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Hemeroteca :: Edición del 01/12/2006 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/12/2006@00:00:00 GMT+1
Descubierta para el mundo de la arqueología en el año 1873 por José Ramos Orihuela, propietario de los terrenos, mientras realizaba un desmonte para su uso agrícola, la Cueva Pintada de Gáldar forma parte de un conjunto mucho más amplio que reúne más de sesenta viviendas aborígenes y un entramado de cuevas trogloditas excavadas artificialmente en la toba volcánica. Se encuentran en una amplia zona rica en yacimientos arqueológicos, como los de El Agujero y La Guancha, en la costa galdense, o los emplazamientos mucho más cercanos del Barranco del Hospital y Huerta del Rey, lugar éste último en el que también existían cuevas artificiales pintadas, todo ello como parte del poblado aborigen de Agaldar. Además, a menos de 250 metros podemos encontrar la iglesia de Santiago de los Caballeros y su plaza de Gáldar, donde la tradición sitúa el Palacio de los Guanartemes, los señores o jefes tribales de la Isla, así como recintos rituales sobre los que se edificó el primitivo templo y por medio del sincretismo cristiano se sustituyeron las divinidades aborígenes por las advocaciones de los conquistadores.
En la Cueva Pintada se localizaron en el momento del hallazgo algunos cadáveres, vasijas y otros vestigios arqueológicos, así como pequeños ídolos evocadores de la fertilidad y pintaderas con esquematizaciones astrales. Sin embargo, lo que llamó rápidamente la atención de historiadores, viajeros y lugareños fueron las pinturas que decoraban sus paredes, una singular decoración de formas geométricas que terminaría por dar nombre a un conjunto arqueológico para el que se han arrojado dataciones por carbono 14 que van del siglo VI al XVI.

Desde entonces, la fortuna no parece haber acompañado al emplazamiento más importante de la prehistoria de Gran Canaria, de cuya dimensión mágico-religiosa pocos dudan. El techo de las cavernas fue levantado y su interior se rellenó de tierra, usándose el lugar para cultivos que perjudicaron seriamente la conservación de la decoración. Durante décadas, el estiércol y los cerdos ocuparon lo que antaño había sido un importante lugar de culto y espiritualidad aborigen. Las cosas comenzaron a cambiar para bien en 1970, cuando se inició la primera campaña seria de trabajo y las labores de protección. Tres ídolos, varios sellos pintaderas de arcilla y cerámica aparecieron en el lugar, declarándose dos años después, en 1972, Monumento Nacional. Desde entonces, las labores de restauración y las excavaciones se han sucedido, proporcionando datos sorprendentes que no dejan de asombrar a los investigadores.

La sala principal –que posee las pinturas mejor conservadas, gracias a que su techo no pudo ser levantado–, tiene una forma rectangular, midiendo la pared derecha 4 metros de largo, algo más la de la izquierda, y 4,90 m. la del fondo, separadas de un techo plano a una altura de 4 m. La decoración, en rojo y blanco, con zonas ennegrecidas y tonos grisáceos y amarillentos en algunas partes, resulta espectacular. Circunferencias concéntricas, zócalos y cornisas con cuadrados y triángulos rojos y blancos, configuran los elementos decorativos. La impresión al situarse frente al panel decorado es la de estar en un espacio sagrado, escenario de ceremonias que ni tan siquiera podemos imaginar. La cámara está protegida por un cristal que ayuda a mantener las mejores condiciones para la conservación de las pinturas mediante un moderno sistema de climatización, y que permite al visitante contemplarlas a escasos metros de distancia sin dañarlas. En el suelo se observan numerosas perforaciones que se cree pudieron servir para albergar recipientes de uso ritual o incluso ídolos y ofrendas. Los arqueólogos encargados de los trabajos aseguran haber localizado hasta un millón de piezas de interés, que se almacenan en los depósitos de las instalaciones hasta que puedan ser debidamente estudiados en el laboratorio del centro. Se trata de un material recogido en su mayor parte en las catorce campañas de excavación realizadas desde 1987.

Un espacio sagrado

Gregorio Chil y Naranjo, Diego Ripoche y la británica Olivia Stone se percataron de la importancia del enclave y, en 1887, fue el francés René Verneau quien visitó la cueva cuando su conservación aún era notable, realizando una de las más minuciosas descripciones, de la que transcribimos la referente a la pared del fondo:
«Contiene la mayor variedad de dibujos y de colores. Aparece la cornisa citada en las otras dos paredes, pero aquí interrumpida en el centro por los triángulos, los de arriba de color rojo y los de debajo de color ceniciento; una segunda banda semejante existe debajo de la primera, pero solamente en una corta extensión. Más abajo, en la zona media, se observan tres filas superpuestas de triángulos negros bordeados por una raya roja; después, a cada lado, cuatro cuadrados, dos de ellos rojos y los otros dos negros. Vienen a continuación, a derecha e izquierda, dos bandas verticales simétricas, de color ceniciento, sobre las cuales aparecen ángulos en rojo. Finalmente, entre bandas y los extremos de la pared se ven a una y otra parte, tres filas horizontales de triángulos alternativamente rojos y negros; todos estos triángulos están perfilados por líneas blancas».
¿Qué significado tiene esa decoración? Sin duda el aspecto que ofrece delata su notoriedad, tal vez como lugar de reuniones para la toma de trascendentales decisiones comunitarias, como recinto religioso o como lugar de administración de justicia… De nuevo carecemos de respuestas. Una hipótesis interesante vincula la geometría de la decoración con una suerte de calendario agrícola, mientras que hay quién ve símbolos de fertilidad y esquematizaciones de sus divinidades astrales en sus formas. Aunque el lugar no admite orientaciones astronómicas, la hipótesis de encontrarnos frente a representaciones de corte astral de la cosmogonía aborigen, conectada a creencias post mortem y cultos funerarios, goza de la simpatía de los investigadores.

Interpretaciones más recientes asocian también este enclave con un hipogeo feno-púnico, posibilidad sin duda apasionante que encajaría con la existencia de otros vestigios de la misma procedencia, como las representaciones de la diosa Tanit localizadas en Fuerteventura y Lanzarote, o los curiosos enterramientos infantiles en vasijas. La elección de Canarias como colonia feno-púnica estaría justificada en el comercio del garum, la célebre pasta fermentada de pescado de la que este pueblo de navegantes y comerciantes tal vez se aprovisionaba en la antigua Agaldar.
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