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Hemeroteca :: Edición del 01/01/2005 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/01/2005@00:00:00 GMT+1
Llegué a Katmandú en el momento en el que los rebeldes maoístas habían cercado la ciudad. Desde el ministerio español de asuntos exteriores recomendaban no viajar al país, pero no podía dejar pasar la ocasión de subir a un avión y ver el lugar donde moraban los dioses…
Miguel Blanco
Nepal es una sorpresa para el viajero; sobre todo si llegas desde la vecina India donde todo es bullicio, gentío, ruido y una sinfonía de sonidos y olores de difícil descripción.

Me encontraba en el mágico reino de Nepal, la tierra donde nació Siddharta Gautama, Buda, el país del Himalaya. Un país considerado entre los diez mas pobres del planeta, con un rey al que creen la reencarnación directa del dios Vhisnu. El hecho de ser tan inaccesible ha propiciado que se mantenga fiel a su esencia. No en vano llegar a él es como atravesar una barrera del tiempo para situarse en la época medieval.

La capital de este reino se estableció en Katmandú, situada en el valle de Baghmati, a unos 1.300 metros de altitud, conformando una de las concentraciones de arte, cultura y tradiciones más importantes del mundo. Tras pasear por las calles y comenzar a familiarizarme con el nuevo ambiente, me acerqué a la gigantesca estupa de Bodhnath, la mayor del país y una de las más grandes del planeta. Bodhnath actúa también como centro de concentración de la considerable población tibetana de Nepal. Caminaba por una amplia avenida, y al doblar una esquina, al fondo de lo que parecia una estrecha calleja, me topé con ella. Verla provocó en mí una de las sensaciones de alegría más profundas que he sentido en muchos años. Emocionado, me fui acercando a la amplia plaza donde se erigía, y enseguida me vi integrado en la ceremonia que se estaba realizando. Atardecía y los fieles, en su mayoría tibetanos, comenzaban un extraño ritual consistente en girar lentamente en sentido contrario a las agujas del reloj. Inmerso en la marea, mi corazón revivió sensaciones reconocibles, como si ya hubiera estado allí, quizá en otras vidas…
Tras la sorpresa inicial centré mi atención en las ceremonias que allí se realizaban. Paré de girar y me senté al lado de un grupo de monjes budistas que realizaban sus oraciones ajenos al alboroto. Un poco más allá, una pequeña procesión de personas disfrazadas con mascaras comenzaban sus giros acompañados del estruendo de la música. Justo sobre nosotros, coronando la parte alta de la estupa, había un enorme bloque dorado con los ojos vigilantes del Buda que observaban el mundo en dirección a los cuatro puntos cardinales.

El monumento está construido sobre una base en forma de mandala, representación geométrica y astrológica del Cosmos. Los cimientos encarnan la Tierra; la semiesfera simboliza el agua; la torre el fuego; la corona el aire y el último elemento, el eter, viene representado por la llama que remata la torre. Su visión, además de sobrecoger, te carga de una especial energía y de una alegría inusual. Me dejé embriagar por ella y continué sumándome a la celebración.

En la parte baja, en la base, están las típicas ruedas de oración que los peregrinos volteaban cada vez que se cruzaban con ellas. Era la forma de acompañar al Universo en su constante movimiento. El sol comenzaba a ocultarse tiñendo de color la estupa y las banderas; llegaba el momento de retirarse… Pero antes quise hacer una última visita. Mi destino: encontrarme con la diosa viviente de Katmandú.

Kumari, la diosa viviente
De entre las muchas tradiciones mágicas del país destaca la de adorar a un ser al que todos veneran. Se le conoce con el nombre de Kumari o la diosa viviente. La tradición cuenta de ella que “no tiene miedo a la oscuridad y posiblemente duerme sin sobresaltos; se trata de Kumari, que habita en su palacio contiguo a la plaza principal de Katmandú. Ha sido la protectora de la dinastía de los Malla y es venerada todavía como la guardiana del valle. Kumari es una niña elegida entre el clan de los orfebres cuando tiene entre tres y cinco años. Su cuerpo no debe presentar imperfección alguna y ha de cumplir los treinta y dos signos distintos que exigen los textos sagrados: largos brazos, hombros redondos, ojos negros o azules, dientes blancos… Su horóscopo debe estar en armonía con la familia real y ha de mostrar pruebas de valor. Para ello es encerrada en un cuarto oscuro repleto de cabezas ensangrentadas de búfalos recientemente sacrificados, y ligeramente iluminadas por la luz de unas velas, en todo ese tiempo no ha de llorar ni sentir miedo. Si pasa la prueba, según manda la estricta tradición, la niña es instalada en palacio, convertida en diosa viviente, adorada por el propio rey y sus ciudadanos, servida por su personal y paseada fuera de sus aposentos en su carro ricamente decorado, para que sus pies no toquen al suelo. Cuando alcanza la pubertad, la niña pierde su carácter divino y abandona el templo con una fuerte dote y la libertad para casarse. Sin embargo, no le resulta fácil encontrar marido. El hecho de haber vivido en continua ociosidad y constante adulación, y la creencia de que la diosa trae mala suerte a la familia y pronta muerte al marido, puede más que la belleza de su cuerpo y la gracia y finura de su modos”. Me acompañaron a conocerla. Llegamos a su palacio; me advirtieron que no podría fotografiarla, pero que me dejarían verla un instante. Y así fue. Con gran solemnidad fue avisada, y ella, grácil, salió de la sala. Llevaba un vestido pomposo y en su mano un bolso como de juego de muñecas. Saludó, nos miró ajena a todo, giró sobre sí misma dejándose admirar y volvió a desaparecer. Se trataba de una niña regordeta, de tez blanquecina y con aspecto de aburrimiento por el obligado protocolo. Al salir, mientras caminaba hacia mi hotel, me pregunte cómo sería su vida. Era una diosa viviente en un mundo de humanos…

