Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
Muchos de estos incidentes no han vuelto a ver la luz desde que fueron recogidos por escrito. Otros descansan olvidados entre miles de documentos de su época, en archivos históricos o bibliotecas nacionales. En la actualidad, gracias a Internet y a nuevos grupos de estudiosos, están recuperándose numerosos sucesos que en su día fueron calificados de milagros o visitas del Diablo. Hoy tienen otra etiqueta: OVNI.
A las dificultades propias de la investigación de cada nuevo caso OVNI, los ufólogos actuales tienen que añadir una más: la «intoxicación» cultural de los testigos. La proliferación de películas, spots publicitarios y series de televisión como Expediente X han familiarizado a la opinión pública con la forma de los OVNIs o el aspecto de los humanoides. De forma que resulta prácticamente imposible encontrar un testigo «puro» que no esté influido por la iconografía «alienígena» que ya ha invadido nuestra cultura. Este hecho dificulta aún más la labor del ufólogo, ya que los testimonios pueden estar alterados o «intoxicados» –aunque sea de forma inconsciente– por los recuerdos y conocimientos aportados por la televisión y los medios de comunicación.
Quizá ese sea uno de los motivos por los que algunos estudiosos OVNI han abierto nuevas vías de investigación –aunque sin abandonar las pesquisas actuales–, en busca de los testimonios «perfectos». ¿Y qué mejor aportación que las procedentes de épocas en las que aún no se hablaba de OVNIs ni de platillos volantes?
Los OVNIs de Colón y Pío II
Muchos de estos sucesos insólitos que han llegado hasta nosotros gracias a crónicas y manuscritos antiguos fueron protagonizados por personajes históricos e ilustres. Uno de los casos más llamativos lo encontramos en la obra La Europa de mi tiempo, cuyo autor no era otro que Eneas Silvio, más conocido como el Papa Pío II. En su libro, el ilustrado pontífice relata un extraordinario hecho que, sin duda, causó la admiración de sus contemporáneos. Según Silvio, en 1456, en las proximidades de Florencia, pudieron verse veinte nubes de aspecto extraño que parecían «combatir» entre ellas, «entrando unas, y retirándose otras con tanto orden y concierto, como lo hacen los muy diestros soldados. (…) Y en aquel instante el furor de los vientos destrozó, quebrantó y asoló árboles, casas y edificios, y leventó en alto hombres, animales y piedras harto gruesas».
Cuatro décadas después, concretamente el 11 de octubre de 1492, y como si se tratara de una «señal» premonitoria del trascendental descubrimiento que tendría lugar al día siguiente, el almirante Cristóbal Colón y parte de su tripulación protagonizaron un singular avistamiento. Según el diario de abordo, «dos horas antes de medianoche», Colón observó una extraña luz en el firmamento. Intrigado, hizo llamar a Pero Gutiérrez para que confirmara su visión, y ambos pudieron ver «una suerte de luz, como una candela de cera, que se elevaba y descendía, acercándose poco a poco al suelo…»
Si bien los anteriores relatos, recogidos en numerosas obras sobre OVNIs en la antigüedad, podrían deberse a fenómenos meteorológicos poco habituales, los archivos de los investigadores recogen otros casos más extraños y difícilmente explicables por causas convencionales.
Uno de estos singulares avistamientos fue protagonizado, junto a otras personas, por el célebre artista italiano Benvenuto Cellini quien, en sus Memorias, describe un fenómeno no identificado que causó su admiración y sorpresa cuando se encontraba en las proximidades de Florencia, en torno al año 1540: «Cuando habíamos llegado a un cierto punto de la montaña, se había hecho ya de noche. Miramos a Florencia y exclamamos con una sola voz: ¡Dios del cielo! ¿Qué es esta cosa que está sobre la ciudad? Era como una gran barra de fuego que centelleaba y que despedía un gran resplandor…»
En otras ocasiones, además de la descripción de los hechos, existe también una representación gráfica de lo sucedido, lo que ayuda a destacar el carácter inexplicado del fenómeno. Especialmente durante el Renacimiento, fueron varias las obras de diversos autores que se centraron monográficamente en la recopilación de diversos «prodigos o milagros», entre los que se incluían luces y objetos voladores misteriosos, además de otros sucesos que hoy calificaríamos de forteanos. Gracias a ellas disponemos hoy de una fantástica fuente documental que nos permite conocer multitud de sucesos de carácter ufológico.
Una de estas obras es el Prodigiorum ac Ostentorum (1557) de Conrradus Lycosthenes, en la que encontramos, entre otros muchos «prodigios», un grabado que describe el extraño avistamiento de un objeto observado en tierras de Arabia en 1479.
La magnífica colección Wickiana, conservada en la Biblioteca Central de Zurich, oculta en varios de sus pliegos dos sucesos que, durante décadas, han llamado la atención de los ufólogos. El primero de ellos hace referencia a un fenómeno ocurrido el 14 de abril de 1561 en Nuremberg (imagen de la página anterior). Según el manuscrito, en el amanecer de aquel día numerosos ciudadanos observaron aterrados multitud de «globos o platos» durante casi una hora hasta que, de pronto, «todos cayeron… desde el Sol y el cielo a la Tierra, como si se estuviesen incendiando; luego, lentamente, todo se desvaneció, produciendo mucho vapor». Entre los extraños «globos», los testigos observaron tambien un objeto enorme, similar a una gran lanza negra.
