente Tutankaton legitimó su acceso al trono gracias a su “matrimonio” con Anjesenaton –la tercera hija de Akenaton y Nefertiti– quienes, al retornar al culto de los antiguos dioses, cambiaron sus nombres acatando la terminación de “Amon”. Según las escenas y textos jeroglíficos que aparecen en una capillita dorada del tesoro de Tutankamon, Anjesenamon es presentada como la gran hechicera que, gracias a la realización de rituales mágicos, otorgaba al faraón la energía necesaria para reinar. Realidad o mera casualidad, la verdad es que ningún incidente destacable perturbó los nueve años de reinado del faraón.

Espiritualidad y religión

Aunque existían caminos iniciáticos preparados para hombres y mujeres, participaban de igual modo en los ritos de los templos, sin que su condición social supusiera un impedimento.

En el Tercer Período Intermedio –1069-664 a. de C.– aparece una curiosa e importante figura: las adoratrices divinas. Mientras los faraones gobernaban desde el norte, el sur del país era políticamente independiente bajo el mando de los sumos sacerdotes de Amón. Por ello, y con el fin de seguir manteniendo el control, los faraones delegaron en sus hijas –princesas reales– la representación de sus intereses en la zona, convirtiéndolas en sacerdotisas reinantes de Amón-Ra, cuya toma de posesión era una auténtica coronación.

Durante la etapa final del Imperio egipcio, en el transcurso del período ptolemaico –332-30 a. de C.–, aparece la cofradía de las siete Hator -número sagrado vinculado a la espiritualidad femenina-. Esta congregación de mujeres, que también recibían el nombre calificativo de “las venerables”, eran las encargadas de llevar a cabo las celebraciones de los misterios de la diosa Hator, provenientes de los primeros tiempos de la civilización egipcia.

Tremendamente respetadas, su cometido era el de tratar de mantener la armonía, ahuyentar el mal y auspiciar todo lo relativo a la fertilidad y a los nacimientos. Para tales fines, realizaban potentes ritos mágicos en los que utilizaban diez elementos sagrados que todavía podemos ver representados en las paredes del templo de la diosa Hator en Dendera. Según narran las crónicas eran difíciles de reconocer, pero merecía la pena solicitar su generosidad ya que tenían la capacidad mágica de conceder longevidad, salud y descendencia.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (10)   No(0)
3/24
Comparte esta noticia  Compartir en Wikio Compartir en Del.icio.us Compartir en Digg Compartir en Technorati Compartir en Yahoo Compartir en Google Bookmarks Compartir en Fresqui Compartir en MySpace Compartir en Meneame compartir en Tuenti Compartir en Facebook compartir en Twitter

Foro(s) asociado(s) a esta noticia:

  • La mujer en el Antiguo Egipto

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    3910 | rosy-rouse - 06/07/2009 @ 18:26:52 (GMT+1)
    Fijate, y en este articulo no se desprenden todas las prerrogativas de las que gozaban. Mis niñas preferidas: Hatsetsup, la bruja de Nefertiti y la mas grande, Cleo (patra, claro).
  • Comenta esta noticia



    Normas de uso
    • Esta es la opinión de los internautas, no de Akasico.com
    • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
    • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
    • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.