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Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
Más allá de la imagen legendaria que proyectan las películas de artes marciales, los ninjas son una realidad histórica. Estos guerreros, auténticos maestros en el arte del combate y del espionaje, eran sometidos a durísimos entrenamientos, aprendían asombrosas técnicas y recibían enseñanzas esotéricas. Sus víctimas y enemigos les veían como a seres dotados de poderes sobrenaturales.
El ninjutsu o «arte del espionaje» aparece en las crónicas secretas de las artes marciales como una variante más. Su existencia está muy ligada a una secta de ermitaños esotéricos, llamada Yamabushi, herederos de los conocimientos del gran maestro Kukai, introductor del budismo esotérico en Japón. Las artes marciales niponas surgieron de la fusión de los conocimientos corporales y espirituales del budismo y del shintoísmo. Medicina, herramientas para la elevación del espíritu y arte de autodefensa, siguieron un mismo camino: desde la India a China, atravesando el Himalaya, y de allí, a Japón.

Sin embargo, en el caso de los ninjas, ese conocimiento espiritual sufrió una adulteración. Los samurais, los guerreros, se regían por un severo código moral, llamado Bushido, que los orientaba hacia el Bien. Según el prestigioso experto Michel Coquet, «los ninjas se apartaron del sendero de la luz y se convirtieron en guerrilleros en las sombras». Así pues, las enseñanzas del maestro Kukai, que había predicado la paz, el amor y la iluminación, fueron despreciadas por los creadores del ninjutsu, que se orientaron hacia el «lado oscuro».

Además de guardianes de los templos sagrados, los ermitaños Yamabushi eran depositarios de una síntesis de conocimientos chamánicos y espirituales ligados al shintoísmo nipón, conocido como el sendero del Shuguendo, o «vía de los poderes». El Shuguendo abarcaba un conjunto de reglas, formas de entrenamiento y ascesis esotéricas necesarias para alcanzar el dominio interior y alcanzar facultades «sobrenaturales». Como toda disciplina espiritual de aquel tiempo, estaba únicamente abierta a los iniciados: las crónicas no mencionan cómo esos conocimientos fueron puestos al servicio del ninjutsu, pero bien pudiera ser que la sumisión de esta casta al Emperador tuviera algo que ver.

De cualquier forma, lo cierto es que en el siglo VII d.C., los ninjas contaban ya con una organización estructurada y una serie de héroes en su panteón: Hanzo Hattori, Sandayu Momochi y Nagato Fujibayashi. Durante los siglos siguientes se fueron creando los códigos de las diferentes escuelas ninja, que llegaron a ser varias decenas, cada una poseedora de conocimientos particulares. En los siglos XIII y XIV, adquirieron su mayor protagonismo en la política japonesa de la era feudal, influyendo sobremanera en su devenir, dependiendo de que apoyaran a uno u otro señor.

Linaje hereditario

Los aprendices de ninja eran reclutados a una temprana edad, siempre dentro de una misma casta. El régimen en el que eran socializados era extremadamente cruel; su objetivo: depurar sus mentes de modo que fueran capaces de soportar posibles torturas.

El ninja nacía, pero también se hacía. Como relatan Michel Coquet y Carmelo Ríos, autores de Budo secreto (Ed. Obelisco), «el aprendiz de ninja debía franquear ríos, trepar por paredes casi lisas y desplazarse sobre rebordes del techo». Entre sus muchas habilidades, eran capaces de correr a gran velocidad «con un sombrero de paja sobre su pecho, sin que éste se cayera», lo que les permitía escapar sin ser vistos, como sombras en la noche. Sólo cuando se hacía mayor y había demostrado merecer tal honor, el joven aprendiz podía conocer unos rollos muy especiales de pergamino: los Torimaki. Allí se encontraban fragmentos del clásico militar chino Omyodo, que incluía aspectos del Zen y conceptos sobre el arte de la adivinación.

Una vez convertidos en ninjas, vivían en campos de entrenamiento apartados, situados en las montañas o en bosques de difícil acceso. Estudiaban técnicas de infiltración, camuflaje y evasión, y poseían conocimientos de psicología, astrología y meteorología. Como parte de su entrenamiento, se les hacía permanecer colgados del techo durante horas para, llegado el momento, poder mimetizarse con la naturaleza. Aprendían a deshacerse de ataduras mediante una técnica consistente en contraer los músculos en el momento en que eran atados y seguidamente relajarlos, liberándose gracias a una abundante sudoración estimulada artificialmente.

En sus misiones nocturnas los ninjas vestían el clásico traje negro con pantalones ajustados en las pantorillas, chaqueta, zapatos de paja, una cofia para proteger los cabellos y un pañuelo que sólo dejaba ver sus ojos y les protegía, al mismo tiempo, de ciertos gases nocivos. Si añadimos a esta vestimenta la técnica antes mencionada para correr, tendremos la explicación de la legendaria capacidad del ninja para escabullirse.

