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Última actualización 01/12/2004@00:00:00 GMT+1
Entre finales del siglo XIX y principios del XX los editores y libreros de Barcelona se interesaron por la magia. No fue casual que este fenómeno se produjera en la Ciudad Condal, ámbito de convergencia de antiguas tradiciones paganas, esoterismo templario, masonería y diversas corrientes ocultistas.
El escenario urbano era tan propicio como la tradición para que esta urbe europea protagonizara un florecimiento del ocultismo entre la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Si Gaudí decidió el punto donde debía erigirse su Sagrada Familia (en la imagen), precisamente en la recta que unía el emplazamiento de dos antiguos dólmenes, desaparecidos en el siglo XIX (AÑO/CERO, 1), el ábside de la Catedral gótica formaba un perfecto triángulo rectángulo con las antiguas iglesias de Santa Catalina y Santa María del Mar.

En el siglo XIX, este fue un foco activo de masones, martinistas y teósofos. Muchos de ellos eran arquitectos urbanistas, como Ildefonso Cerdá, que hizo de la cuadratura del círculo la clave del trazado de las manzanas en el Ensanche. (AÑO/CERO, 92). La prensa de esa época recoge muchos indicios de actividad ocultista: celebración de rituales mágicos en el barrio de Raval, la existencia de una Escuela de brujos de San Cipriano y el recuerdo de núcleos brujeriles que celebraban aquelarres desde el siglo XVIII.

El trazado del entramado urbano, como la ubicación de los monumentos, tienen una historia que se remonta a los orígenes prehistóricos, con reminiscencias atlantes, y evoca desde la leyenda de Hércules, que habría desembarcado a los pies del Montjuic –barrio de los judíos, con presencia hebrea desde tiempos anteriores a Jesús–, hasta la sombra de los templarios.

Esta historia secreta todavía conserva enclaves de referencia, como las puertas del infierno, en la calle Basea, famosa por las reuniones de endemoniados, el barrio de los sanadores (Sants), o el de los alquimistas, agrupados en el barrio gótico. Nada tiene de casual, por lo tanto, que fuese en Barcelona donde se produciría un renacimiento del interés por la magia durante el siglo XIX, cuando el espíritu del viejo continente reaccionó contra el racionalismo del siglo de las luces.

Entre espíritus y difuntos

A lo largo de ese siglo, surgen en Europa dos grandes movimientos centrados en el mundo de los espíritus: el espiritismo y el ocultismo. Mientras que el primero pretendía establecer contacto con los muertos, el segundo buscaba explicar lo inexplicable a partir de la magia y la tradición hermética. El epicentro de esta emergencia continental se situó en Francia.

La cabeza visible del movimiento ocultista en ese país sería Alphonse-Louis Constant, más conocido por Eliphas Levi, seudónimo con el que firmará todos sus escritos. Intensamente interesado por las diversas tradiciones mágicas heredadas de la antigüedad, había estudiado la Cábala hebraica y mantenía relaciones con los medios iluministas del París revolucionario. Autor de numerosos libros de temática ocultista, su Dogma y Ritual de Alta Magia sería la obra que le consagraría y que aún hoy sigue vigente.

Siguiendo la estela de los grandes magos renacentistas, Levi compila en este tratado diversos rituales encaminados a utilizar las fuerzas de la naturaleza mediante el contacto con espíritus angélicos y el uso de talismanes. No había inventado nada nuevo. Las prácticas que recogía hundían sus raíces en obras publicadas siglos antes por los grandes magos eruditos del Renacimiento, como Marsilio Ficino, Johannes Trithemius, Heinrich Cornelius Agrippa o John Dee.

En este período existió un notorio interés por rescatar fórmulas mágicas encaminadas a invocar espíritus celestiales e infernales para conseguir conocimientos y favores. Muchas de dichas fórmulas se encontraban en los grimorios, libros que ofrecían los medios necesarios para lograr la manifestación de entidades sobrenaturales. Su supuesto carácter satánico les valió el nombre genérico de «libros negros».

La fama que alcanzaron todos estos compendios de magia durante los siglos XVI y XVII desapareció con la llegada del siglo XVIII y el racionalismo. Pero esta situación cambió en pleno siglo XIX, cuando volvió a florecer una nueva época dorada para todo lo irracional. Tratados de magnetismo animal, hipnotismo, astrología, espiritismo y magia triunfarán en todos los países europeos. Y España no permaneció al margen de este fenómeno. En concreto, Barcelona sería el lugar donde se manifestaría con mayor fuerza.

Una de las primeras ediciones de grimorios en la ciudad condal fue El Libro negro de Hortensio Flamel, supuesto seudónimo de Eliphas Levi. Bajo el extenso título de El libro negro o la magia, las ciencias ocultas, la alquimia y astrología: con secretos y recetas admirables, sacados de los más célebres autores cabalísticos, tanto antiguos como modernos, el arte de adivinar por los naipes y una nueva llave de sueños, fue editado desde mediados de siglo en la Imprenta de Manuel Saurí, en la Calle Ancha. En 1866 ya había alcanzado su quinta edición, demostrando con su éxito la existencia de un amplio público interesado en el tema en la ciudad condal.

