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Hemeroteca :: Edición del 01/01/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/01/2005@00:00:00 GMT+1
Una silenciosa guerra de religión ha dado forma a las fiestas tradicionales. El Árbol se enfrentó al pesebre, Santa Claus combatió contra los Magos y el acebo destronó al muérdago. Al embate cristiano contra el paganismo, se sumó la pugna entre católicos y protestantes, latinos y nórdicos, norteamericanos
y europeos.
La representación del nacimiento de Jesús y la Adoración son casi tan antiguos como la Iglesia de Roma. Los primeros testimonios datan del siglo IV. En el siglo VII ya existía una recreación formal de la gruta de la Natividad en la basílica romana de Santa María la Mayor.

Durante la Edad Media, esa tradición se consolidó en forma de dramas evocadores de la Natividad, escenificados en las Iglesias. En ocasión de la misa de Navidad solía representarse el episodio evangélico del nacimiento de Jesús con la participación del pueblo. Una madre con su hijo de pecho, o una doncella con un niño, recibían la visita de algunos pastores tan reales como la vida misma. A un vecino barbudo se le confiaba el papel de San José. El agraciado debía soportar el abucheo de todo el auditorio cuando pretendía tocar al niño. Pero de aquellos primeros belenes vivientes y festivos nació un género teatral.

En el siglo XII, el anónimo conocido como Auto de los Reyes Magos empezaba con un Gaspar maravillado ante la visión de la Estrella de Belén. Hoy esta pieza de probable origen catalán es una referencia obligada en la historia de la literatura mundial.

La representación de un drama litúrgico de este género conmovió a San Francisco de Asís. Y en 1223, con la autorización del Papa Honorio III, este santo fabricó el primer belén navideño del que se tiene noticia en una gruta de la Toscana italiana: un niño Jesús esculpido en piedra, acostado en el pesebre, entre un buey y un asno vivos. Franciscanos y monjas clarisas lo difundieron por toda Italia y la aristocracia lo adoptó como costumbre.

El sentimiento popular

Sin embargo, a pesar de contar con el aval oficial del Papa el belén de San Francisco no se inspiraba sólo en el Evangelio canónico, sino también en apócrifos condenados por la propia Iglesia en el siglo IV, como el Pseudo Mateo. Esto tiene un significado reseñable, porque indica que nació con vocación integradora, abierto a la religiosidad popular y al material dorado de la leyenda, generando así un ámbito de comunión alejado de la seriedad teológica y doctrinal. El rey Carlos III traería esta moda desde Nápoles a España en el siglo XVIII. Su famoso Belén del Príncipe –una esmerada obra realizada por artistas valencianos a pedido del monarca– puede admirarse hoy en el Palacio Real.

Entre las señas de identidad de esta representación de la Natividad destacan los animales. Al buey y al asno pronto se añadió el gallo, que asumió el papel del ave anunciadora del advenimiento de Cristo a todas las criaturas. Con los años, la imaginación popular fue agregando otros elementos característicos para recrear la vida cotidiana, dando realismo al nacimiento.

Desde este punto de vista, el detalle más curioso lo constituyen esas figuras de pastores o campesinos representadas en cuclillas y en el acto de defecar, conocidas como cagoner, caconi, caganceiros, cagoneras o cagones, según las regiones y países. Son imágenes que aparecen incluso en la sillería de la Catedral de Ciudad Rodrigo (Salamanca), en algunas fachadas de Iglesias del siglo XV y hasta en un magnífico relieve en mármol denominado La Virgen y la montaña de Montserrat, obra anónima del siglo XVII que se conserva en Valencia.

En el siglo XVI, la Reforma protestante se mostró hostil al belén, que hasta entonces gozaba de excelente salud en Alemania, cuna de uno de los primeros belenes históricos: el de Fussen. El rechazo protestante inspiró una reacción católica y movilizó a los jesuitas –la milicia de la Contrarreforma–, que promovieron las asociaciones de «amigos del belén». El resultado de esta peculiar batalla fue su amplia difusión y democratización en los países católicos, donde se transformó en un escenario hogareño habitual en las casas de la burguesía durante el siglo XIX. En el siglo XX la costumbre se extendería a las clases medias acomodadas.

Sin duda, el término «belén» también contenía un simbolismo de profunda resonancia espiritual, ya que esta palabra significa «la casa del pan» y alude a Cristo como «pan que da la vida». Actualmente, este significado original de la Navidad se ha perdido para la gran mayoría y esta festividad cristiana ha llegado a homologarse con la tradición pagana de la Nochevieja y el Año Nuevo, pero en sus inicios mantuvo un vínculo estrecho con el sentimiento religioso popular.

