Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
La presencia de sectas ocultistas, escuelas iniciáticas y similares viene apareciendo con creciente asiduidad entre las páginas del cómic. Para algunos, el fenómeno solo supone una moda pasajera sin otro interés que la curiosidad. Otros, sin embargo, hablan ya de una nueva corriente para afrontar la supervivencia de un medio en constante evolución.
Contemplado desde un prisma práctico, para nada debería extrañar demasiado que en determinados cómic haga acto de presencia una cierta simbología ocultista. O cuando menos, salgan a relucir las habituales maldades de algún sectario, empeñado –¡caramba!– en dominar el mundo merced a un abominable plan. Al fin al cabo, son ideas surgidas de la imaginación del guionista intentando captar la atención del lector.
Al respecto, el escritor e investigador Peter Glitlitz ya apuntó hace unos años qué elementos permitirían definir, entre otras cosas, a una sociedad secreta, y por qué atraen el interés de neófitos y foráneos. De entrada, el secretismo inherente supone un innegable atractivo, pues salvaguarda misterios, entresijos y confidencias vedados al gran público. Únicamente a unos pocos escogidos se les permite acceder a tales conocimientos para obrar en consecuencia, o juramentarse hacia un objetivo concreto, a veces delictivo.
El mero entendimiento o la intencionalidad, sin embargo, apenas bastaría de no mediar el siguiente elemento: la discriminación. El hecho de ser aceptado en un grupo y compartir sus ideales a duras penas mantendría la cohesión interna, haciéndose preciso establecer una condiciones para escoger sólo a los más aptos, a aquellos capaces de comprender y mantener los secretos.
Faltaría por citar un tercer elemento, que marcaría un antes y un después del ingreso en las citadas sociedades. El juramento de silencio asociado a un ritual de iniciación, convierte al iniciado en miembro –vitalicio– de una entidad diferenciada y singular, apoyado por la liturgia correspondiente. Tras la ceremonia, no hay marcha atrás y cualquier posible intento de deserción conlleva a represalias bastante extremas y desagradables.
Estas condiciones ya aportarían de por sí unos mínimos alicientes para justificar la comparecencia de estos grupos en una portada a todo color, si bien cabría añadir cierta circunstancia definitiva. “En plena era de la banda ancha este producto continúa siendo artesanal ni se publica en medios multitudinarios; aún siguen leyéndolo minorías”, apuntaba Sergi Puertas en el “X Salón del Manga-Cómic” de L’Hospitalet (Barcelona).
Conspiradores en evolución
Echando la vista atrás en la historia del cómic, localizar uno de tales grupos en absoluto supone una ardua tarea. La típica entidad criminal, como la Mafia o la Garduña solía figurar asiduamente en los pulps anteriores a la II Guerra Mundial, traspasando su ámbito al dibujo impreso. Aunque originaria de EEUU, la moda adoptó características atemporales y universales para mayor lucimiento del justiciero de turno.
Al margen de algún que otro malévolo villano, preferentemente de origen oriental, los dibujantes preparaban una particular puesta en escena. ”Junto a animales monstruosos y tiranos, se incluían sectas” rememoraba F. Moreno Santabárbara en un artículo publicado en la extinta Comix Internacional “cuyos miembros se disfrazaban de lobos, vampiros e incluso tiburones, efectuando sacrificios a un gran ídolo”. Por norma, se les veía sojuzgando a la población, justificando la debida reacción.
Huelga añadir que la inteligencia de estos “chicos malos” dejaba bastante que desear, con lo cual la trama podía resolverse en unas pocas tiras. Los lectores de más edad sin duda recordarán las componendas del Hombre enmascarado a la hora de arrinconar malhechores, emulado más adelante por Dick Tracy y otros personajes de ideas similares.
En contadas ocasiones, autores de singular sensibilidad presentaban una visión algo más evolucionada, aportando motivaciones de mayor fuste. Tal fue el caso de las primeras entregas de Flash Gordon, perfiladas por Alex Raymond, donde el protagonista viaja al planeta Mongo enfrentándose a Ming el cruel, un déspota parecido al mítico Fu-Man-Chu. Bandas irregulares de “hombres libres”, integradas por artesanos y técnicos de ideas liberales, ayudan a Gordon en secreto hasta conseguir derrocar a tan siniestro monarca.