Conocedores de algunos de los misterios del yoga, los ninjas eran adiestrados para realizar proezas dignas de los faquires. El entrenamiento les permitía dominar sus constantes vitales, y así permanecer más de tres minutos bajo el agua sin respirar, soportar temperaturas extremas, o correr y saltar de manera asombrosa. Los ninjas conocían también el valor de los mudras (gestos «mágicos» con las manos, empleados para meditar, clarificar la mente y mejorar la concentración), así como métodos de respiración para suprimir el miedo.

Todo el conocimiento esotérico descubierto por los monjes de los Himalayas era puesto al servicio de una mentalidad muy polarizada entre el Bien y el Mal. Ello explica cómo el ninja, para salvaguardar su anonimato, era capaz de cortarse las facciones hasta desfigurarse la cara, fracturarse la mandíbula e incluso amputarse la lengua, en caso de ser capturado. Hay que tener en cuenta que, en aquella época, las torturas para conseguir información iban desde arrancar los ojos y las uñas, hasta colgar al interrogado con las piernas separadas sobre un bambú erguido, con la punta calentada, que lo empalaba lentamente.

Los clanes ninja

Herencia sin duda de su origen monástico, los máximos dirigentes de la organización fueron clérigos, cuyas alianzas determinaron, como vimos, la política nipona de varios siglos. A la cabeza estaban los Jonins, que negociaban las alianzas, seguidos de los Shunins, o cargos medios, y por último, los combatientes, o Gemins. Todo ello hace que su estructura recuerde sobremanera a la de las órdenes templarias cristianas.

Los ninjas estaban divididos en escuelas, que a menudo luchaban entre sí, dependiendo de las alianzas que hubieran sellado sus Jonins. Cada una de ellas era especialista en diferentes artes de combate, por lo que algunas de las peleas que hemos visto en películas, en las que cada facción lucha con diferentes armas, tienen su parte de veracidad. La escuela Fudo era conocida por el uso del shuriken (la famosa estrella de metal). La logia Koto, por su parte, era especialista en «el arte de romper y dislocar los huesos (Koppo)», así como en la hipnosis. La Gyokku dominaba las técnicas de mano: «conocían la técnica del pellizco, de la percusión o de la presión con los dedos, sobre los centros vitales del organismo, provocando dolor, parálisis, síncope o muerte», señala Coquet. Esta práctica ha llegado recientemente a España, con el nombre de Kyuso, de manos de algunos maestros norteamericanos como Evan Pantazzi, que llegan a provocar el KO sin tocar a su adversario (ver recuadro).

El ninja conocía el arte del combate con las manos desnudas, así como el del ken (espada de madera), la katana (sable auténtico), el Yari (lanza), el Bo (bastón), y otros menos conocidos.

Como ha quedado reflejado en algunas películas de artes marciales, iban armados de un auténtico arsenal en sus misiones más arriesgadas, como el robo de documentos o el asesinato de dirigentes. Eran capaces de fabricar venenos y pólvora, pues no hay que olvidar que habían sido formados por esa mezcla de místicos y hechiceros que eran los Yamabushi. Preparados con extractos vegetales, minerales o animales, le servían para matar o, simplemente, producir la parálisis o el sueño del adversario. «Los venenos violentos eran preparados a partir de ciertos elementos como la herrumbre de cobre, el arsénico, los pétalos de botón de oro y ciertas savias extraídas de las plantas. Además utilizaban las secreciones o los órganos de animales, principalmente los de abejas, arañas, serpientes, lagartos y la orina de los caballos, entre otros», explican los autores de Budo secreto. También eran capaces de fabricar pólvora de cañón y explosivos.

La leyenda de los ninjas asegura que eran capaces de andar sobre el agua, permanecer quince minutos bajo ella, escalar paredes lisas o desaparecer. Hoy se conoce que, además de un severo entrenamiento mental y físico en diversas disciplinas, contaban con inteligentes artilugios que les permitían realizar estas proezas. Mucho antes de la era del montañismo, ellos utilizaron guantes con púas (nekade), garfios y grampones que les permitían trepar por las fortalezas. Disponían de antorchas resistentes a la lluvia (mizu tai matzu), que les permitían «trabajar» en la más completa oscuridad; utilizaban los mizugumo, una especie de boyas de cuero hinchadas y unas pequeñas cubetas (uki daru) que les permitían cruzar el agua, ayudados de un largo bastón. Asimismo, podían permanecer largo tiempo bajo su superficie, valiéndose de un tubo hueco de bambú (mizuzutsu). Si eran vistos, hacían explotar una granada de humo, lo que les permitía escapar rápidamente. El gran entrenamiento y su capacidad para camuflarse en la naturaleza hacía el resto…
El maestro Santiago Álvarez, cinturón negro de kárate y aikido y editor de la revista electrónica Artes guerreras es uno de los occidentales que están abriendo a los aficionados los secretos de las artes marciales. «Poco a poco vamos recuperando mucha información y muchas herramientas que nos permiten adentrarnos en esa parte casi esotérica que tienen las artes marciales –nos explica–. Así va desapareciendo ese velo de misterio casi mágico que han tenido; los resultados se consiguen con la práctica y los límites los ponemos nosotros».
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