El mágico valle de Katmandú
Al día siguiente elegí hacer un pequeño trayecto por los alrededores de la capital, un valle rico en tradiciones y misterios y con algunas de las ciudades más antiguas de la zona. Mi primera parada fue en Patán, la ciudad de los mil tejados dorados, un verdadero museo al aire libre repleto de templos, santuarios, pagodas, estanques, plazas y estatuas. Solo en sus calles hay más de 136 monasterios, y más de 55 templos. Su antiguedad se remonta al inicio de la historia y para muchos es la ciudad budista más longeva del mundo. Separada de Katmandú por el río Bagmati, llegar a ella es retroceder en el tiempo unos cuantos cientos de años. Su ritmo, más relajado, te muestra otra cara de la vida, desconocida para los occidentales. Pasear por sus calles es la mejor forma de descubrir este rico universo. Así llegué a la sorprendente plaza Durbar, repleta de la mayor muestra de arquitectura newari de Nepal. Entre sus monumentos estaba el palacio real, y el curioso templo de Jagannarayan. Me detuve a admirar sus techos repletos de esculturas en atléticas posturas sexuales. A poca distancia de él estaba el Templo Dorado, un monasterio budista custodiado por tortugas sagradas que deambulaban por el patio, y el Kumbeshawar, el templo más antiguo de Patán. Dejé que el tiempo transcurriera y, caminando, llegué a una serie de callejuelas salidas de un escenario de ensueño que me situaron en otro tiempo. En ellas descubrí las cuatro estupas construidas hace más de 2.500 años y, a su lado, pude ver el único zoológico del país. A las puertas del parque me encontré con un grupo de adivinos, tarotistas y magos. Su principal habilidad residía en que eran capaces de identificar en qué animal se reencarnaría el viajero.

Uno de ellos se acerco a mí para desvelármelo. No le dejé. ¡Prefiero que sea una sorpresa!
La sorpresa fue encontrarme, poco después en Bhaktapur, la más medieval de las tres urbes del valle de Katmandú. Esta pequeña ciudad, salida de un cuento, posee una plaza Durbar mayor que la ubicada en la capital, con monumentos que esconden terribles historias, como la protagonizada por el escultor de estatuas Ugrachandi y Bhairab, al que le cortaron las manos para evitar que duplicara sus obras maestras.

Ajenos a todo el ajetreo sus habitantes seguían con las costumbres ancestrales, con sus rituales de la vida cotidiana: la colocación del grano para su secado al Sol, las familias recogiendo agua o lavando en pilas comunales, los niños jugando, los hilos tintados balanceándose con la brisa o los alfareros trabajando. La vida se había detenido en todos estos lugares…
Pero la vida y la muerte están íntimamente unidas en Oriente, y muy pronto volvería a descubrirlo.

Pashupatinath, la ciudad de la muerte
Me levanté muy temprano y decidí ir hacia el sur de la ciudad de Katmandú, a uno de los lugares más bellos de la zona: el templo budista de Swayambhunath, el enclave más conocido de Nepal. Se le conoce como el Templo de los Monos debido a la gran tribu de simios parlanchines que custodian la colina. En la parte posterior de Swayambhunath, en las orillas del río Bagmati, se alza uno de los templos dedicados a Shiva más importantes del subcontinente: Pashupatinath. El lugar es sobrecogedor; extrañas torres alzándose al cielo, multitud de fieles realizando plegarias y ofrendas a sus dioses y, allí mismo, de nuevo el río sagrado. El Bagmati, un afluente de la madre de todos los ríos, el Ganges. Ese era el lugar donde la vida y la muerte paseaban juntos. El río había sido acanalado y fluía tranquilo entre los Gats delimitando los lugares para las cremaciones. Me detuve un momento en la zona alta, el lugar dedicado a las incineraciones de la realeza. Más abajo el resto de los mortales esperaba su viaje hacia la eternidad.

