Ovnis
Última actualización 01/12/2004@00:00:00 GMT+1
La inteligencia que parece estar tras el fenómeno OVNI podría estar manipulando nuestras creencias e, incluso, nuestro devenir histórico. ¿Utilizan los no identificados una «cortina de humo» para ocultar su auténtica naturaleza e intenciones? ¿Podría estar ya entre nosotros una civilización alienígena actuando sigilosamente?
Durante décadas, ufólogos, escépticos e interesados en la materia se han planteado en numerosas ocasiones la eterna pregunta: si los OVNIs son de origen extraterrestre, ¿por qué no han entrado ya en contacto con nosotros?
La respuesta, quizá, sea que este contacto ya se ha producido, aunque no de la forma abierta en que todos esperábamos. El «Principio de Indetectabilidad» propuesto por la doctora Beatriz Gato, y que hemos explicado con detalle en el primer artículo de este dossier, cobra un sentido especial si lo comparamos con diversas teorías ufológicas propuestas por distintos autores.
Aparentemente, y si nos atenemos al gran número de avistamientos, aterrizajes y encuentros cercanos descritos por los testigos, podría decirse que la actitud de los OVNIs se asemeja a cualquier cosa menos a la de una entidad interesada en ocultarse. Sin embargo, si estudiamos con atención las características y, sobre todo, el comportamiento del fenómeno, comprobaremos la existencia de un inquietante «doble juego».
Los OVNIs se niegan a sí mismos
Fue el ufólogo, astrofísico e informático francés Jacques Vallée, uno de los primeros en hacer notar una exasperante característica de los no identificados. En su absurdo comportamiento, el fenómeno parece desplegar un doble juego: ofrece al mismo tiempo evidencias que apoyan su existencia real y, en número similar, otras que parecen negarla.
Según explica el propio Vallée en su obra Crónica de otros mundos (Ed. Tikal): El fenómeno OVNI «nos deja indicios que parecen todavía más absurdos que los relatos de los testigos, lo que es perfectamente desesperante. El fenómeno niega su propia existencia. Permite constataciones y manifiesta principios en los cuales una parte de las informaciones es verdadera y la otra, falsa».
Este mecanismo de autonegación se asemeja mucho a una persona que, caminando sobre la nieve, va borrando las huellas a su paso, para evitar que alguien pueda seguir su rastro, al tiempo que deja pistas falsas que conducen en otra dirección.
Entre dichas «pistas falsas», estaría la propia imagen que ofrece el fenómeno de sí
mismo. Los relatos de los testigos parecen orientar inexcusablemente hacia los extraterrestres. Sin embargo, autores como el propio Vallée han señalado que, si realmente son extraterrestres, su comportamiento y características no se ajustan a lo que cabría esperar (ver recuadro).
Sin embargo, si recordamos el Principio de Indetectabilidad propuesto por la doctora Gato, es probable que una supercivilización extraterrestre pueda estar ofreciendo una imagen absurda y distorsionada de sí misma, posiblemente aprovechando las imágenes mentales que la cultura humana posee acerca de lo que debe ser un extraterrestre. De este modo conseguirían varias cosas: por un lado, los investigadores llegarían a la conclusión de que los OVNIs no son alienígenas, sino que pretenden aparentar que lo son; por otro, la comunidad científica desecharía su estudio, víctima de las pistas falsas y de su comportamiento absurdo, por considerarlo un sinsentido y, en tercer lugar, buena parte del público seguiría pensando a pesar de todo que los OVNIs proceden del espacio exterior.
Este mecanismo es muy similar al utilizado por los servicios de inteligencia y que se conoce como «desinformación». Si mezclamos informaciones veraces con datos falsos y descaradamente absurdos conseguimos que las víctimas de nuestra maniobra acaben ignorando nuestro auténtico propósito. Pongamos un ejemplo: si somos una agencia gubernamental y difundimos el rumor de que el ejército mantiene un contacto secreto con los extraterrestres, añadiendo historias sobre estrellamientos OVNI o autopsias a cadáveres alienígenas, para después hacer ver que todo es mentira, lo más probable es que gran parte de la población acabe desechando la realidad de los OVNIs –aunque estos existan realmente–, ya que, si parte de la historia es falsa, nada indica que el resto tenga que ser auténtica.
