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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2004 | Salir de la hemeroteca
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Caso Maurice Masse

Última actualización 01/04/2004@00:00:00 GMT+1
El fenómeno OVNI en ocasiones pega el salto de lo “meramente” insólito a lo puramente absurdo. Y es que son muchos los casos en los cuales los testigos han sufrido en sus carnes la presencia de estos visitantes, para bien… o para mal. Uno de tales sucesos, únicos y ampliamente documentados, tuvo como protagonista a Maurice Masse, en el ya lejano año de 1965…
Si abordásemos de forma monográfica el asunto de los efectos fisiológicos causados tras los encuentros con OVNIs y humanoides, sin duda alguna podríamos escribir varios libros sobre el particular. La casuística es tan abundante, y los efectos derivados de la proximidad con estos artefactos y sus tripulantes son tan variados, que resulta difícil decidir qué casos seleccionar. Puesto que el propósito de este trabajo no es el de abordar de manera científica el fenómeno OVNI, sino por el contrario hacer un repaso general de los incidentes más destacados, he decido seleccionar un aspecto del asunto menos común, aunque no por ello poco frecuente: la parálisis en los testigos. De todos modos, invito al lector a que consulte algunos excelentes estudios realizados al respecto, como los llevados a cabo por el científico e investigador John Schuessler, o el español Miguel Guasp.

Otro de los motivos que me ha llevado a decantarme por los episodios de “parálisis” es su aparente “benignidad”. A diferencia de los casos estrictamente de efectos en la salud de los testigos, en los incidentes donde se produce una paralización del mismo, éste no suele sufrir alteración alguna en lo referente a su físico o a problemas de carácter crónico. De todos modos, sí se han registrado otros efectos “colaterales”, como hipersomnia –como veremos en el caso de Maurice Masse– o, por otro lado, fiebres altas.

Humanoides en un campo de lavanda
Como todos los días, Maurice Masse se levantó muy temprano con la intención de iniciar una nueva jornada de trabajo. Las agujas del reloj acababan de señalar las cinco de la mañana y, aunque la localidad francesa de Valensole aún no se había desperezado, aquel 1 de julio de 1965 el agricultor de 41 años encaminó sus pasos en dirección a una finca de lavanda de su propiedad, situada a unos dos kilómetros de la población, y cuyo cultivo estaba destinado a la industria del perfume.
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