best web analytics
Hemeroteca :: Edición del 01/11/2004 | Salir de la hemeroteca
21/28
Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
Jamás en mi vida había visitado un lugar como aquel. Centenares de muertos vivientes se agolpaban en sus calles esperando la llegada de la “liberación”. Cuerpos tullidos, enfermos, deformes, infectados de llagas y, en los semblantes, esperanza y júbilo por acabar con su existencia. Estaba en Benarés, la ciudad de la muerte, el lugar más impresionante del planeta.
Han pasado apenas 24 horas desde que regresé de ese lugar. Aún tengo mi mente plagada de las sensaciones más brutales. Muertos andantes, cadáveres crepitando al calor de la lumbre, cráneos destrozados y perros disfrutando de los últimos restos de cerebro humano. Un sitio que ha acompañado mis pesadillas más atroces durante años. Dos décadas atrás, más o menos, estuve allí por primera vez. Cuando partí, me prometí regresar; no sabía cuándo, pero lo haría.

Hace menos de una semana que cumplí mi promesa. Volví a caminar por las calles de una de las ciudades mas antiguas del planeta, reencontrándome con mis pesadillas, con la muerte cara a cara. Estaba de nuevo en Kashi, la luminosa ciudad de la fe, conocida en la actualidad como Varanasi o Benarés.

Poco ha cambiado la vida allí desde el siglo V a. de C. Fuera de sus murallas, en las otras ciudades santas, el tiempo y la modernidad lo han transformado todo, pero aquí el día a día transcurre como hace milenios, salvo que ahora hay agua y electricidad.

El tráfico más caótico del mundo está aquí. Se siente el peligro. Sin embargo, determinadas reglas no escritas son respetadas por todos. El peatón cede el paso a las bicicletas, éstas a las motos, las motos a los coches, los coches a los camiones… Y así sucesivamente. El pequeño respeta al mayor… Pero entre todo este caos, hay una reina a la que todos respetan: la vaca sagrada de la India.

Toda la ciudad tenía una mezcla de difícil definición. El humo de los coches se mezclaba con las esencias y con ese extraño polvo que ya sabía a qué pertenecía: ¡el polvo de la muerte!

La ciudad de la luz
Benarés es una urbe que te golpea los sentidos y la mente. Al llegar notas la presión; es tan fuerte que llega a descolocarte hasta acercarte a los límites de la locura.

Lo pude comprobar mientras me aproximaba a la orilla del sagrado río Ganges. Allí, junto a miles de peregrinos que se acercaban a cumplir su ritual sagrado, podía encontrarme con cadáveres de europeos. Eran jóvenes viajeros que habían anclado sus cuerpos en la ciudad sagrada. Algunos buscaban la santidad ansiada y otros parecían fuera de sitio por el impacto que esta ciudad produce.

Hombres vestidos con ropas hechas jirones y que caminan como zombies son parte del paisaje de la misma. Nada alegre siente uno al verlos. Era aún de noche y todavía reinaba cierta tranquilidad en las calles y en la ruta –de apenas un kilómetro– que me separaba de las aguas del río sagrado, donde llegué antes de que la bruma se disipara. Las sombras se dejaban vencer por la incipiente luz, y tranquilamente tomé asiento en las escaleras. Fue entonces cuando comenzó el “espectáculo”.

Una multitud de fieles hindúes bajó los peldaños de los ghats, esas escaleras de piedra que se funden con la orilla del río. Llegaban de todas partes, con sus ropas coloridas, para darse un baño al amanecer, el momento más propicio del día. Muchos de ellos habían caminado por todo el país durante semanas o meses para venir a sumergirse en estas aguas y purificar así su cuerpo y alma. Poco a poco se fueron acercando a la orilla, y al llegar al agua, entregaron como ofrenda una lamparita de aceite, símbolo de la luz que acaba con las tinieblas de la ignorancia. Después, daban unos cuantos pasos más y se sumergían hasta la cintura; permanecían inmóviles, absortos en sus oraciones. El espectáculo era mágico, la luz del Sol aún no había culminado y las miles de lamparitas de aceite flotando sobre el río brillaban como miriadas de luciérnagas. Las mujeres realizaban también el ritual: se acercaban a la orilla y ofrecían guirnaldas de flores al Ganges.