Con el inicio de la Guerra Fría y la política de bloques, el panorama dio un salto de tuerca, aparte de una clara diferenciación de conceptos. El temor nuclear junto al telón de acero comunista daban pie a organizaciones que mezclaban el espionaje con oscuras actividades poco recomendables para el ciudadano bienpensante.
Por el contrario, en Europa la inclusión de grupos secretos adquiría un tinte más ocultista. Frente a las radiaciones mutantes de la Marvel Comics Group, el viejo continente respondía con elementos de intriga que mezclaban por igual historia y tradiciones ancestrales. Como ejemplo, el binomio Uderzo&Goscinny no dudaban en describir el modus operandi de los druidas en álbumes de Astérix, su hermandad y reuniones junto a un dolmen, entre otros símbolos asociados con el culto celta.
Lo mismo sucedió con el belga Hergé, padre literario del famoso Tintin. Inadvertido para el gran público, este periodista que jamás envejece entra de lleno en el mundo de las tríadas chinas, sectas espiritistas, chamanes andinos, etc. Bien es verdad que la cita con el misterio resultaba esporádica, pues las bandas de delincuentes internacionales fueron más populares. Pero, cuando menos, supuso un interesante punto de partida seguido por una generación posterior de dibujantes.
Acólitos en alza
“He oído que la mejor forma de progresar es unirse a los masones,¿Podría hablar en mi favor, señoría?” Explicaba un rufián en la aventura From Hell –Alan Moore, 1993–. La crisis intelectual arrastrada desde los últimos veinte años también dio al traste con el cómic basado en argumentos terroríficos, del tipo Creepy o Historias de la cripta. Se trataba de ofrecer una visión bastante particular de las sectas satánicas o el culto a deidades caóticas, solo que fracasaron sus índices de ventas, obligando a inventar contenidos alternativos.
De ahí vino que en un tiempo record se entrase de lleno dentro de las sociedades secretas por antonomasia, esto es, las logias masónicas. Y, si con ello no bastase, siempre queda la opción de recrear los viejos miedos provocados por el nazismo. Sobre ese punto en particular, hace justo una década vio la luz Hellboy, una atípica fábula sobre demonios que cazan demonios donde la Sociedad Thüle o la Deutches Ahnenerbe –rama esotérica de las SS– acostumbran a amenazar la democracia mediante planes apocalípticos.
“Los nazis siempre estarán de moda”, manifiesta el creador de este pastiche, Mike Mignola: “Y en este caso, –mis– nazis van al espacio, desentierran vampiros o convocan demonios para destruir a la humanidad”.
La otrora aludida masonería, curiosamente, se ha visto mejor descrita en el cómic de procedencia europea. Y, tal vez, nadie más indicado para ello que el rotulista italiano –y masón– Hugo Pratt, quien de manera sutil introdujo parte de la simbología y rituales empleados en varias de sus historias. Su alter ego, el marino y aventurero Corto Maltés, sirve de nexo de unión con dicho colectivo, que de cuando en cuando apoya al argumento desde un discreto segundo plano.
En el lado contrario, tampoco faltan los detractores de las logias, que emplean el cómic para cargar contra éstas. Al respecto, la organización norteamericana Free the Masons Ministres difunde su mensaje mediante tiras de dibujos o, en su defecto, las redistribuye a través de Internet. Oscilando entre ambos extremos, coexisten artistas de la viñeta que urden tramas intercalando los consabidos distintivos, palabras-clave, etc. Describir todas y cada una de las muestras de esta corriente superaría la extensión del artículo, si bien sería factible establecer un común denominador. Frente a la logia descrita, acostumbra a oponerse una institución de cierta influencia –verbigracia la Santa Sede–, que no tardan en atacarse mutuamente al hacer acto de presencia un involuntario protagonista, el cual acaba removiendo un socorrido aunque irresoluto enigma.