Última actualización 01/01/2005@00:00:00 GMT+1
En una noche cualquiera, un coche circula por una solitaria carretera. De pronto, el conductor se percata de que un extraño objeto volador lo “escolta”. A partir de este instante puede suceder algo más propio de un relato de ciencia-ficción que de la más pura realidad. Y es que las carreteras son lugares propicios para que los OVNIs se presenten o acosen a los asustados automovilistas…
José Lesta y Miguel Pedrero
Manuel González Méndez y su esposa Alicia Cal acababan de salir de casa de unos amigos en una aldea de la provincia de Lugo llamada Sangoñedo. Tras las consabidas despedidas, se subieron al coche. Serían aproximadamente las 22.40 horas. Les separaban apenas cinco kilómetros de Caneiro, a donde se dirigían. Nada hacía pensar que aquel viaje no fuera un mero trámite a pesar de que la estrecha carretera discurría por la mitad de monte. Sin embargo, bajo el manto de estrellas que adornaban el cielo aquella noche, iban a vivir la experiencia más extraña de sus vidas. “Manolo, ¿estás viendo eso?”, preguntó exaltada la mujer. Su marido asintió. Y es que el conductor ya se había percatado: una luz muy potente que se divisaba a su izquierda los venía siguiendo. Minutos después, el extraño artefacto ya se encontraba tan sólo a unos 150 metros del automóvil. “En ese momento vimos que tenía forma de V”, nos asegura Manuel, quien tomó la decisión de parar el coche y bajarse para poder divisar el objeto en mejores condiciones: “Nada más abrir la puerta, mi mujer me agarró del brazo y me pidió que no bajara, que tenía miedo. Un segundo después aquello estaba frente a nosotros, a muy pocos metros: era enorme. Entonces, apagué las luces; fue lo primero que se me ocurrió para intentar verlo mejor”, prosigue relatándonos el testigo, de cuya descripción se deduce que el artefacto, de forma cónica y situado en posición vertical, tenía 12 metros de altura, 5 de diámetro en su parte inferior y 3,5 en la superior. Estaba formado por unos haces de luz transparentes en cuyo interior se distinguían tres círculos muy luminosos. Estuvieron contemplando la “aparición” durante un buen rato hasta que tomaron la determinación de acercarse…
“Encendí las luces, ‘metí primera’, y en ese momento se distanció instantáneamente. De nuevo estaba como a 200 metros. Nosotros continuamos sin más, aunque bastante aturdidos. El aparato volvió a seguirnos, por lo menos durante cuatro kilómetros. Cuando nos desviamos de esa carretera, lo perdimos de vista”, concluye Manuel.
Sucesos parecidos al anterior jalonan la historia de la ufología. Los OVNIs –los investigadores siempre lo decimos así tras escuchar cientos de relatos– pretenden mostrarse ante los testigos, pero lo hacen evitando en la gran mayoría de casos ser vistos de un modo masivo. Prefieren aparecer en lugares apartados, zonas rurales y, por supuesto, en solitarias carreteras. Es precisamente en este tipo de casos donde se observa claramente que el fenómeno “juega” con los atónitos automovilistas, váyase a saber con qué fin.
Perseguidos por los OVNIs
Los señores Castillo, ambos abogados, viajaban en su coche desde Cádiz a Granada la noche del 22 de diciembre de 1971. Tras dejar atrás Jerez de la Frontera se percataron de que una luz muy potente parecía seguirles. A la vez, la radio sufrió interferencias y el perro empezó a mostrarse muy nervioso.