Un poco más allá, a unos metros, vi un grupo de peregrinos sumergiéndose completamente durante largo rato.Luego, ajenos a toda la suciedad, junto a varios cadáveres hinchados, comenzaron a enjuagarse la boca y enjabonarse el cuerpo. En esta ciudad de la luz, cada amanecer era un nuevo milagro.

Sentado en la orilla seguí contemplando el espectáculo. Los ancianos, con los ojos cerrados, ajenos a todo lo que les rodeaba, meditaban, y a su alrededor grupos de animales comenzaban a desperezarse.

La figura de varios santones con la cara cubierta de pinturas sagradas me llamó la atención. Seguían allí como hace miles de años, recitando versos de las escrituras védicas. Y junto a ellos, brahmanes, santos y estudiantes de todas las edades practicaban sus ejercicios de yoga y de control de la respiración.

Todos unidos esperábamos la renovación del milagro diario, la aparición del disco de fuego, del Sol que estaba a punto de emerger en la otra orilla. Por un momento pareció que todo aquel alocado movimiento se detenía…
Un rayo de luz despuntó. En ese momento todos giramos la cabeza fervorosamente y unimos nuestras manos para agradecer el milagro. Poco a poco, el disco de oro se levantó y miles de fieles lanzaron las ofrendas al Sol sobre las aguas del río, que se llenó de flores, guirnaldas y pequeñas velas que iniciaban en ese momento su particular viaje hacia la eternidad.

Los delfines blancos
Descendí por unos escalones y me dejé engatusar por uno de los muchos barqueros que se dedican a pasear a los visitantes.

Tras unos cuantos golpes de remo nos alejamos de la orilla. Ya en mitad del río recordé cómo fue mi primer baño en el Ganges. Lo hice durante la primera visita, ante el asombro del barquero. Sin dudarlo un instante, en mitad de aquella corriente sagrada, me zambullí de cabeza. Permanecí unos instantes en el agua; nunca había sentido, como aquella vez, esa potente corriente sagrada…
Aseguran que, en algunas zonas, las aguas están ocupadas por peces acostumbrados a la carne humana. No hice caso de la advertencia, pero al salir de la barca pude ver uno de esos enormes animales. Era un pez de más de dos metros, inmenso, y que pesaría más de cien kilos. Paso a nuestro lado, ignorándonos. Sólo con un golpe de cola hubiera hecho zozobrar nuestra embarcación. “Únicamente se muestran al amanecer, y no todos los días. Son animales mágicos y sagrados. Se trata de los delfines blancos del Ganges”, señalan las leyendas que recordé en ese mismo momento.

Al alejarnos de la orilla la ciudad cambió su cara. Pocas cosas en el mundo son tan fascinantes como la visión del amanecer en Benarés. Los templos y los santuarios, los ashrams y los palacios que bordean el río, brillan frente al Sol naciente que se refleja en las aguas y que proporciona a la escena una imagen mágica y exótica que a uno le infunde la sensación de estar en un mundo irreal; en un mundo de ensueño.

Anonadado por la visión, la luz del Sol comenzó a bañarlo todo de un tono dorado espléndido. De repente, el barquero pegó un grito y señaló con su dedo las turbias aguas del Ganges…
Dos delfines, majestuosos, aparecieron frente a nosotros. “Hay que despertarse pronto si uno quiere verlos”, dijo el barquero. Eran delfines de color rosa, de agua dulce, que sobrebivían en aquellas contaminadas aguas. Eran, en suma, una contradicción más en aquel universo que visitaba.

Los mamíferos terminaron su danza sagrada y decidí regresar a la orilla, pero antes de desembarcar me aguardaba otra sorpresa, puesto que nos cruzamos con otra barca que llevaba el cuerpo de un difunto envuelto en un sudario cubierto de flores. Pedí al barquero que se detuviera; quería ver lo que ocurría. En mitad del río, sus familiares, después de recitar unas oraciones, lo empujaron suavemente al agua hasta que se hundió, rodeado de pétalos de flores. Aquel cadáver iniciaba allí mismo su viaje hacia la eternidad.

