Última actualización 01/01/2005@00:00:00 GMT+1
A finales de octubre, la revista científica Nature confirmaba que hasta tiempos recientes existió otra humanidad de hombres diminutos que vivieron en una isla de Indonesia. ¿Acaso se trata del pequeño yeti del que hablan las tradiciones? Las últimas investigaciones podrían confirmar que todavía siguen existiendo…
Bruno Cardeñosa
Eran leyendas estúpidas. Habladurías que surgen de lo más profundo de la ignorancia de tiempos pasados. Una forma de irracionalidad que se perpetúa con el tiempo. La verdadera demostración de que el folclore es un mal a extirpar de las sociedades modernas. Pura fantasía. Auténtico mito. Tonterías de un pueblo que no logra salir de su aislamiento científico. ¿Seres con aspecto humano de apenas un metro de altura? ¡Imposible! ¡Ridículo! ¡Estúpido! Todo esto y mucho más pensaban las mentes preclaras de la ortodoxia científica cuando oían hablar de aquellos pequeños hombrecillos que habitaban las selvas de la isla lejos de la amenazante presencia del hombre moderno…
Pero la versión científica oficial puede empezar a modificarse a raíz del descubrimiento en la isla de Flores, en Indonesia, de restos fósiles de un homínido de apenas un metro de altura que habitó en aquellos lares hasta hace al menos 12.000 años. Se trata del hallazgo paleoantropológico más sorprendente de los últimos tiempos. Fue presentado ante la opinión pública a finales del pasado mes de octubre en la revista Nature, la publicación científica más respetada del mundo. Lejos de los intereses de las publicaciones comerciales, lo que publica ésta pasa a considerarse “verdad científica”. Para que una investigación de estas características llegue a sus páginas, los responsables del estudio entregan un trabajo que será sometido –antes de recibir “luz verde”– a una suerte de juicio por parte de otros expertos, que tratan de contrastar por diferentes vías la veracidad del hallazgo de lo ofrecido por el texto.
Homo floresiensis
El descubrimiento ha sido efectuado por un equipo de científicos y paleoantropólogos de Indonesia y Australia liderado por Peter Brown. Lo que descubrieron en el año 2003 fueron restos fósiles pertenecientes a varios individuos en el interior de una cueva. Uno de aquellos cadáveres milenarios correspondía a una mujer de unos treinta años de edad, a partir de cuyo esqueleto se han efectuado los correspondientes bocetos.
Las dataciones efectuadas han determinado que aquellos individuos vivieron hace 18.000 años, aunque pudieron haber sobrevivido varios milenios más. La sospecha es que pudieron extinguirse 12.000 años atrás, cuando una erupción volcánica provocó la extinción de muchas especies de la pequeña isla de Flores, ubicada en el extremo oriental de Indonesia, muy cerca de Timor y al este de Java y Sumatra.
Pero, en cierto modo, su relativa poca antigüedad no es lo más sorprendente de todo. Lo inquietante es el aspecto de los homínidos descubiertos. Medían apenas un metro de estatura y su cerebro ocupaba 380 cm3. Resultaban muy similares a cómo eran nuestros ancestros hace tres millones de años. A aquellos lejanos padres evolutivos de los humanos se les denomina Australopithecus. Sin embargo, el aspecto físico y la inteligencia de los habitantes de la isla de Flores indicaba un nivel evolutivo mayor que el de aquellos hombres-mono de hace tres millones de años, si bien su aspecto físico es realmente parecido.
Así, por tanto, los investigadores dedujeron que los pequeños hombrecillos de Flores eran descendientes de los Homo erectus que comenzaron a salir de África hace dos millones de años. Dichos homínidos derivaban de los pequeños Australopithecus, pero tenían más altura y mayor capacidad craneal. Por supuesto, eran más inteligentes; desarrollaron herramientas, descubrieron el fuego, comenzaron a organizarse socialmente, etc. El problema es que los Erectus medían más de 1,60 m de altura y su capacidad craneal se aproximaba a los 1.000 cm3. No obstante los científicos no tardaron en encontrar un paradigma para intuir la respuesta: diversas especies animales de la isla de Flores han sufrido procesos de enanismo como consecuencia de las especiales características medioambientales del entorno. Así, por tanto, este homínido bautizado como Homo floresiensis sería un descendiente de los Homo erectus que vivieron hasta tiempos muy recientes en el lugar y que como consecuencia del ahorro energético al que se veían obligados redujeron su tamaño y proporciones. El problema, es que hasta ahora ningún homínido de tan pequeño cerebro –apenas del tamaño de una pera– fue capaz de desarrollar muestras de inteligencia avanzada. Ahí radica uno de los grandes interrogantes de este hallazgo, puesto que además, en los últimos millones de años, la isla de Flores siempre ha estado rodeada de agua. Al haberse hallado herramientas de estos “enanos” datadas en hace 800.000 años, ha de suponerse que aquellos ancestros desarrollaron un sistema de navegación lo suficientemente desarrollado como para alcanzar este solitario paraíso asiático. Y que se sepa, por aquellas fechas los humanos no estaban preparados para tales hazañas, aunque existen evidencias de ciertos anacronismos similares que ponen en duda las teorías establecidas sobre el origen de la inteligencia humana. Por ejemplo, en una cueva italiana fueron hallados restos de Erectus que fueron capaces de fabricar gres para caminar por aquellos incómodos humedales.