Lo curioso es que la luz desaparecía cuando se cruzaban o adelantaban a otro coche para aparecer posteriormente, como si sólo quisieran dejarse ver por los Castillo. Cuando en un momento determinado, después de una de las desapariciones de la luz, giraron en una curva, se encontraron con el objeto –de 7 metros de longitud y 2,5 de anchura– a un lado de la carretera. Parecía estar balanceándose…
Pero hay más casos similares, por ejemplo el ocurrido a las 21.30 horas del 18 de marzo de 1980. En esta ocasión, el coruñés Manuel García Eiroa viajaba entre Sada y A Coruña cuando nada más abandonar la primera de las localidades observó cómo apareció una esfera muy luminosa frente a él. El misterioso artefacto aceleraba y desaceleraba al mismo tiempo que lo hacía la moto; el piloto, asustado, entró en el primer bar que encontró cuando alcanzó las estribaciones de la localidad de Oleiros. Allí todos los clientes pudieron contemplar la luz, que permanecía estática a unos 200 metros del establecimiento. Una hora más tarde, Manuel reemprendió la marcha, pero de nuevo el extraño objeto luminoso volvió a acosarlo. Unos kilómetros después, el motociclista –al borde del infarto– decidió parar otra vez en una cafetería sita, en esta ocasión, en la población de O Burgo, casi al final de su trayecto previsto, muy cerca de A Coruña. “Estuvimos viéndolo durante más de veinte minutos hasta que desapareció. Las dueñas del bar se asustaron tanto que cerraron el local y se marcharon”, concluye nuestro informante.
La noche del domingo 22 de abril de 1973, Antonio Pérez Cumbre, de 19 años, conducía su Seat 600 en dirección a Guadalcanal (Sevilla), cuando vio una fila de cuatro luces amarillas y redondas cerca de la carretera, a unos 300 metros de su posición. El joven conductor detuvo el coche e hizo una serie de señales con los faros. De pronto, de una de las luces salió proyectado un haz de color violeta. Visiblemente asustado, se dio media vuelta, pero al poco observó que a su izquierda las luces lo adelantaban, al mismo tiempo que el motor del vehículo empezó a fallar, “avería” que desapareció con el fenómeno. Antonio, sin embargo, no tardaría en encontrarse de nuevo con las luces, aunque en esta ocasión se encontraban sobre la carretera a tan sólo 10 metros de altura. Muy nervioso, aceleró y pasó por debajo de ellas, pero al poco tiempo reaparecieron enfrente, apenas a un metro de altura. Cuando se aproximó, las luces se dirigieron a toda velocidad hacía un valle. Dos días después, Antonio regresó al lugar acompañado por su padre, su cuñado y un amigo. Sorprendentemente, a unos 200 metros de distancia observaron un objeto luminoso y circular, con un anillo alrededor formado por varias luces de menor tamaño que cambiaban alternativamente de color. Dos de aquellos “focos” se desprendieron del anillo y se desintegraron antes de alcanzar una montaña cercana.
Encuentros cercanos con lo desconocido
Una noche de finales de mayo de 2001, Manuel A. y su hija circulaban por una estrecha carretera en un pueblo coruñés cuando a través del parabrisas observaron “una bola luminosa muy grande de color butano, que venía hacia nosotros en trayectoria descendente”. Durante tres minutos, los testigos observaron cómo la esfera luminosa se les acercaba “hasta que la vimos sobre la carretera a unos seis o siete metros de altura. Mi hija paró el coche e hizo unas señales con las luces. Creía que era un avión o un helicóptero en llamas, pero en ese momento me di cuenta de que era otra cosa”, recuerda Manuel.
En ese instante, cuando la hija de Manuel hizo las señales con los faros, el objeto desapareció instantáneamente. Acto seguido, los testigos se bajaron del vehículo: “En el cielo, a poca altura, había como una nube muy espesa de la que salía un aparato metálico. Era casi redondo y a los lados parecía que tenía como dos alas, pero muy pequeñas”, relataron los observadores, que se dirigieron a toda velocidad a su domicilio, muy cerca del lugar, y allí avisaron a varios familiares. Todos regresaron a la zona, pero allí sólo quedaban los restos de la nube. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que sobre un monte se veía una “bola de luz” idéntica a la que Manuel y su hija divisaron en un primer momento. Pasaron 20 minutos hasta que el objeto luminoso desapareció de la vista de nuestros informantes.