Los sones navideños

Si el belén nacido en Italia aportó la imagen navideña más clásica en los países católicos, el villancico español se había anticipado a su introducción en la Península, creando la música más adecuada. Este género aparece ya en el siglo XV, como forma de acompañar la representación de los Autos de Navidad con una cantata en el interior de la propia iglesia, que originariamente fue monódica y más tarde derivó en polifónica, cuando al solista se sumó el coro.

Probablemente, su origen consistió en adaptaciones de poemas profanos medievales de amor humano, reconvertidos en temas de «amor a lo divino». Así lo sugiere su forma clásica –muy próxima a las estructuras medievales–, que consiste en un estribillo seguido de una estrofa y rematado por una coda que retoma el tema inicial.

Ese el siglo XV, Gómez Manrique inició la tradición autóctona con una canción navideña. En los siglos de oro de las letras españolas, este género adquirió un enorme prestigio gracias a poetas de la talla de Lope de Vega y Luis de Góngora. Su éxito fue clamoroso. Entre 1588 y 1605 se llegaron a publicar tres antologías de villancicos en España. Y antes de que acabara el siglo XVII la entrañable tradición desembarcaba en América.

La fecha clave de este hito histórico se remonta al año 1689, cuando en la catedral de Puebla se cantó el primer villancico nacido en el Nuevo Mundo. Su autora fue la poetisa y mística mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, mujer de amplia cultura humanística, admiradora de la poesía de Góngora y uno de los talentos más destacados de la poesía hispanoamericana.

El Árbol de luz

El Árbol navideño proviene de una tradición diferente. Símbolo universal como Árbol de la Vida desde antiguo, su conversión en un emblema navideño se produjo en los países nórdicos, donde existía una tradición pagana del Árbol de Luz (Lichterbaun). En el ciclo artúrico y griálico, se prefigura su adopción por el cristianismo, cuando Parsifal –el caballero de corazón puro que llega a la corte de Arturo en Pentecostés– tiene la visión de un Árbol de Luz con el niño Jesús en su copa.

En Europa, su origen precristiano lo asociaba con el roble, árbol sagrado de los druidas, y también con otras especies veneradas por los pueblos autóctonos, como el pino. Pero la Iglesia acabó por imponer el abeto, argumentando que su forma triangular era más apropiada a la Trinidad, del mismo modo que desplazó al muérdago –planta sagrada de la antigüedad, traída como un don por los dioses a la Tierra– en beneficio del acebo, o que prefirió la piña a la manzana como símbolo de inmortalidad. Aunque esta última parecía idónea, porque al cortarla por la mitad sus semillas dibujan una estrella de cinco puntas evocadora de «la Estrella de Belén», estaba demasiado asociada con la iconografía de Venus –diosa del amor, famosa por su tendencia a incurrir en adulterio–, aparte de que también se había convertido en la fruta del Árbol del Conocimiento del Génesis en la imaginería popular, que la vinculaba con las ideas de tentación y pecado original.

En el siglo XVI, Martín Lutero adornó el abeto con velas, transformándolo en una representación del Árbol Cósmico. En el siglo XVIII, los sopladores de vidrio de Bohemia impusieron las bolas de colores brillantes que han perdurado hasta el día de hoy como un emblema del cielo estrellado.

En cualquier caso, el Árbol aporta elementos de notable interés. Por un lado, establece un vínculo con las tradiciones paganas en calidad de «Eje del mundo», símbolo del principio masculino que sirve de puente entre la Tierra y el Cielo. Su raíz se hunde en el «Ombligo del mundo», apuntando al centro de Gaia como matriz materna de la vida, y su copa se alza hacia el firmamento paterno, que tradicionalmente representa el ámbito celestial. Por otro, la inclusión de la Estrella de Belén en la cima funde en un único emblema sagrado a todos los antiguos cultos estelares de egipcios, persas y babilónicos y les convierte en anunciadores del nacimiento del Mesías cristiano.

Con el tiempo la vieja hostilidad ha desaparecido. Hoy el Árbol y el belén conviven en pacífica armonía, como los Magos de Oriente y Santa Claus. Nuestras navidades se han convertido así en un escenario sincrético y hospitalario, acorde con una cultura planetaria y democrática.

En este nuevo ámbito, el antiguo culto del árbol integra numerosas tradiciones, como el que recoge la Festa del Pi catalana y mallorquina, una costumbre que también se observa en Francia –bûche de Nöel– y en otros países europeos.

El tió catalán es el tronco de un pino talado para esa ocasión, quemado en el hogar, como símbolo del fuego solar que se pretende reavivar en el momento en el cual los días empiezan a alargarse y las noches a acortarse. En una oquedad del tronco se esconden golosinas y regalos, que salen a la luz por medio del apaleamiento del tió, como animados por una varita mágica.

