Última actualización 01/07/2004@00:00:00 GMT+1
Con este titular no me refiero a la película que inspira nuestra portada, sino a la situación de nuestro planeta.
No voy a abundar aquí en los argumentos que desglosamos en nuestro artículo principal. Me limitaré a adelantarles que si el cambio climático que ya está en marcha se produce más rápidamente que lo esperado, podemos encontrarnos con un escenario aún más peligroso que una glaciación: nuevas guerras por el control de alimentos, agua y energía; estados que intentarán frenar a toda costa oleadas masivas de inmigrantes, forzadas por los cambios medioambientales; naciones enteras privadas de lo poco que tienen, que se verán obligadas a intentar invadir otras por imperativos de supervivencia... Son escenarios apuntados en un Informe que ahora el Pentágono se arrepiente de haber encargado a analistas independientes.
Y las evidencias palpables de que esto es una alarmante posibilidad las tenemos en los medios de comunicación de forma casi continua. Tanto que casi nos pasan desapercibidas, adormecidos como estamos por la multitud de estímulos que recibimos a través de los mismos. Como nos ocurre con las guerras y demás calamidades de factura inhumana, ya nos hemos acostumbrado a contemplar inundaciones, granizos, terremotos y un sinfín de desastres naturales, a través de la televisión. Incluso cuando se producen en nuestras tierras, tendemos a verlos como algo «natural» y seguimos sin poner remedio.
Se me ocurre que algo similar debieron vivir los coetáneos de Noé en vísperas del mítico Diluvio. Y me resulta indiferente que muchos puedan tacharme de alarmista. Hay razones para serlo; por mínimas que fueran éstas –y no lo son– siempre es mejor prevenir que curar, y no estamos poniendo remedio. Son muchas las cosas que podríamos cambiar para curar las graves heridas que estamos provocando a la Madre Tierra, pero hay demasiados intereses en juego, no sólo los que afectan a la economía global, sino también los que implica nuestro modo de vida, depredador, consumista y descuidado.
Los síntomas que manifiesta nuestro Planeta, considerado como un organismo, indican que se encuentra gravemente enfermo. Éstos deberían hacernos tomar conciencia de la gravedad de la situación; empujarnos a obligar a nuestros gobernantes a tomar decisiones que resultarán costosas e incómodas y se enfrentarán a poderosos intereses, aunque resultan indispensables y urgentes; pero sobre todo a cambiar nuestra forma de ser y de vivir, aplicando soluciones en nuestra vida cotidiana. Cuando tenemos fiebre, nos vemos obligados a reposar y a tomar los remedios adecuados para permitir que nuestro organismo recupere su equilibrio; no nos dedicamos a culpar de nuestros males a la sanidad pública o a los poderosos. En cambio, no actuamos de la misma manera cuando observamos la crítica situación que atraviesa el mundo. Nos limitamos a denunciar las guerras que se organizan para controlar los suministros de gas o de petróleo, pero no hacemos casi nada para limitar su despilfarro y la contaminación que produce, ni para exigir a los políticos a que pongan en marcha de forma inmediata las alternativas energéticas que ya existen.
Como sucede con la mayoría de los problemas que nos afectan, la única solución realista está en un cambio de conciencia que nos haga sentir como propio lo que vivimos como ajeno. ¿Esperaremos a que las circunstancias nos fuercen a ello? ¿O empezaremos a reflexionar sobre lo que cada uno podemos hacer para evitar que la presa se desborde, y actuaremos en consecuencia?
Enrique de Vicente