Las tribus de la ciudad de la muerte
Benares es la ciudad más sorprendente del planeta. En ella no sólo convive la vida junto a la muerte, sino que se dan cita allí los más extraños, inquietantes y sorprendentes individuos que haya conocido en este planeta: gurus, sadhus, santones o sanyasis pujan por encontrar su lugar.

Dediqué la mañana a descubrir las tribus que habitaban en aquella ciudad. Bastaba estar atento para toparse con ellos. Nada más subir las escaleras de los ghats, me encontré con el primer grupo: los “pandas”, a los que se puede ver sentados en bancos de madera bajo sombrillas de bambú. Su cometido es ayudar a los peregrinos en sus necesidades, una tradición que esta tribu conserva generación tras generación.

Un poco más allá descubrí otro grupo; éste, si cabe, más inquietante: “los señores de la muerte”, también conocidos como los aughurs, una especie de hombres que no sólo han renunciado al mundo, sino que han llegado hasta su parte más profunda, la más oscura. Duermen sobre tumbas, comen y beben en recipientes que contienen media calavera humana y cocinan su comida en las hogueras de la cremación.

Apenas había salido de mi sorpresa cuando me topé con otra de las tribus de la ciudad, los sanyasis o renunciantes. Eran unos personajes extravagantes, vestidos de naranja, con el pelo largo y trenzado, que paseaban con un tridente en una mano y un cubo de agua en la otra. Se desplazaban en grupo y gritaban por las calles de Benarés mientras iban de casa en casa pidiendo limosna. Eran hombres que habían renunciado a la vida mundana, abandonando sus casas y sus familias para recorrer toda la India estudiando y meditando.

Pero no eran los únicos. Mientras me alejaba del río pude ver gurus, sadhus, encantadores de serpientes, maestros del yoga… En definitiva, toda una fauna exótica y diferente que marcaba el sincretismo de la India.

La puerta de la eternidad
El olor a muerte se apoderó de mí. Se trataba de una sensación amarga que se agarró a mi garganta. Al mismo tiempo, mi cuerpo se cubrió de polvo; unos pasos más adelante se encontraba el Manikarnika, uno de los lugares más alucinantes, no sólo de Benarés, sino también de toda la India. Se trata de la explanada en donde queman a los muertos.

Morir en Benarés es para todo hindú la bendición suprema. Si te sorprende a una distancia menor a sesenta kilómetros de la ciudad, Shiva, su divinidad tutelar, te libera del ciclo perpetuo de las reencarnaciones y permite que tu alma se funda con la eternidad en el paraíso de Brahma, el dios supremo.

Esta es la razón por la que tantos hindúes, al sentir su fin próximo, viajan hasta Benarés para recibir a la muerte. Las escenas que aquí se viven están fuera de toda lógica para un occidental, así que traté de tomar posición en un lugar idóneo para no perderme el espectáculo que se desarrollaba.

En una de las calles que dan acceso a aquella inquietante explanada vi un embotellamiento de cortejos fúnebres. Cientos de literas portando cadáveres pasaron ante mi rostro, y una tras otra se detuvieron frente a una ventanilla donde los parientes declaraban a un empleado de la municipalidad la identidad del desaparecido y la causa de su muerte. Una vez más, la sorpresa y la emoción me asaltaron. Jamás he visto tantos cadáveres juntos.

La visión era sobrecogedora. Allí mismo, a pocos metros ardían decenas de piras funerarias. Era un decorado de fuego, humo y muerte que parecía la puerta del mismísimo infierno. Toda una maraña de hombres se movían alrededor de las hogueras; algunos de los principales protagonistas eran los empleados de la cremación, que pertenecían a la casta de los doms, la más baja e impura en la jerarquía hindú, porque sus miembros viven del comercio de la muerte.

El jefe de los doms parecía un director de orquesta, el ejecutor de la sinfonía que preparaba a los hindúes para la inmortalidad. Se mantenía siempre cerca del símbolo de su poder y de su rango, un pequeño altar en forma de fuente, del cual era el guardián, y en donde ardían las brasas del fuego que usaba para prender las piras funerarias.

