- Fray Ernesto, ¿puede venir a la basílica?
- ¿Ocurre algo con la Virgen?
- Sí…
¿Todo es posible en Granada?Al día siguiente, las portadas de los diarios locales Ideal y Patria no se hacían eco de otra noticia. «Conmoción popular: ¿Surcos de sangre en la imagen de la ‘Virgen de las lágrimas’?»… «Una imagen de la Virgen apareció con cuatro lágrimas de color sangre en el rostro. El hallazgo, hasta ahora no explicado, ha causado conmoción en los fieles». En un solo día, más de cincuenta mil personas desfilaron frente a la capilla para contemplar una Virgen cuyo rostro escultórico, por si no era lo suficientemente angustioso, había amanecido cobrando mayor dramatismo: cuatro hilos de sangre pincelaban sus mejillas descendiendo hasta las tristes comisuras de los labios. Días antes, un grupo de devotas se había percatado de unas curiosas manchas de sangre entre los pliegos del bordado de seda que la Virgen porta en una de sus manos. Discretamente, el padre prior decidió retirar el pañuelo, sustituyéndolo por otro después de guardarlo en un sobre.
El impacto que había generado la noticia del supuesto milagro entre la opinión pública, y la posibilidad de que el hecho fuera desmentido posteriormente, obligó a las autoridades eclesiásticas a obrar con excesivo celo. Pero, aunque una nota difundida por el arzobispado y publicada en los periódicos locales, recomendaba prudencia entre los feligreses, la emotividad que generaba aquella imagen dolorosa del siglo XVIII «llorando» sangre era demasiado conmovedora. «Nunca he sentido una cosa igual… –reconocía una mujer entrevistada por un periódico local después de ver la imagen–. Sin duda es un milagro de la Virgen ante la situación de falta casi total de espiritualidad que padecemos».
La Virgen es en realidad un busto de medio cuerpo, probablemente obra del escultor José de Mora o de alguno de sus discípulos, que inmortaliza lo que se conoce como una «Dolorosa», aunque las características lágrimas de cristal que el artista había añadido al rostro contribuyeron a que la devoción popular la bautizara como «Virgen de las Lágrimas». Propiedad de una familia particular de Albuñuelas (Granada), durante el terremoto que asoló esta localidad en 1884, la figura fue rescatada ilesa de entre los escombros de la vivienda, completamente derruida, en la que se guardaba. Sería entre 1916 y 1918 cuando la escultura fue llevada a la capital granadina, siendo finalmente donada por don Modesto Velasco a la Comunidad de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios apenas ocho años antes de que se convirtiera en noticia. Podía ser vista entonces en una capilla situada en los laterales del templo, protegida tras el cristal de una hornacina cerrada bajo llave. Una llave que, según fray Ernesto Ruiz el padre prior de la Orden, no estaba al alcance de ningún otro miembro de la congregación…
¿Fraude o milagro?La incógnita en torno a un asunto que hoy día se habría zanjado rápidamente, como era dictaminar la naturaleza de la sustancia roja que bañaba los pómulos de la Virgen, se prolongó durante días. Un médico forense recogió muestras del pañuelo manchado de rojo para su análisis. Por su parte, un experto en arte manifestaba la dificultad que entrañaba la realización de un fraude y las autoridades eclesiásticas seguían insistiendo en recomendar cautela hasta que la investigación pericial comisionada por el Arzobispado obtuviera un diagnóstico concluyente. Mientras tanto, ni la Policía ni la Guardia Civil podían contener por más tiempo a una masa enfervorizada de miles de personas que, al grito de «la Virgen es de todos, queremos verla», se manifestaban con vehemencia cada vez que el que el horario de visitas obligaba a cerrar las puertas de la basílica a primeras horas de la noche. Y el padre prior reconocía a la prensa que no podía dormir ante la magnitud que había adquirido el fenómeno… «El mayor milagro de la Virgen es que se aclare todo –confesaba impotente fray Ernesto a los periodistas–. Ya no sabemos qué decir ni qué hacer; hemos
hecho todo lo que podíamos. Hemos investigado por nuestra cuenta a los muchachos de la casa, las chicas de la limpieza… Hubiera sentido menos que se hubieran llevado de la iglesia una obra de arte».
Broma de mal gusto o manipulación con oscuras intenciones –hubo quien denunció una «maniobra de distracción» que coincidía con circunstancias de tensión política y la proximidad de las elecciones generales en España–, el propietario de la escultura, don Modesto Velasco, sugirió que ésta pudo haber sufrido algunos «retoques». Sin embargo, y a pesar de la atención que los periódicos locales prestaron en los primeros días al suceso, el seguimiento de la noticia se interrumpió drásticamente sin que los devotos de la imagen conocieran finalmente el veredicto oficial del expediente de investigación iniciado por la autoridad eclesiástica. Una breve, y casi desapercibida, reseña informativa mencionaba, por parte del Arzobispado, que no se había evidenciado «ningún indicio de intervención sobrenatural».
La noche del 19 de mayo la «Virgen de las Lágrimas» fue sacada de su capilla e introducida en una urna especial por una delegación del Arzobispado, con el pretexto de someterla a una investigación exhaustiva. Al día siguiente todavía se aglutinaba un grupo de decenas de personas frente a la hornacina vacía. Desde aquel día y hasta la fecha, nunca más se supo sobre el paradero de la escultura. Algunos llegaron a asegurar que había sido llevada en secreto hasta el Vaticano.
Don Modesto Velasco, quien muy amablemente decidió romper su silencio para hablar con AÑO CERO, espera recuperar algún día la imagen que, desde hace casi un siglo, ha pertenecido a su familia. Todavía no ha obtenido una respuesta oficial por parte de las autoridades eclesiásticas, pese a que él ha preferido guardar un prudente mutismo sobre lo que ocurrió realmente el 13 de mayo de 1982, cuando uno de los miembros de la congregación hospitalaria de San Juan de Dios decidió gastar una piadosa broma a los feligreses. Mientras tanto, y muy probablemente, la imagen de la Virgen de las Lágrimas esté durmiendo alejada de las miradas de curiosos, abrigada en el interior de un hermético baúl polvoriento en los oscuros sótanos de un edificio eclesiástico de Granada. Tal vez todavía esté llorando, esta vez con razón… y nadie lo sepa.