El Orang Pendek de Sumatra
Tan sólo dos semanas antes de que Nature diera a conocer el hallazgo de esta nueva especie humana, tres exploradores británicos regresaban de la isla de Sumatra, también en Indonesia. Los investigadores trajeron buenas nuevas desde allí: habían encontrado evidencias de la existencia en tiempos actuales de un homínido de tan sólo un metro de altura que sobrevivía aislado en las selvas más inaccesibles de la isla. Las tradiciones locales lo han bautizado como Orang Pendek; ya el propio Marco Polo, allá por el siglo XIII, dejó constancia de las leyendas que corrían por aquellas islas a propósito de estos salvajes peludos de escasa altura.
A día de hoy, el Orang Pendek es objeto del estudio de los criptozoólogos, es decir, de los especialistas en aquellas especies animales no catalogadas por la ciencia. Por desgracia, estos estudiosos han nadado contra corriente durante muchos años, especialmente en lo relativo a sus estudios sobre los diferentes yetis de los que hay constancia. De existir algunos de esos “abominables hombres de las nieves” todos los paradigmas científicos se tambalearían. Sin embargo, la imagen arquetípica que tenemos del yeti no siempre se ajusta a la realidad. Cierto es que en lugares como el Himalaya, en Asia, o las Montañas Rocosas, en América, parecen ser el refugio de homínidos de gran altura y corpulencia completamente cubiertos de vello. A estos enormes individuos debemos la imagen estereotipada que tenemos de los vulgarmente denominados yetis. Pero no son los únicos. De hecho, los pequeños hombres salvajes de Indonesia son sobre los cuales existe mayor número de evidencias físicas.
La propia revista Nature ha tomado del cuello los prejuicios, arrojándolos por la borda. En un atrevido comentario publicado en el número especial dedicado al Homo floresiensis, el científico Henry Gee reconoce que gracias a este hallazgo las teorías de los criptozoólogos han encontrado un asidero al cual agarrarse: “Este descubrimiento arroja nueva luz sobre criaturas criptozoólogicas como el Orang Pendek”, escribía el articulista. Por primera vez en décadas de estudio, una publicación científica se atrevía a sopesar la existencia de los pequeños yetis del folclore del sur de Asia. Para que ello fuera así, especies como el Floresiensis debería haber encontrado refugios naturales en los cuales seguir evolucionando al margen de la influencia del Homo sapiens. Hasta hace pocos días, la ciencia no se atrevía a admitir tal cosa…
A la luz de infinidad de testimonios recogidos, el biólogo y periodista Miguel Seguí describía así el aspecto del Orang Pendek: “Mide poco más de un metro de altura, su frente es elevada y sus orejas bien visibles. Su cuerpo se distingue por su aspecto pesado, vientre prominente y brazos más cortos que los de un mono, y aunque es posible entrever su piel rosada, está recubierto de pelo negro, pardo o rojizo.” Tal descripción encaja como un guante con el ser descubierto en la isla de Flores, situada a pocos cientos de kilómetros de Sumatra. ¿Son acaso los mismos? A sabiendas de que parece incuestionable afirmar que aquellos pequeños hombrecillos eran capaces de navegar, tal tesis no parece en absoluto descabellada. Simplemente, habría que admitir que los Floresiensis no se extinguieron.
Investigaciones científicas
Las investigaciones más serias sobre el Orang Pendek datan de 1995. La inglesa Deborah Martyr fue la encargada de dar a conocer las pesquisas realizadas en la isla por la institución para la que trabaja –Fauna y Flora Internacional–, que ha recopilado decenas de testimonios de la existencia de la pequeña criatura de los bosques. Los miembros del colectivo habrían obtenido vagas fotografías del humanoide y analizado sus huellas.
Seis años después, los exploradores británicos Adam Davies, Greater Manchester y Andrew Sanderson organizaron una ambiciosa expedición para recorrer los intricandos bosques de Sumatra, que se elevan en algunos puntos por encima de los 4.000 metros. No sólo rellenaron infinidad de fichas con las descripciones que los lugareños efectuaban, sino que recogieron pruebas determinantes de su existencia.
Por un lado, se hicieron con numerosos moldes de las improntas plantares localizadas. Fueron analizadas por el doctor Colin Groves, primatólogo de la Universidad Nacional de Australia. Tras su estudio, concluyó que las huellas pertenecían a algún tipo de primate próximo, evolutivamente hablando, al ser humano. “Pero no coincide con ninguna especie conocida”, concluyó en su informe. En el mismo sentido se manifestó el Dr. Hans Bruner, de la Universidad de Cambridge. Aquellas huellas eran de un ser muy parecido a nosotros… ¿Otra humanidad?