Otro «prodigio» recogido en esa colección tuvo lugar el 7 de agosto de 1566, esta ve en la ciudad de Basilea (Suiza). Aquel día, «muchos globos negros enormes se vieron en el aire, moviéndose delante del Sol a gran velocidad, y girando uno contra otro como si pelearan. Algunos se volvieron rojos y feroces y más tarde se oscurecieron y se fueron».
En ambos casos se conservan dos grabados que representan lo sucedido. No se trata, como en otras ocasiones, de obras pictóricas –generalmente religiosas– que los estudiosos actuales interpretan como representaciones artísticas de antiguos incidentes OVNI. Lo plasmado en dichas obras de arte, y pese a la aparente rotundidad de las imágenes, suelen ser motivos religiosos cuyo auténtico significado iconográfico es interpretado erróneamente por algunos ufólogos como representaciones de objetos volantes no identificados. Sin embargo, en el caso de los grabados de la colección Wickiana no hay lugar a la confusión. Se trata de obras que acompañan a un relato pormenorizado sobre los fenómenos observados.
Ejércitos en el aire
La gran revolución que supone Internet también ha llegado a la investigación histórica de fenómenos anómalos. En los últimos años, numerosas bibliotecas, hemerotecas y archivos históricos han iniciado una labor de digitalización de sus fondos, lo que permite a los estudiosos algo hasta ahora inimaginable: la búsqueda instantánea de documentos antiguos cuya consulta sólo era posible desplazándose hasta el lugar en el que se custodiaban.
Este fantástico avance ha permitido «desenterrar» numerosos episodios que hasta ahora permanecían inéditos, o bien no habían obtenido gran publicidad. Uno de estos casos, recogido en un documento bajo el título de La descripción de un signo y milagro en el cielo, rememora los insólitos fenómenos observados el 5 de diciembre de 1577 en la localidad alemana de Alttorf. Mientras el sol comenzaba a arrojar los primeros rayos de luz, una «gran oscuridad, como si se viera un eclipse» sumió a la villa de nuevo en las tinieblas. Junto al auténtico sol, aparecieron otros dos, uno «rojo como la sangre» y otro amarillo. Ambos parecieron iniciar una frenética lucha, «chocando entre ellos». Poco después, apareció una misteriosa «nube negra», con la forma de «un plato grande», a la que siguieron otras dos. De una de ellas surgió «un gran número de gentes vestidas de negro y armadas de guerra, a pie y a caballo», dirigidas por un «hombre grande y poderoso, mucho más alto que los demás». Poco después el firmamento se llenó de extrañas nubes, «todas sangrantes y ardientes», de las que surgieron objetos similares a «grandes sombreros altos y largos».
Evidentemente, esta descripción de los «sombreros» no ha pasado desapercibida para los estudiosos, dada su similitud con las descripciones modernas de algunos objetos volantes no identificados.
Casi diez años después, el 21 de septiembre de 1587, en Montfort (Francia), los habitantes de la región contemplaron atemorizados el «combate» de dos «ejércitos en el aire», según describe un documento escrito aquel mismo año en Lyon por Benoist Rigaud. Algo muy similar pudo verse en marzo de 1590 en la localidad gala de Chastel Charlon, donde «dos ejércitos» permanecieron a la vista de todo el mundo durante más de dos horas, enfrascados en un frenético «combate». Algunos investigadores sostienen que estas descripciones de ejércitos aéreos serían en realidad episodios OVNI que, ante la extrañeza que provocaban en los testigos y la imposibilidad de compararlos con algo conocido, eran interpretados según los esquemas culturales de la época. De cualquier modo, lo cierto es que episodios similares están presentes en crónicas de todas las épocas, y siempre repiten las mismas características.
Columnas de fuego en España
Otros muchos casos, generalmente más recientes en el tiempo, dejan poco lugar a la duda de que nos encontramos ante auténticos fenómenos anómalos. Estas descripciones son casi idénticas a las presentes en algunos incidentes ufológicos actuales, lo que parece dejar claro que el fenómeno de los «no identificados» no se remonta exclusivamente a 1947, fecha de inicio de la «era moderna OVNI».
Además, contamos entre los testigos de estos sucesos a personajes poco dudosos de confundir un fenómeno celeste convencional. Ese es el caso de dos extraños avistamientos recogidos en el texto titulado Juicio, y pronostico del globo, y tres columnas de fuego, que se dexaron ver en nuestro orizonte español el dia dos de Noviembre de este año de 1730, obra de Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas en la Universidad de Salamanca, clérigo, literato y célebre astrólogo. Es precisamente su amplio conocimiento de los cuerpos celestes lo que confiere mayor fiabilidad a los sucesos que describe, sobre todo en uno de ellos, ya que fue testigo directo del mismo.