La obra se inicia con un prólogo que aboga por el cultivo de las prácticas mágicas, así como por la necesidad de recuperar los manuscritos donde quedaron registrados los conocimientos de astrólogos y alquimistas, so pena de perderlos para siempre. En palabras del prologuista, «los últimos alquimistas, esos hombres de genio y ciencia que trabajaran en la grande obra, han cesado de existir hace ya cerca de cien años, y desde entonces nada más ha visto la luz pública relativo a esta ciencia. Muchos de sus preciosos manuscritos, privados de los honores de la impresión, han quedado sepultados en las catacumbas de las bibliotecas; y hasta el lenguaje de su ciencia se ha olvidado, como los misteriosos jeroglíficos de los egipcios, que nadie hoy sabe traducir o explicar. Al paso que llevan, tanto los hombres como las cosas, pocos años bastarán para que la Magia, la ciencia más bella que el hombre pueda estudiar, quede reducida a un mito o un símbolo». Las páginas siguientes se dedican a describir aspectos de la astrología, la alquimia y la adivinación, así como diversas fórmulas supuestamente útiles para alcanzar objetivos tan variopintos como preservar una casa de la peste y del rayo, conseguir la invisibilidad, producir impotencia en un enemigo o manejar un hierro al rojo con las manos desnudas sin quemarse.

Salomón, el mago

En los primeros años del siglo XX, el impresor barcelonés Rosendo Pons editó tres grimorios medievales atribuidos, respectivamente, al rey Salomón y a los papas Honorio y León. Se trataba de recopilaciones de invocaciones y conjuros de origen judeocristiano, cuyos manuscritos más antiguos datan de los siglos XII y XIII.

El más famoso era la Clavicula Salomonis o Llave de Salomón, atribuida al rey hebreo, arquetipo del monarca sabio. La fama de Salomón como mago se remonta a la antigüedad y se encuentra ya en los textos bíblicos, en los cuales se relata que Dios le reveló en un sueño todos los conocimientos imaginables. Posteriormente, los árabes desarrollaron una leyenda en torno al rey sabio y a su presunta apostasía Según dicha leyenda, sus obras fueron guardadas bajo su trono mientras los demonios terminaban de construir el Templo. Sin embargo, todas se habrían perdido en un incendio, exceptuando el Testamento y la Clavícula.

Esta última parece ser una síntesis de toda una serie de escritos mágicos. Su prestigio es indudable, como prueba el hecho de que se haya traducido y publicado durante siglos, desde la Edad Media hasta nuestros días. La edición de Pons afirma reproducir una copia impresa en Amberes en 1721, tal y como se señala en el colofón: «Esta obra es una traducción exacta de la edición más antigua que se conoce del célebre grimorio latino atribuido a Salomón. Así, pues, podemos afirmar que es la única completa y, por lo tanto, la mejor que se ha publicado en español hasta el presente. Barcelona, 1916».

Animado por el éxito de ventas de la Clavicula Salomonis, Rosendo Pons se decidió a publicar los otros dos grimorios clásicos, atribuidos a sendos pontífices medievales. La impresión más antigua del primero de ellos, conocido como Grimorio del Papa Honorio, apareció en el siglo XVII. No está claro por qué se atribuyó a un pontífice, cuando su primer compilador había sido un sabio egipcio, según los manuscritos medievales.

Si hacemos caso de las copias más antiguas conservadas, la creciente difusión de la magia produjo una reacción del colegio cardenalicio, decidido a erradicar esta práctica y a condenar a quienes incurrieran en ella, acusados de invocar a los demonios y de conducir a la condenación al pueblo crédulo. Para defenderse, los magos decidieron reunirse en una asamblea en la que habrían participado ochenta y nueve maestros venidos de Nápoles, Atenas y Toledo, donde se escogió a Honorio, hijo de Euclides, maestro de Tebas, como encargado de resumir todos los libros de magia en uno solo de noventa y tres capítulos, más fácil de conservar en los difíciles tiempos que se avecinaban. Bajo el nombre de Liber Sacratus, Liber Sacer o Liber Juratus, Honorio resumió las obras de Salomón que contenían, entre otros muchos conocimientos, los nombres de los espíritus, las fórmulas para invocarlos, los sellos para sujetarlos, así como los nombres secretos de Dios, entre ellos «el gran nombre», compuesto de72 caracteres. También habría incluido la clasificación de los cielos y de los ángeles que los habitan, sus nombres y poderes, así como los medios para utilizarlos.

Las versiones más difundidas de este grimorio son las editadas a partir de 1760. Ésa es la fecha que lleva el conocido como Grimoire du Pape Honorius, avec un recueil des plus rares secrets, reimpreso en 1800 y traducido al castellano en Barcelona con el título El Gran Grimorio del Papa Honorio, con una recopilación de los más raros secretos mágicos.