Tan sólo unos días después de recoger este caso, los autores del reportaje rescatamos del olvido otro suceso –inédito hasta este momento, pese a haber ocurrido hace 30 años– durante el cual los testigos, nuevamente automovilistas, también hicieron señales con los faros a un “no identificado”.
En la ciudad de Lugo, frente a unas humeantes tazas de chocolate, Alfonso Gutiérrez empezó a desgranarnos una experiencia que todavía mantiene fresca en su memoria: “En el coche veníamos mi hermana, mi cuñado y yo. Acabábamos de salir de Lugo de ver una película y nos dirigíamos a casa de mis padres en Taboada. Sería la una de la madrugada aproximadamente. De pronto vimos a lo lejos unas luces que se encendían y apagaban alternativamente. Desde nuestra posición tendrían el tamaño de un garbanzo. Entonces se nos ocurrió parar el coche y hacer la señal de SOS con los faros, apuntando hacia las luces. De repente, se fusionaron en una sola que se dirigió hacia nosotros a toda velocidad. Recuerdo que mi hermana se puso a chillar histérica y tuve que darle dos tortas para tranquilizarla”. Cuando el objeto estaba a pocos metros de los testigos, decidieron arrancar a toda velocidad, pero poco después se lo encontraron parado a un lado de la carretera. Finalmente lo sobrepasaron y, por suerte para ellos, no volvieron a tener un nuevo encuentro con luces extrañas durante todo el trayecto.
En otras ocasiones, los OVNIs se aparecen de forma imprevista muy cerca de los conductores, generando en muchos casos los más variados efectos electromagnéticos. Eso fue lo que le ocurrió a José Gironell y su acompañante una noche de octubre de 1966. Circulaban por la carretera Nacional-II a la altura de Figueres (Girona) cuando el coche se detuvo; a continuación, se apagaron todas las luces. A otros dos automóviles cercanos también les ocurrió lo mismo. Vieron entonces, en un barranco cerca de la carretera, un objeto metálico, circular, de unos 15 metros de diámetro. Emitía una luz fluorescente y se balanceaba levemente. Segundos después, se perdió en el horizonte a gran velocidad.
“No me cabe duda de que ese día aquel aparato quería que lo viéramos; además, parecía que oía lo que hablábamos”, nos dice Jesús Míguez. Su apreciación la comparte su esposa, que también fue testigo del episodio, que se produjo una noche cuando ambos regresaban a su domicilio, próximo a la coruñesa playa de San Amaro. De pronto, a través del parabrisas del coche observaron “una luz muy extraña sobre la zona de Punta Herminia, muy cerca de la Torre de Hércules”. Entonces contemplaron de cerca “un foco de luz enorme que estaba sobre el mar, al lado de la orilla”. Jesús paró el motor del coche y bajó la ventanilla del conductor. “Me da la sensación de que nos está observando”, le comentó en ese momento Jesús a su esposa. “Justo cuando dije estas palabras, el objeto desapareció desplazándose muy rápidamente y haciendo una ‘L’ en el cielo”.
Esa misma sensación de que el encuentro estaba preparado la vivió nuestro siguiente testigo, Javier Carrillo, que viajaba entre Vigo y Lugo con su taxi después de dejar a un cliente en la ciudad olívica. Debían ser las cuatro de la madrugada, pero pese a ello “no tenía ninguna prisa y conducía tranquilamente. Entonces, al pasar el pueblo de Chantada empecé a sentir un hormigueo extraño por todo el cuerpo. Era algo muy molesto. Ya no aguantaba más, así que paré en el arcén y salí a tomar el aire. De pronto ví aquella cosa: ‘¡Dios mío, que no se caiga porque se hunde el mundo!’, dije en voz alta, muy asustado”.