Pero las formas que adquiere este simbolismo del árbol y el fuego son enormemente variadas, incluso sin abandonar la Península ibérica. En todos los casos, es frecuente que a las cenizas del tronco o leños quemados se le atribuyan efectos mágicos y virtudes sanadoras variadas, según algunas creencias que, seguramente, se remontan a la noche de los tiempos.

Juguetes y regalos

Si la Natividad inicia el ciclo del solsticio de invierno el 25 de diciembre, la Adoración de los Magos lo cierra el 6 de enero. Originariamente, Santa Claus –el hijo americano del Klaus holandés, primo hermano del Papá Noel francés y del Padre Invierno británico– repartía sus regalos en 8 de diciembre. Pero la costumbre trasladó su día al 25 de diciembre, en competencia con la tradición católica de hacer coincidir los regalos infantiles con los presentes que los Magos hicieron a Jesús en el pesebre, en la festividad del 5 de enero.

De todos modos, el Santa Claus nórdico y anglosajón se inspiró en dos fuentes muy distintas: una pagana y otra católica.

La primera aportó la personificación del invierno, que hunde sus raíces en la cultura vikinga. La segunda nació del culto popular a un obispo católico del siglo IV, histórico como la vida misma y famoso por sus milagros y su generosidad, que le llevó a prodigar todos sus bienes entre los pobres. La leyenda piadosa atribuyó al buen San Nicolás numerosos prodigios, entre ellos el de dar evangélicamente, sin darse a conocer. Así, por ejemplo, en una ocasión dejó caer por la chimenea de una casa bolsas con monedas de oro para aportar la dote con que casar a tres jóvenes, cuyo padre arruinado estaba a punto de casar con quien pagara el precio.

Sin embargo, mucho más tarde el pobre Nicolás vería cómo se le privaba de su hábito y tocado obispal. Su imagen fue reconvertida en la de un gnomo regordete de resonancias paganas, evocador de los duendes buenos, y se le enfundó en un traje rojo, añadiéndole un gorro picudo de idéntico color. En el siglo XIX, los americanos decidieron motorizarlo, dotándolo con el famoso trineo volador tirado por renos y suavizaron su aspecto inicial de gnomo hasta transformarlo en un señor gordo y bonachón, con abundante melena de plata y largas barbas blancas como la nieve. De la memoria de su antiguo modelo pagano conservaría su residencia en el Polo Norte y del San Nicolás cristiano y legendario le quedaría la costumbre de entrar por las chimeneas para dejar regalos a los niños buenos.

La nueva generación –que nada sabe de antiguas guerras, pero sí mucho de sacarle partido a la tradición–, se ha apuntado al Santa Claus americano sin renunciar a los Reyes Magos católicos, como una forma de recibir regalos en ambas fechas.

En origen, el presente navideño era un símbolo mediante el cual se expresaba el deseo de distinguir al beneficiario con un amuleto de buen augurio para iniciar el nuevo año. En este sentido, representa un gesto afectuoso, mediante el cual se pretende enseñarnos un valor espiritual: la alegría de dar.

Del ágape al banquete

Actualmente, el banquete copioso y bien regado en vinos diversos, es una seña de identidad que tienen en común Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo. Sin embargo, al principio se solía ayunar en vísperas de la Navidad. La comida después de medianoche era frugal y conservaba un sentido cercano de ágape ritual. La ingesta se limitaba a una simple colación, a la que con el tiempo se añadirían verduras, frutas y dulces, pero excluyendo la carne. Cuando también se hizo costumbre añadir pescado, se abrió de par en par la puerta al banquete navideño moderno. Pero el primer ancestro de los postres, panetones y roscones, fue simplemente un pan especial llevado a la iglesia para ser bendecido durante la misa de medianoche De este «pan de Navidad» sólo se comía un trozo. El resto se guardaba como remedio mágico para usarlo en caso de enfermedad, una costumbre que más tarde se extendería a los bollos y al roscón de Reyes.

En el corazón de las navidades convergen muchas culturas, cuya memoria reclama nuestra atención. Tal vez, sería enriquecedor que aprovecháramos el ciclo festivo para pensar en su significado. Los símbolos que se concentran en este escenario evocan la idea de nacimiento y renacimiento, el Sol que muere con el día más corto del año para volver a renovar el ciclo. De ahí que la ubicación de fin de año y Año Nuevo a mitad del ciclo del solsticio, que se extiende de Navidad a Reyes, esté cargado de referencias cósmicas y aluda al cielo y a los ritmos estacionales. La Navidad cristiana no ignora este simbolismo ancestral y pagano, pero se erige en una imagen cristalizada que, a través del belén y el Árbol, actualiza un evento único: la irrupción de Dios en la historia, encarnando una existencia mortal, para conferir inmortalidad a la aventura del hombre.
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