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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2004 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/04/2004@00:00:00 GMT+1
En un lugar del remoto sertão, los autores exploraron un misterioso dédalo semisubterráneo que hace miles de años se empleó como sistema de atracción de lluvias, y gran mapa celeste de los chamanes. Según los habitantes del lugar, en una laguna cercana hay sirenas, dragones y una serpiente gigante. Pero esto no es todo…
Aquella gran plataforma pétrea parecía más bien un pedazo de asteroide caído sobre el árido sertão, situada en una ruta de escaso tránsito que recorre el nordeste brasileño. Caminábamos sobre una piedra caliza cuyo color oscilaba entre el negro y el gris, con sus múltiples matices. La placa –que presenta una forma irregular de casi 2 km2 y pocos metros de espesor– se había formado hace 90 millones de años cuando la región aún estaba bajo las aguas.

En realidad, se trataba de una anomalía de la naturaleza: la roca, expuesta a la intemperie y no bajo la tierra, sufrió los efectos devastadores del clima. La impresión que teníamos al contemplar la insólita formación geológica era de que se trataba de un pequeño mar cubierto por olas ligeramente encrespadas que, en un momento dado, se petrificaron. De hecho, cada relieve era como un cuchillo afilado capaz de cortar hasta la suela de nuestras botas.

Por eso debíamos caminar con cuidado, incluso para evitar una torcedura de tobillo o un pinchazo de los espinos de los cactus y ortigas, los únicos vegetales que habían logrado crecer sobre la piedra desnuda. El Sol no se compadecía de nosotros y se reflejaba con más intensidad sobre la roca, quizá una fórmula que la naturaleza encontró para espantar más rapidamente a los intrusos.

Estábamos sobre el Lajedo –laja– de Soledade, a 360 km de Natal, capital litoral de Rio Grande do Norte, un Estado de Brasil y el punto más oriental de Sudamérica. En 1997 ya visitamos este sitio, quedándonos prendados de su magia y misterio. Dedujimos entonces, que se trataba de un gran santuario natural donde seres humanos muy sensibles dejaron su máxima expresión de sacralidad entre las rocas; numerosas pinturas rupestres e inscripciones que estarían vinculadas con el culto a los astros y los ritos propiciatorios de la siempre bienvenida lluvia.

Lo más curioso es que toda aquella plataforma caliza está surcada por un intrincado laberinto de estrechos y poco profundos cañones –más bien pasadizos– que oscilan entre los 2 y los 8 metros bajo el nivel de la superficie. Algunos son tan estrechos que una persona obesa podría quedarse atrapada con suma facilidad.

Sin embargo, es allí abajo –en las pequeñas grutas que se reparten por la zona– donde se extienden las pinturas e inscripciones rupestres. A veces el techo de las paredes es tan bajo que sólo permite entrar arrastrándose, de espaldas y mantener una distancia de pocos centímetros con los dibujos, suficiente para contemplarlos y fotografiarlos.
“Hasta hace pocos años, el Lajedo
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