Algo similar podría hacer una civilización extraterrestre. ¿Qué mejor forma de ocultar su auténtica identidad que haciendo que ésta aparente ser absurda? Si los propios investigadores –a fin de cuentas quienes mejor conocen el fenómeno– terminan por considerar la HET (Hipótesis Extraterrestre) como carente de sentido, ¿por qué habría de tomarla en consideración la comunidad científica? De este modo, una hipotética civilización extraterrestre se cubriría las espaldas, utilizando un señuelo formado por medias verdades que le permitiría actuar a sus anchas, realizando sin problemas su auténtico cometido. Esto nos lleva irremediablemente a la pregunta del millón: ¿cuáles pueden ser sus auténticas intenciones?
Hipótesis del Sistema de Control
Sin duda alguna, una de las propuestas más atractivas y que mayor influencia han tenido en la ufología en lo que respecta a las posibles motivaciones del fenómeno la planteó, de nuevo, Jacques Vallée:
«Propongo la hipótesis de la existencia de un sistema de control sobre la conciencia humana. Para mí, existe un sistema de control espiritual de la conciencia humana, del cual fenómenos paranormales, tales como los OVNIs, son una de las manifestaciones. No he podido determinar si es natural o espontáneo, si es explicable en términos de genética o de psicología social, ni si es un fenómeno ordinario o si su naturaleza es artificial y está sometido a una voluntad sobrehumana (…) Sugiero que lo que se da en los encuentros cercanos con OVNIs es el control de las creencias humanas, el control de la relación entre nuestra conciencia y la realidad física; que dicho control ha sido constante a lo largo de la historia y que es secundario que asuma ahora la forma de avistamientos de seres del espacio».
De este modo, según Vallée, la inteligencia existente detrás del fenómeno OVNI habría ido modificando su aspecto a lo largo de las épocas, dependiendo de la cultura del momento. Dioses, ángeles, hadas, duendes, demonios y –en la actualidad– extraterrestres, no serían sino distintas caras de la misma moneda. Y todo con un único fin: modificar y controlar las creencias de la población humana.
¿Estará controlando nuestras creencias, y por extensión nuestro destino y nuestra historia, una civilización de la que formamos parte sin saberlo? Y si es así, ¿con qué finalidad? ¿Pretenden hacernos evolucionar? ¿O acaso nos están preparando para un futuro contacto, esta vez definitivo?
Pero no sólo este ufólogo galo ha defendido tesis tan atrevidas y fascinantes. Otros investigadores, como el norteamericano John Keel, proponen teorías semejantes. Así, en su obra The Eight Tower (1975), plantea la posibilidad de que un superordenador fuese el causante de los avistamientos de OVNIs, criaturas monstruosas y demás fenómenos paranormales, evitando así ser localizado. Otro investigador estadounidense, Jerome Clark, cree también que los variados seres criptozoológicos avistados en la actualidad, como bigfoots o panteras fantasma, comparten un mismo origen junto a los OVNIs.
¿Cobayas o víctimas de bromistas cósmicos?
Otra posibilidad, relacionada con el sistema de control propuesto por Vallée, supondría que la humanidad al completo forma parte de una suerte de experimento científico de una pretendida civilización extraterrestre. Así, en lugar de un mecanismo de control de las creencias, las diversas manifestaciones paranormales, apariciones de OVNIs y criaturas criptozoológicas serían parte de un intrincado experimento con la intención de poner a prueba las reacciones del ser humano, de forma similar a aquella en que nuestros científicos introducen a ratones en laberintos para observar cómo afrontan y resuelven diversos problemas.
Una última opción, aún más desesperanzadora, propone que en realidad no somos más que un simple divertimento, víctimas de mentes más avanzadas que disfrutarían controlándonos y jugando con nosotros, una especie de «bromistas cósmicos» descritos, entre otros, por el citado John Keel. En este inquietante escenario, podríamos incluso ser simples piezas de ajedrez, sin imaginar siquiera que formamos parte de una partida de dimensiones monumentales, utilizados por jugadores de intenciones opuestas.