Nuevas camillas de bambú llegaban sin cesar. Cada una portaba un cuerpo envuelto en sudarios, conducidas por hombres que aparentemente parecían insensibles al macabro espectáculo y al olor a carne quemada. A su lado, un enjambre de animales, burros, cabras y vacas sagradas se comían las flores encima mismo de los cadáveres, y en medio de todo este barullo, perros del color de la ceniza hurgaban en busca de algún hueso que hubiera escapado a la incineración mientras que, en el cielo, buitres y cuervos volaban en picado para atrapar algún resto de carne humana.

En cuanto una pira se encontraba disponible, los porteadores sumergían al cadáver por última vez en el Ganges, le abrían la boca echándole unas gotas de agua y luego colocaban el cuerpo sobre la hoguera. Los doms cubrían el cadáver de madera, rociándole de aceite. A partir de ese momento ya estaba listo para recibir el fuego purificador.

Por su parte, el primogénito del cadáver se afeitaba el cráneo y la cara, y después de realizar las abluciones rituales, una vez purificado, daba tres vueltas alrededor de la pira para ofrecer así el último adiós al difunto. En ese momento le entregaban una antorcha que luego colocaba sobre la pira. Pronto, un haz de fuego surgía de la pirámide de madera, a la que rodeaban los familiares del difunto. Al cabo de un momento, se oyó un chasquido seco. “¡Acaba de estallar el cráneo del difunto!”. Para ellos ese era el momento cumbre en el que los canales por donde había circulado la energía vital se abrían a la energía cósmica; en suma, el momento de la liberación suprema. No había escenas de llantos, ni de tristeza. Todo ocurría en silencio, y es que para ellos, el final de una vida era el comienzo de la siguiente, y llorar, según sus creencias, es un gesto que dificulta el tránsito del difunto.

Tras presenciar aquello, aturdido, emocionado, y casi sin poder respirar, me retiré de ese lugar tremendo, con mi alma atormentada por las dudas y los miedos.
“La Puja”, el culto al crepúsculo
Tras el atardecer, caminé sin prisas, llenándome de sensaciones con figuras de seres imposibles que esperaban la muerte a la entrada de las escalinatas y volví a sentarme en ellas, dejándome sorprender por el nuevo capítulo del espectáculo que estaba a punto de comenzar.

Era el momento en el que el Sol se despedía en el horizonte y comenzaba otro de los ritos de Benarés: “La Puja”, el culto al crepúsculo. Justo en ese instante, un sonido atronador de cientos de caracolas llenó todo el espacio. Al oír este llamamiento, en cada peldaño, en cada plataforma al borde del Ganges, cientos de celebrantes con el cuerpo cubierto de ceniza comenzaron a agitar sus campanillas como símbolo de la vibración cósmica primordial.

El sonido era tan intenso que hacía vibrar cada músculo del cuerpo. Poco a poco los devotos comenzaron a realizar la ofrenda a los dioses; la de los cinco elementos: el agua de las olas sagradas, una flor como símbolo de la Tierra, una lámpara de aceite que representa al fuego, una cola de pavo en forma de abanico como símbolo del aire y, al final, el quinto elemento de la tradición hindú, “el que lo envuelve todo”: un trozo de tela.

El fervor aumentó a medida que crecía el ritmo de los tambores. De pronto, la luz dejó paso a las tinieblas y la noche, y un extraño silencio hueco se apoderó de todo y de todos. Poco a poco, los devotos se fueron alejando del lugar, en el que me quedé sólo y “embrujado”. Al abandonarme aquella sensación, me percaté de que un poco más allá, en otra de las escaleras, el brillo de las hogueras indicaba que un nuevo cadáver había iniciado su viaje hacia el más allá… en esta ciudad eterna.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (5)   No(0)
21/28
Comparte esta noticia  Compartir en Wikio Compartir en Del.icio.us Compartir en Digg Compartir en Technorati Compartir en Yahoo Compartir en Google Bookmarks Compartir en Fresqui Compartir en MySpace Compartir en Meneame compartir en Tuenti Compartir en Facebook compartir en Twitter

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de Akasico.com
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.