En esta versión, la historia del mago hebreo Honorio fue sustituida por una supuesta bula del papa Honorio III, según la cual el pontífice «se ha dignado transmitir a sus hermanos en Jesucristo la manera y forma de ordenar y dominar los Espíritus, manifestando cuántas y cuáles son las conjuraciones que es preciso hacer para estos casos». Por tanto, este texto pretende recoger las fórmulas mágicas necesarias para invocar y controlar al príncipe de las tinieblas y a sus secuaces. Según se aclara al comienzo, antes de poner en práctica todas las enseñanzas misteriosas en él contenidas, debía hacerse un conjuro previo que, para ser efectivo, tenía que llevarse a cabo un sábado por la noche, entre las once y las doce, en un cuarto cerrado e iluminado con cuatro cirios de cera virgen, colocados uno en cada ángulo del aposento. En este escenario se procedía a trazar sobre el suelo, con un pedazo de carbón consagrado, una circunferencia más o menos perfecta, conocida como «círculo cabalístico». Colocado el artífice dentro de éste, con voz clara y solemne debía recitar la invocación recogida en las primeras páginas del grimorio, rociándolo posteriormente con algunas gotas de agua bendita. Terminada esta ceremonia, el libro quedaba preparado para ser utilizado.

El último de los grimorios clásicos editados por Rosendo Pons, en 1920, fue el Enchiridion, atribuido al Papa León, una compilación de oraciones contra todo tipo de adversidades, enfermedades y peligros que, según cuenta la tradición, habría sido obra del papa León III (795-816) para uso exclusivo del emperador Carlomagno.

La fama de mago que alcanzó León III debe buscarse, según indican los expertos medievalistas, en las relaciones privilegiadas que este pontífice tuvo con Carlomagno. Encarcelado por los romanos, recuperó el trono papal con el apoyo del rey de los francos, a quien coronó emperador. La reprobable reputación que acompañó a Carlomagno a lo largo de todo el siglo IX, a causa de su disipada vida sexual, acabó repercutiendo en el Papa. Pese a ello, este grimorio es, sin lugar a dudas, apócrifo y su exclusivo recetario debió ir gestándose a lo largo de varios siglos, hasta tomar la forma de sus primeras ediciones. Rosendo Pons utilizó la que se conserva actualmente en la Biblioteca Nacional de Francia, fechada en 1740.

Otra de las casas editoriales barcelonesas especializada en libros mágicos fue Maucci, en la calle Mallorca 166. Publicó una colección denominada «libros cabalísticos», publicitados como textos ilustrados con grabados y elegantes cubiertas al cromo, entre las que se encontraban títulos como Los admirables secretos de Alberto el Grande, Los secretos maravillosos de la magia natural del Pequeño Alberto, La verdadera y trascendental magia blanca, El oráculo o libro de los destinos, y Los Secretos del infierno. Este último fue el que alcanzó mayor éxito. Según afirmaba la promoción publicitaria contenía la fórmula «para hacer hablar a los muertos, ganar siempre a la lotería, y descubrir tesoros, según un manuscrito del año 1522».

Editado en 1909, en su prólogo se afirmaba que era un libro sumamente raro y muy buscado en España. Nos encontramos, en realidad, ante uno de los grimorios más famosos de todos los tiempos, conocido en la Península como El Libro de San Cipriano y publicado en Francia como Le Grand Grimoire (París, 1845). Se decía que había sido escrito por San Cipriano, sabio obispo de Cartago, con el objeto de atormentar, evocar y constituir como esclavos de la voluntad humana a los millares de espíritus que poblaban el Infierno.

Al parecer, había sido escrito en gruesos y largos pergaminos, con figuras y signos cabalísticos, palabras y caracteres incomprensibles no descifrados y, como colofón, aportaba las rúbricas de todos los príncipes satánicos. La tradición decía que en la gran biblioteca de la Universidad de Santiago, en sección reservada y en un estante aparte, sujeto con dos gruesas cadenas y resguardado por una reja de hierro, había un ejemplar de este famoso libro. Estaba encadenado porque, según se creía, quien osara abrirlo y leerlo cometería gravísimo pecado, incurriendo en excomunión mayor y arriesgándose a que se le apareciera el mismísimo Satanás.

La editorial Mauri se encargó de traducir el ejemplar francés, asegurando que era obra de un tal Antonio Venitiana del Rabina. Para darle mayor misterio, en el prólogo se sostenía que el manuscrito original se había encontrado en poder de los rabinos y era una copia de los textos salomónicos.

Nos encontramos, por tanto, ante un sucedáneo de la Clavicula Salomonis. Dividido en seis partes, abordaba la composición de la varita mágica y el círculo cabalístico, la invocación de Lucifer, el verdadero modo de formalizar los pactos satánicos, con la explicación de los poderes y talentos de todos los espíritus superiores, y también el modo de hacerlos comparecer.

Sólo hemos esbozado una panorámica general de un capítulo concreto de la tradición mágica en España, que concierne a la bibliografía. Hoy estos libros son joyas de colección, pero también una prueba tangible de que existía un público lector interesado en temas que, hasta muy poco tiempo antes, podían llevarles a la cárcel o a la hoguera.
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