El primer avistamiento tuvo lugar el 9 de octubre de 1730 en Navarra, y Villarroel recoge la siguiente descripción, escrita en castellano antiguo: «Del reyno de Navarra escribe don Carlos Arslegui, Cura de Equisoayn, que le observó camino de Monreal, en el monte de Alaiz, de dicha villa, con otros amigos y algunos pastores, a los quales á las dos horas después de la prima noche del día nueve de octubre de este año, los assustó una claridad quasi igual á la del Sol, con cuya peregrina luz registraban con toda distinción los montes, heredades y pueblos circunvecinos. Dos horas (…) fue la duración de la luz; y al fin de ellas, descubrieron un nubarrón ó globo monstruoso de fuego ácia la parte del Oriente, y este duró una hora (…). En el mismo lugar aparecieron tres columnas grandes del mismo color, y encendimiento que el globo: la columna del medio se desvaneció en el espacio de media hora, y las otras duraron hasta las quatro y media de la mañana, que salió la Luna».
En el relato anterior destaca una característica repetida hasta la saciedad en innumerables informes OVNI actuales: la noche se hizo día gracias a la tremenda luminosidad emitida por los objetos. Además, la prolongada duración del fenómeno descarta la posibilidad de que se tratara de la caída de un bólido o meteoro de gran tamaño. Igualmente interesante es el relato del segundo caso, protagonizado por el propio Diego de Torres el 2 de noviembre de aquel mismo año:
«…a las once y treinta minutos de la noche, observé yo desde este Orizonte Salmantino, en la parte meridiana, entre el signo de Cáncer, y el León, y parte de la constelación de Virgo, un estupendo Globo de fuego, tan sobervio como el edificio más sumptuoso de la Corte: estaban de colaterales á este Promontorio dos ráfagas, ó columnas, que á la vista, me pareció que subían, y baxaban, y adquirían con el movimiento mayor luz y claridad. En la cima superior del Globo se registraban dos grandes llamas cerúleas y de color fuego. La tierra me pareció que vomitaba el infierno que tiene en sus entrañas, según las arquedas de lumbre que despedía a las dos de la mañana, que á esta hora se encendió todo el globo, y se unieron las columnas; y su duración fue hasta las quatro y media. Esto es lo que yo he visto».
¿Diablo o humanoide?
La mayoría de sucesos anómalos que recogen las crónicas medievales y renacentistas se hacen eco de la observación de «globos, lanzas o antorchas ardientes» en los cielos. Pero tampoco escasean las descripciones sobre entidades sobrenaturales, generalmente asociadas a ángeles o más frecuentemente a demonios, y que suelen causar grandes destrozos y temor en la población.
Recientemente, en uno de mis «rastreos» en busca de anomalías en documentos antiguos, localicé en la Biblioteca Nacional de Francia una pequeña obra de 1620 en la que se recoge un extraño incidente ocurrido el 1 de febrero de aquel mismo año en la localidad de Quimpercorentin, en la Bretaña francesa. En las ochos páginas escritas en francés antiguo, el texto titulado La Vision publique d’un horrible et trés-epouventable démon (La visión pública de un horrible y muy espantoso demonio) describe la aparición, tras la caída de un terrible rayo, de un demonio de piel verde sobre la catedral de la población. Según explica el documento, instantes después de la caída del rayo y la aparición del «demonio» un pavoroso incendio se desató en la cúspide piramidal del recinto sagrado. La población de Quimper no tardó en acudir hasta el templo y, aunque intentaron por todos los medios apagar las llamas, éstas parecían avivadas por un combustible sobrenatural. Mientras, el demonio cambiaba de color ante los campesinos, pasando del verde al azul o al amarillo. Finalmente, los lugareños pensaron en una forma de librarse de la infernal criatura: introdujeron una hostia consagrada en una hogaza de pan y, tras lanzarla a las llamas, el demonio salió disparado en dirección al cielo, acompañado por un terrible sonido.
Seguramente, el relato anterior se vio adornado e influido por las profundas creencias religiosas de las gentes de la época. Sin embargo, el hecho de que el documento conservado en la Biblioteca Nacional de Francia fuera publicado pocos meses después del suceso y que la historia haya perdurado hasta nuestros días, de forma paralela al documento, a través de canciones populares, parece indicar que algo realmente extraño ocurrió en la región francesa.
Esta sospecha se ve reforzada por la existencia de casos inquietantemente similares en fechas muy próximas. Así, el 21 de octubre de 1638, en el pueblecito inglés de Widecombe-in-the-Moor, en el condado de Devon, el «demonio» volvió a hacer acto de presencia para destruir una iglesia, aunque en esta ocasión bajo la forma de una misteriosa bola de fuego. Aquel día, mientras buena parte de la población participaba en la misa dominical, se desató una feroz tormenta que parecía azotar especialmente el edificio. De pronto, los feligreses observaron aterrados una bola de fuego que penetró en la iglesia, moviéndose a gran velocidad antes de explotar ante sus ojos. Cuatro personas murieron, y otras 56 resultaron heridas. El espantoso episodio, atribuido desde el principio al mismísimo Satanás, todavía se recuerda hoy en esa población, gracias a la tradición oral y a un poema escrito por el maestro del lugar.