Me situé en la parte superior del puente que atravesaba el río y pude ver, a pocos metros, el inicio de la ceremonia. Un cadáver vestido con ricas ropas era depositado sobre la pira de leña. Había visto este tipo de rituales en India, pero aquí podías vivirlos mucho más de cerca. Nadie te increpaba; te dejaban incluso fotografiar sin molestar. Y eso hice. Jamás seré capaz de describir la intensa sensación que provoca ver arder los restos humanos ante la pasividad de los presentes. Tras llenarme con el olor de la muerte caminé siguiendo la corriente del río. Un poco más abajo, en la zona reservada para los comunes mortales, se alineaban una hilera de piras. Cadáveres humanos envueltos en telas esperaban a la orilla del río su turno. Me acerqué a ellos. El encargado del fuego preparaba un nuevo cadáver, sus pies sobresalían de la leña. Mientras, a su lado, otro removía con un palo las ascuas tratando de reducir el cuerpo de otro difunto. Las escenas eran únicas. El aire estaba cargado de polvo y cenizas y un extraño silencio lo llenaba todo…

Los hombres santos
El Sol ya estaba en lo alto y se sentía el calor de la estación de los monzones. Seguí mi camino por aquel lugar sagrado y me topé con ellos. Eran los hombres santos. Una tribu de hombres delgados, semidesnudos, tapados con taparrabos, convivían a la sombra de los templos sagrados juntos a los monos, y ambos se disputaban la comida y los mejores lugares. Personajes pintados, de largos cabellos, hacían ante los visitantes sus exhibiciones de difíciles posturas de yoga. Todo un espectáculo.

Eran seres que habían dejado atrás su mundo, su trabajo y sus familias y se habían retirado, renunciando a todas las ilusiones de esta vida. Individuos de todos los rincones del país con el cuerpo pintado de cenizas y de brillantes colores, delgados, ensimismados en sus oraciones.

Con el recuerdo de estos hombres santos y el olor de la muerte, decidí regresar al hotel. Al día siguiente debía levantarme muy temprano para ir a visitar la morada de los dioses.

Camino de la cumbre
Me habían invitado a realizar un vuelo único; mi guía y algunos de mis acompañantes insistieron en que debía hacerlo. No tenía muchas ganas… había tomado demasiados aviones ya, y uno más no me alegraba demasiado, pero me dejé convencer y a las cinco de la mañana apagaba el despertador y salía a toda prisa para tomar el avión para subir a la montaña más alta del planeta. En el aeropuerto nos esperaban los miembros de la compañía Buda Air. Enseguida nos acomodaron en un modernos aparatos y despegamos. En poco menos de media hora ya estábamos a mas de siete mil metros de altura. Habíamos pasado el mar de nubes que ese día cubría el valle de Katmandú y comenzaron a aparecer las primeras cumbres nevadas. La imagen era irreal. Parecía que todo había sido puesto allí delicadamente en su sitio, como si fuera el decorado de una película. Ante mis ojos fueron desfilando el K-2, el Kailash… y así todas las mayores cumbres del planeta. Estaba en el Himalaya. Mientras la azafata explicaba a qué correspondían aquellas imponentes siluetas, la emoción se adueñaba de los seis pasajeros que viajábamos en aquel avión. No podíamos creer que estuviéramos viendo con nuestros propios ojos las moles nevadas, una visión reservada a unos pocos privilegiados que por tierra o por aire se acercaban hasta aquel paraíso. El piloto nos avisó, pues frente a nosotros, y por encima de todos los demás, se erguía la figura del Everest. Nos previno; iba a acercarse aún más y podríamos pasar a la cabina para tomar fotos si lo deseábamos… Desde la ventana de mi asiento podía ver que aquellas maravillas flotaban entre un mar de nubes. Parecían icebergs salidos de un océano brillante que los picos de las montañas más altas de la tierra. La luz del Sol cambiaba a cada momento; el amanecer se alzaba una vez más sobre las cumbres llenándolo todo de un brillo y de colores únicos. “No son sólo montañas; son algo más. Para muchos de los pobladores de este planeta estas cumbres son un hogar”. Estaba acostumbrado a que muchos de los habitantes de estos parajes considerasen a sus montañas como las moradas de los Apus, de los espíritus. Pero aquí era algo majestuoso. Era la cima del mundo, el techo del planeta, el lugar más alto de la Tierra, y aquello que estaba observando no eran solo montañas… “En esas cimas, desde el comienzo de la historia, han morado los espíritus más elevados de la Tierra. Maestros espirituales conviven junto a los dioses; todos ellos en una hermandad única velan por el equilibrio de nuestro mundo. Estamos viendo el lugar donde moran los dioses”. Y así era. En aquellas majestuosas cumbres nevadas había algo más que rocas. Desde esa distancia se sentía que eran algo más… Un universo único, puro, y reservado sólo a las divinidades… El avión se acercó tanto al Everest que parecía que íbamos a chocar contra él; lo tuve tan cerca que creí poder tocarlo con la punta de mis dedos… Era majestuoso, imponente, casi irreal. Tuve tiempo de hacer varias fotografías para plasmar aquel momento único de mi vida. De pronto, giramos; llegaba el momento de regresar. El avión se llenó de silencio; ya no había exclamaciones ni comentarios. Todos los viajeros saboreábamos la experiencia con el convencimiento pleno de que habíamos asistido a un espectáculo único. En menos de media hora nuestros pies tocaban tierra de nuevo, y tras los saludos y el agradecimiento partimos a otros lares. El viaje por este mundo debía de continuar…
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