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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2004 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/09/2004@00:00:00 GMT+1
En las más diversas civilizaciones, por mucho que el espacio y el tiempo las distancien, nos encontramos con tradiciones que nos dan respuestas esencialmente idénticas a las grandes preguntas sobre el origen del mundo, sobre la vida y el ser humano, su propósito y la manera adecuada de conseguir su realización.

En nuestro informe citamos tan sólo unos pocos ejemplos. Enumerar cuantos conocemos requeriría varios volúmenes. Y, a cada paso que damos en la indagación del legado que nos han transmitido las antiguas
civilizaciones, realizamos nuevos y asombrosos descubrimientos que confirman la existencia de esa Tradición unánime que aguarda en todas las épocas y rincones del planeta a que seamos capaces de interpretar su mensaje trascendente y actuemos en consecuencia. Así lo demuestra la magistral interpretación que en este número nos proporciona Maurice Cotterell acerca del ejército de los guerreros de terracota, una de las grandes maravillas y enigmas de la arqueología china.

Ese mensaje universal, que han venido a recordarnos los enviados celestes encarnados en distintas épocas y culturas, nos recuerda que «el propósito de todo lo que vive es divinizarse» y nos enseña la forma en que el alma humana puede purificarse para trascender las limitaciones terrestres y acceder a las regiones celestes. Entender y aplicar en nuestra vida esta enseñanza unánime es lo único verdaderamente importante.

No obstante, la asombrosa similitud entre las diversas tradiciones ha intrigado a pensadores de épocas muy diversas. Mientras muchos en nuestros días la atribuyen a la existencia de una civilización primordial y otros hablan de una enseñanza de origen ultraterrestre, Jung propone que procede del Inconsciente Colectivo y los esoteristas aseguran que existe un Centro suprahumano del cual emanan las influencias sutiles que dirigen la evolución humana.

Cuando descubrieron que los grandes hitos de la vida de Jesús, desde su nacimiento virginal en una cueva hasta su muerte y resurrección, habían sido prefiguradas con asombroso detalle por los Salvadores de otras religiones, algunos padres de la Iglesia se enfrentaron a una situación muy incómoda. Algunos argumentaron que todos esos mitos habían sido sembrados por el Maligno para hacernos dudar de la existencia histórica de Jesús. Era una forma de eludir el problema, comparable a la de quienes hoy pretenden explicar todas estas similitudes asegurando que quienes forjaron el cristianismo lo hicieron integrando mitos de diversa procedencia, sin que sean capaces de explicar por qué algunos de sus mitos y símbolos esenciales se repiten en épocas y rincones del planeta tremendamente distanciados entre sí; es el caso de la cruz, símbolo sagrado universal, asociado a la muerte y resurrección de otros enviados celestes, y al mismo tiempo un método muy utilizado para ejecutar a los sediciosos hebreos. Mucho más lúcida parece la postura adoptada por san Agustín, reconociendo como válidas revelaciones previas cuando explica que «la religión verdadera existió desde el comienzo» de la humanidad, añadiendo que esa verdad eterna sólo empezó a llamarse cristiana cuando «Cristo vino en un cuerpo, aunque ya existía» anteriormente.
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