Sobre su cabeza, Javier observó un aparato triangular, de aspecto metálico y dimensiones descomunales: “Aquella nave ocupaba prácticamente todo mi campo de visión… Debía medir varios kilómetros. De hecho, la parte delantera no la veía en su totalidad porque no me alcanzaba la vista. Por debajo no era plano, sino que tenía tubos, entrantes, salientes, ¡qué sé yo! Parecía que estaba debajo de una de nave de película.”
Al testigo le entró el pánico, y es precisamente en ese instante cuando los tres vértices del objeto triangular comenzaron a iluminarse. Javier asegura que al principio “salía fuego de allí, de esa especie de toberas; luego, el objeto adquirió un color azulado y aumentó de tamaño”. En ese instante el aparato desapareció: “En menos de un segundo sólo quedó un punto luminoso en el cielo. Desde luego yo no me quedé para ver lo que pasaba; salí de allí toda velocidad… No sé cómo no tuve un accidente”, confiesa.
El Ejército del Aire investiga
Todos los estudiosos recordamos varios casos de gran repercusión pública en los que los automovilistas se han encontrado, o bien han sido perseguidos por OVNIs. En su tiempo, estos sucesos –ver recuadro– centraron el interés de los grandes medios de comunicación y de los mejores investigadores de la época. Son ya unos clásicos dentro de la historia de la ufología hispana.
El más conocido de estos fue protagonizado por el viajante sevillano Adrián Sánchez Sánchez la noche del 20 de marzo de 1974. Este suceso llegó finalmente a los archivos OVNI del Ejército del Aire y es uno de los expedientes ofrecidos al público durante el polémico proceso de desclasificación que tuvo lugar en nuestro país. Algunos minutos después de su experiencia, Adrián Sánchez denunció lo ocurrido en el cuartel de la Benemérita de la localidad sevillana de Castillo de las Guardas. Más tarde repetiría su testimonio en la Comandancia de la Guardia Civil de Sevilla. Transcribimos a continuación parte del informe sobre el caso redactado por el Servicio de Información de la Guardia Civil –SIGC–, que fue enviado directamente al Teniente General Jefe de la Segunda Región Aérea: “Sobre las 12 horas [de la noche] del día de hoy, el vecino de Sevilla Adrián Sánchez Sánchez, agente comercial domiciliado en… cuando circulaba por la carretera local Aznalcóllar–Castillo de las Guardas, de esta provincia, a la altura del km 5, observó cómo caía al suelo en vertical, sin provocar ruido alguno, una extraña aeronave de grandes dimensiones. Creyendo que se tratara de un accidente aéreo, el citado Adrián Sánchez paró el vehículo que conducía tratando de averiguar de qué se trataba. Al separarse unos diez metros de la carretera, observó con sorpresa, flotando sobre una profunda vaguada, sin llegar a posarse en el suelo a una nave de unos doscientos metros de longitud por unos veinte o treinta de altura, de configuración ovalada, color aluminio. Sobre el techo o parte superior presenta dos paraguas o antenas en forma de hongos que vistos desde arriba son completamente planas. Sin ninguna ventana. Después vio otras tres naves pequeñas que enfilaron la vaguada para penetrar dos de ellas por la parte posterior de la nave mayor a través de una gran puerta corredera o dos grandes chapas deslizantes. La tercera, muy lentamente, se dirigió al lugar donde se encontraba el denunciante, que de inmediato montó en su coche y emprendió la marcha. La extraña nave le persiguió unas veces en paralelo y otras marchando en cabeza, o desaparecía por breves momentos para reaparecer después, manteniendo una altura de diez metros y a veces menos. Así le siguió unos 15 km. Las naves pequeñas, según versión que se nos da, son de forma extraña cual si se tratara de dos hongos enormes –unos 8 metros de longitud por 6 de altura– enlazados por un eje muy brillante…”.
Finalmente, los objetos se perdieron en la lejanía. Una vez más, los OVNIs desaparecieron sin dejar rastro. o