Y, por otro, se localizaron restos orgánicos. En concreto, dos vellos de color rojizo fueron analizados por Brian Sykes, uno de los genetistas más importantes del mundo. Tras extraer ADN del bulbo de los pelos quiso comparar las combinaciones genéticas descubiertas con las de los seres humanos y el resto de primates. Sykes confimó que pertenecían a una especie de primates todavía no conocida por la ciencia. Es decir, que pertenecía a un ser relativamente próximo a nosotros pero sin ser un Homo sapiens.
Tres años después, han vuelto al lugar. Durante semanas exploraron la isla, especialmente las regiones próximas a Bukkantingi, donde se concentraban la mayor parte de testimonios. Davis y sus hombres, sin embargo, descubrieron que se habían producido avistamientos de la criatura en lares donde hace pocos años no se producían. Es como si el Orang Pendek hubiera ampliado su campo de acción. Posiblemente, su hábitat se estaba viendo deteriorado ante el impulso de la modernidad que amenazaba aquellos inmensos bosques. Éste podría estar enfrentándose a los síntomas que preceden a una extinción…
A su regreso de las últimas expediciones, los estudiosos británicos han anunciado que ya hay pruebas para elaborar un informe científico. Una vez efectuado, será enviado a una revista especializada en donde los expertos lo someteran a un severo juicio. Lo que no imaginaba el equipo liderado por Adam Davis es que sólo unos días después de su anuncio, Nature iba a publicar los datos referentes al hallazgo del Homo floresiensis. Para los defensores de la existencia del Orang Pendek, el hallazgo de esta suerte de hobbits –así los ha bautizado Peter Brown en honor a los pequeños hombrecillos de la novela El señor de los anillos– ha puesto sobre la mesa el contexto que puede explicar la existencia de los Pendek: serían Homo erectus que se salvaron de la extinción de hace 12.000 años y que han sobrevivido aislados en las islas indonesias.
A partir de los últimos descubrimientos, cobra mucho más sentido que además de los ebo gogo de Flores y los Orang Pendek de Sumatra, existen otros yetis en la región. Más de uno se lo volverá a pensar al calificar estos relatos como pura ficción. Por ejemplo, respecto al yeti de Vietnan, llamado nguoi-rung, que significa “hombre de los bosques”. Allí, las autoridades investigan sus apariciones como si de un auténtico secreto de Estado se tratara. Contra ello luchan, por ejemplo, estudiosos como Dào Van Tiên, profesor del Departamento de Zoología de la Universidad de Hanoi. Su trabajo se inició a partir de la recopilación de testimonios que hablaban de un hombre salvaje algo más pequeño que lo habitual. Incluso un equipo de TVE filmó un documental en aquella zona. Al frente del mismo se encontraba Luis Miguel Domínguez; él mismo pudo ver las huellas del extraño ser e incluso oír los quejumbrosos lamentos emitidos por el escurridizo homínido: “Las pruebas reunidas demuestran la existencia de una criatura casi humana en estado salvaje, similar al yeti, y que podría estar emparentada evolutivamente con nosotros”, nos aseguró el propio documentalista. Posiblemente, a tenor de los últimos hallazgos, estamos ante una prueba más que podría certificar que los Homo erectus han sobrevivido incluso hasta nuestros días.
También en Sri Lanka tienen su propio yeti. Allí los llaman nittaewo. Los testigos los describen como pigmeos de poco más de un metro de altura que se comunican mediante sonidos guturales. Su modo de vida era extremadamente primitivo, según las pistas halladas. Las viejas leyendas ya cuentan cómo estos homínidos urdían emboscadas para hacerse con pequeños animales que suponían su principal dieta alimenticia. Y, ojo al dato: allá por el lejano año 1945, un visionario científico británico llamado Charles Osman Hill teorizó con la posibilidad de que se tratara de una variante enana insular de los últimos Homo erectus. Sesenta años después, su afirmación –completamente olvidada– ha cobrado de nuevo sentido y lógica. Ya pocos pueden negarle que estaba en lo cierto.
Es hora de recuperar viejos relatos que antaño fueron motivo de mofa para las mentes que se decían escépticas. Relatos como el protagonizado en 1923 por un viajero holandés llamado Van Herwaarden. Explicó que un día, al caer la tarde, en un punto del sur de la isla se topó con varios hombrecillos que se escondían tras unas ramas. Intentó aproximarse, pero huyeron. Ni siquiera tuvo arrestros –afortunadamente– para abrir fuego contra ellos. Nunca olvidará a aquellos simios humanos de un metro de altura y cubiertos de vello. ¿Quiénes eran? Cuando compartió con los nativos de la isla su avistamientos, estos le dijeron que se trataba de los ebu gogo…
De momento, ya se ha aceptado que existieron seres similares hasta hace tiempos relativamente recientes. El siguiente paso será quizá admitir que son reales y han sobrevivido hasta la actualidad. De producirse el anuncio, estaremos ante una de las grandes noticias científicas de todos los tiempos. Ese momento –a tenor de lo avanzado de las investigaciones– podrían no estar ya tan lejano… o